Parte Cuarta Historiografía y moral
VIII. Perpetuidad ideal y formaciones históricas
Lo que se dijo arriba del partido liberal, que es una formación histórica llegada a madurez en el siglo XIX y cuya preparación va del Renacimiento y la Reforma a la Ilustración, nos da juntamente la justificación y la crítica del problema que se agitó y de la doctrina que se formuló en los comienzos de aquel siglo, sobre la diferencia de la libertad moderna con respecto a la libertad de los antiguos. Los autores principales de esta doctrina fueron Sismondi, en el penúltimo capítulo de la Histoire des républiques italiennes, publicado en 1818, y Benjamin Constant, en un discurso leído en el Ateneo Real de París en 1819.
La justificación está en el hecho de que la idea de libertad a que entonces se había llegado condensaba en sí el largo proceso de los cuatro últimos siglos, se coronaba con una concepción histórica que hasta entonces había faltado, y se oponía a la forma abstracta que la libertad había retenido en el siglo precedente entre imágenes grecorromanas y simplismo
racionalista y que había dado extrema prueba de sí en el jacobinismo y en el reinado del terror. Todo esto explica cómo la libertad de que hablaban aquellos escritores llegara a sentirse como algo enteramente nuevo y propio de la edad que entonces se abría. Pero su juicio, al desarrollarse doctrinalmente, caía en el error de confundir y trocar un problema de priorización y clasificación de un problema histórico, una determinación que sirve para recoger y fijar una cierta serie de acontecimientos en la economía del espíritu, o sea en la memoria, con una determinación propiamente lógica.
Al clasificar la historia, o sea al construir los periodos históricos, no sólo es admisible sino indispensable distinguir una libertad antigua y una libertad moderna, y distinguir también, mediante subdivisiones, otros periodos y otras libertades. Pero no es necesario, luego, que al fingir, para el fin antedicho, siga el creer (fingit creditque), esto es, el creer que las dos libertades, tan distintas por clasificación, sean realmente distinguibles; si en la libertad se pudieran discernir dos libertades, cada una con su carácter particular, es evidente que, o una de las dos no sería libertad, o ambas serían expresiones imprecisas de una libertad única, superior y sola efectiva. Y por esto las diferencias que los citados escritores aducían, reconociendo a los antiguos la libertad que llamaban política y a los modernos la otra que llamaban civil, añadiendo que la una correspondía al concepto de virtud y la otra al concepto de felicidad, y otras semejantes, no sostienen el examen de la crítica, puesto que no hay libertad política que no sea a la vez libertad civil ni hay sociedad que pueda sostenerse con la virtud sin bienestar o con el bienestar sin la virtud. Los que, más tarde, en el mundo académico, insistieron fríamente en el problema y en la solución enunciada por los férvidos espíritus de Sismondi y Constant, se perdieron en estériles confrontaciones formalistas.[5]
Teniendo cuidado de no apretar las divisiones en periodos para exprimirlas y sacar de ellas distinciones y contraposiciones lógicas, importa tener cuidado también de no creer que en el periodo o edad señalada especialmente por la preminencia de la palabra libertad se halle el nacimiento de la vida y la muerte de dicho concepto; y, para limitarnos a nuestro caso, que la libertad haya tenido comienzo absoluto en el siglo XIX, o, si se prefiere, en el XVIII, en el XVII, o en alguno anterior. La libertad no es un hecho contingente, sino una idea, y escrutándola verdaderamente hasta el fondo, no es más que el mismo conocimiento moral, que, como ella, no consiste más que en la incitación a acrecentar de continuo la vida, y, por lo tanto, en reconocer en sí y en los demás al hombre, la fuerza humana que se ha de respetar y promover en su varia capacidad creadora. Buscar un comienzo absoluto a la libertad valdría, pues, lo mismo que buscar un comienzo semejante a la moralidad, esto es, caer en el error fenoménico o empírico de considerar históricas a las categorías (el bien y la belleza, o el logos y todas las demás con sus sinónimos), que no son hechos históricos, porque son las creadoras perpetuas de los hechos de la historia.
En verdad el que se empeña en perseguir aquel punto de arranque se ve obligado siempre a ir hacia atrás en la serie infinita, porque va encontrando precedentes de precedentes a los hechos que llama de libertad: los encuentra no sólo en los siglos inmediatamente anteriores al XIX, sino en la Edad Media y en la Antigüedad, y encontraría rastros de ellos hasta en la edad primitiva y prehistórica, en el periodo neolítico, y, si se quiere, aun en el paleolítico, hasta donde los documentos que poseemos lo consintieran, haciéndonos ver en particular lo que en general conocemos con certeza cuando descendemos mentalmente (como quería Vico) de
nuestras naturalezas humanas refinadas a las primitivas, que, por fieras e inhumanas que fuesen, estaban, sin embargo, agitadas por humanas pasiones y por necesidades e ideales humanos. ¿Cómo no encontrarlos ahí, cómo no encontrarlos en aquellos casos, en los tiempos y los estados de la opresión más feroz, si siempre nos hallamos en ellos con hombres, o sea, por definición, con seres libres? La categoría de la humanidad y la de la libertad coinciden; y por inhumano que se considere un régimen o una edad, no llega a ser nunca inhumano del todo, si (como decía también Vico) no quiere salirse de los confines de la humanidad para caer en la nada.
