LAS COMUNIDADES DE AMISTAD
2. E L PAPEL DE LA AMISTAD EN LA DINÁMICA DE LA VIDA BUENA
La perspectiva desde la que hemos examinado hasta aquí el problema de la reciprocidad del amor, tanto del amor (bueno y malo) en general como del amor de amistad, ha sido, por así decirlo, «estática»: como si no hubiese más alternati- va que la de amar o no amar. Las cosas, en realidad, son más complejas. También —o, mejor aún, especialmente— en el caso del amor de amistad por el que vivi- mos bien: más que un «estado» que se alcance de una vez por todas, se trata de un proceso de crecimiento, en el que no faltan los retrocesos, que se prolonga duran- te toda la vida: una ascética de naturaleza intencional hacia una meta difícil y le- jana. Ahora bien, sólo esta visión dinámica y más ajustada a la realidad nos per- mite comprender en toda su extensión y profundidad el fenómeno de la interdependencia ética entre los hombres y el papel insustituible de la amistad.
a) El problema de la dinámica ética
§ El hombre, se reconoce comúnmente, es por naturaleza el más desvalido de los animales, el que más ayuda necesita de sus congéneres y por más largo tiempo para lograr su bien propio. También por lo que se refiere a los aspectos
más inmateriales y más importantes de ese bien que sólo la inteligencia y la vo- luntad pueden alcanzar: de la Naturaleza ha recibido exclusivamente una razón práctica capaz de aprehender las exigencias más genéricas de la vida buena y una voluntad débilmente inclinada a ponerlas en práctica. Estas capacidades natura- les, notábamos ya páginas atrás, no son suficientes para que la persona pueda realmente vivir bien. Con este fin se requiere un esfuerzo permanente, tanto en la juventud como en la madurez y en la vejez, dirigido a desarrollar estos gérmenes de virtud, este conocimiento y amor naturales del bien humano.
¿Cómo puede lograrse este objetivo? El crecimiento en la virtud no se logra con la simple reflexión personal sobre los principios éticos universales y sus im- plicaciones; ni basta tampoco completar esa reflexión con el estudio de las obras que tratan de la ciencia ética; ni, en fin, es suficiente la orientación intelectual y el estímulo para vivir bien que toda persona recibe (por ejemplo, en la forma de usos y costumbres) dentro de la cultura local, nacional, etc., en la que se halla en- gastado. Todos estos medios resultan exiguos por un doble motivo:
En primer lugar, porque el conocimiento ético que por estas vías se puede obtener se refiere, en el mejor de los casos, a una serie de principios abstractos del orden ideal de la vida buena que resultan totalmente insuficientes como (único) criterio-guía para individuar los actos particulares de elección con los que se vive bien: es decir, con los que se es, aquí y ahora, un buen marido o una buena mujer, un buen padre o una buena madre, un buen profesional, etc. Parafraseando una idea de J. Maritain y cargando un poco las tintas, puede decirse que el mismo caso moral no se repite jamás: en sentido estricto, no hay nunca un precedente, sino que con cada elección me encuentro en la posición de quien ha de hacer algo nuevo, introducir en la existencia un acto único en el mundo, que deberá ser con- forme a las exigencias de la vida buena de una manera y con unas condiciones que son estrictamente mías y que no se habían visto hasta entonces. Por eso, para poder vivir bien, se requiere un tipo de saber mucho más particular que el que procede de la reflexión personal, el estudio o la cultura; un saber que sólo la ex- periencia misma de la vida buena me puede procurar.
En segundo lugar, ha de tenerse en cuenta que los conocimientos que por esos tres caminos pueden alcanzarse son de naturaleza predominantemente teóri- ca, especulativa («el ser humano debería actuar de éste o aquel otro modo»), y por ello mismo incapaces de influir eficazmente sobre nuestros actos de elección, evitando el predominio ciego o el influjo desorientador de las pasiones. Para vi- vir bien, para ser efectivamente capaces de actuar, aquí y ahora, como un buen marido o una buena mujer, un buen padre o una buena madre, un buen profesio- nal, etc., se requiere un saber plenamente práctico: un conocimiento de las impli- caciones existenciales del amor hacia el valor de persona de los demás que sea capaz de interesar, cautivar e impulsar la libertad en las elecciones particulares de la vida cotidiana. Ahora bien, un conocimiento semejante se adquiere solamente en los actos mismos de ejercicio de la libertad, en la medida en que al realizar ac-
ciones buenas el sujeto «saborea» la felicidad de la comunión de amor con la per- sona del otro (marido o mujer, hijo, cliente o compañero de trabajo, etc.) y va cre- ciendo su amistad con él.
