Las acciones que emprendió la DEA en esta cuestión son tí picas de sus pasadas pautas de acción en relación con otras drogas que se hicieron populares. Este método «duro» de lucha
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contra las drogas, caracterizado por una publicidad calumniosa, condenas fuertes, imposición de la patada en la puerta, no ha bía erradicado los problemas de las drogas en Estados Unidos. De hecho, sólo había creado confusión pública sobre las drogas y la aparición de un ingente mercado negro.
No cabe la menor duda de que en Estados Unidos existe un grave problema con las drogas. Las que se consumen más am pliamente ni siquiera son consideradas como drogas. La droga adictiva conocida como nicotina, vendida legalmente en forma de cigarrillos, es claramente la que más se consume y de la que más se abusa. La que sigue en popularidad es una de las más peligrosas y, ciertamente, de las más letales de todas: el alco hol, que se encuentra en licores, cervezas y vinos. Y, sin em bargo, es legal y se vende hasta en las tiendas de comestibles. Si no le gusta cualquiera de los productos alteradores de la mente aprobados por el gobierno, puede elegir otra de las alter nativas prohibidas. Pero entonces se arriesga a despertar las iras del Departamento Estadounidense Antidroga (DEA), la úl tima de una serie de instituciones que empezaron a surgir tras la creación de la O ficina Federal de Narcóticos, y que han in tentado imponer el cumplimiento de las leyes nacionales sobre el uso de drogas. Esas leyes abarcan una larga y creciente lista de drogas, y las penas impuestas se hacen implacablemente más graves.
Naturalmente, la razón por la que el alcohol es ahora legal se debe a que no funcionó la Enmienda 18 a la Constitución, por la que se instituyó la Prohibición en Estados Unidos. En re alidad, la historia demuestra que las leyes contra las drogas sólo han funcionado en muy pocas ocasiones. Edward M. Bre- cher y los editores de Consumer Reports, publicaron en 1972
Drogas lícitas e ilícitas, una excelente narración en la que se
daba cuenta de las consecuencias de instituir esa clase de legis lación represiva.
Resulta particularmente fascinante la parte en la que se trata la heroína y los opiáceos. La narración empieza por describir la situación que existía en el siglo xix con respecto a la m orfina y
los opiáceos. En aquella época, estos narcóticos incluidos aho ra en el Inventario I se podían adquirir sin receta. Como quiera que los opiáceos son altamente adictivos, muchas de las perso nas que los probaron quedaron enganchadas a los preparados que había entonces.
Aunque los opiáceos y la heroína son adictivos, no son físi camente nocivos. En modo alguno son físicamente tan destruc tivos como el alcohol, por ejemplo, del que se ha demostrado que causa daños cerebrales y hepáticos. No obstante, son psi cológicamente peligrosos en la medida en que inducen un em botado estupor en quienes los consumen.
La heroína y los opiáceos causaron problemas más graves tras la aprobación, en 1914, de la Ley Harrison sobre Narcóti cos, que pronto entró en vigor. Esa acción creó en seguida un mercado negro de la heroína. Debido a las sanciones impuestas por el gobierno, los precios de la heroína en ese mercado negro son mil veces superiores a lo que cuesta la droga en una farm a cia. El coste elevado obliga a los adictos a la heroína a robar o a prostituirse para poderse pagar las drogas que consumen. El precio de la heroína también produce enormes beneficios que van a parar a manos de sindicatos criminales.
Además, buena parte de la heroína que se vende en el mer cado negro es cortada (diluida) con otros materiales, algunos de los cuales son tóxicos. Ocasionalmente, la heroína es susti tuida por peligrosas drogas sintéticas, capaces de causar graves daños físicos, e incluso de ser letales. Sin embargo, los consu midores de heroína, una vez que se han hecho adictos a ella, tienen una pobre prognosis de recuperación.
El caso de la heroína demuestra las consecuencias que cabe esperar cuando se declara una droga como ilegal.
En prim er lugar, el precio de la droga se dispara, y su distri bución deja de ser controlada por los expertos y cae en manos de los criminales.
En segundo término, penaliza a un grupo de personas que utilizan una sustancia en particular. En el caso de la heroína, las penas impuestas pueden suponer cadena perpetua.
En tercer lugar, convertir una droga en ilegal suele llevar a la adulteración de la sustancia, o a su sustitución por otro com puesto.
Otra narración publicada en Drogas lícitas e ilícitas ilustra el uso y abuso del tema de las drogas en Estados Unidos: el caso del LSD. Antes de 1963 el LSD era una herramienta muy poco conocida pero prometedora para la psicoterapia.
