El historicismo y su historia
VII. La filosofía como idea anticuada
De la nueva relación en que han entrado filosofía e historiografía, y que es relación de identidad, la imagen acostumbrada de la primera sale harto más cambiada de semblante que la segunda.
La historiografía, una vez distinguida de la anecdótica, y reivindicado para sí el carácter que le es propio como obra del pensamiento, y no del sentimiento y de la fantasía, deja que la anecdótica subsista en su campo peculiar, en que la reconoce como útil y necesaria. Pero la filosofía, una vez identificada con la historiografía, o sea con el pensamiento histórico, elimina o anula el concepto de una filosofía fuera de la historiografía o por encima de ella. Es la conciencia de ésta y, por lo tanto, inseparable de ella como la conciencia moral es inseparable de la acción moral y la conciencia estética de la creación artística, o (como suena en la fórmula doctrinal) el gusto del genio. Hasta cuando se define la filosofía, como lo he hecho yo, “metodología de la historiografía”, no hay que perder de vista que la metodología hubiera sido abstracta si no coincidiese con la interpretación de los hechos, es decir, si no se renovase y des- arrollase de continuo en consonancia con la inteligencia de aquéllos; de suerte que una distinción entre filosofía e historiografía sirve sólo para usos prácticos, con fin didascálico. Cualquier problema filosófico se resuelve únicamente cuando se plantea y trata con referencia a los hechos que lo suscitaron y que es necesario entender para entenderlo. En cualquier otro caso permanece abstracto y da lugar a las disputas inconcluyentes e interminables tan ordinarias entre los filósofos de escuela que acaban por parecerles el elemento natural de su propia vida, en que ociosa y vanamente vienen y van, suben y bajan, de aquí para allá, y, agitándose sin cesar, permanecen siempre en el mismo punto. Si la filosofía fue y sigue siendo blanco de particular irrisión que nunca se ha lanzado sobre las matemáticas, sobre la física, sobre las ciencias naturales, ni siquiera sobre la historiografía, debe haber motivo especial para ello, y es el que aquí se ha dicho. Hacerla en serio histórica equivale a hacerla respetar, y, si se quiere, a hacerla temer.
El concepto de una filosofía por encima de la historia o fuera de ella suele esconderse en forma de una distinción de los problemas del pensamiento en “máximos”, “supremos”,
“universales”, “eternos” al lado de otros “menores”, “inferiores”, “particulares” y “contingentes”. Y esto ocurre sea cualquiera la descripción de los problemas primeros que en un tiempo eran los de Dios y la inmortalidad y otros tales, y hoy, ordinariamente, los de la correspondencia entre pensamiento y ser, los de la gnoseología y la fenomenología; y de cualquier modo que se establezca la relación entre los de la primera y los de la segunda clase, ya se considere a éstos como empíricos y no filosóficos, ya se les tenga por irresolubles mientras no se resuelvan los primeros, que les darían la premisa necesaria. Pero el efecto es siempre el mismo, es decir, la disputa inconcluyente en que se desarrollan. Pues si a veces entre tantas disputas resplandece una luz de verdad, débese a la intervención del buen sentido, que no se resigna a callar siempre intimidado, o a un destello de la inteligencia, que, sin darse cuenta casi, vuelve a encontrar en las determinaciones de la historia el significado verdadero del problema que se debate y el camino de la solución.
Cosa parecida ocurre en los problemas que se declaran inferiores, particulares y contingentes, que, privados de filosofía o en eterna expectación de la filosofía que de una vez los aclare, se extravían y confunden, abandonados al más diverso albedrío del sentimiento y de la imaginación, cuando los que tratan no encuentran apoyo en sí mismos o en una filosofía mucho más sencilla de la que reclamaban los filósofos sublimes, pero, en suma, con pensamiento serio y con crítica y, por lo tanto, de manera fructuosa. Así se forman, en los diversos campos de la historia, teorías especiales, que no es raro que tengan valor especulativo mucho mayor que el de la filosofía sublime, escolástica e insípida. Animar a los especialistas para que se eleven a la filosofía y solicitar a los filósofos generales, ocupados en los máximos problemas, para que traten los mínimos, en que únicamente los máximos viven y donde únicamente puede encontrárselos y darles solución, es doble acción convergente que conviene ejercer sobre los entendimientos, aun sin alimentar, al ejercerla, demasiada esperanza o demasiada expectación. Porque también aquí se trata de llegar al punto medio, al de la virtud, que, como sabía Aristóteles, por ser el de la excelencia, es también el más alto y el más difícil de alcanzar; lo que, en otros términos, quiere decir que los filósofos- historiadores y los historiadores-filósofos serán siempre raros y formarán siempre una aristocracia restricta.
Una de las consecuencias lamentables de la filosofía concebida como exterior y superior a la historia y ligada a los llamados problemas supremos, es el oficio que sus cultivadores se arrogan de directores y reformadores de la sociedad y del Estado. La filosofía histórica, o la historia filosófica, es modesta, porque perpetuamente pone al hombre frente a la realidad y, llevándolo a la catarsis en la verdad, lo deja buscar y encontrar su deber y crear su acción libremente. Pero la otra filosofía cobra audacia quizás en el vago recuerdo de su derivación de la teología y de la Iglesia, o quizá también, sin serlo, parece audaz, por las extravagancias a que la inclina la propia vacuidad en que se mueve y de la cual se esfuerza por salir de cualquier modo. La acción práctica inculcada por ella podrá ser noble, al menos de intención, o innoble; querrá como en Augusto Comte “reorganizar la sociedad”, o como en Carlos Marx revolucionarla y racionalizarla, o, como en otros filósofos, emplear sus medios para mantener dócil al pueblo en la servidumbre; pero la incongruencia es siempre la misma. Y si aun ingenios poderosos a los que se deben nuevos conceptos filosóficos usurparon alguna vez un oficio que no les correspondía y dedujeron programas abstractos de su abstracta filosofía, ésta
es la parte viciada y muerta de su obra.
Con la disolución acaecida o augurada de la filosofía en la historiografía se podrá decir, si se quiere, que la filosofía está muerta. Pero como lo que de esta guisa parece morir nunca estuvo verdaderamente vivo, debe decirse, con mayor exactitud, que lo muerto es la idea anticuada de la filosofía, que cede el paso a la nueva, surgida del pensamiento profundo del mundo moderno. Muere, entiéndase bien, idealmente, ya que materialmente seguirá arrastrando su vida como tantas otras cosas idealmente sobrepujadas; y seguirá sirviendo para mantener en el mundo, rebajada (como se apuntó arriba) a un oficio entre tantos, la obra del filósofo que, en su ser genuino, tiene de oficio tan poco como la obra del poeta.