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L AS COMUNIDADES DE AMISTAD

LAS COMUNIDADES DE AMISTAD

4. L AS COMUNIDADES DE AMISTAD

a) El papel de las comunidades de amistad en la educación ética

§ Muchos de los filósofos y pedagogos que han estudiado las cuestiones de la educación ética han asumido en su investigación una perspectiva incorrecta; es

más, pienso que no es exagerado afirmar que esta perspectiva errónea ha domina- do la ciencia moral desde el siglo XVII (incluso entre los autores que buscaban inspiración en el pensamiento clásico) y que todavía en nuestros días está lejos de ser superada.

Según esta visión, serían únicamente dos los elementos fundamentales que hemos considerar a la hora de entender y valorar moralmente una actuación cual- quiera. Está, en primer lugar, la norma de la moralidad, que es a su vez doble: ob- jetiva, es decir, constituida por los diversos tipos de leyes (divina, natural y posi- tiva), y subjetiva, es decir, la conciencia. Frente a la norma se encuentra la libre voluntad, con la que el sujeto decide si seguir o no la norma. Una vez estableci- dos estos elementos fundamentales, se hace referencia de forma casi incidental a la virtud, que es entendida como una especie de acostumbramiento gracias al cual la decisión acorde con la norma se hace más fácil, estable y agradable.

Como lógica consecuencia de estos presupuestos, la educación ética será concebida, principalmente, como formación intelectual, dirigida a que el educan- do conozca la norma objetiva de la moralidad (los diversos tipos de leyes) y a que logre resolver casos morales cada vez más difíciles (formación de la conciencia, sobre todo a través de los «casos»). Secundariamente, aunque se trata de un obje- tivo igualmente necesario, la educación ética implicará la disciplina de vida con el fin de adquirir las habilidades y rutinas correspondientes.

En realidad, las cosas son mucho más complejas. Sólo cuando la norma ob- jetiva es interiorizada y desarrollada como virtud ética, esto es, como amor habi- tual del prójimo en los términos estudiados páginas atrás, sólo entonces obtendrá el educando la capacidad de reconocer (con la conciencia) y realizar (de forma li- bre) el bien ético particular, a pesar de las eventuales dificultades existentes al respecto. Ahora bien, un hábito semejante —concluíamos en esas mismas pági- nas— se adquiere solamente en la experiencia y a partir de la experiencia, es de- cir, en el acto de amar.

Una vez que se ha entendido esto, y una vez que somos conscientes de esa es- pecie de círculo vicioso en el que se encuentra el educando (no logrará reconocer y amar el bien hasta que lo haya ya amado), podemos percibir hasta qué punto resul- ta necesario el amor-afecto de los amigos: su consejo amistoso. Se entiende, dicho con otras palabras, por qué el progreso ético es de naturaleza tal que, o tiene lugar en el ámbito de una comunidad de amistad, o simplemente no tendrá lugar.

Pero, ¿cuáles son concretamente estas comunidades de amistad tan necesa- rias para la vida buena?

b) Las principales comunidades de amistad

§ La primera y más necesaria comunidad de amistad es la familia. Como han reconocido todos los representantes del pensamiento clásico cristiano, y mu-

cho antes el mismo Aristóteles, esta comunidad constituye el lugar natural más idóneo para la realización cumplida del ideal de la amistad, para la constitución de ese «nosotros» y —en particular— de ese «nosotros vivimos bien» que defi- nen la vida buena. Precisamente por su particular importancia será objeto de nuestra atención específica en el próximo capítulo.

En este lugar quiero sólo poner de manifiesto cómo la familia, a pesar de su papel fundamental para la realización del ideal de la amistad, no es suficiente para satisfacer todas las exigencias intrínsecas de este proceso (exigencias reli- giosas, culturales, de instrucción, etc.) y, por otro lado, se encuentra sujeta a nu- merosas contingencias desfavorables (lejanía forzosa de alguno de los miembros, muerte prematura de los padres, etc.). Es necesario, por tanto, que comparta su misión educativa con otras comunidades de amistad: principalmente, la escuela (en sentido amplio) y las comunidades de carácter o de tradición.

