LA CUESTIÓN
IV. EL AHORRO DE LAS FAMILIAS: ALGUNAS
publicados para el caso de la eco- nomía española, en general se ha hallado evidencia de sustitución parcial entre los distintos tipos de ahorro. Éste es el resultado que a priori parece también esperable y razonable. Las especiales caracte- rísticas de la muestra disponible, así como la simplicidad del mo- delo, podrían contribuir a explicar los resultados en este caso halla- dos con respecto a la sustitución prácticamente unitaria entre aho- rro público y privado. En cualquier caso, fuera de toda duda razona- ble, claros efectos sustitución se detectan entre los tres tipos de ahorro, de suerte que analizar ais- ladamente el ahorro de uno de los tres agentes institucionales, sin contemplar sus potenciales efec- tos inducidos sobre el resto, pue- de conducir a obtener resultados erróneos. En otros términos, no cabe esperar que un aumento del ahorro del sector público deje in- variable al ahorro del sector pri- vado, ni que el ahorro de las fa- milias pueda abordarse de forma separada al ahorro de las empre- sas.
IV. EL AHORRO DE LAS
— El segundo extremo es que para analizar cómo el envejeci- miento de la población puede afectar a la oferta futura de aho- rro, es preciso consolidar el ahorro de las familias, de las empresas y del sector público. En este sentido, en Oliver, Pujolar y Raymond (1998) se realizó un primer intento de examinar cuál era la contribución de los distintos grupos de edad de la población española a la oferta nacional de ahorro. En particular, cuando el sector familiar se con- solida con el sector público, se comprueba que la frugalidad de la población al aumentar su edad es más aparente que real. El aho- rro de las personas de edad avan- zada proviene en buena medida del efecto inducido negativo de este grupo de edad de la pobla- ción sobre el ahorro público, pues- to que una importante porción de sus ingresos proviene de pensiones no contributivas, a la vez que su consumo de ciertas partidas de gasto público, como pueda ser sa- nidad, es elevado. Parte del des- equilibrio tendía a corregirse cuan- do el ahorro de las empresas se distribuía entre las familias efec- tuando ciertas hipótesis basadas en la tenencia de activos. Pero, en cualquier caso, la conclusión glo- bal del estudio era que la contri- bución al ahorro por grupos de edad de la población, después de consolidar los tres tipos de ahorro, se reducía con la edad. La población activa mostraba una contribución positiva al ahorro na- cional bruto, mientras que la po- blación de edad avanzada tenía una contribución negativa a la oferta agregada de ahorro. Las hi- pótesis que es necesario introdu- cir para llegar a esta consolidación completa pueden ser, en ocasio- nes, un tanto subjetivas. Pero, en cualquier caso, y prescindiendo de valoraciones cuantitativas concre- tas, resulta poco discutible la afir- mación cualitativa de que la po- blación de edad avanzada tiene
una contribución negativa a la oferta nacional de ahorro, enten- diendo el ahorro como la diferen- cia entre la renta producida y la renta consumida, directa o indi- rectamente, a través del gasto pú- blico, mientras que es la pobla- ción activa, que trabaja y que satisface una elevada proporción de impuestos, la que sustenta este ahorro nacional.
Si ello es así, la progresivamen- te más envejecida Europa precisa- rá de una elevada dotación de ca- pital per cápita si desea preservar sus estándares vitales y, para fi- nanciar equilibradamente frente al exterior esta acumulación de ca- pital, precisará ahorro. En la me- dida en que una sociedad enveje- cida genera escaso ahorro, éste probablemente tenderá a conver- tirse en un recurso escaso.
2. La distribución del ahorro por grupos de renta
Cuando se emplean datos mi- cro procedentes de las encuestas de presupuestos familiares para analizar el comportamiento del ahorro por grupos de renta, uno de los extremos que más sor- prende es el fuerte crecimiento de la tasa de ahorro con la renta.
En efecto, como es sabido, los datos individuales procedentes de las encuestas de presupuestos familiares infravaloran el consu- mo, y sobre todo infravaloran los ingresos. De hecho, si se toman directamente los datos de la Encuesta y se comparan con los de la contabilidad nacional se de- tectan dos incongruencias: la pri- mera es que la cifra declarada de gastos excede a la cifra declarada de ingresos, con lo que se obtie- ne un ahorro negativo. La segun- da es la fuerte discrepancia de es- tos datos cuando se comparan con los de contabilidad nacional.
No obstante, aun después de es- tablecer ajustes de tipo propor- cional para que los datos de la Encuesta coincidan con los de contabilidad nacional persiste una importante anomalía previa- mente señalada: la fuerte con- centración del ahorro en los es- tratos de renta elevada y la fuerte concentración del desahorro en los de renta reducida. En este sen- tido, el gráfico 4 es ilustrativo al respecto.