§ De todo esto no se deduce que la cultura sea irrelevante en la dinámica ética, que sean inútiles las nociones o descripciones éticas abstractas fruto de la reflexión personal o que la ciencia ética ha logrado establecer a lo largo de la Historia. No, el crecimiento ético procede mediante un círculo hermenéutico en- tre experiencias particulares de vida buena y nociones o descripciones generales acerca del contenido de este orden ideal. Las experiencias particulares son inter- pretadas y vividas por el sujeto como realizaciones singulares de los conceptos teórico-prácticos y de las correspondientes intenciones o deseos. A su vez, estos conocimientos teórico-prácticos e intenciones, que inicialmente son muy genéri- cos y confusos, se aclaran, se precisan, se especifican ulteriormente gracias a nue- vas experiencias prácticas particulares.
Pero, en cualquier caso, lo que sí se concluye de las observaciones anterio- res es que la racionalidad que regula el comportamiento ético y que nos permite vivir bien, construyendo a este efecto un orden en la inteligencia, en la voluntad y en los sentidos, se desarrolla sólo en la experiencia y a partir de la experiencia de la comunión interpersonal. Se trata de una conclusión muy importante, pues nos permite entender hasta qué punto el progreso en la vida buena es para todo hombre —sobre todo durante la infancia, pero también más adelante— un objeti- vo problemático: en efecto, ¿cómo será entonces posible conocer y sentirse ver- daderamente interesado por el valor ético de las acciones concretas, existenciales, antes de vivirlas o experimentarlas?; ¿será siempre necesario equivocarse, pasar a través de una serie de experiencias éticas negativas, quizá con consecuencias graves o incluso irreparables, para ser realmente capaces de percibir y elegir el bien ético particular?
No, para aprender a vivir bien no es necesario equivocarse: existe otra posi- bilidad, una única posibilidad, como ya Aristóteles había notado en la Ética
Nicomáquea: la educación o formación ética que el hombre, en el papel de «edu-
cando» (niño, joven o adulto), recibe de los amigos.
b) La necesidad de la formación ética a través del «consejo amistoso».
b) Sus condiciones de idoneidad
§ Nos preguntamos: ¿cómo puede la formación ética impartida por los ami- gos contribuir a que el educando supere la aparente circularidad de la vida buena: «para poder vivir bien, hay que haber vivido ya bien»? Inspirándome en las con- clusiones de Aristóteles, creo poder responder que esa formación deberá llevarse a cabo, principalmente, mediante lo que podríamos llamar «consejos amistosos» (cf. Ética Nicomáquea IX, 12).
Los «consejos» de los que aquí se habla no son los que el leguaje ordinario designa como tales, sino algo más específico. Forman parte de esta categoría, en concreto, todos aquellos comportamientos (gestos o palabras) objetiva y subjeti- vamente idóneos para provocar en el educando la amistad, el afecto-amor hacia la dignidad y el valor de persona del prójimo (o bien, secundariamente, la ene- mistad, el disgusto-odio hacia las acciones que contradicen esa dignidad o ese va- lor). Para mejor entender esta definición del consejo amistoso y el papel insusti- tuible de los amigos al darlo, es conveniente profundizar en el significado de las dos condiciones de idoneidad a las que acabo de aludir: objetiva y subjetiva. Mediante ellas, como vamos a ver, esta forma de comunicación interpersonal lo- gra solucionar las otras tantas dificultades —señaladas en el apartado anterior— que hacen del crecimiento en la vida buena un objetivo problemático.
1. Idoneidad objetiva. El consejo debe ser, ante todo, existencialmente ver- dadero, en el sentido de que deberá dar a conocer al educando las implicaciones positivas (y, secundariamente, las negativas) del orden ideal de la vida buena en sus concretas circunstancias existenciales. Ahora bien, esta idoneidad objetiva del consejo presupone muchas veces, si no siempre, la amistad entre el educador y el educando.