§ Las exigencias del proceso de crecimiento en la vida buena que la familia no puede satisfacer, y a las que puede en cambio proveer la escuela (en sentido amplio), son esencialmente las referidas a la instrucción y a los primeros pasos en la socialización del individuo. Ahora bien, estas tareas, aunque a primera vista pudiera parecer otra cosa, sólo se verán coronadas con el éxito si la escuela es concebida como una comunidad que al menos en parte reúna las características de las comunidades de amistad: la presencia de una serie de ideales éticos com- partidos y el amor-afecto recíprocos.

Efectivamente, a causa de las características de la dinámica ética, es muy di- fícil que se desarrolle moralmente bien un individuo expuesto desde joven a una escuela «neutral», en la que los docentes se limiten a darle a conocer la pluralidad de formas de vida moral imperantes en la más amplia sociedad política, dejando que sea él mismo quien juzgue por cuál de ellas optar. Las formas de vida moral no son vestidos que se puedan cambiar según el propio deseo: éstas no pueden ser entendidas sin una iniciación práctica, y no es posible iniciar el educando a diver- sas formas de vida moral sin dejar en su personalidad trazas (heridas) y condicio- namientos que lo acompañarán siempre. La escuela así entendida no produce, normalmente, más que escepticismo e indiferencia y no logra siquiera alcanzar los objetivos que —en teoría— su neutralidad garantizaría más directamente: la educación de los alumnos a vivir las virtudes civiles de la tolerancia y de la co- rrección al discutir con quien mantiene otras opiniones; el desarrollo de su espí- ritu crítico ante los diversos sistemas de ideas; etc. Más adelante, al hablar de la sociedad política, tendremos la posibilidad de retornar sobre este problema.

§ Por otro lado, como algunos estudios recientes han demostrado amplia- mente y con profundidad (pienso, sobre todo, en los que ha llevado a cabo A. MacIntyre), el nacimiento y progreso en la vida buena requiere una comunidad mucho más amplia que la familia y la escuela, tanto por su extensión como por su perennidad. Me refiero a las comunidades de carácter o de tradición, que se en-

cuentran normalmente ligadas a una nación particular o a una determinada con- cepción religiosa.

En estas comunidades se engendra y conserva esa visión sapiencial y al mis- mo tiempo concreta y experimental de la vida que requiere siglos de historia para llegar a madurar: la tradición. Ésta «vive», y al mismo tiempo es transmitida a los nuevos miembros de cada comunidad, en la lengua y la narrativa propias; o en la memoria histórica; o bien encarnada en una serie de personajes ejemplares que, realizando de forma diversa los ideales característicos de cada tradición, favore- cen su estima y sugieren elecciones concretas de vida buena; o —por citar un lu- gar típico más entre los muchos que dan vida a la tradición y aseguran su conti- nuidad— en las intervenciones de la autoridad, entendiendo ésta sobre todo como prestigio que proviene de la experiencia y de la sabiduría.

Por este motivo, un proceso de «globalización» (económica, cultural, infor- mativa, etc.) que condujese a la desaparición o menoscabo notable de las comu- nidades de tradición, como por desgracia sucede hoy con mucha frecuencia, su- pone un grave perjuicio para la vida buena de las personas afectadas —no obstante sus claras ventajas desde otros puntos de vista, a las que ahora me voy a referir.

c) La necesidad de abrirse a otras sociedades más amplias

c) (la cuestión del nacionalismo)

§ Las reflexiones anteriores no excluyen, desde luego, la conveniencia de que el educando, formado en las comunidades de amistad, así como las mismas comunidades de amistad, se abran a otras sociedades más amplias, especialmente a la sociedad política.

