LAS ORIENTACIONES ESENCIALES DE LA VIDA BUENA:
6. V IVIR BIEN LA « VIDA PRIVADA »
§ Nuestras anteriores reflexiones acerca de la ética personal o individual, o —por decirlo de forma aún más precisa— acerca de los primeros pasos en la vida buena y sus consecuencias, pueden resumirse con dos proposiciones. Resulta, en primer lugar, que la tarea de realizar la vocación personal a la beatitud presupone una actitud humilde y, mediante un proceso de crecimiento en la virtud (amor), desemboca en la comunión con Dios y con el prójimo. Por el contrario, el desca- mino se nos presenta como una dinámica que arranca de la soberbia y que, en ra- zón del egoísmo creciente de la persona viciosa, hace que ésta tienda cada vez más a replegarse sobre sí misma, hasta llegar al total aislamiento.
Estas conclusiones nos han invitado a lo largo de nuestra razonamiento, y nos invitan nuevamente en el momento de concluir, a orientar nuestra atención
hacia la ética social, porque nos muestran que es en el ámbito de las relaciones con los demás donde el hombre realiza la vida buena o —cuando, por el contra- rio, se cierra a las relaciones interpersonales— donde se aísla en una existencia desgraciada. Pero al mismo tiempo, y en otro sentido, parecerían justificar la idea, muy difundida en la cultura actual, de que existe un ámbito más o menos amplio de la actividad humana que no es susceptible de valoración ética, ya que es en sí misma algo referido al «yo», y únicamente al propio «yo». Este sería el caso, por ejemplo, de los meros pensamientos y deseos o de las acciones con las que se busca descanso físico, distraer la mente, etc.
En contra de esta idea común, he afirmado precedentemente —aunque haya sido sólo de pasada— que la vida buena es un objetivo realizable mediante todas las acciones humanas, incluidas aquellas que se nos presentan como más estric- tamente individuales. Y es que, añadía, todas ellas (el amor que las informa) im- plican siempre, directa o indirectamente, una toma de posición intencional posi- tiva o negativa en relación con el Ideal práctico, es decir, respecto a Dios y al valor de persona del prójimo. Justificar la validez de esta tesis en el caso de las acciones que parecerían ser rigurosamente «privadas», indicando cuál es su rele- vancia relacional o social, es el objetivo que me propongo antes de cerrar defini- tivamente este capítulo sobre la ética personal.
§ En vista de este objetivo, me parece que es importante aclarar antes que nada un equívoco frecuente. Muchas de las perplejidades que suscita la afirma- ción de que todas las acciones humanas, incluidas las en apariencia estrictamente privadas, son éticamente relevantes, se derivan de una errónea concepción acerca de la naturaleza de la vida buena. El error al que aludo es característico de las concepciones morales juridicistas y fisicistas, en las que se sostiene que única- mente aquellas acciones del hombre que tienen consecuencias externas serían susceptibles de una valoración ética.
Esta opinión no tiene en cuenta que la racionalidad o irracionalidad ética del comportamiento humano depende esencialmente del objeto del acto interno de la voluntad y de su particular toma de posición (de amor o rechazo) en relación al mismo. No existe, por tanto, ningún motivo para negar a los actos voluntarios de la persona referidos a Dios o al prójimo, aunque no tengan consecuencias exter- nas, una eficacia positiva o negativa en la realización de la vida buena: por ejem- plo, a los actos elícitos de misericordia, de comprensión, de tolerancia o —en sentido contrario— de envidia, de juicio temerario, etc.
De estas afirmaciones no se sigue, sin embargo, que la exteriorización del amor carezca de relevancia ética. El amor «con obras», encarnado en acciones externas y físicas es, en realidad, inherente a la realización de la beatitud, ya que esta tarea consiste en promover el bien de la persona amada, y —por decirlo pa- rafraseando a M. Nédoncelle— el «yo amante» no puede poner en práctica esta voluntad de promoción del «tú amado» más que a través de la naturaleza física
que es «el único puente que comunica» las dos subjetividades. Para superar esta separación, el «yo» debe entonces crear una obra.
Por otro lado, y de forma secundaria, estas manifestaciones externas tienen también relevancia ética porque son muy útiles para el sujeto en un doble senti- do: primero, porque le sirven como criterios objetivos para someter a prueba la verdad acerca del propio amor y, en su caso, rectificar; en la misma línea, se pre- sentan muchas veces como una ocasión propicia para mejorar la cualidad del amor con el cual se emprendieron las acciones buenas: por ejemplo, porque al perseverar en ellas, se purificará nuestra intención y se hará más firme nuestra unión con el otro.
