LA CUESTIÓN
I. ASPECTOS TEÓRICOS (1) 1. Concepto, causas y costes
mico y de convergencia real. En el segundo se aplican el conjunto de estas reflexiones a la econo- mía española con el objeto de es- tablecer un balance y aventurar algunas recomendaciones en el ámbito de la política económica.
I. ASPECTOS TEÓRICOS(1)
tasas de inflación. Los incremen- tos salariales, no ajustados a los avances de la productividad, gra- van los costes unitarios y ejercen una presión al alza sobre los pre- cios. La erosión del poder adqui- sitivo fomenta nuevas exigencias salariales, con el riesgo de desen- cadenar una espiral inflacionista.
También los cambios de la impo- sición indirecta tienen un impac- to sobre el nivel de precios y la tasa de inflación.
El aspecto más relevante sobre los determinantes de la inflación a corto plazo es que sus efectos tienen un carácter transitorio y que, una vez realizados los ajustes pertinentes, la vuelta a la estabi- lidad debería ser la norma. Los obstáculos al ajuste de demanda, rentas y precios relativos son la principal causa de que adquiera un carácter más permanente y del riesgo para iniciar una espiral pre- cios-precios o precios-costes.
1.3. Los costes de la inflación Existe actualmente un amplio reconocimiento, tanto en medios académicos como, más reciente- mente, entre los políticos y los agentes económicos en que la es- tabilidad en los precios es una condición necesaria para asegu- rar un crecimiento sostenido y es- table. La inflación, aunque esté correctamente anticipada, y más aún si se produce de manera im- prevista, dificulta el cálculo eco- nómico, altera las decisiones de consumo, ahorro e inversión, im- pide una asignación eficiente de los recursos, y pesa sobre el cre- cimiento y el bienestar económi- co. Hay, por lo tanto, una convic- ción cada vez más arraigada de que, a medio y largo plazo, creci- miento e inflación están inversa- mente relacionados y de que la estabilidad de los precios debe fi- gurar como uno de los objetivos
prioritarios de la política econó- mica (Malo de Molina, 2001).
En un sistema fiscal progresi- vo, y en ausencia de una adecua- da corrección, el incremento del nivel general de precios desplaza la renta y los beneficios empresa- riales nominales hacia tramos más elevados, sin respaldo real algu- no, y a un aumento, sin necesi- dad alguna de legislación, de la presión fiscal.
La inflación conlleva efectos re- distributivos perversos en detri- mento de los grupos sociales con menos capacidad para protegerse del alza de los precios y prima in- debidamente a los deudores fren- te a los acreedores, especialmen- te en el caso de una elevación no anticipada. La incertidumbre hace que los agentes incorporen una prima de riesgo sobre los tipos de interés y que dediquen unos re- cursos adicionales para proteger- se contra la inflación, lo que aña- de costes y desvía recursos en detrimento de la actividad.
Finalmente, el fenómeno in- flacionista comporta otros costes como la revisión de los precios (menu cost) o la disminución de la demanda de liquidez por deba- jo de lo que sería deseable (shoe- leather cost), llegando al extremo, en los casos de hiperinflación, en los que el dinero pierde sus fun- ciones como medio de pago y de reserva de valor. Lógicamente, tan- to los costes como el esfuerzo para corregir la inflación aumentan con su intensidad.
En economías abiertas, y en función del tamaño y grado de apertura, los diferenciales de in- flación y costes, junto con el tipo de cambio, tienen un efecto de- terminante sobre la competitivi- dad, tanto en el mercado exterior como interior, y sobre la capaci- dad de crecimiento. No obstante,
el nivel de precios y de la retribu- ción del factor trabajo no son aje- nos al estadio de desarrollo, por lo que, en un proceso de conver- gencia real (catching up), las re- giones menos avanzadas tienden a reducir la brecha que les separa de las más desarrolladas, dando así lugar a diferenciales de infla- ción y de las remuneraciones sa- lariales sin efectos sobre la com- petitividad siempre que estén debidamente respaldadas por las ganancias de productividad.
2. El ajuste de los precios relativos internos
El nivel general de precios es el resultado de la agregación del co- rrespondiente al conjunto de los precios individuales, donde cada uno de ellos está sujeto a situa- ciones y condiciones cambiantes.
