Los turistas que viajan para ver los extraordinarios parques natu- rales que rodean el lago Naivasha de Kenia pasan por infi nidad de invernaderos y campos dedicados a la producción de fl ores y cultivos de alto valor, como frijoles verdes y guisantes, para los consumidores europeos. Las llanuras que rodean la capital colombiana, Bogotá, producen en serie millones de rosas para los ramos del día de los enamorados. Los granjeros indígenas de las tierras altas de Guate- mala cultivan guisantes mollares y frambuesas para EE UU. Las cos- tas de los países en desarrollo están salpicadas de piscifactorías, de gambas en Bangladesh, Ecuador o Indonesia, y de salmón en Chile.
Impulsados por una demanda en expansión, por las mejoras en la refrigeración y por la reducción en los costes de transporte, las fru- tas y verduras procesadas y frescas, pescado, frutos secos, especias y fl ores representan en la actualidad la mitad de las exportaciones agrí- colas que proceden de los países en desarrollo: alrededor de 106.000 millones de dólares en 2003-2004, lo que supera productos básicos tradicionales como café, té o arroz.28 Incluso en los mercados nacio-
nales de los países pobres, la urbanización y las nuevas generaciones de consumidores de clase media están creando mercados en expan- sión de carne de ave y verduras. La supervivencia futura de los peque- ños agricultores dependerá de su capacidad de benefi ciarse de esta «nueva agricultura», algo que está asociado a los cambios en el modo de compra-venta de alimentos, tanto en el norte como en el sur.
Las empresas transnacionales han expandido sus operaciones en los países en desarrollo para lograr la integración vertical de sus ope- raciones y para adecuar un porcentaje mayor de valor a lo largo de la cadena de producción. Los pequeños productores tratan cada vez más directamente con estas grandes corporaciones, ya sea para com- prar fertilizante o semillas, o para vender sus productos o su mano de obra, negociación caracterizada por un enorme desequilibrio en su poder relativo: millones de pequeños productores aislados frente a unos pocos gigantes empresariales. Tan solo cuatro empresas se en- cargan del 45 por ciento de todas las actividades de tueste de café.29
En cuanto al cacao, cuatro empresas controlan el 40 por ciento de la industria de molido,30 y situaciones semejantes se producen en otros
sectores alimentarios. En la actualidad seis empresas controlan el 80 por ciento de la venta total de pesticidas;31 en 1994 había 12.32
Algunas empresas transnacionales se encargan ahora de funcio- nes abandonadas por el Estado bajo programas de ajuste estructural, aunque con un enfoque muy diferente. Los gigantes globales de se- millas y fertilizantes abastecen hoy día a los agricultores a pequeña escala con insumos, medios económicos y servicios de extensión. Estos servicios forman parte a veces de los acuerdos de producción que también incluyen un precio garantizado, práctica conocida como «agricultura por contrato». El impacto de dichos convenios sobre los pequeños agricultores depende de la naturaleza del con- trato, hay ejemplos «buenos» y «malos» de agricultura por contrato. Cuando funciona bien, combina lo mejor de los sistemas de las gran- jas pequeñas y grandes: la productividad más elevada por hectárea de las granjas pequeñas y el acceso al capital, mercados y tecnología del que disfrutan los participantes más grandes.33
Sin embargo, la agricultura por contrato también puede implicar un interés o la extracción de benefi cios desorbitados, y podría llevar a los pequeños agricultores a dedicarse a un solo cultivo favorecido por las empresas. Los acuerdos arrebatan el control de las manos de las mujeres, que todavía realizan la mayoría del trabajo pero ya no reciben el dinero, porque la mayoría de los contratos los fi rman hombres. Y lo que es aún más grave, según la agricultura por contra- to, los agricultores pobres tienen que soportar todos los riesgos in- herentes en su comercio. Si los cultivos fracasan son los agricultores, no las empresas, los que sufren el golpe y, como consecuencia, los agricultores por contrato pueden endeudarse enormemente.34
Un estudio sobre la agricultura por contrato en Tailandia puso de manifi esto que los ingresos de los agricultores fl uctuaban de modo salvaje.35 Los agricultores tenían que solicitar créditos bancarios que
tardaban de cinco a diez años en devolver, mientras que las empresas fi rmaban contratos solo de año a año. Algunos agricultores se que- daron sin comprador durante más de seis meses, sin aviso ni com- pensación. El promedio de deuda de los hogares que participaban en la agricultura por contrato superaba en más de diez veces el pro- medio nacional de hogares dedicados a la agricultura, lo que hacía imposible que los agricultores lo dejasen. Con frecuencia no recibían
una copia del contrato que los vinculaba y muchas veces no tenían ni la oportunidad de leerlo. El estudio concluía que los agricultores eran empleados de facto, pero la empresa no se responsabilizaba de su seguridad social, bajas por enfermedad, bajas remuneradas o in- demnizaciones por cese.
La imagen turística típica de caóticos mercados callejeros, llenos de colorido y un laberinto de pequeñas tiendas, no deja de ser un estereotipo que se está pasando de moda rápidamente, gracias a la rápida proliferación de los supermercados en los países en desarro- llo. Como respuesta a la urbanización, el aumento del consumidor de clase media y unas normas de inversión más liberalizadas, los supermercados locales e internacionales ahora compran el porcen- taje más elevado de la producción de las granjas en muchos países, creando una demanda de productos de calidad entre intermedia y alta en países que tradicionalmente exportaban esos bienes.
