En los países ricos, los derechos de propiedad fueron uno de los pri- meros objetivos por los que lucharon las feministas de la primera ola en el siglo XIX y en la actualidad siguen siendo fundamentales para muchas organizaciones de mujeres pobres en todo el mundo.95
En muchos países, una combinación de actitudes y creencias, y de discriminación legal tanto en la ley «moderna» como en la «tra- dicional» impide a las mujeres poseer tierras. Las mujeres rara vez tienen plenos derechos sobre la tierra; en vez de eso, se las obliga a negociar como demandantes secundarios por medio de sus fami- liares hombres; padres, hermanos, maridos o hijos. Por lo general, las mujeres no pueden heredar el hogar matrimonial cuando muere su marido. La formalización del derecho consuetudinario signifi ca a menudo que un trozo de tierra con múltiples usuarios se convier- te en propiedad de un único propietario, normalmente un hombre. Por ejemplo: en 1988 el Tribunal de Apelación de Kenia falló que los intereses de una esposa según el derecho consuetudinario dejaban de existir una vez que su marido se convertía en el propietario ofi - cialmente registrado.96 Con frecuencia, la desagradable opción para
muchas mujeres es, o bien ser un ciudadano de segunda según el derecho consuetudinario, o bien ser completamente invisible bajo los sistemas ofi ciales.
El impacto de la denegación de derechos de propiedad afecta a todas las mujeres. Ganarse la vida depende de si se dispone de un lugar para vivir y –dependiendo de lo que uno haga para sobrevivir– de si se tiene tierra para labrar, una habitación desde donde llevar un negocio, dinero para pagar el material y el equipamiento, y a alguien para que cuide de los hijos. Pero sin derechos legales de propiedad, independientemente del estado civil, la mayoría de las mujeres que viven en la pobreza en países en desarrollo dependen de sus relacio- nes con los hombres para obtener esas cosas. De ahí que sus vidas sean precarias. Si la relación se deteriora o si el hombre se pone en- fermo y muere, ¿cómo van a sobrevivir ellas y sus hijos?
Las más afectadas son mujeres que se encargan del hogar, cuyo número crece debido a una combinación de viudedad (a causa de confl ictos o del sida) y de ruptura familiar. El caso de la señora Chilala, una viuda zambiana de 78 años, ilustra la difícil situación por la que pasa este número creciente de viudas. Cuando su marido murió en 1990, su cuñado empezó a enterrar cadáveres en su pro- piedad para ahuyentarla de la zona y, de ese modo, quedarse con su tierra.97
Es probable que los confl ictos por la tierra se intensifi quen en las próximas décadas. En las ciudades, el auge demográfi co obligará a los más pobres y marginados a trasladarse a lugares todavía más inseguros y precarios, lo que hará más grande el abismo que separa a los que tienen casa de los sin techo. En el campo, es probable que el cambio climático y la degradación medioambiental reduzcan la cantidad de tierra fértil disponible, mientras que la llegada de los biocombustibles y de otros nuevos cultivos hará aumentar el precio de las tierras y obligará a la gente pobre a salir de sus granjas. Es poco probable que los movimientos de campesinos, de trabajadores sin tierra y de pueblos indígenas, cada vez más enérgicos, se echen para atrás en sus reivindicaciones. La manera en la que los Estados y los movimientos ciudadanos se enfrenten a la olla a presión del confl ic- to por la tierra jugará un papel importante en el desarrollo futuro de buena parte de los países más pobres del mundo.
Ya sea en Florida, Lagos o Nairobi, las elecciones pueden ser aconte- cimientos caóticos. En el transcurso de una jornada, un único acto común une a los ciudadanos de un país, lo cual da rienda suelta a esperanzas y temores, a la unidad y la división, al juego limpio y al sucio. Unas elecciones robadas o fraudulentas pueden desencadenar inestabilidad y violencia. Aunque, visto desde cierta distancia, qui- zás el aspecto más asombroso de la difusión de las elecciones es que, aunque con fallos, se lleguen a celebrar.
Los gobiernos elegidos por sufragio universal tal vez hayan sido la innovación política más destacada del siglo XX. En 1900, Nueva Zelanda era el único país con un Gobierno elegido por todos sus ciu- dadanos adultos. Para fi nales de siglo, a pesar de una serie de duros reveses (por ejemplo: el fascismo y el comunismo, y las subsiguientes olas de golpes militares contra gobiernos elegidos), aparentemente funcionaban 120 democracias electorales (de un total de 192 paí- ses existentes), de las cuales se creía que unas 85 eran democracias «plenas», en el sentido de que respetaban el imperio de la ley y los derechos civiles y políticos.98
El ritmo de democratización se ha acelerado en las últimas déca- das. Después de llegar a Portugal en 1974, la democracia se extendió primero a Grecia y España, y posteriormente a América Latina, don- de entre 1979 y 1985 Gobiernos civiles elegidos sustituyeron a gober- nantes militares en nueve países. A mediados de la década de los 80
y principios de los 90, la democratización llegó a Filipinas, Corea del Sur, Taiwán, Bangladesh y Nepal. La caída del muro de Berlín en 1989 y el derrumbe de la Unión Soviética en 1991 dieron lugar a elecciones competitivas en la mayor parte del antiguo bloque soviético, mientras que Benin y Sudáfrica abrieron las puertas a otra ola de cambio de re- gímenes en África en 1990. Hoy más de dos tercios de africanos viven en países con sistemas electorales democráticos y pluripartidistas, y fueron los Gobiernos africanos los que en 2005 tomaron la iniciativa para oponerse a un golpe antidemocrático en Togo.99
Sin embargo, mucho de lo que pasa por democracia es un pálido refl ejo del origen etimológico del término: «gobierno del pueblo». En muchos países, la democracia existe como una fi na capa de con- ceptos occidentales, un conjunto de instituciones ofi ciales que no se traduce en una práctica o cultura democrática real sobre el terreno. Unas elecciones pluripartidistas pueden ser una cortina de humo que impide ver un poder ejecutivo autoritario, limitaciones en la libertad de prensa y abusos en materia de derechos humanos que despojan a la democracia de su signifi cado.
Estas llamadas «democracias de exclusión» son sumamente im- populares: de las 50.000 personas encuestadas en todo el mundo en 1999 solo un 10 por ciento pensaba que sus Gobiernos «respondían a la voluntad del pueblo».100 La humillación de la exclusión política la
resumió de manera memorable un pequeño agricultor de Baluchis- tán, en Pakistán, que dijo a los investigadores: «Durante las eleccio- nes, [los políticos] nos visitan individualmente para asegurarse el mayor número de votos, pero después nos evitan como si oliéramos mal. Primero nos abrazan y después nuestro sudor y nuestra mugre les repugnan».101
Pero los pobres insisten en apoyar a Gobiernos elegidos frente a otras alternativas, lo que nos remite al aforismo de Winston Chur- chill: «La democracia es la peor forma de gobierno… si se excluyen todas las demás».