A la vista de este gráfico se comprueba que, ordenando las familias por niveles de renta, para la primera decila, la ratio consu- mo-renta asciende a 1,16 (es de- cir, el consumo excede en un 16 por 100 a la renta), para la última decila esta ratio se sitúa en 0,70 (la tasa de ahorro es de un 30 por 100), mientras que para la totali- dad de la muestra la ratio consu- mo-renta asciende a 0,88, que es la cifra de contabilidad nacional.
Los datos resultan todavía más llamativos si la comparación se es- tablece por centilas. En efecto, en este caso se obtiene el resultado de que para la primera centila la ratio consumo-renta es 2,09 (es decir, el consumo de la primera centila es dos veces su renta), mientras que para la última centi- la la ratio se halla en 0,48, lo que equivale a una tasa de ahorro del 52 por 100.
¿Significan acaso estos resul- tados que la tasa de ahorro au- menta con el nivel de renta y que los objetivos de equidad y de po- tenciación del ahorro son incom- patibles? Si bien podría interpre- tarse que una primera lectura de los datos apoya esta idea, un aná- lisis más pausado la revela como poco creíble.
En efecto, en Pujolar y Raymond (2003), partiendo de un enfoque de maximización intertemporal de
la función de utilidad, se deriva como caso especial el mode- lo de la renta permanente de Friedman (1957), y es esta for- mulación la que se emplea para estimar la correspondiente fun- ción de consumo. El modelo de la renta permanente, cuyas implica- ciones económicas son muy simi- lares a las del modelo de ciclo vi- tal de Modigliani y Brumberg (1954), establece que el consumo del individuo en un cierto perío- do de tiempo no depende de la correspondiente renta observada en este período de tiempo, sino más bien de la renta permanente que el individuo espera obtener a lo largo de su ciclo vital. La renta permanente podría, de alguna for- ma, aproximarse al valor actuali- zado esperado de la renta de ciclo vital. Si la renta observada de un individuo es, en un determinado momento, reducida, pero su ren- ta futura esperada es elevada, ajustará su consumo a este es- tándar de renta permanente e in-
currirá en un desahorro transitorio que sufragará mediante un tam- bién transitorio endeudamien- to. Por contra, una renta transito- riamente elevada no tendrá su contrapartida plena en un mayor consumo, sino que una elevada proporción de ella se canalizará hacia el ahorro para cubrir las ne- cesidades futuras. En otros térmi- nos, el consumo observado en cada momento no estará gober- nado por los caprichos de la tran- sitoriedad, sino más bien por lo que se espera sea el flujo de ren- ta permanente. En contra del mo- delo original de Friedman, no está claro que consumo transitorio y renta transitoria se hallen incorre- lacionadas. Cabe pensar que es razonable que una cierta propor- ción de la renta transitoria se ca- nalice a consumo transitorio, si bien el determinante básico del consumo vendrá dado por lo que se interpreta puede ser la renta permanente del individuo. De he- cho, en el mencionado trabajo de
Pujolar y Raymond éste es el re- sultado hallado.
Así, llevando a cabo una apro- ximación a la renta permanente con base en el nivel educativo de las familias, y formando grupos aleatorios de familias con objeto de lograr que los errores indivi- duales de aproximación se com- pensen (para detalles, debe con- sultarse el trabajo original), el resultado hallado con respecto a las distribuciones empíricas de las propensiones marginales a con- sumir en relación con las rentas permanente y transitoria se ofre- ce en el gráfico 5.
A la vista de este gráfico, pue- de comprobarse que, indepen- dientemente de las hipótesis de trabajo establecidas, y correspon- diendo cada distribución estimada a distintas hipótesis, la propensión marginal al consumo con respec- to a la renta permanente se halla en el entorno de 0,88, y que su
50.000
0 20.000
5.000 40.000
10.000 30.000
1
Gastos medios hogar Renta total media 45.000
35.000
25.000
15.000
2 3 4 5 6 7 8 9 10
GRÁFICO 4
RENTA Y CONSUMO MEDIO AJUSTADOS A CONTABILIDAD NACIONAL POR DECILAS (Cifras en euros)
valor coincide con el de la pro- pensión promedia al consumo. Por lo que respecta a la renta transi- toria, el valor estimado de la men- cionada propensión se halla en el entorno de 0,3. En este caso cabe también señalar que el grado de incertidumbre con respecto a su valor es más acusado, puesto que la varianza de las distribuciones es más elevada.