En otro aspecto, cuando se parte de una idea de perfecta y pura libertad, puede ocurrir que, al recorrer la historia de extremo a extremo, no se encuentre jamás libertad verdadera, ni aun en los tiempos y estados que más enfáticamente se llaman libres; y ello por la misma razón de que la libertad es una categoría, y, por lo tanto, inagotable, mientras que aquella idea pura y perfecta es, en cambio, el fantasma proyectado en nuestra imaginación por nuestro deseo infinito, por nuestro ardor moral, por nuestra ansia de pureza y de perfección, y no se la puede encontrar en el mundo de los hechos. En éste, que es el mundo de la historia, la libertad no es nunca perfecta en abstracto, sino, a veces, tal como es concretamente, y hay que reconocerla y aceptarla en las condiciones dadas. Extrañamente se juzga que la libertad antigua no fue verdaderamente libertad porque la forma social en que florecía se fundaba en la economía esclavista; pero a la libertad hay que buscarla en la esfera en que existe, y no en aquella en que no existe o no existe aún, y el hecho de que hubiese esclavos no impide la realidad de las grandes obras que los hombres libres de Atenas llevaron a cabo en la política, en el pensamiento, en la poesía, en las artes, en toda la cultura y la civilización. Se ha advertido también que el cristianismo no liberó ni se esforzó por liberar a los esclavos, y que la esclavitud acabó cuando tenía que acabar, por el cambio de las circunstancias económicas, que mostraban que era cada vez más gravosa y menos productiva que el trabajo libre; pero no hay que fijar los ojos en esta parte, en el caso de que se habla, sino en la libertad que el cristianismo había conferido a las almas, aun a las de los esclavos, igualándolas a las de los demás cristianos, hermanos todos en Cristo, y al carácter revolucionario de este principio en el presente y en el porvenir. Se tacha de dudoso el que pueda considerarse como libertad el ordenamiento político y las costumbres sociales de las ciudades italianas en la Edad Media, porque su libertad estaba hecha de privilegios, no distintos en la forma jurídica de los que disfrutaban los señores feudales; se limitaba a las ciudades y produjo milagros como no se habían visto en el mundo desde la edad de Pericles. Siempre que uno o más hombres reconocen plena libertad a otros hombres, nace una institución liberal, por estrecha que sea en comparación con otras; y la maldición de los estados despóticos consiste en que no pueden consentir libertad a pocos ni a uno, ni siquiera a uno que es el déspota y que casi siempre está más sometido que sus propios súbditos. Las partes de la vida social aún no compenetradas con la libertad representan, en todos los casos citados por vía de ejemplo, la materia de los problemas futuros; pero los que están compenetrados con ella y viven una vida laboriosa componen la historia efectiva, la historia creadora de valores, la historia que es adelanto y progreso, única que interesa a la mente histórica, que la distingue en sus sombras y la ve con sus sombras, pero no por eso llama tiniebla a la luz.
histórica se deja engañar distraídamente o deslumbrar neciamente por los gritos de libertad cuando carecen de una inspiración moral genuina y no prueban su naturaleza con la fecundidad en la vida civil. Por donde la historiografía sabe lo que debe pensar de la “libertad” que pedían, contra los monarcas y los pueblos, aquellos barones que, en su ocaso, representaban intereses privados y egoístas, hasta cuando se juntaban en ligas, llamándose “hermanos” sin serlo, como no son hermanos ciertamente los que forman una partida de bandoleros y reclaman la libertad del bandolerismo; o de la “libertad” que, en las persecuciones, piden los perseguidos con el propósito secreto de convertirse, a su vez, en perseguidores cuando logren alcanzar el poder, como lo ha hecho siempre la Iglesia católica; o de la “libertad” semejante, que es la moneda falsa expedida por los demagogos en todo tiempo, escondiendo bajo la magnificación y la invocación de aquélla su corazón de tiranos y tiranuelos. Estos y otros disfraces explican cómo se ha podido desconfiar y hacer sátira de la misma palabra “libertad” y cómo los que verdaderamente la amaban se han hastiado a menudo de ella o han preferido callarla por ese pudor que nos veda la vulgarización y profanación de las cosas que profundamente amamos.