La primera ola de supermercados afectó a los países en desarro- llo a comienzos de la década de 1990 en las principales ciudades de los países más ricos del este de Asia (aparte de China), del centro de Europa y de América Latina. En el año 2000, representaban el 50-60 por ciento de las ventas al por menor, acercándose al porcen- taje de EE UU o Francia. Pronto se expandieron a países más peque- ños y más pobres de Centroamérica, los Andes, y del sur y después el este de África. Actualmente su despegue en Asia está registrando un crecimiento incluso más rápido que en América Latina. Según el Ministerio de Comercio de China, en 2005 se abrieron 70.000 super- mercados en zonas rurales del país.36 Este fenómeno empieza a verse
ahora en el sur de Asia y en África occidental.
Las implicaciones para los pequeños agricultores son profundas. Los supermercados venden localmente la mayoría de sus productos y los volúmenes de comercio son signifi cativos. En América Latina, el valor de la comida local comprada en los supermercados es 2,5 ve- ces más elevado que las exportaciones de la región al resto del mun- do.37 Los mercados nacionales son vitales para los medios de vida
de los pequeños agricultores, y los supermercados podrían expandir potencialmente las ventas de los agricultores. Pero a menos que pue- dan cumplir con los requisitos de calidad y cantidad que exigen los supermercados, los agricultores se arriesgan a ser relegados a los lu-
gares más apartados y menos benefi ciosos de la economía nacional, como están ahora mismo a nivel global.
El aumento de los procesadores de comida y de las cadenas de comida rápida en los países en desarrollo también impone retos se- mejantes. Alegando problemas de tamaño y calidad, las sucursales de McDonalds y Pizza Hut en Ecuador prefi eren importar patatas para sus patatas fritas, aunque los Andes sea el hogar original de la patata. Problemas similares han marcado la proliferación del turis- mo. Los pequeños productores caribeños han observado con frus- tración como los hoteles importan hamburguesas, verdura y fruta de EE UU, mientras ellos tienen que ganar lo justo para sobrevivir en mercados de productos básicos volátiles y de precios bajos, como el de las bananas. En Santa Lucía, los productores locales han pro- puesto un nombre comercial, «Farm Fresh – St Lucia’s Best», para formar el perfi l de los proveedores locales, pero necesitan formación y apoyo técnico para cumplir con las normas de calidad y cantidad que exige el comercio turístico.
Los nuevos compradores empresariales podrían ayudar a revi- talizar la agricultura a pequeña escala. Pero este resultado solo se producirá si los agricultores se organizan para aumentar su capa- cidad de negociar un trato justo y si reciben el apoyo que desespe- radamente necesitan para aumentar la calidad y la cantidad de su producción.
CUADRO 3.1
LA INDUSTRIA PESQUERA: GESTIÓN DE UN RECURSO LIMITADO
Para millones de personas pobres en zonas rurales, la pesca es una fuente de subsistencia, ingresos y comida. La pesca proporciona por lo menos el 20 por ciento del consumo de proteínas de 26.000 millones de personas (casi la mitad de la población mundial),38 y la pesca emplea directa o indirectamente a casi 500 millones de personas en el mundo en desarrollo. A pesar de que la industria pesquera mundial genera aproximadamente 120.000 millones de dólares anuales, el 95 por ciento de la mano de obra sobrevive con dos dólares al
día o menos.39 Los países en desarrollo comercializan el 50 por ciento del volumen total de pescado, producto que representa el principal elemento alimenticio de las exportaciones de los países en desarrollo.40
El sistema comercial internacional en la industria del pescado sufre muchos de los mismos problemas que padece la agricultura: se está presionando a los gobiernos de los países en desarrollo para que abran sus mercados a importaciones baratas, con el impacto devastador que eso provocaría sobre los pescadores locales, mientras que los gobiernos del norte persisten en ofrecer grandes subsidios a sus industrias pesqueras, que pescan sin preocuparse por la salud de los ecosistemas costeros.41 Alrededor de la mitad de la captura de pescado la llevan a cabo los pescadores a pequeña escala y la otra mitad grandes fl otas pesqueras corporativas, pero la
pesca a pequeña escala genera 20 veces más empleo.42
En la mayor parte de los países en desarrollo, la gestión de la industria pesquera es débil, y abunda la pesca abusiva y los confl ictos entre los pequeños pescadores y las fl otas comerciales. Durante los últimos 40 años, las reservas de pescado permanentes en el suroeste asiático se han reducido a menos de un cuarto de sus niveles anteriores, lo cual ha impulsado a los gobiernos de muchos países a intentar gestionar el recurso mediante licencias y permisos, en lugar de intentar conseguir mayores capturas.43
Las Filipinas, hogar de entre uno y dos millones de pescadores, está poniendo a prueba un sistema alternativo conocido como gestión comunitaria de los recursos costeros (CB-CRM, por sus siglas en inglés), según el cual las comunidades pesqueras son responsables de restaurar los ecosistemas, controlando las pesquerías y supervisando su impacto. CB-CRM se basa en una larga tradición de organización a nivel local y nacional. CB-CRM es un enfoque puesto en marcha por la asociación fi lipina Kilusang Mangingisda. En la actualidad es un movimiento nacional con unos 400.000 miembros y se ha extendido por todo el sureste asiático.
Con los números y la organización llegó la infl uencia, y en 1996 el Gobierno de las Filipinas revisó la ley de pesca: estableció una jurisdicción municipal sobre los terrenos de pesca y creó
consejos municipales en los que en la actualidad las agencias gubernamentales y los representantes de las comunidades pesqueras debaten y llegan a acuerdos sobre las disposiciones para la gestión de la industria pesquera local.44 Los pescadores locales han visto como se ha detenido el descenso en sus capturas, y en algunos casos se han producido recuperaciones, aunque la pesca en exceso sigue siendo un problema.
Fuente: Van Mulekom, L. (2007). «Refl ections on Community Based Coastal Resources Management (CB-CRM) in the Philippines and SE Asia», documento interno de Oxfam International.