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El funcionamiento de las asambleas legislativas elegidas a menudo se pasa por alto, pero es fundamental para construir Estados respon- sables y efi caces. Funcionarios de instancias de mero trámite que desde siempre han sido débiles en muchos países, los parlamentos o congresos a menudo son poco representativos y con frecuencia están en deuda con líderes políticos por sus puestos de trabajo: una forma infalible de poner freno a una oposición demasiado problemática. Es sabido que las mujeres están poco representadas y en 2007 tan sólo ocupaban el 17,1 por ciento de los escaños parlamentarios de todo el mundo. Actualmente, el parlamento más equitativo del mundo es la Cámara Baja de Ruanda, donde las mujeres ocupan casi el 49 por ciento de los escaños.112 Muchos órganos legislativos no disponen de

los fondos ni de la capacidad básica necesarios para desempeñar sus funciones y con frecuencia están aislados de las organizaciones de la sociedad civil, los medios de comunicación, el sector privado y los sindicatos que podrían ayudarles a hacer su trabajo.

En algunos casos, los parlamentos han empezado a hacerse valer; por ejemplo, al supervisar procesos presupuestarios en Tanzania o al impedir que los presidentes invaliden la Constitución para conse- guir un tercer mandato en Nigeria. En otros lugares, los parlamentos han exigido el derecho a examinar contratos de crédito con institu- ciones internacionales y han empezado a atraer la atención de los donantes (de entre las organizaciones gubernamentales del norte, USAID cuenta con el historial más sólido a la hora de fi nanciar la consolidación de asambleas legislativas). Asimismo, más de 40 paí- ses han adoptado leyes de cuotas para regular la selección o elección de mujeres para cargos políticos y el porcentaje medio de mujeres en parlamentos nacionales se ha duplicado desde 1995.113

Las encuestas de opinión muestran que el público los desprecia prácticamente en todas partes y que a menudo son casi invisibles en

el material publicado sobre desarrollo, pero los partidos políticos juegan un papel fundamental a la hora de unir a ciudadanos y Es- tado. El desarrollo no es solamente libertad de elección individual, sino también hacer elecciones difíciles en el ámbito colectivo. Los partidos unen y pasan por el tamiz toda la gama de necesidades y aspiraciones públicas, y buscan salida a los confl ictos mientras se esfuerzan por ganarse el apoyo de los grupos más diversos. Después de una victoria electoral, el partido ganador busca convertir las as- piraciones públicas en políticas concretas. Durante el mandato, el partido se convierte en un centro de rendición de cuentas y en un canal para infl uir en el Gobierno. Los movimientos sociales y las comunidades pobres presionan a partidos, a funcionarios del Estado y a líderes políticos. Es más, partidos como el PT (Partido dos Tra- balhadores, Partido de los Trabajadores) en Brasil surgieron en su mayoría de los activos movimientos sociales y sindicatos del país, y todavía mantienen estrechos vínculos con ambos.

No obstante, muchos partidos políticos no actúan de acuerdo con esos ideales y son meros vehículos para que personas o élites se enriquezcan u obtengan poder. La política de partidos parece a menudo una crónica de sociedad centrada en las personalidades –quién está de moda, quién no, quién está desvalijando las arcas del Estado–, más que en las políticas. La política de patronazgo frag- menta fácilmente los partidos según la etnia, tribu, región o reli- gión, mientras que los «peces gordos» locales utilizan los recursos del Estado para comprar apoyo y poder. En Malaui y Tanzania, por ejemplo, la proliferación de partidos sólo ha fragmentado la polí- tica de patronazgo, lo que ha llevado a una grave inestabilidad po- lítica mientras los partidos rivales se disputan el poder.114 Aparecen

nuevos partidos de la noche a la mañana y crecen o menguan de- pendiendo de la fortuna de sus líderes. En otros países, presidentes dominantes hacen que el número creciente de partidos en el Parla- mento sea en buena parte irrelevante.

La mayoría de partidos políticos se encuentran entre estos ex- tremos y con frecuencia refl ejan el estado de la sociedad civil y su capacidad para obligar a los partidos a ofrecer benefi cios colectivos más que individuales. Su buena disposición y capacidad para de- sempeñar una función democrática útil aumenta o disminuye con

el tiempo, mientras que los sistemas de partido débiles se fortalecen y los fuertes se desmoronan. Dado su papel clave en la democracia, fortalecer a los partidos políticos es un paso importante a la hora de unir a ciudadanos y Estados. Algunas cuestiones cruciales son la democracia interna del partido, la transparencia (por ejemplo, en el uso de fondos y en la elección de líderes) y la fi nanciación del par- tido y de las campañas, cuestiones que son igual de urgentes en el norte y en el sur.

