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Physis e hypostasis , naturaleza y persona

Los símbolos de la fe

2.4. Physis e hypostasis , naturaleza y persona

Las nociones elegidas para clarificar la diversidad y la unidad de la Trinidad son idénticas a las empleadas para explicar la unidad y diversidad de los seres humanos, pero atribuidas a Dios por analogía de la razón y de la fe: la naturaleza y la persona.

La naturaleza (physis), para la filosofía griega clásica, es «aquello óntico y real

por lo que alguien o algo es lo que es». La esencia universal por la que una cosa es

constituida en su especie, haciendo abstracción de su diferencia específica. Es «el conjunto de sustancias y cualidades por las que una realidad puede actuar y ser constituida en su especie». Es el principio objetivo que responde a la pregunta: ¿Qué es

eso o ese? Por ejemplo, Juan es hombre. Juan tiene alma y cuerpo. Juan es humano,

no es ángel ni es bestia. Juan tiene facultades espirituales y corporales, no tiene

facultades de puro espíritu ni de puro animal. Eso es lo que es y tiene Juan, pero

universales, y por tanto atribuibles a todos los seres humanos y predicables de todos

ellos.

Aplicando analógicamente la noción de naturaleza a la Trinidad de Dios, sería

aquello por lo que el Padre, el Hijo y el Espíritu son lo que son: es la divinidad, el

hecho de ser y pertenecer a la dignidad de Dios. Con una diferencia respecto al ser humano, a saber, que esa naturaleza no es universal y atribuible, por tanto, a otros dioses iguales, superiores o inferiores, sino singular, única y exclusiva; intransferible, por tanto,

e incomunicable a cualquier otro ser que no sea divino. Tal es la diferencia entre naturaleza divina y humana, que en cierto sentido hace comprensible la identidad de Dios, pero en otro sentido la sigue envolviendo en el misterio, por ser singular para la realidad divina lo que es universal para la realidad humana. ¿Y eso singular es naturaleza o persona?

La persona (hypostasis), para la mentalidad griega clásica, es «aquel atributo

óntico y real que a un sujeto le hace ser quien es». Es «el individuo racional

completamente distinto de cualquier otro individuo plenamente racional». Es el principio de atribución de todas las facultades y cualidades, que responde a la pregunta: ¿Quién es

ese? Por ejemplo, Juan es Juan. Juan tiene sus huellas dactilares ónticas y su DNI

óntico. Juan no es Koldo, ni otro Juan que no sea él mismo en exclusiva. Nadie más

que él tiene esas huellas dactilares y ese DNI. Aplicándolo analógicamente a la

Trinidad, el Padre es Dios como el Hijo, pero no es el Hijo, sino el Padre. El Hijo es Dios como el Padre, pero no es el Padre, sino el Hijo. El Espíritu es Dios como el Padre y el Hijo, pero no es el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu. La huella dactilar del Padre es la paternidad originaria; la del Hijo,

la filiación eterna; la del Espíritu, la espiración intemporal. De esta forma se hace comprensible a la razón el misterio de las diferencias divinas, pero sin que el misterio rompa en claridad, porque la persona humana, incomunicable, es comunicable cuando se trata de las personas divinas, que se comunican com-unitariamente en la naturaleza

divina. Ahí radica el misterio.

De esta forma, Dios es uno que no se multiplica en su esencia única, sino en su triple personalidad. Lo cual no implica contradicción, porque «tres cosas iguales a una tercera son iguales entre sí», pero únicamente lo son si la igualdad es de la misma naturaleza y del mismo género. Y en el misterio de la Trinidad, el concepto de esencia de Dios no es de la misma naturaleza ni del mismo género que el concepto de persona. Por su parte, las tres personas mantienen unas relaciones en sí mismas (relationes-in) y tres

relaciones referidas a la esencia divina (relationes-ad). Y el concepto de relación no es

entitativo (ens) sino referencial (ens entis). No es ser-en-sí, ni no-ser-en-sí, sino puro ens entis respecto al Ens, pura referencia al Ser-en-sí. No podemos negar que la lógica

del misterio trinitario se mantiene a salvo, pero esa «lógica matemática para entendidos» ¿mantiene a salvo la vida y vitalidad trinitaria del creyente en el Dios vivo?

Pero ahí también radica un género de misterio que difícilmente llega a conciliarse con la concepción actual de «naturaleza» y «persona». ¿No es la persona de Dios su

misma naturaleza singular, única e intransferible? ¿Es entonces intransferible en su

esencia, y transferible en sus personas? Y, en sentido opuesto, ¿la persona divina, identificada con su naturaleza, no sobrepasa y enriquece el mismo concepto de esencia? La esencia humana es universal en abstracto (hombre), pero es singular e intransferible en concreto (Pedro).

En el evangelio de Jesús, por el contrario, la esencia de su Dios no se manifiesta singular, en una especie de divina soledad, sino común, en una verdadera solidaridad divina. Una esencia plural y solidaria es impensable para la mente humana. Si realmente existe, es un verdadero misterio. Tal es el misterio de Dios. Una esencia que no tiene que salir de sí para comunicarse con lo diferente de sí, porque en sí misma es com-unión.

La esencia humana tiene que salir de sí para alcanzar la alteridad del otro, sin conseguirlo nunca de forma plena. Es el imposible humano. El intento de fundirse en un tú, sin dejar de ser yo. «Lo imposible para el hombre es posible para Dios». Porque el yo divino es tres veces tú.

Si esa esencial solidaridad de Dios hay que entenderla como un modo

pluridimensional de existir (K. Barth) o una forma pluridimensional de subsistir (K.

Rahner) o una subsistencia pluridimensional de ser (san Agustín), se tratará siempre

de una comprensión mental del misterio, pero ello no afectará a la fe vivencial en el misterio com-unitario del Dios vivo y verdadero del Nuevo Testamento.