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Historiadores y políticos

Historiografía y política

III. Historiadores y políticos

La teoría de la historiografía, como nacida de la acción y conducente a la acción, parece contrastar con la fácil observación de que los escritores y los conocedores de historia suelen ser poco aptos para la política o ajenos a ella, y los hombres políticos, aunque sean muy ignorantes en materia de historia, dirigen, como aquéllos no sabrían, las cosas del mundo. Con demasiada frecuencia los segundos se sirven de los primeros, con una sonrisa encaminada a la historia, o a la filosofía, que todos conocemos, y a la que no se puede contestar de otro modo que dejando caer la conversación, reservando lo serio que haya que decir de estas cosas serias para los que lo entiendan porque las aman, como nosotros.

La invitación a mirar los hechos, en su importancia de hechos, sin esforzarse en sutilizarlos con el pensamiento, invitación usual por parte de los que se llaman prácticos, que ni siquiera de lejos sospechan el sentido de ciertos problemas (¡con qué paciencia nos vemos constreñidos a escuchar en labios de los no filósofos la negación de la irrealidad del mundo exterior con el argumento de que la mesa está muy lejos de nosotros; o la refutación del carácter negativo del mal y del dolor con un argumento semejante: que un dolor de muelas es algo muy positivo!), aquella invitación se debe recusar simplemente declarando que, en el caso de que se discurre, se trata, precisamente, no de mirar, sino de pensar. La teoría no es la fotografía de la realidad, sino el criterio de interpretación de la realidad; y por esto no se la puede ver con los ojos ni sentir con los demás sentidos, como no se puede, según decía Goethe, dar a conocer a Dios en persona a los respetables señores profesores, porque, desgraciadamente, “el profesor es una persona y Dios no” (der Professor ist eine Person,

Gott ist keine).

Para proceder didascálicamente y presentar de modo un tanto esquemático la relación entre conocimiento histórico y obra práctica, parece difícil no estar de acuerdo en que si se toma, por un lado, todo lo que los hombres piensan, y por otro todo lo que ellos hacen, no deba existir y no exista por necesidad plena correspondencia entre ambas series, ni que una entre de continuo en la otra y al contrario. Cuanto el hombre hace pasa a ser conocimiento y cuanto el hombre piensa se traduce, como suele decirse, en acción.

En realidad, la razón de la divergencia entre historiadores y políticos no está en una divergencia o extrañeza imposible entre historiografía y política, sino en la especialización de actitudes y hábitos en ésta como en las otras partes de la vida, y con ello en la relativa clausura de la una con respecto a la otra; clausura que es útil para ciertos fines, pero que es

conveniente, de vez en cuando, levantar o suspender, no sea que las especializaciones, trocándose en separaciones, se esterilicen y destruyéndose lo destruyan todo.

En tal especialización el pensamiento del hombre práctico y político se muestra esencialmente en forma de “fe”, es decir, no se presenta ya en el proceso vivo de su producción, sino como conclusión o resultado. El momento de la fe se da siempre, aun en la mente investigadora y crítica; pero siempre lo sobrepujan nuevas dudas y nuevos problemas, y siempre se traslada de un punto a otro más alto y comprensivo. En el hombre práctico se cristaliza, fija y vuelve estática, de modo que la verdad pierde veracidad al perder fluidez, y lo falso pierde falsedad, al perder su fuerza de negación; o, en otros términos, la verdad se vuelve en él cosa “bien conocida” y lo “bien conocido”, como se sabe, no es lo “conocido”. De ese punto firme el hombre se encamina a la acción.

Y ésta no es la traducción y la aplicación de un programa bello y determinado, sino una creación que a cada movimiento se renueva y acrecienta; y es siempre un peligro o riesgo, un acto de valor, del que, como se observa comúnmente, se retraen o intentan retraerse los tímidos y los medrosos, que quisieran estar muy seguros de lo que hacen, y no encontrando tal seguridad por ninguna parte, resuelven esperar a que los hechos mismos les digan lo que deben hacer, esto es, a que se hagan sin ellos, que después tendrán que hacer por lo menos esto: acomodarse a lo acaecido.

En el curso de la acción se forma en los hombres prácticos y políticos la creencia de que ellos conocen de veras a los hombres y el mundo, y que historiadores, filósofos y poetas no los conocen, y viven de fantasías y de sueños. Pero lo cierto es que lo que llaman conocimiento, no es, o (lo que viene a ser lo mismo) no es ya, conocimiento, del que hay poco en ellos; y que no conocen de veras el mundo y a los hombres, sino que —cosa muy distinta— saben manejarlos. Atentos, en el curso de su acción práctica, que es siempre una lucha, a la ofensa y a la defensa; teniendo presente a todas horas el fin de dominar a los otros con persuasiones y seducciones, con caricias y amenazas, con la violencia que los quebranta y con la corrupción que los deshace, despliegan sus artes, echan sus redes y meten dentro a los dóciles y a los remisos, a los amigos y a los adversarios, después de lo cual se imaginan que los han conocido bien, sólo porque los tienen en su jaula. Pero, en realidad, no los han conocido y no saben qué seres han encerrado en su jaula, y qué cosas se agitan en la mente y en el corazón de los que así tienen apresados ni de los otros en que no han hecho presa. Y de vez en cuando, y no sin turbación y asombro, sienten que se les insinúa en el ánimo un barrunto de esto ante ciertas insospechadas e insuperables resistencias en que advierten fuerzas de otra calidad, que no se doblegan por halagos ni por amenazas, que no se compran a ningún precio, y que sólo se ganan con el amor y en la colaboración del amor. El poeta, el filósofo, el historiador, conocen verdaderamente al hombre, y de lo que han visto de él en el rapto de la inspiración y en la tranquilidad de la meditación, nacen los ideales que calientan los pechos y señalan camino a la acción. Aun la fe de los hombres prácticos, estrecha, parcial, contradictoria, proviene de igual fuente y representa las diversas tesis y antítesis de los ideales al formarse. Aquí la sonrisa puede corresponder, en verdad, a los hombres de pensamiento, que promovieron y guiaron la danza, y miran desde lo alto aquel furioso baile de los políticos marrulleros, embriagados en sus contoneos e ignorantes de que se están moviendo por impulsos de otros.

Y los hombres prácticos, como tales, no sólo no conocen lo que se alaban de conocer, a los hombres y el mundo, sino que ni siquiera conocen la realidad de su obra misma, que la historia va investigando y colocando en su lugar y de la que ellos poseen conciencia, pero no autoconciencia. Aun en este caso los genios de la política pura, los “monstruos” recordados en las historias, si resucitaran y volvieran entre las gentes, se quedarían estupefactos al enterarse de lo que hicieron sin saberlo, y leerían en las obras de su pasado como en un jeroglífico cuya clave se les ofrece.

Hay que decir, pues, para terminar, que el conocimiento histórico surge de la acción, o sea de la necesidad de esclarecer y determinar nuevamente los ideales de la acción oscurecidos y confusos, y que, al reflexionar en lo acaecido, hace posible la nueva determinación y dispone para la nueva acción. De la amplitud de la visión histórica, en que de vez en cuando la mente, recobrando conciencia del todo, se levanta hasta el Dios vivo, del impulso del alma en la aspiración y en la plegaria íntima, se pasa a la acción práctica, a la acción que, al realizarse, es, necesariamente, particularidad y estrechez.

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