La democracia es deseable en sí misma. Según una encuesta inter- nacional realizada en 2005, ocho de cada diez ciudadanos, en una
muestra representativa de países, creía que la democracia era el me- jor sistema de Gobierno.102 Otras encuestas regionales determinaron
que el 69 por ciento de los africanos y un porcentaje creciente de latinoamericanos creía que la democracia «siempre [era] preferible» a otros sistemas políticos.103
Esas preferencias se refl ejan en el derecho internacional. El ar- tículo 21 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos garantiza que cada individuo «tiene derecho a participar en el Go- bierno de su país, directamente o por medio de representantes libre- mente escogidos… La voluntad del pueblo es la base de la autoridad del poder público; esta voluntad se expresará mediante elecciones auténticas que habrán de celebrarse periódicamente, por sufragio universal e igual y por voto secreto u otro procedimiento equivalen- te que garantice la libertad del voto».
La democracia, más que cualquier otro sistema político, tiene un historial de promoción y protección de los derechos políticos individuales y las libertades civiles, como, por ejemplo, la libertad de expresión y de asociación, y estos a su vez ayudan a consolidar valores democráticos y a fomentar políticas democráticas, lo cual allana el terreno para el disfrute de derechos económicos, sociales y culturales. La democracia no es necesariamente benigna: democra- cias emergentes en EE UU, Argentina y Australia cometieron algo parecido al genocidio contra grupos indígenas. Si no se cuenta con una amplia gama de instituciones estatales (véase el capítulo 4), las elecciones (que pueden suponer un serio desafío a las estructuras de poder existentes) pueden desencadenar violencia, como en los re- cientes intentos de transición democrática en Líbano, Afganistán, Kenia y la Autoridad Palestina, mientras que las elecciones en Arge- lia, Burundi y Yugoslavia en la década de los 90 condujeron directa- mente a la guerra civil.104
Más que elecciones periódicas, la democracia se entiende mejor como un grupo de recursos e instituciones: algunos apuntan en di- recciones contradictorias y todos siguen evolucionando. Los meca- nismos de control y equilibrio de poderes que esas diferentes insti- tuciones –asamblea legislativa, poder judicial, ejecutivo, medios de comunicación y sociedad civil– se aplican mutuamente determinan en qué medida los regímenes democráticos respetan los derechos
de todos sus ciudadanos.105 Cuando las elecciones competitivas se
introducen en una situación de instituciones débiles o inexistentes, como en el caso de la República Democrática del Congo, ello puede desencadenar un brote de «política de amiguismo» y debacle políti- ca, lo que debilita los esfuerzos para construir un Estado.
La democracia es posible gracias a un mayor grado de igualdad y a su vez promueve la igualdad y parece animar a los gobiernos a centrarse en las necesidades cotidianas de sus ciudadanos, más que en la gloria o el saqueo. Los estudios establecen un claro vínculo entre democracia y mayor provisión de educación primaria. Si deja- mos de lado los efectos de los ingresos, las democracias gastan entre el 25 y el 50 por ciento más que las autocracias en bienes y servicios públicos.106 La democracia también tiene un efecto igualador en las
relaciones de poder entre hombres y mujeres. A la inversa, allí donde las democracias no se ocupan de las desigualdades, la participación cívica y el número de votantes caen.107 Que democracias defectuosas
permitan que una mayoría domine y excluyan a una minoría tam- bién puede agravar la desigualdad.
Amartya Sen estableció que nunca se ha producido una ham- bruna en una democracia que funcione bien, pero cualquier rela- ción más profunda entre democracia y bienestar económico resulta mucho más polémica. Las décadas de democratización no han pro- ducido una recuperación del crecimiento; más bien lo contrario. En muchas regiones, sorprendentemente las nuevas democracias han demostrado estar dispuestas a introducir fuertes medidas de ajus- te estructural que perjudican tanto al crecimiento como a la equi- dad.108 Las economías de democracias en América Latina y África se
han estancado, mientras que China, Vietnam, Indonesia y Corea del Sur han prosperado económicamente bajo Gobiernos autoritarios.
Puesto que las democracias requieren un elemento de consenti- miento –los candidatos vencidos tienen que aceptar su derrota–, los Gobiernos democráticos pueden tener más difi cultades a la hora de hacer un cambio radical, como la redistribución por medio de una reforma agraria, incluso en aquellos casos en los que ello sea necesa- rio para lograr el despegue económico (como en Taiwán y Corea del Sur). De igual modo, un régimen democrático tiene menos proba- bilidades de quedarse sin castigo si pone en marcha el tipo de refor-
mas radicalmente en contra de los pobres que aplicó la dictadura de Pinochet en Chile, cuando se asesinó, encarceló o exilió a oponentes –como, por ejemplo, los sindicalistas– como parte de su puesta a punto de la economía de libre mercado. Esa mera inercia puede ser una bendición: según un estudio, aunque las democracias han cre- cido más lentamente en términos económicos que algunos países no democráticos, su crecimiento ha sido más regular durante largos periodos de tiempo y ha evitado los booms y los descalabros que de forma invariable golpean con más fuerza a los pobres y aumentan la desigualdad.109
El economista Ha-Joon Chang cree que «mercado y democracia básicamente coinciden. La democracia funciona según el principio de “un hombre (una persona), un voto” y el mercado según el prin- cipio de “un dólar, un voto”». Chang señala que «la mayoría de los liberales del siglo XIX se opusieron a la democracia porque pensaban que no era compatible con un mercado libre.110 Argumentaban que
la democracia permitiría a la mayoría pobre introducir políticas que explotarían a la minoría rica (p. ej.: un impuesto sobre la renta pro- gresivo y la nacionalización de la propiedad privada), de modo que se acabaría con el incentivo para la generación de riqueza».111
Quizás exagera (muchos liberales creen que la independencia y la seguridad que proporcionan el mercado y la propiedad son nece- sarias para que la democracia funcione), pero la relación entre mer- cado y democracia se parece mucho más a un matrimonio difícil y tempestuoso que a la bonita relación que presentan muchos Gobier- nos del norte.
En términos generales, la hipótesis más plausible es que el creci- miento económico da lugar a la democracia con más frecuencia que a la inversa. Por ejemplo, en Corea del Sur el crecimiento económico dio lugar a una nueva élite empresarial con estudios molesta por la torpe participación del Estado en sus asuntos, un proceso que muchos observadores esperan que se repita en China al tiempo que aumenta su clase media. Sin embargo, la hipótesis plantea preguntas incómodas: ¿luchar por la democracia en países pobres trae más libertad, pero a costa de un menor crecimiento? ¿Y eso es aceptable en términos de una interpretación amplia del desarrollo? ¿La búsqueda del crecimiento justifi ca un Gobierno autocrático y la
negación de derechos? Puesto que tarde o temprano la democracia aparece en el desarrollo de diferentes países y tiene un impacto dis- tinto en la pobreza, la desigualdad y el crecimiento, el verdadero reto es entender cómo las instituciones, los acontecimientos, la geografía y la política interactúan para determinar esos resultados.