§ Esta sencilla consideración es suficiente para reducir considerablemente la trascendencia del problema de la relevancia ética de la «vida privada». Pero lo resuelve sólo parcialmente, ya que existen muchas otras actividades humanas que, tanto desde el punto de vista externo como interno, parecerían estar cerradas de por sí, al menos en condiciones normales, a cualquier relación con los demás: las lecturas, el sueño, la alimentación, etc. La cuestión de fondo permanece, por tanto, abierta, aunque podemos plantearla ahora de una manera más precisa: ¿tie- nen algún influjo (positivo o negativo) sobre la vida buena del sujeto aquellos comportamientos en los que su intencionalidad parecería replegarse total y nece- sariamente sobre su «yo»?
La respuesta es siempre afirmativa: influyen, efectivamente, en la vida bue- na. Y este hecho se explica por las mismas razones a las que he aludido hasta aho- ra: también estas acciones «privadas», aunque pueda parecer otra cosa, poseen una dimensión relacional. Con ellas el sujeto humano opera, inevitablemente, una serie de transformaciones de diversa naturaleza en la propia personalidad; trans- formaciones no sólo físicas, sino también psicofísicas y espirituales. Ahora bien, tales cambios pueden secundar o no el propio sentido relacional. Provocan con el tiempo la adquisición de una «nueva» personalidad más o menos abierta y capaz de realizar el Ideal práctico. Por eso, las acciones que los causan son indirecta- mente relacionales y éticamente relevantes.
Es éste, si no me equivoco, el sentido profundo de algunas afirmaciones de Tomás de Aquino, como la siguiente: «el bien de cualquier virtud, tanto cuando ordena un individuo en sí mismo, como cuando lo ordena respecto a otros indivi- duos, es referible al bien común, del cual se ocupa la justicia [en cuanto virtud ge- neral o universal]» (cf. Summa theologiae II-II, 58, 5, c.). Y, por el mismo moti- vo, añadirá casi inmediatamente el Aquinate que todo pecado del hombre contra sí mismo es un pecado contra el bien común, contra la justicia (cf. ibid., ad 3). Trataré de justificar, o por lo menos de ilustrar, esta tesis.
§ Una primera confirmación, la más inmediata y manifiesta, se obtiene al constatar el influjo que muchos comportamientos en rigor individuales tienen so-
bre la dimensión más física del sujeto y que, indirectamente, mejoran o empeo- ran su capacidad para relacionarse con los demás. Nacen de aquí, por ejemplo, los deberes relativos al cuidado de aquellos aspectos de la propia corporeidad que condicionan el ejercicio de las funciones intelectuales y volitivas: el deber de ve- lar por la propia salud, el de dedicar el tiempo necesario al descanso (mediante el sueño, la diversión, etc.) o —por indicar uno más— el deber de mantener una buena forma física (con una alimentación sana, practicando algún deporte, etc.).
La idea, insisto, es conseguir —en lo posible— un buen dominio de nosotros mismos, especialmente de nuestras capacidades de entender y querer, para estar así en condiciones de promover el bien de los demás (un objetivo que, ciertamente, es mucho más difícil si hemos dormido poco, hemos comido demasiado, etc.). Por este motivo, no forman parte de estos deberes, sino que en el fondo los contradi- cen, las diversas formas egoístas de «culto del cuerpo»: la excesiva preocupación por la propia salud, la idolatría de la perfección física o del éxito deportivo, etc. Más directamente contrario a este orden de obligaciones es el uso de estupefacien- tes y el abuso del alcohol, ya que —al margen de otros efectos negativos a largo plazo— conducen el razonamiento por vías ilógicas y provocan el cese temporal de las inhibiciones y de la capacidad de autocrítica del sujeto. Por el contrario, no ha de considerarse éticamente irracional el uso de ciertos productos estimulantes o tranquilizantes (alcohol, tabaco, café, etc.) en dosis moderadas.
§ En segundo lugar, el comportamiento privado tiene otras consecuencias de naturaleza psicofísica y espiritual, quizá menos llamativas u observables que las anteriores, pero no por ello menos relevantes desde el punto de vista ético.
Entre estas consecuencias se deben mencionar, ante todo, las que se siguen de las muchas posibilidades que la «vida privada» ofrece para mejorar la propia formación intelectual, tanto en el terreno profesional como cultural, y —en estos dos ámbitos— en la específica materia ético-doctrinal. De la importancia para la propia vida buena de la formación profesional hablaremos más adelante. Por lo que se refiere a la adquisición de una buena cultura general, no cabe duda de que ésta favorece notablemente el progreso hacia la vida buena: porque ayuda al hombre a salir de sí mismo, ampliando su visión y perspectivas, haciéndole ca- paz de percibir y gustar lo universal, y, en definitiva, porque estos conocimien- tos —nihil volitum nisi praecognitum— constituyen un instrumento indispensa- ble para la comunión con Dios y con los hombres de todos los tiempos.