Es más, desde el punto de vista activo (orden de los deberes) esta apertura constituye una verdadera necesidad ética. Un amor de amistad excluyente, que absolutizase el propio grupo de amigos, la propia familia o la propia tradición (nacionalismo), con exclusión del resto de los hombres, se iría empobreciendo cada vez más y acabaría por corromperse totalmente desde el punto de vista éti- co. ¿Por qué? Porque la dignidad y el valor de persona son comunes a todos los hombres, y por eso todo amor hacia los miembros de la propia comunidad de amistad que sea excluyente de los demás es, en realidad, una amistad o amor in- terpersonal equívoco, que esconde un egoísmo de dos, de tres, del pequeño gru- po. El respeto de la dignidad personal de cada hombre, el sentido de igualdad esencial entre todas las personas, la voluntad de ser solidarios con los demás (en particular con los más necesitados), son racionalmente inseparables de la auténti- ca amistad hacia los componentes de la propia comunidad de amistad.

Por otro lado, el contacto del educando y de los grupos de amistad a los que pertenece con la sociedades humanas más amplias, y en particular con la socie-

dad política, con su característico pluralismo acerca de las concepciones del bien, es muy benéfico. En la búsqueda de la vida buena todos pueden aprender de to- dos, y quien permanece encerrado en las propias comunidades de amistad difícil- mente alcanza la independencia de juicio que es necesaria para vivir bien. En par- ticular, las comunidades de carácter o de tradición incurren en fragilidades, límites y exclusiones éticamente irracionales cuando rechazan confrontarse con otras concepciones en la arena pública. Por el contrario, mediante este diálogo en- tre las comunidades, cada una de ellas tendrá la posibilidad de interpretar crítica- mente sus propias concepciones, renovarlas, corregirlas y adecuarlas a las nuevas situaciones.

§ Desde el punto de vista pasivo (orden de los derechos), si en la sociedad política no se diese este reconocimiento personal respecto a algunas «minorías» (en sentido no numérico), como consecuencia de los prejuicios imperantes en las otras comunidades de amistad (constitutivas de la «mayoría»), se podrían provo- car, además de otros daños más físicos y evidentes, una serie de graves dificulta- des para que los individuos integrantes de las primeras adquirieran una identidad plenamente humana. En efecto, nuestra identidad humana es plasmada, en buena parte, por el reconocimiento o la ausencia de reconocimiento que recibimos den- tro de la sociedad política. Si ésta devolviese a alguien, a modo de espejo, una imagen distorsionada, empobrecida de sí mismo, quedaría prisionero de esta fal- sa autoconcepción. La historia es testimonio de cuántas veces la cultura dominan- te, habiendo proyectado durante generaciones una imagen reductiva hacia otras culturas, ha sido responsable de que éstas acabaran por hacerla propia, y este au- todesprecio se ha convertido en el principal instrumento para su opresión. Piénsese, por ejemplo, en cuanto ha ocurrido en muchos lugares con las relacio- nes entre personas de raza blanca y negra, aun después de que a estos últimos se les hubiese reconocido jurídicamente iguales derechos humanos fundamentales.

Por este motivo, el reconocimiento social, la afabilidad con todos, no es sólo un detalle de cortesía, sino una necesidad humana vital.

Al estudiar aquí la familia, arquetipo de las comunidades de amistad, he con- siderado oportuno —después de introducir brevemente el argumento en el núme-

ro 1— tratar separadamente las cuestiones que ésta plantea, por un lado, en cuan-

to relación institucionalizada nacida del amor conyugal entre dos personas de distinto sexo (el amor conyugal y el matrimonio: números 2 a 4), y por otro lado en cuanto que, como fruto normal de esta relación humana, la comunidad crece con la llegada de los hijos (paternidad y maternidad: números 5 y 6). Convendrá, sin embargo, no perder de vista la íntima conexión ética que existe entre estas dos dimensiones de la realidad familiar: sólo la visión de conjunto que se obtiene una vez cerrado el círculo de la reflexión permite percibir con toda su hondura las im- plicaciones de la racionalidad ética en el ámbito de la vida familiar.

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