LAS COMUNIDADES DE AMISTAD
2. O RIGEN Y CONSECUENCIAS ÉTICAS DE LA « VIDA EN PAREJA »
Empezaremos, pues, por el examen —necesariamente sucinto— del fenó- meno sociológico de la familia fundada sobre la «vida en pareja». Lo haremos concretamente tratando de dar respuesta a las dos siguientes preguntas: a) ¿cuá- les son las causas psicológicas y de otro tipo que explican el nacimiento de esta forma tan sorprendente de asociación humana que llamamos «vida en pareja», núcleo de la familia, así como de su ulterior ampliación con la procreación de los hijos?; y b) ¿qué valoración ética, es decir, en términos de vida buena o feliz, me- rece este fenómeno social?
a) Breve biografía de la «vida en pareja»
a) y de la familia fundada en esta unión
§ Por lo que se refiere a la primera de las cuestiones planteadas, el dato so- ciológico es que la decisión de «vivir en pareja» gravita, en gran medida, sobre la
afectividad sexual, es decir, sobre la búsqueda de los valores sexuales comple- mentarios presentes en el otro miembro de la pareja; secundariamente, suelen también pesar en esta decisión otros motivos de naturaleza utilitaria (cf. Aristóteles, Ética Nicomáquea VIII, 12).
¿En qué consisten exactamente estos valores sexuales? La respuesta a esta pregunta, especialmente en nuestros días, no puede darse por descontada. Dos son las observaciones que creo conveniente hacer al respecto.
Es casi innecesario notar que los valores sexuales están integrados por las pe- culiaridades estrictamente somáticas del otro miembro de la pareja, las cuales son percibidas como un bien tanto porque hacen posible el apagamiento de una forma particular de apetito concupiscible (venéreo) como porque permiten satisfacer el deseo que muchas personas tienen de procrear. Pero los valores sexuales son una realidad mucho más rica y varia, que comprende también las características psico- somáticas peculiares del otro sexo. Y no hay duda de que estos otros valores son tan determinantes o más que los anteriores en la decisión de un varón y una mujer de «conducir establemente una vida», en lugar de limitarse simplemente a entablar una serie de relaciones sexuales aisladas o de breve duración. El conjunto de estas dimensiones psicosomáticas y corporales que integran la sexualidad es más ade- cuadamente señalado por los términos «masculinidad» y «feminidad», que evitan mejor el equívoco reductivo que suele conllevar la expresión «valores sexuales».
En segundo lugar, conviene advertir que la dinámica de la afectividad sexual que desemboca en la decisión de «vivir en pareja» suele tener dos fases previas. En cuanto instinto primario del ser humano, la afectividad se orienta hacia todas o algunas de las características abstractas del otro sexo: hacia la feminidad o la masculinidad. Se trata de un impulso que, en este nivel, se asemeja mucho al de la nutrición; como él, está centrado exclusivamente sobre el «yo»: el organismo y la psique experimentan un molesto estado de tensión, y el sujeto busca un desa- hogo y un alivio maquinales que le hagan retornar a la situación de equilibrio. El «otro», siempre al igual que en el caso del instinto de nutrición, es reducido a la condición de objeto o instrumento para la propia satisfacción, no importando su identidad: por esta razón, la sexualidad instintiva está esencialmente abierta a una pluralidad de experiencias con individuos distintos.
Por el contrario, en su desarrollo normal y no deforme (desde muchos pun- tos de vista, no sólo éticamente), el instinto sexual se orienta de forma cada vez más definida hacia la feminidad o masculinidad de un ser concreto: hacia la se- xualidad presente en una mujer o en un hombre; además, deja de ser una realidad inestable y caprichosa, para adquirir una cierta estabilidad objetiva, es decir, una cierta independencia de la voluntad actual y fluctuante de los sujetos interesados, que no pueden provocar, en un instante o en muy breve tiempo, la desaparición del afecto que los une. En cualquier caso, no hay duda de que en la raíz de la de- cisión de «vivir en pareja» se encuentra un proceso como éste de particulariza- ción y estabilización del afecto sexual.
Así pues, la biografía de la «vida en pareja» podría resumirse, en la inmen- sa mayoría de los casos, diciendo que es una forma de asociación estable entre un varón y una mujer con la que se consuma un proceso más o menos largo de ma- duración de la afectividad sexual recíproca.