En efecto, para un tercero extraño, aunque comparta con el educando los mismos ideales de vida buena y tenga mucha experiencia en la materia, resulta muy difícil percibir la particularidad de las circunstancias personales y de las si- tuaciones en las que deben ser tomadas las decisiones éticas. Esa unidad de idea- les y esa rica experiencia de la vida son necesarias, pero sólo el amigo, el amigo prudente, puede aconsejar del modo debido al amigo, ya que, en virtud del co- nocimiento que nace del afecto-amor recíproco y del trato continuo, se ha con- vertido de algún modo en alguien intrínseco a él (cf. Aristóteles, Ética Eudemia VII, 12). Puede entonces, por así decirlo, considerar la situación concreta de la decisión directamente «desde dentro», desde su centro responsable, y a la vez «desde fuera», valorándola a la luz del conocimiento que proviene de la expe- riencia personal y con la objetividad de la que el sujeto mismo carece por el in- flujo de sus pasiones. Se encuentra así en las condiciones mejores para prefigu- rar, en la forma de una advertencia, la decisión que deberá tomar el amigo o bien representarla posteriormente en la forma de una sentencia, actuando como un juez.
2. Idoneidad subjetiva. La verdad que el consejo debe transmitir es una ver- dad práctica, y por ello su hechura o conformación ha de ser también la más idó- nea desde el punto de vista subjetivo: esto es, la más adecuada para interesar e impulsar la voluntad del educando en la dirección del comportamiento objetiva- mente bueno. Dicho de manera más completa, los comportamientos, gestos o pa- labras, con los cuales se comunica el consejo deben trasmitir la verdad sobre el valor de persona del prójimo o un aspecto particular de este valor, de manera tal
que se presente al educando, que no lo ha experimentado («saboreado») todavía, o en cualquier caso no lo ama con toda la extensión y profundidad posibles, como algo atractivo o amable (o bien, por lo que se refiere a los «antivalores», como algo desagradable u odioso). Esta atracción pre-amorosa hacia el valor de perso- na, dirigida precisamente a provocar el amor, no puede ser otra que atracción afectiva, y por eso el consejo, para ser eficaz, requiere la amistad (en su dimen- sión de afecto recíproco) entre el educador y el educando.
En efecto, sólo en el clima de amor-afecto recíproco que caracteriza la amis- tad, el educando —niño o adulto— encontrará por así decirlo materia para su amor hacia el valor de persona de los demás. Sus acciones conformes externa- mente al orden ideal de la vida buena se verán alentadas y después aprobadas por las personas con las que convive mediante comportamientos, gestos o palabras, envueltos en afecto. El educando llevará a cabo esas acciones, en un primer mo- mento, por el intenso sentimiento de placer que experimenta al recibir tales ma- nifestaciones de afecto, y sólo secundariamente por su amor hacia el valor de per- sona del prójimo. Pero, en el acto poner en práctica esas acciones, podrá descubrir poco a poco su bondad ética, «saborear» la beatitud y aprender que és- tos y otros comportamientos semejantes merecen ser vividos por sí mismos, a pe- sar de las dificultades afectivas o de otro tipo que pueda conllevar su realización. Por el contrario, los elementos egoístas de su comportamiento que los amigos de- saconsejen manifestando su disgusto serán mucho más fácilmente identificables como carentes de auténtica bondad, contrarios a la comunión con el valor de per- sona de los demás.
§ Esta última dimensión constitutiva del consejo amistoso es de gran impor- tancia para poder entender con profundidad la naturaleza peculiar de la dinámica ética, evitando algunos errores teóricos y prácticos que han sido y son bastante frecuentes en el ámbito de la Ética y de la Pedagogía. Por este motivo, será desa- rrollada en el próximo apartado (el número 3).
En cualquier caso, una conclusión se nos presenta ya ahora como obligato- ria. La realización tendencialmente perfecta del ideal de la vida buena, como ya Aristóteles había señalado, no es posible en el (muy débil) clima de amistad que es posible dentro la sociedad política en su conjunto, ni siquiera cuando esta agru- pación es de dimensiones reducidas, como sucedía con la polis griega. Esta socie- dad y otras semejantes son demasiado amplias y demasiado heterogéneas como para que se pueda crear entre sus miembros una relación de amistad, de profundo amor y afecto recíproco, tal y como exige la dinámica ética. El hombre —ha con- cluido por eso Aristóteles— deberá buscar la posibilidad efectiva de vivir bien dentro de otras comunidades más pequeñas y homogéneas, donde sean posibles las relaciones humanas con estas características: son las varias comunidades de