La idea de que todas las personas poseen la misma dignidad y valía, y de que tienen derechos naturales se desarrolló en Europa occidental en los siglos XVII y XVIII como una herramienta para proteger a las personas del poder arbitrario del Estado. Algunos autores hablan de dos «revoluciones de los derechos humanos»: la primera tuvo lugar en torno al periodo de la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776) y la Declaración francesa de los Derechos del Hombre y del Ciudadano (1789); la segunda estuvo vinculada a la era de la
globalización tras la Segunda Guerra Mundial con la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948) que, por primera vez en la historia, reconocía los derechos humanos como una responsabili- dad global.7 Esa segunda revolución todavía se está llevando a cabo
a medida que los marcos de los derechos humanos se amplían con nuevos tratados que recogen el género, el origen étnico y los dere- chos de los niños. Ello constituye la base del sistema emergente de gobierno global y derecho internacional (véase el capítulo 5).
El progreso en materia de derechos humanos se convirtió en uno de los sellos distintivos de la segunda mitad del siglo XX, cuando la difusión de la democracia y la descolonización condujeron a un in- cremento masivo en la proporción de población mundial con algún grado de participación en la toma de decisiones a la hora de orga- nizar la sociedad. Entre tanto, la llegada de la alfabetización gene- ralizada y de las mejoras en sanidad aumentó la capacidad de dicha población a la hora de ejercer esos derechos.
Los derechos humanos se pueden agrupar en tres tipos distintos: civiles y políticos, o los denominados derechos «negativos», como, por ejemplo, el derecho a no ser torturado, que el Estado debe ga- rantizar; económicos, sociales y culturales, o derechos «positivos», como el derecho a la educación, que el Estado debe fi nanciar y pro- mover activamente; y, por último, los derechos colectivos, como el de autodeterminación, que el Estado debe respetar. Lo último que Naciones Unidas ha intentado es ampliar el concepto de derechos a actores que no son estatales, como las empresas.8
Desde el sufragio universal y la abolición de la esclavitud en ade- lante, quienes inicialmente ocupaban puestos de poder considera- ron estas nuevas formas de derechos como poco razonables o injus- tifi cados, pero la opinión general los ha ido asimilando lentamente. Los últimos candidatos son las cuestiones relativas a la igualdad de derechos para mujeres y niños, polémicas desde un punto de vista cultural.
Después de la Declaración de Naciones Unidas, durante muchos años la retórica de los derechos humanos se redujo a un arma en las batallas propagandísticas de la guerra fría. A este respecto, en una ocasión el economista J.K. Galbraith bromeó: «Bajo el capitalismo, el hombre explota al hombre. Bajo el socialismo, sucede al revés».
A ninguno de los bandos le sobraba tiempo para los derechos hu- manos. Occidente culpaba a los países socialistas de negar derechos civiles y políticos. El Este criticaba a los países capitalistas por no ga- rantizar derechos económicos y sociales para todos los ciudadanos y por apoyar a dictadores crueles como Mobutu Sese Seko en Zaire o Augusto Pinochet en Chile. Entre el mundo del derecho y el del desarrollo, la interacción activa era prácticamente nula.
El fi nal de la guerra fría trajo convergencia y muchos profesio- nales del ámbito del desarrollo combinaban las dos disciplinas en lo que se conoció como un «enfoque del desarrollo basado en los derechos». Al volver a unir los derechos económicos y sociales a los derechos políticos y civiles, este enfoque perseguía forjar una vi- sión integral de un nuevo «contrato social» viable y justo entre Esta- do y ciudadano.9
El mundo de los derechos humanos y el del desarrollo parecen muy distintos. Hablando en plata: abogados y estudiosos dominan el primero, mientras que economistas e ingenieros dominan el segun- do. Aunque esto puede generar problemas de comunicación entre dos grupos de jergas mutuamente incomprensibles, ambos bandos tienen mucho que aprender del otro. Según Naciones Unidas:
La tradición de los derechos humanos aporta herramientas e instituciones –leyes, el poder judicial y el proceso de litigio– como medios para salvaguardar las libertades y el desarrollo humano. Los derechos también dan legitimidad moral y el principio de justicia social a los objetivos del desarrollo humano. La perspectiva de los derechos ayuda a cambiar la prioridad y orientarla hacia los más necesitados y los excluidos. Asimismo, centra la atención en la necesidad de información y de voz política para todas las personas como una cuestión del desarrollo, así como en los derechos civiles y políticos como partes integrantes del proceso de desarrollo.
El desarrollo humano, por su parte, aporta una perspectiva dinámica a largo plazo para el cumplimiento de los derechos. Centra la atención en el contexto socioeconómico en el que se pueden hacer valer –o amenazar– los derechos. Por consiguiente, el desarrollo humano contribuye a construir una estrategia duradera para hacer valer los derechos. En resumen, el desarrollo humano es fundamental para hacer valer los derechos humanos
y los derechos humanos son fundamentales para un desarrollo humano completo.10
Los ciudadanos de muchos países, a veces haciendo uso del siste- ma internacional de derechos humanos, han conseguido presionar a los gobiernos para que aprueben leyes que protejan los derechos. Uno de los líderes en este campo ha sido India, donde en los últimos años se han presentado diversas iniciativas pioneras en relación con los derechos a la alimentación y a la información.11 Ahora, numerosos
países cuentan con Defensores del Pueblo a quienes los ciudadanos pueden recurrir si creen que se han violado sus derechos. Actual- mente, la mayoría de países también reconoce los derechos de los niños. Estas leyes, a menudo adoptadas en respuesta a convenciones de Naciones Unidas, tienen un permanente impacto «gota a gota» en actitudes y prácticas. Esos cambios subterráneos en las ideas sobre derechos ocasionalmente estallan en la actualidad política cuando grupos de ciudadanos buscan una reparación política, tal como se pudo observar en acontecimientos de las últimas décadas en La Paz, Kiev, Berlín, Teherán y Manila, donde manifestaciones masivas de personas que exigían sus derechos derrocaron gobiernos y marcaron el comienzo de periodos de rápida transformación.