En 1963 se produjo un bombardeo de los medios de comu nicación aireando la expulsión de Timothy Leary y de Richard Alpert de la Universidad de Harvard, debido a su experimenta ción con sustancias psicodélicas. El LSD se convirtió, casi de la noche a la mañana, en una palabra familiar, y surgió toda una subcultura de sus consumidores.
Debido al aumento en el consumo y a que iba asociado con la contracultura que incluía a hippies y activistas contra la gue rra del Vietnam, se desarrolló en el país una polarización sobre la cuestión del consumo de LSD.
En 1966, esta división se vio acentuada cuando los medios de comunicación publicaron historias sensacionalistas. Una de ellas se refería a una niña de cinco años de Brooklyn que se tragó accidentalmente un cubo de azúcar LSD. Tuvieron que hacerle un lavado de estómago y se recuperó con rapidez, sin que sufriera daños psicológicos duraderos. El otro caso fue el de un asesino que afirm ó haber matado mientras estaba bajo los efectos del LSD. Posteriormente, se reveló que el hombre era un esquizofrénico paranoide. Pero en el recuerdo del públi co sólo quedaron los titulares iniciales «Asesinato LSD» y «Niña hospitalizada por ingerir LSD», y estas dos historias sensacionalistas fueron catalizadores para la institución de gra ves penas por la posesión, venta y fabricación de LSD.
Posteriormente, los medios de comunicación se mostraron cada vez más hostiles al uso del LSD. En 1967, en artículos de prensa y programas de televisión se difundieron informes se- |-ún los cuales el LSD rompía los cromosomas. Se especuló con la idea de que el uso del LSD produciría deformidades en niños, similares a las ocasionadas por el escándalo de la Tali-
domida en 1962. Muchos de los que durante un tiempo habían evitado tomar LSD volvieron a usarlo al mantener una actitud escéptica con respecto a cualquier historia negativa que difun dieran los medios de comunicación sobre las drogas.
Algunos investigadores creyeron y todavía creen que no se había permitido explorar de modo suficiente las promesas del LSD y de otras drogas psicodélicas prohibidas, como la mesca- lina y la psilocibina. Nuevo estudio de los psicodélicos, de Les- ter Grinspoon y James Bakalar, defiende la reapertura de la in vestigación con estas sustancias potencialmente útiles.
Toda esta atención de los medios de comunicación hacia el LSD y sus peligros tuvo dos efectos. Primero, aumentó espec tacularmente su consumo. A partir de un pequeño grupo de consumidores relativamente sofisticados y comprometidos, el consumo del LSD se extendió hasta convertirse en una droga recreativa en las escuelas superiores y universidades, e incluso entre los soldados de Vietnam.
Se ha demostrado repetidamente que casi toda publicidad sobre una droga psicoactiva, ya sea negativa o positiva, estimu la el uso de esa misma sustancia. Las expectativas sobre la ex periencia con el LSD no hicieron sino influir con fuerza sobre la naturaleza de la misma experiencia. La droga hace que una persona sea sugestionable, y las creencias anteriores sobre sus efectos gobiernan el curso de la experiencia. Antes de 1962 hubo muy pocas experiencias negativas entre aquellos que ex perimentaron con el LSD.
Pero con la polarización de las actitudes respecto de la dro ga, quienes tenían interés en prohibir el LSD resaltaron todas las experiencias negativas. Al cabo de poco tiempo había au mentado mucho el número de malos viajes, e incluso los suici dios inducidos por el LSD.
Tal como sucedió con la heroína, el haber convertido el LSD en una droga del mercado negro produjo la aparición de LSD fa bricado con impurezas y adulterado. Eso produjo a su vez más reacciones negativas entre los consumidores clandestinos.
Así pues, el resultado de la increíble publicidad recibida por
el LSD fue: 1) aumentar su consumo, 2) provocar la aparición del proverbial «holgazán del LSD», 3) penalizar a una juventud idealista de clase media, y 4) desanimar la investigación sobre las promesas de nuevos modos de psicoterapia.
Se creó entonces la DEA para que vigilara el consumo de drogas en Estados Unidos. Esta institución recibe sus fondos en relación con la gravedad y la amplitud del problema de la dro ga. Al estar implicada en la imposición del cumplimiento de las leyes antidroga, los miembros de la DEA tienden a conside rar de una forma negativa el consumo de cualquier droga (apar te del alcohol, el tabaco y el café). La DEA también tiene un fuerte interés económico en conseguir la ¡legalización de dro gas usadas ampliamente. Cuantos más delincuentes haya que perseguir y detener, tantos más fondos recibe esta institución y tanto más grande se hace su organización. Dar a la DEA el po der para decidir qué drogas deben penalizarse podría conducir a una expansión constante de la organización policial que siem pre exigirá más dinero de los contribuyentes.