Los precios relativos, es decir, la razón entre los precios moneta- rios, son variables «reales», ya que expresan en unidades «físicas» la relación de intercambio entre ellos.
El análisis de los precios relativos es importante puesto que, mientras el nivel general está esencialmen- te determinado por factores mo- netarios, la estructura de los pre- cios relativos lo está por factores reales. Permanentemente, las in- novaciones alteran los modos y los costes de producción, aparecen nuevos productos en el mercado mientras que otros son retirados, la demanda se desplaza en fun- ción de la renta, de los precios y de las preferencias de los consumi- dores, por lo que los precios rela- tivos muestran un carácter diná- mico.
Los precios de cada uno de los bienes y servicios están básica- mente determinados por el de los inputs que incorporan, los costes y la eficiencia de los factores que intervienen en su elaboración, los márgenes empresariales y los im-
puestos que los gravan. En unos mercados competitivos y transpa- rentes, la evolución de los precios relativos refleja el ajuste de las es- tructuras productivas y de la de- manda final, y no implica, en sí misma, una alteración del nivel ge- neral y de la tasa de inflación.
3. La inflación en economía abierta: competitividad y convergencia real
En mercados abiertos, y en la ausencia de barreras al comercio, los precios y costes relativos entre países, junto con el tipo de cambio, adquieren una importancia crucial al influir de una manera decisiva sobre su capacidad competitiva, tanto sobre el mercado interior como sobre el exterior, el creci- miento y el bienestar general.
En los análisis de competitivi- dad es conveniente establecer una doble distinción. Por un lado, en el ámbito interno, entre los bie- nes internacionalmente comercia- bles, generalmente asimilados a las manufacturas, y los no comer- ciables, habitualmente identifica- dos con los servicios. Por otro lado, en el ámbito internacional, entre las economías que, por su tamaño, nivel de desarrollo o especializa- ción, pueden influir sobre los pre- cios internacionales (price-maker) y aquellas otras con escasa capa- cidad de influencia (price-taker) (Triffin, 1937; Dupriez, 1966).
En economías abiertas, la for- mación de los precios responde, por lo tanto, a un doble principio básico. En primer lugar, los precios de los bienes comerciables, más directamente sometidos a la com- petencia internacional, tienden a converger y presentan escasas di- ferencias (law of one price) (4). Los precios de los no comerciables, menos expuestos a la competen- cia exterior, se establecen en fun-
ción de las estructuras internas, de los costes y de la eficiencia en el uso de los factores de produc- ción. Al mismo tiempo, la capaci- dad para repercutir un alza de costes sobre los precios finales y preservar los márgenes es su- perior en el sector más protegido y en las economías con mayor ca- pacidad de influencia sobre los precios internacionales.
A tipos de cambio dados, un mayor aumento de los precios o de los costes unitarios de una eco- nomía respecto a sus competido- res deteriora el tipo de cambio real, merma la capacidad compe- titiva y acaba traduciéndose en una pérdida de cuota de merca- do a la exportación, la sustitución de producción interior por impor- taciones, una compresión de los márgenes empresariales o una combinación de todo ello. En cual- quier circunstancia, dicho dete- rioro resulta en una situación me- nos confortable para las empresas, una menor capacidad de creci- miento y de generación de ren- tas. En un régimen de cambios ajustable, dicha disparidad puede corregirse mediante una devalua- ción, mientras que en el caso de cambios fijos la depreciación del tipo de cambio «real» requiere un proceso desinflacionista y una mo- deración de los costes relativos.
Las diferencias del nivel de de- sarrollo y de productividad juegan igualmente un papel importante.
Según el conocido efecto Balassa- Samuelson (Alberola, 2000; Euro- pean Central Bank, 2003; UNECE, 2001), los incrementos de pro- ductividad en el sector de los co- merciables dan cabida a un au- mento de los salarios sin efecto sobre los precios finales, ya que dejan inalterados los costes labo- rales unitarios. No obstante, este aumento tiende a trasladarse al sector de los no comerciables, don- de los avances de productividad
son más reducidos, lo que lleva a una elevación de los precios de los servicios y, consecuentemente, del nivel general en función de su peso relativo. De acuerdo con este plan- teamiento, se deduce que, en la medida en que las economías me- nos avanzadas disponen de un ma- yor margen para incrementar la productividad, el proceso de con- vergencia real se acompaña, ge- neralmente, de una elevación del nivel de precios y de un diferen- cial de inflación frente a las más desarrolladas.
