modelos Psicodinámicos
49enfoque psicoanalítico de la terapia de juego
paciente, su presente y su interacción con el terapeuta (también) se convierten en transformaciones mutuas, de gran utilidad como parámetros diferentes de la mis- ma experiencia” (p. 52). Por lo tanto, para los terapeutas infantiles psicoanalíticos modernos, el uso de la experiencia presente de juego es tan esencial para la terapia como enfocarse en las historias pasadas de los niños que atienden.
Si bien tanto el juego como el lenguaje verbal son formas de comunicación, en lo esencial no son equivalentes. Aunque el juego carece de la precisión del len- guaje (Sutton-Smith, 1997), permite al clínico ciertas ventajas sobre otros medios de comunicación. Además de que el juego es la forma natural de expresión de los niños, proporciona tanto a clientes como a terapeutas “una posible negación” con- cerniente al material problemático; es decir, permite a las partes suspender y, de ser necesario, negar su realidad. Después de todo, se trata “sólo” de un juego. Por ende, el juego libera a los participantes para expresar y explorar esos problemas de formas cuyo seguimiento sería mucho más difícil por medios de comunicación exclusivamente verbales.
Existen publicaciones que afirman que el procesamiento no verbal de la expe- riencia contribuye de manera independiente a las formas en que la gente funciona (Levy, 2009; Lyons-Ruth, 1999). Lyons-Ruth y sus colaboradores (1998) advierten que “los conocimientos implícitos que rigen las interacciones no se basan en el lenguaje y no se traducen rutinariamente en forma semántica” (p. 285). Dado que el juego de los niños incluye más elementos no verbales que las terapias enfocadas en la comunicación verbal, la terapia de juego analítica ofrece un mayor acceso al conocimiento relacional implícito y da a los terapeutas un medio de desarrollarlo y ampliarlo con sus clientes, creando nuevos modelos para estar con otros (Levy, 2007).
Debido a su naturaleza inmediata y activa, el juego exige la participación de los terapeutas de formas que son inimaginables en las terapias de orientación más verbal. Por ende, los roles de los terapeutas infantiles son necesariamente más ac- tivos y éstos se encuentran en situaciones que dejan poco tiempo para reflexionar acerca del significado de lo que sucede en el tratamiento antes de sus acciones (Gaines, 2003). Mientras los terapeutas para adultos pueden trabajar con la ilu- sión de que lo que más se necesita es entender a los clientes, tener empatía con ellos y ofrecerles interpretaciones, dicho modo de pensar perjudicaría a un tera- peuta infantil. De cierto modo, la teoría psicoanalítica contemporánea se ajusta mejor a la naturaleza orientada a la acción de la terapia de juego en la medida de que los teóricos se dan cuenta de las limitaciones inherentes de una aproximación principalmente verbal al tratamiento (Barish, 2004b; Frankel, 1998). Los teóricos psicoanalíticos relacionales modernos han destacado el hecho de que los clientes deben ser encontrados, es decir, que los terapeutas deben hacer más que escuchar e interpretar (Aron, 1996; Bromberg, 1998, 2006; Levenson, 1985; Mitchell, 1988, 1997; Pizer, 1998; Slochower, 1996).
Mitchell (1988) afirmaba que los terapeutas analíticos no deben limitarse a entender a sus clientes, sino que también deben encontrar una voz para comu- nicar esa comprensión a fin de hallar una salida a los patrones usuales con que el cliente escucha y experimenta a los demás. De hecho, Mitchell (1997) afirmó además que
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Principales enfoques teóricos
un terapeuta se descubre como coactor en un drama apasionado que involucra amor y odio, sexualidad y asesinato, intrusión y abandono, víctimas y verdugos. Cualquiera que sea el camino que elija, cae en una de las categorías predetermi- nadas del cliente y es experimentado de ese modo por el paciente. La lucha es por una nueva forma de experimentarse a sí mismo y al paciente, una forma distinta de estar con el analizado en que no se fusiona ni es distante, no muestra seducción ni rechazo, no es víctima ni verdugo. Se trata de encontrar una voz auténtica con la cual hablar al analizado, una voz más propia, menos moldeada por las configura- ciones y opciones limitadas de la matriz relacional del analizado, y, al actuar de ese modo, ofrecerle la oportunidad de ampliar y extender esa matriz (p. 295).
Al tratar a niños, los terapeutas infantiles psicoanalíticos luchan por involu- crarse, por trastornarse, por encontrar el equilibrio y por comunicar su visión de la experiencia del niño. Esto es lo más esencial, dadas las complicaciones ge- neradas por el hecho de tratar a niños, la ambigüedad esencial y la inmediatez generada por el juego en la terapia infantil psicoanalítica.
El juego permite entonces que se actúen pensamientos y sentimientos psico- lógicamente peligrosos que luego puedan ser negados por el niño (Levy, 2008). El juego abarca una paradoja: es cierto y falso al mismo tiempo. La dualidad de la experiencia real que ocurre en el marco subjuntivo del juego permite que sur- jan sentimientos y pensamientos profundos y se incluyan terapéuticamente en el marco del juego. Además, el juego obtiene su valor terapéutico del hecho de que fomenta la integración de diversos modos de procesar la experiencia. Para jugar, los niños deben realizar y coordinar diversos procesos sensoriales, perceptuales, cognitivos, afectivos y conductuales. Dado que abarca tanto la acción como el pensamiento y el sentimiento, el juego genera experiencia de estados emocio- nalmente vívidos del sí mismo dentro de la relación relativamente segura con el terapeuta (en el trabajo de Levy, 2009, encontrará una revisión más extensa).
Para maximizar el valor terapéutico del juego, los terapeutas deben tener de verdad un interés extraordinario por sus pacientes, debido en parte a que eso pue- de generar nuevas experiencias relacionales. Dichas experiencias pueden servir como una plantilla para la construcción de nuevos modelos del sí mismo y los demás o para modificar los existentes, a fin de alentar un sentido de integridad del sí mismo, cohesión y seguridad interpersonal.
Los terapeutas de juego también deben aceptar cierto grado de incertidumbre debido a la relativa ambigüedad del significado del juego (Levy, 2008; Sutton- Smith, 1997). Los terapeutas infantiles deben aprender a cultivar la paciencia y a permitir que la relación terapéutica aparezca y se desarrolle. En la moderna terapia de juego psicoanalítica, los terapeutas deben estar preparados para tolerar estados incómodos que pueden ser dolorosos, difíciles de imaginar o incluso repulsivos. Esos estados de sentimiento son vistos como una forma de comunicación implí- cita de las experiencias del niño y constituyen elementos clave de la formulación que hace el terapeuta de las experiencias del niño (Boston Change Process Study Group, 2002, 2008). De este modo, mucha información concerniente a la organi- zación de las experiencias de los niños está incorporada en la relación de juego.
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