Ningún sistema político es fi jo: el Estado y los sistemas de partido evolucionan continuamente; unos se vuelven más fuertes y respon- sables, mientras que otros caen bajo el infl ujo de autócratas o bajo el hechizo de las riquezas. Consolidar la democracia al exigir progreso en los sistemas políticos (y al evitar la reincidencia) es una tarea fun- damental en el esfuerzo por construir Estados efi caces, tanto para ciudadanos nacionales como para personas de fuera que busquen promover el desarrollo y la justicia.

Los pobres detestan la corrupción. Si se les pregunta qué caracteriza a la pobreza, con frecuencia no contestan que la falta de ingresos, sino su indefensión cuando la policía y los funcionarios les piden sobornos. Esa corrupción genera un profundo sentimiento de im- potencia y de exclusión que mina los esfuerzos por construir una ciudadanía activa.

Desde el punto de vista económico, la corrupción tiene el mayor impacto relativo en la gente más pobre. En Rumania, un estudio del Banco Mundial mostraba que el tercio más pobre de las familias des- tinaba un 11 por ciento de sus ingresos al pago de sobornos, mien- tras que el tercio más rico tan sólo destinaba un 2 por ciento.115 La

corrupción está extendida en países ricos y pobres por igual. El fi scal general de EE UU ha declarado que el fraude relacionado con la asis- tencia sanitaria es el «segundo problema delictivo» del país después de los crímenes violentos, y que cuesta miles de millones de dólares cada año.116 En muchos países, las empresas privadas pagan impor-

tantes sobornos para obtener contratos estatales. En todo el mundo en desarrollo se piden «tasas» no ofi ciales por el agua, la educación y los servicios sanitarios.117

La corrupción es abusar del poder que se ha confi ado a alguien para obtener benefi cios personales. La corrupción por necesidad (que a veces se conoce como «corrupción menor») contrasta con la corrupción por codicia (corrupción mayor). Ambas tienen diferen-

tes impactos en la gente pobre y en los países en general, y ambas requieren diferentes remedios.

La corrupción menor es, por ejemplo, el cobro de tasas ilegales, a menudo pequeñas, por parte de proveedores de servicios y funcio- narios que no aparecen en el trabajo. Esta es la corrupción a la que la gente pobre del mundo en desarrollo se enfrenta de manera más directa. La pobreza favorece la corrupción, ya que a la gente ham- brienta le resulta difícil no vender sus votos por un saco de harina y los funcionarios mal pagados a menudo acaban sucumbiendo al soborno. Sin embargo, las actitudes y creencias también juegan un papel aquí. Los trabajadores de Oxfam en África oriental, Indonesia y Centroamérica informan de una creencia extendida en esas regio- nes de que las personas en puestos infl uyentes deberían ayudar a sus familias y comunidades de origen, una mentalidad que a menudo lleva a que exista una tolerancia pública ante lo que en otro lugar se consideraría un chanchullo inaceptable.

La pobreza fomenta la corrupción menos y el desarrollo hace disminuir la amenaza que esta representa. El desarrollo aumenta la capacidad del Gobierno para recaudar impuestos, pagar sueldos de- centes y dedicar más recursos a detectar y sancionar la corrupción entre los funcionarios, y todo ello ayuda a que la corrupción corroa menos el sistema. En Camboya y en la República Checa, los salarios adicionales de los profesionales sanitarios y los compromisos con códigos de buena práctica ética llevaron a una disminución en el pago de sobornos no ofi ciales y a un mayor acceso a los servicios sanitarios para la gente pobre.118 Los sindicatos y las asociaciones

profesionales juegan un papel importante a la hora de desarrollar estándares profesionales y conseguir que los trabajadores participen en la mejora de los servicios.

Las enormes variaciones entre países con un grado de desarrollo similar indican que se puede hacer más que simplemente esperar a que llegue el crecimiento para lograr que el problema sea manejable. Según el Índice de Percepción de la Corrupción 2007 de Transparen- cia Internacional, los niveles de corrupción de Japón son similares a los de Chile, mucho más pobre, mientras que Uruguay está muy por delante de Italia a pesar de que solamente cuenta con una séptima parte de su renta per cápita.119

La corrupción mayor es distinta. No sólo afecta a los presupues- tos nacionales, como en el caso de los presidentes Mobutu (Zaire) y Suharto (Indonesia) –cada uno robó miles de millones–, sino tam- bién al sector privado, donde la liquidación de activos por parte de directivos y dueños priva al sector de su capacidad de invertir, evo- lucionar y competir. Más sutilmente, los vínculos estrechos entre miembros de las élites socioeconómicas pueden llevar a que polí- ticos y funcionarios acuerden políticas que favorezcan a sus ami- gos y familiares en el sector privado, más que a la economía en su totalidad. En sectores como los del petróleo y el gas, el armamento y la construcción las grandes empresas rutinariamente pagan impor- tantes sobornos a funcionarios del Estado a cambio de contratos, mientras que numerosos programas de privatización han servido de pretexto para transferir riqueza a gran escala del Estado a miembros de la élite con buenos contactos.