El seguimiento de la competi- tividad suele efectuarse mediante el análisis de los precios, los cos- tes relativos y del tipo de cambio (tipo de cambio efectivo real). La evolución de los costes laborales relativos por unidad de producto, al tomar explícitamente en con- sideración la productividad del tra- bajo, presenta ventajas sobre los precios de consumo, industriales o valores unitarios que, o bien no alcanzan una suficiente cobertu- ra o dejan al margen la influen- cia de los factores reales como el progreso y la eficiencia en el uso de los factores de producción (L’Hotellerie-Fallois, 1997; Banco Central Europeo, 2002). No obs- tante, la disponibilidad, calidad y homogeneidad de los costes la- borales y de la productividad no suelen alcanzar los niveles que se- rían deseables.
4. Las políticas antiinflacionistas
Básicamente, los instrumentos al alcance de las autoridades para combatir la inflación cubren la po- lítica monetaria y fiscal (policy- mix), la de rentas (moderación de costes, adecuación de las remu- neraciones a la productividad, etc.) y las de oferta (flexibilización y des- regulación de los mercados, com- petencia, etc.). Evidentemente, la
coordinación entre ellas aumenta tanto la eficacia para mantener la estabilidad de los precios como para reducir los costes asociados al proceso de desinflación. La fija- ción de objetivos en términos de tipo de cambio ha perdido prota- gonismo debido, en buena medi- da, a la dificultad de conciliar las metas establecidas con los impor- tantes flujos que han acompaña- do la liberalización de los movi- mientos de capital.
En lo que a la política mone- taria se refiere, se ha producido un cambio desde la fijación de unos objetivos intermedios, en tér- minos de crecimiento de la liqui- dez compatible con la estabilidad de precios, hacia la fijación de un objetivo directo de inflación y su instrumentación a través de los ti- pos de interés (Pollard, 2003). En buena medida, este cambio se debe a las importantes innova- ciones de los mercados financie- ros y a la dificultad para identifi- car una función de demanda de dinero suficientemente estable.
En todo caso, el diseño de la po- lítica monetaria descansa en un amplio y detallado análisis de los indicadores monetarios y reales, la situación y las perspectivas eco- nómicas. Otro aspecto destacable es el que los bancos centrales han ampliado considerablemente el grado de autonomía, al tiempo que han delimitado sus respon- sabilidades, lo que ha redundado positivamente en la credibilidad y eficacia de su actuación.
Aunque ha perdido peso res- pecto a las políticas tradicionales de corte keynesiano, la política fis- cal y presupuestaria sigue jugan- do un papel importante en la ges- tión de la demanda agregada.
Con todo, el uso discrecional de la política fiscal y presupuestaria está supeditado al mantenimiento de unas cuentas públicas saneadas, reduciendo prácticamente su pa-
pel anticíclico al juego de los es- tabilizadores automáticos.
La política de rentas está bá- sicamente orientada hacia la con- tención de los costes laborales en función de la productividad, la flexibilización del mercado de tra- bajo y los incentivos a la produc- tividad. Con ello se pretende un doble objetivo: asegurar la com- petitividad, por un lado, y basar el crecimiento de las rentas en el mayor uso y eficiencia de los fac- tores de producción, por otro.
Las políticas de oferta, orien- tadas a asegurar una amplia uti- lización y una eficiente asignación de los recursos disponibles, han adquirido, con carácter general, un notable protagonismo. La des- regulación, la libre competencia y la eliminación de las barreras al comercio, la privatización de las empresas públicas, la reducción de impuestos y de subsidios, jun- to con medidas destinadas a esti- mular el ahorro y la inversión, han ganado carta de naturaleza.
Finalmente, la credibilidad en una adecuada gestión de la esta- bilidad por parte de las autoridades y el anclaje de las expectativas de los agentes económicos constitu- ye un valioso activo en el control y la lucha contra la inflación.
II. APLICACIÓN A LA