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1.3 «Lo reconocieron al partir el pan» (Lc 24,35)

Cuando llegó la hora, Jesús no cantó el adiós a la vida, no pudo eclipsar aquella vida que

había amado tanto, amando a los suyos hasta el final. «Tomó el pan», pan de trigo, símbolo de subsistencia humana, para transformarlo en pan de vida, y al transformarlo, señalarnos el verdadero sentido de la vida: partirse como el cuerpo partido y derramarse como la sangre derramada, desvivirse para que los hombres tuviesen vida y la tuviesen

incesante. «Tomó el pan». Él era hombre de «tierra de pan» y había amasado la harina de trigo muchas veces con María su madre. «Tomó el fruto de la tierra y del trabajo del hombre, lo bendijo y se lo dio». Les dio pan vegetal, sin vaciarlo de su sustancia, pues debía ser signo real, y no ficticio, de un pan del cielo que alimenta el alma, como el pan de la tierra alimenta el cuerpo.

«Tomad y comed». Jesús conocía bien al hombre (Jn 2,24-25) y sabía que el pan

constituye su primera necesidad y que es símbolo de todas las necesidades. Jesús es profeta realista y sabe que el hombre no puede subsistir sin pan. Por carecer de ese pan, cada cinco minutos mueren en África cincuenta niños desnutridos. Por abundar en ese pan, mueren en Europa miles de adultos sobrealimentados (colesterol, diabetes, ácido úrico…). «Tomad y comed». Jesús no es profeta surrealista. Es profeta de la vida ordinaria y alimenta con pan de cebada a cinco mil mujeres y hombres, desfallecidos

por el hambre y el cansancio porque en aquel despoblado no había pan. «Y se saciaron todos» de aquel pan que amanecía a millares en las manos de Jesús, que habían aprendido a sembrar trigo y amasar pan en la aldea de Nazaret.

«Tomad y comed hoy»: también hoy, el hombre que sigue a Jesús es el hombre que parte y reparte entre los hermanos pan, horas de trabajo, excedentes del sueldo y bienes de cultura y de espíritu. Los primeros cristianos no conocieron hambrientos ni mendigos en la oikos tou Theou, porque practicaban la comunidad de bienes y «ninguno tenía

nada como propio, sino que todo lo tenían en común» (Hch 2,44; 4,32). Tal era el sello de Jesús. No necesitaban que se les instruyese en el deber de repartir el pan, pues ese deber estaba inscrito en la naturaleza misma de ese pan partido y repartido diariamente en la philadelphia de las primeras comunidades. Era el cuerpo de Jesús entregado «por

vosotros», era la sangre de Jesús derramada «por la multitud», era la vida entera de Jesús desvivida por la vida del mundo la que les inspiraba y alentaba a dar y darse sin reservas.

«Y tomó el cáliz». Jesús nació en tierra de viñedos y lagares. Conocía que el fruto de la vid es símbolo de dicha y de desdicha, que se bebe en cáliz de felicidad en el banquete mesiánico y en cáliz de ira en el agōn escatológico. Cáliz de la alegría, que no

desconoce el dolor, pero que lo afronta y supera porque el dolor no es eterno. Y les dijo: «Esta es mi sangre» (Mc 14,24). Cuando Jesús da a la muchedumbre de comer y a la samaritana de beber, le ruegan: «Señor, danos siempre de ese pan» (Jn 6,34); «Señor,

dame de esa agua, para que no tenga más sed» (Jn 4,15). ¡Qué equivocación! Jesús está persuadido de que ni hombres ni mujeres le entienden una palabra. «Danos siempre de ese pan». Pero ese pan sacia el hambre un instante, para convertirse en hambre al instante siguiente. «Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron. […] Quien coma de este pan, vivirá para siempre» (Jn 6,49.51).

«Mi cuerpo, el entregado por vosotros» (Lc 22,19). «Mi sangre […], la derramada por muchos» (Mc 14,24). En el comer del pan y en el beber del vino, el hombre asimila la vida de Jesús, entregada como el pan y derramada como el vino, y que nadie le quita, sino que la da él, para volverla a tomar él (Jn 10,17-18). El que come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna. Desde las primeras catequesis eucarísticas, al pan y al vino de Jesús se les llamó «maná celeste» y «elixir del paraíso». Maná y elixir que serenan el corazón inquieto del hombre, que nunca se contenta con menos que con Dios, porque fue hecho a la medida de Dios y, si le falta Dios, le falta todo, aunque tenga todo. «Solo Dios basta», dice Teresa de Ávila. «Vuestro amor […] me basta», dice Íñigo de Loyola.

Al hombre del primer mundo nada le basta. Se le ha disparado la dinámica del deseo, y todo lo que el deseo ansía debe alcanzarlo ya (una casa y dos casas, un coche y dos coches, un apartamento de vacaciones y otro más lejos). El hombre europeo «tiene cara de haber comido hasta saciarse y haber quedado insatisfecho» (C. Boff). Europa vive una primavera material y un invierno espiritual. Le falta alma, «su alma es su automóvil» (H. Marcuse). «Yo soy el pan de la vida. […] Quien coma de este pan, vivirá para siempre» (Jn 6,35.51). El pan de la inmortalidad, que cura nuestra herida de ser hombres y no dioses. El pan que fortalece el alma y transforma el corazón de Caín, que no perdona, en corazón de Cristo, que perdona setenta veces siete. «Todo hombre tiene hambre de pan y sed de evangelio» (P. Arrupe). Sin pan, desfallece el cuerpo. Sin evangelio, desfallece el corazón. Si damos al hombre evangelio sin pan, secuestramos su derecho a vivir. Si le damos pan sin evangelio, secuestramos su derecho a esperar.

«Todo gastarse y desgastarse» por los demás, como el trigo en el pan y la viña en el vino, todo desvivirse para dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, y vestir al desnudo, y dar voz a los hombres sin voz, y dar derecho a los pueblos sin derecho... es hacer la obra propia de Dios, celebrar la fracción del pan en el corazón del mundo, bajando de la cruz a todos los crucificados por la injusticia de los hombres.

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