Perspectivas historiográficas
IV. Historiografía por hacer e historiografía que no ha de hacerse
Cuando el ánimo se dispone a la consideración e indagación histórica, ocurre lo que el poeta dice: que se sube “de los siglos al monte”, desde donde los ojos dominan campos y ciudades que antes se veían sólo a trechos y fragmentarios, y aspectos de una vida, envueltos antes en la humareda de la acción, aparecen con limpidez. ¿Qué nos importa, como historiadores de la poesía, la persona práctica del poeta o las tendencias políticas y morales a que estuvo ligado y a las que coadyuvó con mucha parte de su obra, cuando en otra parte, la única valedera para
nosotros en el aspecto que consideramos, en medio de las que se llaman contingencias, y para él lo son, creó una poesía que está ahora ante nosotros como bajada del cielo, ser de pura belleza, único asunto de la historia de que tratamos? ¿Qué importa el error, ya combatido y rechazado, de una doctrina, cuando se la mira con los ojos del historiador de la filosofía, que ve en ella no ya el error, sino la verdad, no el límite que la encerró y el obstáculo con que chocó, sino su razón ordinaria y fundamental, el oficio que desempeñó, desalojando un error más craso, transportando los problemas a una esfera más elevada, provocando, como en un experimento lógico, lealmente llevado a cabo y proseguido hasta el fin, el nacimiento de la doctrina contraria y distinta? ¿Qué importan los golpes dados y recibidos, los gritos que se alzaron y las vergüenzas de las recíprocas acusaciones al historiador, que vio surgir de aquellas batallas las líneas de una formación política, social y moral, de una nueva institución que la realidad llevaba en su seno y que pudo dar a luz sólo a través de aquel proceso laborioso, y todos los que, de uno u otro modo, tomaron parte en él, hombres honrados y canallas, inteligentes y estúpidos, reconoce positiva y negativamente (o sea, en último análisis, siempre positivamente) como necesarios, y con todos ellos históricamente se concilia, porque “más allá de la hoguera no vive ira enemiga” y la historia está siempre “más allá de la hoguera”? La que se llama “imparcialidad histórica” forma un todo con la propensión misma a pensar históricamente y a narrar historia; y tan natural es y tan viva en el historiador que éste, acaso, debe precaverse contra una cierta complacencia y no exagerar el valor de los que combatió o hubiera combatido en la vida práctica, a los cuales ahora se siente inclinado a conceder una generosidad pecaminosa, poco histórica por cierto, puesto que viene a ser repercusión, aunque pervertida, de la misma lucha práctica.
Ciertamente, la disposición del historiador tal como se ha descrito, es, tomada así, una intención, una intención buena y sincera, que tropieza con fuertes dificultades para convertirse en voluntad efectiva, un impulso contrastado en su avance hacia el fin propuesto; y las dificultades y contrastes son prejuicios que pesan sobre la mente y el ánimo de aquél, ideas viejas, no corregidas ni enriquecidas en un desarrollo ulterior, que permanecen inmóviles, o apariencias de ideas y de juicios firmes, pero, en sustancia, sentimientos y pasiones de la mente, y es inercia mental. De donde proceden tantas historias que, en general y en particular, no son fieles a sí mismas: historias turbias y opacas por intervención de mitos religiosos, de conceptos filosóficos insuficientes, de ídolos de partido, que leemos con desconfianza, cuidando de no tomarlas por guía, de admitirlas sólo en los puntos en que la inteligencia de aquellos historiadores se mueve libre de preocupaciones, o inconscientemente las abandona, y valiéndonos de ellas, sobre todo, como de un examen contradictorio que haga más claras nuestras ideas y dé mayor agudeza a nuestra pluma. Los debates de la historiografía se refieren, en su mayor parte, a esas cuestiones de “valorización”, como suele llamárselas, o sea de criterio y de filosofía, y las que llaman “de hecho”, o sea de autenticidad de documentos, son, con mucho, de menor extensión, y en todo caso dependen de las primeras.
Pero si no fuese así, si estas dificultades no se opusieran y no obligasen a superarlas, el trabajo de la historiografía no sólo sería demasiado fácil, sino que no sería trabajo, pues no es trabajo derribar puertas que están abiertas, ni en realidad se produciría, como no se produce en torno a las verdades de idea y de hecho que no dan lugar a disputas y se refieren a un patrimonio común, admitido por todos, a una fe que no se pone en duda. Y no es necesario
imaginar, ni esperar, ni desear que el adelanto de este múltiple e intenso trabajo mental haya de conducir a un general y pacífico convencimiento filosófico e histórico, o a un estado que a él se aproxime; porque la discusión y el trabajo correlativo vuelven a surgir siempre en formas nuevas, con su dificultad y aspereza, y así solamente la humanidad va creciendo sobre sí misma. No hay nunca más modo o ritmo que éste en el progreso espiritual que se realiza, primero, en pensadores individuales y solitarios o en reducidos círculos de espíritus afines y colaboradores, hasta que como resultado y no como proceso, se transmite a la cultura general, y de ella, en forma mítica y como palabra ceñida de misterio religioso, pasa últimamente al vulgo, o si se quiere, a las masas.
