3. TERRITORIO Y VALOR
3.1. Territorio
3.1.3. Identidad- Sentido del Lugar
De acuerdo con el apartado anterior y como exponen Gupta y Ferguson (1992), si entendemos las relaciones de poder entorno a la apropiación de un espacio, podemos comprender cómo un territorio adquiere una identidad determinada: “La identidad de un lugar surge de la intersección de su participación específica en un sistema de espacios organizados jerárquicamente y su construcción cultural como comunidad o localidad” (Gupta y Ferguson, 1992, p.8, [traducción propia]).
En este trabajo, y en coherencia con el posicionamiento del territorio descrito, se analiza “la identidad, y sus problemáticas, en la intersección de una teoría de la cultura y de una teoría de los actores sociales” (agency-agencia-acción) (Giménez, 1997, p. 10) y una teoría de la clasificación (Kearny, 1995). La cultura, a su vez, entendida como una noción compleja compuesta por formas objetivadas y subjetivadas, como un concepto que guía, da sentido a las acciones, y nos ayuda a explicarlas (Giménez, 1997).
Asimismo, y en relación al territorio, se parte del hecho de que la identidad tiene una “función locativa” (Giménez, 1997, p. 23) que deriva en la identidad del lugar y que ha sido estudiada a través de la noción del “sentido del lugar”. Esta noción en geografía se ha utilizado para comprender la relación espacio-tiempo y para analizar cómo a partir de esta relación cambiante se configura la especificidad y/o la identidad en el contexto de cada sociedad (Massey, 1991).
De acuerdo con Massey (1991), dicho concepto a menudo se ha interpretado de manera errónea como una forma de identidad ligada al pasado, fija, “como una respuesta al deseo de seguridad y estabilidad en un momento en el que todo es movimiento y es cambio” (Massey, 1991, p.26, traducción propia); como un recurso ante la aparente pérdida de control, de desterritorialización derivada del proceso de globalización. Sin embargo, como indica la autora, la anterior interpretación es inadecuada por las siguientes razones: en primer lugar, porque no se ajusta al presente glocalizado (Haesbaert, 2011) en el que vivimos. Es decir, que el sentido del lugar no se construye mirando solo hacia atrás y hacia dentro, sino también hacia afuera y al futuro, y donde lo global y lo local se combinan de manera simultánea configurando “un nuevo proceso”
(Haesbaert, 2011, p. 287). En segundo lugar, porque para cada espacio no existe una sola y estática identidad, sino que son múltiples y cambiantes; y, en tercer lugar, porque de manera igualmente
errónea se tiene la idea de que la identidad del lugar implica comunidad, homogeneidad y ausencia de conflictos. En relación con este último punto y como explica también Giménez (1997), las audiencias, y especialmente las externas, esperan que la identidad se mantenga uniforme y estable.
Al contrario, Massey advierte que la identidad conlleva unos límites, unas fronteras, un “nosotros frente a ellos”, así como un juego de poderes entre individuos y grupos con diferentes posiciones en la sociedad. El anterior argumento se refuerza con el trabajo de Kearny (1995), donde expone que la identidad se explica a través de una teoría de la clasificación. Al reparar en estos aspectos, la red de interacciones que van a caracterizar el sentido del lugar se complejiza y, por tanto, se alejan de ese imaginario romántico de la identidad como un espacio homogéneo y sin conflictos.
La identidad de un determinado espacio/territorio implica una identificación y una clasificación, donde, de nuevo, se dejará ver un encuentro de poderes entre distintos actores que tratarán de imponer o negociar unos valores, una versión de la identidad (como representación colectiva) y una clasificación legítima y oficial (Giménez, 1997; Kearny, 1995). Dicha idea se encuentra también en la reflexión de Paasi (2003) inspirada, al igual que Giménez, en el trabajo de Bourdieu.
Como afirma el autor, el proceso de creación de una identidad provoca una contestación por parte del lugar, a través de una narrativa y de unas prácticas que estarán condicionadas a las relaciones de poder y los sistemas de categorización y representación.
