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L A AMISTAD COMO AMOR AFECTO RECÍPROCO

LAS COMUNIDADES DE AMISTAD

1. L A AMISTAD COMO AMOR AFECTO RECÍPROCO

a) El problema de la reciprocidad del amor

§ A propósito del fenómeno genérico del amor entre los hombres, cuales- quiera que sean su contenido y cualidad ética (bueno o malo), la exigencia de re- ciprocidad a la que acabo de referirme podría ser mejor descrita como sigue. Todo amor que no supera la unilateralidad se llama amor no compartido y es in- separable de la pena y del sufrimiento. A veces persiste durante mucho tiempo en el sujeto, en la persona que lo experimenta. Pero el amor no compartido está con- denado desde el inicio a existir de manera anormal (como «amor platónico») y úl- timamente destinado a morir.

La amistad auténtica, el amor interpersonal que es característico del orden ideal de la vida buena, no constituye una excepción. Su objeto, como sabemos, es la formación de un cierto «nosotros» de naturaleza intencional, en el cual cada uno de los sujetos amantes, sin perder su propia identidad (es más, afirmándola), se enriquece en mayor o menor grado con el valor de persona de los seres amados. Pues bien, en la exacta medida en que la persona amada no corresponda al amor del sujeto o no se lo manifieste adecuadamente, el «nosotros» intencional que ha- bía creído constituir con su amor se le presentará como un engaño, una quimera existente sólo en su fantasía, y estará condenado a vegetar y finalmente morir.

§ Si he subrayado el término «manifiesto», es para poner de relieve que la persona, para poder vivir el «nosotros» del que hablamos y no quedarse por el contrario sola, debe, de algún modo, tener noticia del amor que el amado siente hacia ella. Esta noticia, a un «espíritu encarnado» como el hombre, únicamente puede llegarle a través de los sentidos. Por este motivo el amor recíproco, para ser realmente compartido y poder subsistir, debe revestir una forma física: debe co- municarse mediante ciertos comportamientos externos, que serán esencialmente gestos o palabras.

¿Cuáles habrán de ser concretamente estos comportamientos, gestos o pala- bras? Por el momento, y en espera de los resultados a los que nos conducirá un análisis más detallado de los varios tipos posibles de amor compartido que son necesarios para la vida buena, pueden indicarse los siguientes criterios genéricos. Ante todo, como acabo de anticipar, resultará que el deber-ser de esos com- portamientos (gestos o palabras) manifestativos del amor, su conformación con- creta (como abrazo, como ayuda económica, como prestación profesional, etc.) dependerá fundamentalmente del sistema de relaciones en el que los sujetos se mueven y, más precisamente del tipo de «nosotros» que el amor ha constituido o debería constituir entre ellos (el «nosotros» de la unión conyugal, o de la normal amistad, el que existe entre el comprador y el vendedor, etc.). Hablando de las re- laciones interpersonales en general, lo único que cabe afirmar es que el sujeto éti-

co, al relacionarse con cualquier hombre (sin otras especificaciones), deberá siempre reconocer su humanidad, lo cual significará no sólo respetar sus derechos fundamentales, sino además comportarse con afabilidad: educadamente, con co- rrección y amabilidad. Este elemento positivo del reconocimiento entre los hom- bres tiene mucha más importancia de lo que pudiera parecer: además de condicio- nar la adquisición de una identidad plenamente humana por parte de los individuos (especialmente si forman parte de alguna de las «minorías» raciales, religiosas, etc. presentes en la sociedad), es una condición indispensable para la creación y el mantenimiento de ese «nosotros» que constituye el entramado co- nectivo, por ejemplo, de la empresa, de la comunidad de vecinos, de la ciudad o de la sociedad política.

No obstante, en el ejercicio de la afabilidad existe también un error por ex- ceso: los diferentes comportamientos, gestos o palabras mediante los cuales pa- recería ponerse en práctica esta virtud no son siempre expresiones de auténtica

afabilidad, es decir, manifestaciones idóneas para promover o conservar la exis-

tencia del «nosotros vivimos bien». Lo serán únicamente en la medida en que sean interiormente causados por la comprensión y el amor hacia los otros en su valor de personas, y siempre que se configuren externamente de manera que los ayuden objetivamente en la realización de su ideal práctico. Así las cosas, será necesario vigilar con el fin de que las hipotéticas manifestaciones de la afabilidad no asuman en algunos contextos (para el sujeto activo o para el sujeto pasivo) un significado que es en realidad opuesto. La sonrisa, por ejemplo, deberá ser consi- derada muchas veces como una manifestación de auténtica afabilidad; pero en otras ocasiones, como cuando se sonríe ante ciertos comportamientos éticamente irracionales de los demás, mostrando de este modo la propia aprobación y evitan- do el desagradable «deber de corregir», podría tratarse de un gesto egoísta, que no tiene en cuenta las necesidades objetivas del bien propio y del prójimo (del bien común).

b) La «perfección» del amor: la amistad

§ Veamos, en síntesis, la conclusión a la que nos conducen todas estas con- sideraciones respecto al amor interpersonal con el que se realiza de modo pleno el ideal de la vida buena y que el pensamiento clásico ha denominado amor de amis-

tad o simplemente amistad (aunque, en ocasiones, añaden el adjetivo «auténtica»,

para distinguir las amistades buenas de las malas, que —como la existente entre hombres viciosos— son contrarias a la vida buena). Pues bien, a la luz de la teo- ría general expresada por el principio personalista y de cuanto acabamos de ver, las condiciones de posibilidad de un amor de este tipo serán las siguientes:

1. El amor de amistad dependerá fundamentalmente, para cada individuo, no sólo del comportamiento personal, de la seriedad de su propio empeño por res-

petar y promover el valor de persona de los otros, sino —además— de su efecti- vo vivir dentro de un «nosotros» intencional puesto en acto por un grupo de per- sonas que se empeñen con igual seriedad en su favor. Todavía más sintéticamen- te, la amistad (auténtica) implica el esfuerzo de una comunidad de personas por comportarse recíprocamente según el principio personalista en su formulación más exigente, maximalista.

2. La comunicación, la afirmación recíproca de la existencia de este parti- cular tipo de «nosotros», deberá llevarse a la práctica mediante toda una serie de comportamientos, gestos o palabras que manifiesten adecuadamente la extensión y la intensidad de esta peculiar comunión entre los sujetos. Son actos idóneos para comunicar este mensaje, por ejemplo, la compañía, los pequeños actos de servicio, el abrazo, el beso, etc.; y, en general, todos aquellas acciones que hacen surgir entre las personas una relación de afecto, que va mucho más allá de la sim- ple afabilidad debida a todo hombre. Privado de estas manifestaciones de afecto, el «yo te quiero» característico de la amistad se quedaría en el vacío.

Sin embargo, así como hay una afabilidad auténtica y una afabilidad que es sólo aparente, del mismo modo los comportamientos, las palabras y los gestos de afecto pueden ser auténticos, es decir éticamente racionales, o no. Serán auténti- cos —me parece oportuno insistir— en la medida en que sean causados por la comprensión y el amor hacia el otro en su valor de persona, y siempre que lo ayu- den objetivamente en la realización de este valor.

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