Del análisis efectuado se deri- van dos implicaciones claras de política económica. Una de natu- raleza más coyuntural y otra más estructural.
Con respecto a la primera, la implicación del análisis es que las medidas de política económica, y fiscal en particular, tendrán dis- tintas implicaciones sobre el con- sumo y el ahorro dependiendo de que la consiguiente modificación de renta sea interpretada por los consumidores como de naturale- za permanente o transitoria. Así, una modificación en la recauda- ción fiscal de naturaleza transito- ria tendrá su principal contrapar- tida en el ahorro. Éste puede ser el caso, por ejemplo, de un apla- zamiento o adelanto en el pago de impuestos vía retenciones, o de una modificación impositiva que se juzga por las familias como no sostenible en el largo plazo.
En ocasiones, ello puede originar que entre las variaciones en la presión fiscal y las variaciones en el ahorro aparezca una elevada correlación negativa. Por el con- trario, cuando la variación en la recaudación tiene un carácter per- manente, el consumo será la prin- cipal variable afectada y el aho- rro mostrará un comportamiento más errático.
Una implicación de carácter más estructural es determinar has- ta qué punto la redistribución de la renta y la potenciación del aho- rro pueden entenderse, o no, como
Densidades empíricas de los coeficientes estimados de la renta permanente
1.500
500 1.000
0
0,8725
Densidades empíricas de los coeficientes estimados de la renta transitoria
8
4
2 6
0 -0,3
0,8735 0,8745 0,8755 0,8765
-0,1 0,1 0,3 0,5 0,7 0,9
GRÁFICO 5
PROPENSIONES MARGINALES AL CONSUMO CON RESPECTO A LAS RENTAS PERMANENTE Y TRANSITORIA
objetivos antagónicos. Si conside- ramos que la información que el gráfico 4 transmite refleja una si- tuación de equilibrio, potenciar el ahorro familiar podría exigir re- distribuir renta de la primera de- cila, caracterizada por su prodi- galidad, a la última decila, cuyos patrones de consumo resultan al- tamente frugales. No obstante, esta afirmación será únicamente válida si las rentas permanentes bajas tienen tasas de ahorro cla- ramente inferiores a las represen- tativas de las rentas permanentes elevadas. En definitiva, los estratos de renta reducida pueden incor- porar una apreciable porción de transitoriedad. Éste podría ser el caso de un profesional o de un empresario que en un determina- do año obtiene una renta nula, pero cuya renta permanente, y por tanto su consumo, seguirá siendo elevado. Por definición, las rentas transitoriamente bajas tenderán a ubicarse en las primeras decilas.
En definitiva, este tipo de expli- cación, aparte obviamente de las respuestas erróneas, puede cons- tituir una justificación de que en un año se obtengan valores muy negativos de las respectivas tasas de ahorro para las primeras deci- las de renta. Por contra, profe- sionales o empresarios, en años anormalmente favorables, ten- derán a ubicarse en las últimas decilas, lo que justifica tasas de ahorro anormalmente elevadas.
Cuando de la renta observada se elimina esta transitoriedad, se ob- tiene la renta permanente, y la frugalidad de los distintos estra- tos de renta debe fundamental- mente juzgarse atendiendo a esta renta permanente.
Al seguir este planteamiento, la distribución de la renta y el con- sumo por decilas aparece refle- jada en el gráfico 6. A la vista de éste, se comprueba que ningún patrón definido entre tasa de aho-
rro y niveles de renta parece apre- ciarse. Es cierto que, por propia necesidad, los niveles de renta muy bajos apenas pueden optar a ahorrar, dado que se ven obli- gados por razones de superviven- cia a consumir toda su renta. Y que los niveles de renta elevados disponen de una mayor discre- cionalidad para distribuir su ren- ta entre consumo y ahorro. Pero, hecha esta matización, ningún pa- trón claro emerge entre nivel de renta y propensión promedia al ahorro. De aquí se sigue que una política de potenciación del aho- rro familiar no necesariamente comporta una redistribución re- gresiva de la renta. En definitiva, y ésta es la principal conclusión obtenida, la renta observada en un período y el consumo obser- vado en ese mismo período cons- tituyen un indicador muy imper- fecto de las pautas a largo plazo de consumo y ahorro por grupos de renta.
6.000
0 4.000
1.000 2.000
1
Gastos medios por hogar Renta total permanente media 5.000
3.000
2 3 4 5 6 7 8 9 10
GRÁFICO 6
RENTA Y CONSUMO MEDIO AJUSTADO A CONTABILIDAD NACIONAL POR DECILAS DE RENTA PERMANENTE
(En euros)
V. CRECIMIENTO Y AHORRO