Ninguna referencia se hace en esta biografía a la relación interpersonal de amistad entre los miembros de la pareja, simplemente porque éstos pueden estar o no estar unidos por un vínculo de este tipo, aunque es bastante evidente que su relación afectiva lo favorece.
Y, ¿cómo se presenta la eventual paternidad/maternidad en el horizonte de la «vida en pareja»? Considerando siempre y únicamente la dimensión afectiva de la relación entre ellos —por ser ésta la nota que acomuna la biografía de todas las parejas—, no parece que pueda afirmarse otra cosa que la existencia de una fre- cuente conexión entre el vínculo afectivo-sexual y el deseo de procrear. Por lo de- más, no es raro encontrarse —en sentido contrario— con personas que sienten un fuerte deseo de paternidad o maternidad (sobre todo de maternidad) independien- temente de cualquier forma de enamoramiento sexual.
b) Valoración ética provisional de la «vida en pareja»
§ El hecho de que una decisión tan delicada y grave como la de «vivir en pareja», y —muchas veces— la de ser padres, haya alcanzado una difusión tan grande entre personas pertenecientes a la más diversas culturas y tiempos pone de manifiesto un dato que es de gran interés para quien se ocupa de la ciencia ética, es decir, para quien trata de elaborar una reflexión sistemática sobre la vida bue- na o feliz. En efecto, dado que todas las elecciones humanas están motivadas por el deseo de felicidad, lo que este fenómeno pone en evidencia es que se trata de una forma de vida que la inmensa mayoría de las personas —todas las que deci- den «vivir en pareja»— considera especialmente feliz. Se han hecho eco de esta común valoración, por ejemplo, las distintas manifestaciones artísticas: en la lite- ratura, en el teatro y el cine o en las canciones, por ejemplo, la creación de una fa- milia fundada en la «vida en pareja», tal vez después de haber superado numero- sas dificultades, se ha convertido en el arquetipo de la felicidad humana (el final feliz del cuento). Por el contrario, la decisión de no «vivir en pareja» se presenta ante nuestros ojos como un hecho excepcional, por lo que reclama una justifica- ción adecuada («no me he casado porque…»).
Sin embargo, esta opinión general es todavía demasiado vaga y ambigua para lo que exige la ciencia ética: no nos permite concluir definitivamente, ni mucho menos, que toda familia fundada en la «vida en pareja» responde a los requeri- mientos de la felicidad. La experiencia misma atestigua lo mucho que resulta per- tinente esta reserva: con el pasar del tiempo, esta decisión puede ser causa —lo es, por desgracia, con frecuencia— de los más fuertes disgustos y sufrimientos que un hombre o una mujer pueden llegar a experimentar a lo largo de su existencia.
Y es que, como bien puso de manifiesto C. S. Lewis, entre los varios víncu- los afectivos, el de naturaleza sexual, cuando alcanza su máxima intensidad, es el más parecido a un dios, y por ello mismo el más proclive a exigir de nosotros la adoración. De manera espontánea, tiende a transformar nuestro estar enamorados en una especie de religión. Sin embargo, lo que realmente se descubre cuando sus exigencias son maquinalmente secundadas, cuando la inclinación erótica es ve- nerada sin reservas e incondicionalmente obedecida (al margen de los requeri- mientos del valor de persona propio y ajeno), es que no se trata de un dios, sino de un demonio. Sin que nadie le haya dado permiso, el afecto sexual nos prome- te y nos inclina a prometer todo y para siempre… y, sin embargo, por todos lados resuenan los lamentos contra las desilusiones, los engaños y la fugacidad del amor erótico.
Por eso, podemos concluir aquí en una primera aproximación ética a la cues- tión, que la «vida en pareja» ha de ser valorada positivamente, al igual que cual- quier otro fenómeno afectivo que acerque a las personas. Pero, al igual que cual- quier otro tipo de vínculo afectivo o sentimental, también el de naturaleza sexual manifiesta una cierta ambivalencia ética. Casi todas sus características, insiste Lewis, puede ser bien aprovechadas; pero pueden también ser mal aprovechadas: es un sentimiento que, abandonado a sí mismo, libre de seguir su curso, puede abatir y degradar la vida del hombre. Es cierto que sus denigradores, los antisen- timentalistas, desconocen la riqueza ética de este fenómeno afectivo y no han di- cho al respecto toda la verdad; pero casi todo lo que han dicho contra él responde a la verdad.