Pero en otros casos parece que la imparcialidad del historiador se ve sustituida por lo más opuesto a ella, por la más resuelta y agresiva parcialidad; y no ya por efecto de una caída en el mal y en el error, y con la conciencia y el remordimiento de una pasión a la que nos abandonamos y de una culpa que cometemos, sino con la seguridad de hacer el bien, de afirmar el propio derecho, de cumplir con una obligación. Entonces resurgen la exaltación y el aborrecimiento, el amor y el odio, por los hechos y los hombres que la historia había transportado más allá de este conflicto a su ciudad ideal, “la ciudad de Dios”; y no se da oído al que reclame, en tono de reprensión, equidad y verdad en el juicio. ¿Cómo se explican y justifican las dos diversas actitudes? ¿Cómo se concilian los dos diversos deberes que en ellas se expresan?
La solución que se suele dar a este contraste, y que consiste en distinguir entre pasado y presente, o entre pasado remoto y pasado próximo, y en la sentencia de que la historia se ha de referir al pasado o al pasado remoto, y no al presente o al pasado próximo, en que se camina sobre cenizas engañadoras que aún guardan el fuego, no vale, sin duda, porque no se puede fundar una distinción lógica en un más o un menos de lejanía cronológica, distinción que a menudo choca del modo más estridente con la realidad. Porque, de una parte, si un hecho es un hecho, y, como reza el antiguo dicho, “lo hecho, hecho está”, lleva en su carácter su génesis, y se puede hacer, y se hace su historia, aunque pertenezca al instante apenas transcurrido, y, por otra parte, el amor y el odio, la exaltación y el abatimiento, en el caso que se considera, no se manifiestan ya sólo en la historia de nuestra generación o de la que la ha precedido, o de los últimos cincuenta años, o del último siglo, sino que, como todos lo ven y lo saben, remontan todo el curso de la historia y todo lo atacan con su furia, tomando partido por Catón contra César, por Sócrates contra Atenas, y aun por Saúl contra Samuel o viceversa, personajes no menos vivos que los que vivieron pocos años ha o viven con nosotros en nuestros días. Por otra parte, aquella solución, inexacta en su fórmula lógica, se mueve dentro de la verdad cuando se interpreta su distinción temporal de pasado remoto y pasado próximo o presente como metáfora de la distinción ideal y conceptual entre la hora de la historiografía y la hora de la acción, es decir, entre la actitud del conocer y la actitud del hacer, que se subsiguen con nexo necesario, pero sin confundirse.
Introducir la hora de la historiografía en la de la acción, tomar la actitud de pensadores históricos cuando en realidad se obra prácticamente, sería esfuerzo vano si no fuese, a su vez, modo de acción, excitación de uno a sí mismo, tentativa de empujar al adversario hacia el desaliento y la renuncia; modo de acción en que no se emplea la historia, que no puede ser “empleada” sino solamente pensada, sino que se procura preparar y producir el vario
sentimiento que nace de la visión del bien y del mal, del triunfo y de la derrota, de la seguridad y el peligro, de la salvación o de la perdición cierta, y para este fin se recurre a la evocación de hechos acaecidos, o que se dan por acaecidos. Este proceso práctico, así como surge espontáneo en las mentes incultas y en los ánimos no disciplinados y educados, así se cultiva artificialmente por la oratoria de ocasión, y no se puede dejar de lado cuando el tiempo, el lugar y la persona no consienten otro medio para acrecentar la energía de la acción. Mas por lo mismo es obvio que el filósofo o el historiador no deben ni pueden colaborar en él; no deben, por respeto al hábito que visten, y no pueden por el contraste que resulta con una acción que, repugnando aquel hábito, resultaría, en todo caso, fría y falta de poder persuasivo. Por otra parte, el filósofo y el historiador, y el que se haya educado y disciplinado filosófica e históricamente, advierte en seguida y distingue la hora que es del conocimiento y la hora que es de la acción; sabe, como los otros hombres, cuándo le corresponde pagar con su persona, como persona práctica, y, negándose a falsificar la historiografía convirtiéndola en lucha práctica, se niega a la vez a falsificar la lucha práctica convirtiéndola en historiografía, buscando para sí y para otros una cobarde coartada moral. El sofisma forjado al efecto merced a la confusión entre serenidad histórica y debilidad moral o servilismo es tan miserable que no merece refutación; con el desprecio basta.
La historiografía es del pasado-presente, la acción del presente, la imaginación del futuro: la imaginación, madre de esperanzas y temores, que el investigador histórico aleja de sí y el hombre de acción rechaza, y con la que se divierten sólo en las pausas y descansos de la meditación y la actividad. Cuando teje una fábula o traza las líneas de una fábula proyectada hacia el futuro, tenemos lo que se llama predicción o profecía, “recuerdo de tiempos no nacidos”, historia del futuro, cuya sustancia es la imaginación misma, falta de todo fundamento lógico. Y cuando parece que las previsiones históricas asumen continente de verdad lógica o reciben confirmación de los hechos, si se mira un poco de cerca se verá que no son ni previsiones ni históricas, sino, únicamente, deducciones y razonamientos de conceptos económicos, morales o de otra especie, consecuencias necesarias de premisas, y no efectos o hechos, los cuales vienen al mundo únicamente por obra de la voluntad, libre por definición, y son necesarios sólo porque ella los quiso y realizó así, y no de otra manera.