En dicha contestación, el conjunto de actores involucrados se posiciona y se enfrentan a mensajes que vienen desde fuera, y a la entrada de nuevos proyectos que suponen un desafío para cada territorio. Ante esta situación también existe la posibilidad, como exponen distintos autores, (Kearny, 1995; Paasi, 2003; Rosas, 1992), de que se generen identidades negadas o procesos de resistencia. Es decir, espacios, comunidades y/o territorios que se resistan a las clasificaciones oficiales. Así explica Paasi (2003): “Esta dialéctica presenta una acción que surge de dos contextos entrelazados: desde arriba en forma de control / gobernanza territorial, y desde abajo en forma de identificación y resistencia territorial” (p.476, [traducción propia])
De esta forma se revela como el estudio del territorio, la cultura y la identidad va de la mano de los procesos de representación y la diferenciación (Gupta y Ferguson, 1992). En este sentido, la diferenciación ocurre, para el caso del territorio, cuando en el proceso de apropiación y representación se utilizan recursos específicos. De acuerdo con Pecqueur (2004), en cada territorio podemos encontrar recursos genéricos y específicos, solo los últimos pueden dar lugar a una
“caracterización identitaria” (como se citó en Flores, 2007, p. 40). El conjunto de elementos
específicos para cada contexto ofrece un repertorio de posibles composiciones que pueden dar lugar a diferentes versiones de la identidad, “distintos nosotros del nosotros” -reflexividad cultural- (Prats, p. 35). Por su parte Paasi (2003) a propósito de la identidad añade que dicho proceso implica interconectar dos contextos: el cultural-histórico y el político- económico.
En cualquier caso, para representar una identidad se escogerá una u otra composición, y el que se descontextualicen unos elementos y no otros, dependerá del interés de los actores con poder16 para activar este tipo de repertorios y, al mismo tiempo, del sistema de valores hegemónicos que predominen en ese momento (valores acordes al espacio y el tiempo en el que se desarrollan). A través de este proceso se configura la identidad y “la excepcionalidad cultural” (Prats, 1997, p. 23) de cada proyecto; y, es por esta razón que podemos afirmar que la identidad es en buena medida ideológica, pues se construye en función de un juego de valores, intereses y poderes:
Toda versión de una identidad es ideológica pues responde a unas ideas y unos valores previos, normalmente subsidiarios de unos determinados intereses...cualquier versión de la identidad se establece por lo menos una relación dialéctica entre la realidad, las ideas, los valores, y los intereses de quienes la propugnan y comparten (Prats, 1997, p. 31).
Para finalizar, interesa señalar dos aspectos más entorno a la identidad. El primero, de acuerdo con Castells (1999), para la creación de nuevas identidades se necesitan acciones colectivas en torno a un interés en común que deriven en un sentimiento de pertenencia (este concepto se retoma en el siguiente apartado); ya que no siempre las identidades desarrollan acciones colectivas (Giménez, 1999) ni desencadenan procesos de pertenencia.
El segundo, de acuerdo con Prats (1997) para señalar que las versiones complejas y colectivas de una identidad casi siempre involucran al poder político. Por lo general, la población local por sí sola no tiene el poder para activar este tipo de procesos y, por su parte, el poder económico de manera aislado, en ocasiones, no es lo que busca, ya que el negocio se conforma a menudo “con construcciones simbólicas mucho más simples” (Prats, 1997, pp. 33-34).
En el caso de la industria vitivinícola y para este trabajo, la versión de la identidad que nos interesa es la identidad productiva asociada a esta actividad. Esto es, el resultado de una estrategia y proceso de valorización basado en un esfuerzo colectivo de representación mediante el cual se identifican, se codifican y se comunican las relaciones entre una determinada industria o producto y los
16 Lo que muestra que la representación de una identidad “constituye un campo de confrontación simbólica inevitable”
(Pratz, 1997, p. 38).
atributos específicos que le otorgan el territorio donde se produce (definición propia inspirada en el trabajo de Castells, 1999; Contreras y Gracia, 2005; Giménez, 1997; Flores, 2007; Prats, 1997, entre otros autores).
En resumen, el sentido y la identidad del lugar van a resultar de la intersección de distintos tipos de relaciones entre capitales (natural, social, cultural y económico); de la interacción de las fuerzas globales y locales; y de las diferentes respuestas a través de acciones, prácticas y discursos llevadas a cabo por actores involucrados para cada caso (Escobar, 2001, Paasi, 2002). Así, lo que se trata de examinar (en este caso a partir del examen de la valorización de la industria vitivinícola en las nuevas geografías) es cómo coevolucionan las posibles nuevas identidades productivas o las distintas versiones de representación colectiva; cómo se relacionan con los actores y las instituciones implicadas en su elaboración (Rao, 2003); y cómo responden y/o reproducen las clasificaciones y códigos culturales dominantes para cada contexto.