Charles E Schaefer y Athena A Drewes
19poderes terapéuticos del juego y la terapia de juego
mejoren su estado de ánimo y sentido de bienestar (Schaefer, 1999). La presen- cia continua de altos niveles de cortisol (hormona del estrés) puede dañar el hipocampo, área del cerebro responsable del aprendizaje y la memoria, lo cual produce déficits cognitivos que pueden prolongarse hasta la adultez (Middle- brooks y Audage, 2008). La risa y los afectos positivos ayudan a crear el efecto contrario, liberando endorfinas y hormonas que elevan el estado de ánimo, disminuyendo los niveles de cortisol en la sangre y estimulando el sistema in- munológico (Berk, 1989). El juego y el buen humor aunados a su potencial para el regocijo y la risa se convierten en antídotos de los afectos negativos como la ansiedad y la depresión (Schaefer, 1999).
Sublimación
La sublimación permite la canalización de impulsos inaceptables en actividades sustitutas que son socialmente aceptables (Schaefer, 1999). El niño que golpea fí- sicamente a otro puede ser reorientado, ayudado a practicar y aprender por medio de la repetición de alternativas como la expresión en juegos de mesa “belicosos” (ajedrez, damas chinas), juegos de cartas (naipes) o actividades deportivas com- petitivas (Fine, 1956; citado en Schaefer, 1999).
Apego y mejora de la relación
Se ha encontrado que el juego facilita el vínculo emocional positivo entre padres e hijos. Algunos estudios acerca de la terapia filial (Ray, Bratton, Rhine y Jones, 2001; VanFleet y Guerney, 2003), el terajuego y la terapia de interacción entre los padres y el niño (Brinkmeyer y Eyberg, 2003; Hood y Eyberg, 2003) han logrado facilitar el apego entre el niño y los padres y mejorar la relación (Drewes, 2006). Mediante sesiones graduales, con entrenamiento en vivo, el padre o cuidador y el niño crean experiencias afectivas positivas, como jugar juntos, lo cual genera una relación segura y afectuosa. La investigación ha demostrado que esos beneficios se reflejan en mejoras en la empatía de los padres, en la percepción de cambios positivos en el ambiente familiar, en la autoestima, en la percepción del ajuste del niño y de sus problemas conductuales, así como del autoconcepto del niño y de los cambios en su conducta de juego (Rennie y Landreth, 2000).
Juicio moral
Piaget (1932) fue el primero en afirmar que la creación espontánea de reglas y su cumplimiento por parte de los niños en las situaciones informales y no supervisadas de juego son una experiencia crucial para el desarrollo del juicio moral maduro. Las experiencias de juego ayudan a los niños a dejar atrás la primera etapa del realismo moral, en que las reglas se ven como restricciones impuestas de manera arbitraria por adultos con autoridad, para avanzar al concepto de moralidad que se basa en los principios de cooperación y consentimiento entre iguales (Schaefer, 1999).
Empatía
Por medio del juego de roles los niños pueden desarrollar su capacidad de empatía, que es la habilidad de ver las cosas desde la perspectiva de otro. Se ha encontrado
20
fundamentos prácticos de la terapia de juego
que la representación de diferentes personajes en el juego social aumenta el al- truismo (Iannotti, 1978) y la empatía (Strayer y Roberts, 1989), así como la com- petencia social (Connolly y Doyle, 1984).
Poder y control
Cuando juegan, los niños se sienten poderosos y en control. Pueden hacer que el mundo del juego se ajuste a sus deseos y necesidades (Schaefer, 1999). En marcado contraste con la sensación de desamparo que experimentan du- rante un desastre, el juego les ofrece un fuerte sentido de poder y control. El niño tiene dominio sobre los materiales de juego y determina qué y cómo jugar durante la sesión de terapia. Al final, esta respuesta rival (poder) ayuda a superar los sentimientos de inseguridad y vulnerabilidad del niño.
Competencia y autocontrol
El juego ofrece a los niños oportunidades ilimitadas de crear (a través de los cuen- tos, de los mundos construidos en una caja de arena o de los dibujos), lo que les permite obtener un sentido de competencia y autoeficacia que estimula su autoestima (Schaefer, 1999). Además, al participar en actividades lúdicas o en el juego de construcción, los niños aprenden autocontrol por medio de la deten- ción del pensamiento y la conducta, lo que puede ayudarles a detenerse, pensar y planear por adelantado. Como resultado, el niño puede anticipar las consecuen- cias de diversas acciones y conductas potenciales. Esas habilidades pueden ser dominadas por medio de oportunidades de práctica y reforzamiento positivo, y en consecuencia pueden generalizarse a diversos escenarios (como la escuela, el hogar y ambientes sociales).
Sentido de sí mismo
Por medio del juego y el uso por parte del terapeuta infantil de un enfoque dirigido y enfocado en el niño (Axline, 1947), éste puede empezar a experi- mentar completa aceptación y permiso para ser él mismo sin el temor al juicio, la evaluación o la presión para cambiar. A través de un comentario sobre el juego del niño, el terapeuta le ofrece (en términos figurativos) un espejo, lo cual le permite entender los pensamientos y sentimientos internos y desarrollar su autoconsciencia (Schaefer, 1999). El juego también le brinda la oportunidad de percatarse del poder de ser un individuo por derecho propio, de pensar por sí mismo, de tomar sus propias decisiones y de descubrirse (Winnicott, 1971). Dado que esto suele ser una experiencia única, Meares (1993) advirtió que el campo de juego es donde se genera, en gran medida, el sentido de sí mismo. Concluyó que el juego en la presencia de un adulto involucrado es donde se generan las experiencias que se convierten en el centro de lo que se denomina identidad personal (Schaefer, 1999).
Desarrollo acelerado
En el juego, los niveles de desarrollo de los niños en edad preescolar pueden avan- zar más allá de los logros comunes de su función y edad a un grado de pensamiento
21