Por estos motivos, la formación de la inteligencia y de la conciencia consti- tuyen un objetivo que toda persona debería perseguir, en la medida en que lo per- mitan sus circunstancias particulares y empleando para ello todos los medios a su disposición: el estudio, las lecturas, el consejo de terceros, etc. Sin embargo, es im- portante advertirlo, este saber más deberá ser buscado como un instrumento para realizar mejor la comunión con Dios y con el valor de persona del prójimo. Si, por el contrario, el sujeto no buscase la formación intelectual con esta finalidad, exis-
tirá siempre el riesgo de incurrir en una forma de orgullo intelectual. En concreto, el sujeto se verá fácilmente arrastrado hacia esa peculiar forma de orgullo —que es característica, por ejemplo, del racionalista— consistente en perseguir no la ver- dad en sí misma, sino el hecho de poseerla, de dominarla (J. de Finance).
Además, la actividad «privada» permite construirse una personalidad psico- física íntegra por lo que se refiere a los afectos y a la misma voluntad. Se entien- de bien esta idea a partir de la constatación de cómo cualquier individuo que se trate (se ame) habitualmente como un sujeto de simple bienestar, dejando que su voluntad se rinda ante todos los caprichos de la sensualidad que no sean clara- mente ilegítimos (mirando todo lo que sea lícito mirar, oyendo música siempre que le apetezca, comiendo en cualquier momento del día, asumiendo siempre la postura más cómoda, etc.) o buscando satisfacer de todos los deseos de autoafir- mación que no sean directamente ilícitos (figurar siempre y en todo, insistir cuan- do se tiene razón, etc.), será un individuo que acabará por desarrollar una perso- nalidad éticamente enferma: una personalidad viciosa, egoísta, en el sentido preciso que antes hemos estudiado. Así lacerada por el amor propio desordenado, la persona provocará, inevitablemente, una laceración semejante en sus relacio- nes con Dios y con el prójimo.
La racionalidad ética nos ha de llevar, obviamente, a alejarnos de este peli- groso desorden de los afectos y de la voluntad. Esto se conseguirá, por lo que se refiere siempre al ámbito específico de la «vida privada», mediante una serie de comportamientos de carácter negativo: es decir, consistentes en un cierto «res- ponder que no» a las inclinaciones del «yo». Se tratará, concretamente, de ser moderados en los placeres corporales legítimos, en la tendencia a la irascibilidad por mucho que esté justificada, en las consideraciones y afectos en torno a noso- tros mismos, aun cuando respondan a hechos verdaderos, etc. La positividad de estos comportamientos habrá que buscarla en el ámbito de la actividad relacional o social: es decir, en las afirmaciones del «yo» al Ideal práctico que serán posi- bles gracias a estas negaciones pronunciadas contra algunos de sus legítimos ca- prichos.
§ Los primeros pasos que el hombre da en el camino de la vida buena son una consecuencia directa de su percepción de haber sido llamado a conducirse en una existencia feliz. Por tanto, más que una libre y activa elección, lo que al ini- cio de este recorrido existencial se encuentra es una toma de conciencia pasiva de haber sido llamados (por Alguien) a él. Su consecuencia inmediata, y todavía pa- siva, es esa predisposición positiva del sujeto hacia el bien que es el núcleo origi- nal de esa realidad que el pensamiento clásico cristiano ha llamado «humildad». Sólo entonces, y como desarrollo de esa predisposición, podrá y deberá interve- nir la libertad del sujeto: no siendo esa humildad natural más que un simple ger- men de vida buena, deberá ser secundada y llevada a plenitud por el sujeto al re- alizar sus elecciones concretas, existenciales.
El problema es, como en otro momento notaba, que los efectos benéficos de la humildad natural no alcanzan a este tipo de elecciones concretas; es más, la ac- titud naturalmente predominante en el ámbito existencial del obrar humano es la contraria: la soberbia, raíz de todos los comportamientos éticamente irracionales. Para que el hombre sea efectivamente capaz de vivir bien será necesario, por tan- to, superar esta situación nativa. Con este fin, se requerirá un serio empeño per- sonal que apunte en una doble dirección:
1. Por una parte, el sujeto deberá tratar de eliminar la soberbia o, más pre- cisamente, evitar que ésta pueda generar el vicio del egoísmo. De este primer as- pecto «negativo» de la ascética ética nos hemos ocupado ya en varios momentos de nuestro razonamiento acerca de las implicaciones individuales de la vocación a la vida buena. Por lo demás, bastará notar aquí que los principios negativos de actuación que eran válidos en el ámbito de la «vida privada» lo serán también en la esfera de los comportamientos directamente relacionales: con mayor razón aún, pues el asentimiento a la soberbia en las relaciones intersubjetivas implica de modo más inmediato y profundo el aislamiento alienante del sujeto y el desa- rrollo de su amor propio egoísta.