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Dios y la diversidad de los lenguajes

4.4. El lenguaje enamorado

El amor realmente es misterio. Cuando alguien ama de verdad, todos los datos de la persona se ven desbordados por el dato decisivo: la persona misma que se impone, por encima de los datos. Las preguntas están de más. ¿Por qué la quiero? «Porque es inteligente». Sí, pero también es tímida. «Porque es comprensiva». Sí, pero también orgullosa. Sobran las preguntas y sobran las respuestas. El lenguaje del amor es inequívoco: la quiero porque la quiero. La quiero porque sí. Se ha impuesto el ser de la

persona a todos los registros del tener. Los datos pertenecen al universo del tener. La

persona, al universo de ser[26]. Y solo en este universo es posible alcanzar al otro desde dentro, y aceptarlo y quererlo.

¿Cómo se alcanza al otro desde dentro? También aquí el lenguaje del amor es inequívoco. Pertenece a la lógica del amor, siempre que sea verdadero, la experiencia de la infinitud del amor. «Si la experiencia del otro fuera profunda, el hombre

experimentaría la infinitud de su personalidad y entonces la persona nunca resultaría agotada» (E. Fromm). Amar a una persona es amarla incondicionalmente. El lenguaje del amor desconoce condiciones de tiempo y de espacio: «Te quiero aquí y allí», «Te quiero ahora y siempre». La liturgia del amor es inalterable: «Te elijo a ti para siempre». Pero la liturgia del amor debe afrontar el bautismo de la realidad.

La incondicionalidad del amor nos sumerge en el fondo de la condición humana, y esta es paradójica. La condición humana constata que su afán de amar es

incondicional, pero no su posibilidad de amar, que es condicional. El grave

contrapunto de la condicionalidad pone la nota de realismo: «Lo que ha quedado unido, no lo separe el hombre». El hombre puede separar lo que no quisiera separar. Lo incondicional está condicionado. Sin embargo, el lenguaje del amor se mantiene inalterable: «Amar a una persona es poder decirle: Tú no morirás. Yo no moriré. Nuestro amor no morirá» (J. Moltmann/G. Marcel). Puede parecer utópico el alcance de esa experiencia, pero la experiencia misma es real. En presencia del verdadero amor, se presiente que ese amor será inagotable. Se trata de una ley del corazón tan difícil de razonar como de negar.

La experiencia del amor hace el descubrimiento de que el amor tiene que ser inagotable, aunque la realidad constate que es agotable y finalmente se agotará. «El amor reclama de nosotros el rechazo explícito de la muerte. La muerte de que aquí se trata no es la muerte en general, ni la muerte propia en cuanto propia, sino la muerte de aquello que amamos. Amar a una persona es decirle: tú no morirás. Y esto no es un recurso literario, sino la única afirmación que nos es dado trascender. Consentir la muerte de un ser que se ama es, en algún sentido, entregarlo a la muerte. El amor nos prohíbe esa capitulación, que en realidad es una traición»[27].

4.5. El Tú absoluto

Esta es la única afirmación que el hombre desde sí mismo no consigue trascender. La trascendencia humana solo alcanza la tendencia infinita. Ella no garantiza el objeto

infinito. El lenguaje del amor trascendente tiene su morfología y su sintaxis. La morfología del lenguaje del amor es clara: «El amor debería ser inagotable». Pero ¿cuál

es su sintaxis? Su sintaxis puede expresarse en este enunciado trascendental: «La única

garantía de que el amor agotable es inagotable, es la presencia del amor inagotable en el centro del amor agotable», la presencia de un Tú incondicional en el corazón de todo tú condicional. «No hay amor humano digno de tal nombre que no contenga un germen de inmortalidad. Ya no es posible pensar en el amor incondicional sin descubrir que no

puede constituirse en un mundo cerrado sobre sí, sino en un mundo abierto fuera de sí, en una comunión absoluta con lo Absoluto. Esa comunión solo puede suspenderse en el

Tú absoluto»[28].

La sintaxis del amor hace dos afirmaciones e induce una conclusión. La primera afirmación es que todo amor es agotable. Esta es una constatación empírica y

cotidiana. La segunda afirmación es que todo amor debería ser inagotable. Este es el

anhelo estructural del verdadero amor, tan inalcanzable como real. Y la conclusión que

se induce de estas dos experiencias, constatables y contrarias, es que ningún amor agotable puede garantizar ese deseo estructural de amar inagotablemente, y que solo un Amor inagotable es capaz de garantizarlo. La conclusión no acredita la existencia de ese

Amor. Pero sí acredita lo razonable de su existencia. Si esa tendencia es estructural, no

es coherente que no exista el objeto real de esa tendencia. El anhelo más radical del hombre, y la misma existencia, serían vanas. Y la existencia humana no es vana.

El dilema trascendental de la existencia se hace entonces inevitable: o el anhelo

de infinito es vano, porque el Tú infinito no existe, o el Tú infinito existe, y el anhelo de infinito es pleno. Se trata de elegir una de las dos opciones. Ambas presentan zonas de claridad y zonas de oscuridad.

¿Qué zonas de oscuridad? La existencia del Infinito no es evidente. Las cinco vías ontológicas de la existencia de Dios parten de la contingencia del mundo y

deducen de ella la existencia del ser necesario, que dé consistencia a su inconsistencia (santo Tomás). Pero las cinco vías presuponen un mundo real y un mundo ordenado, y para la razón humana ni lo uno ni lo otro es evidente. Además, la pura razón no puede alcanzar al ser necesario, porque las coordenadas en las que razona la razón son espacio- temporales, y el ser necesario trasciende el espacio y el tiempo (E. Kant). Solo la vía antropológica de la razón práctica puede acceder al Bien supremo que otorgue a la

libertad humana su máximo bien: la felicidad y la inmortalidad.

¿Y qué zonas de claridad? Las que induce la vía antropológica que aquí se ha

recorrido, en clave de esperanza. Es la única que da significado a la vida y colma su anhelo infinito. Elegirla no es una necesidad. Es una opción de la libertad. Es una opción razonable y plenamente humana. En esa opción está en juego el sentido de la vida. «Nos hiciste para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (san Agustín).

La comprensión de la vida como amor inagotable lleva a una conclusión importante: no es posible salir del amor para comprobar el amor, pues somos nuestro amor. No se puede salir de Dios para probar a Dios, pues «en Él vivimos, nos movemos y existimos» (Hch 17,28). Solo desde el interior del Amor puede aceptarse o rechazarse a Dios, pues él es «más íntimo que nuestra intimidad y más profundo que nuestra profundidad» (san Agustín). No podemos erigirnos en jueces del Absoluto y exigir a Dios que exhiba sus credenciales. Somos libres para interpretar la vida como realidad agotable o inagotable. Pero, hecha la opción, para la cual no faltan argumentos fehacientes, no nos es dado salir de su lógica para interpretarla. El amor solo se define desde el amor. Y el absurdo solo se define desde la convicción de que «el hombre es ese sinsentido, que está ahí de más por toda la eternidad, como un guijarro arrojado para siempre en el desierto de la existencia» (J.P. Sartre). Y el sentido solo se define desde la persuasión de que «el hombre no es prescindible ni para sí ni para Dios». «¡Oh tú, que posees el secreto de lo que soy yo, descúbreme tu rostro!» (G. Marcel).

Si «de lo que no se puede hablar, mejor es callarse», puede también afirmarse que «de lo que no se puede callar, mejor es esperar». E incluso cabe preguntarse si la afirmación real del Trascendente no es la única condición de posibilidad real de que el anhelo de lo totalmente Otro no sea un vano anhelo sino un anhelo real, y de que la esperanza de no ser confundido para siempre no sea una vana esperanza sino una esperanza real. Si el hombre es estructuralmente homo sperans, sin la existencia real del

totalmente Otro el hombre sería estructuralmente una esperanza inútil. Tal conclusión

no es coherente con la existencia humana, que es ciertamente esperanza, pero no es ciertamente inútil, si es posible afirmar y confirmar que la pasión del hombre es vivir y

sobrevivir. El hombre es el único animal que rechaza la muerte y prolonga la esperanza de vida hasta el límite de sus posibilidades. El hombre es el único animal que ama y

apuesta por el amor sin condiciones, en el tiempo y más allá de él. Fortis ut mors dilectio, «el amor es fuerte como la muerte» (Cant 8,6).

S

EGUNDAPARTE

:

Dios es mayor