Parte Cuarta Historiografía y moral
II. Historiografía psicológica
El que conserva vivo el sentido histórico no menos que el moral experimenta insatisfacción y malestar, trocados en rebelión, cuando repasa las interpretaciones guiadas por el método que se llama “psicológico”, en que la vida de un personaje se representa como una serie de actos psíquicos, movida desde afuera, por ejemplo, por la sangre y las tradiciones de familia, por asociaciones de imágenes, por el ambiente social, por casos fortuitos; y asimismo la historia de un pueblo por disposiciones formadas a través de los siglos, por influjos ejercidos por otros pueblos, por cruces de acontecimientos, por desastres que transformaron el Estado. La narración puede aparecer compacta, puede estar trabajada con finura y penetrar en las revueltas de las almas y pintar los más leves matices; y aún se sentirá que no es ésa la verdadera historia, seriamente humana.
Qué principio rige la historiografía psicológica se ha dicho ya al expresar que los hechos narrados por ella aparecen movidos desde afuera, es decir, explicados según el principio de causalidad, refiriendo un acto a otro como determinante suyo, y éste a su vez a otro y así sucesivamente. La historiografía psicológica no es sólo causal, sino que todo causalismo histórico conduce a ella, porque, sea cual fuere la causa general y aun la causa última que se dé a la realidad y a la historia, nunca puede obrar como no se traduzca en hechos psíquicos. Clima, configuración geográfica, impulso originario e inmutable de la raza, modos de producción y distribución económica, y otras condiciones semejantes, permanecerían inertes si no tomaran forma de necesidades, apetitos, voliciones, acciones e ilusiones de los hombres, según puede observarse aun en el sistema del materialismo histórico, que, entre la fuerza económica y la historia efectiva, interpone la “superestructura” de las ideologías y fantasías humanas.
El motivo o el punto de arranque del error merced al cual se introduce en la historiografía la interpretación causal, mostrándose después tan insuficiente e impotente que suscita la rebelión que se ha dicho, ha de irse a buscar en la consideración abstracta del aspecto pasivo de la actividad humana, es decir, en la condición espiritual en la cual o contra la cual surge, esforzándose, la nueva acción. Con respecto a ésta, la acción ya realizada o el estado de ánimo precedente decaen hasta convertirse en obstáculos y valores negativos que, no justificados por los fines de la actividad, sólo conservan una justificación de hecho, ligados a una sede de otros hechos que los han precedido. Fórmese un razonamiento según la lógica o hágase un cálculo según la aritmética, y se llegará en el razonamiento a una clara conclusión de verdad y en el cálculo a un resultado exacto: en este caso no se aducirá otra razón de buen éxito que la razón misma de la lógica o de la aritmética. Pero si en el razonamiento se insinúa un error que luego se reconoce por tal, como la razón no puede justificarlo, afirmándolo como error se intenta explicarlo por cualquier causa, como, por ejemplo, que en el momento aquél un error produjo una distracción, o la somnolencia una confusión de términos. Explicación que, si bien se mira, no explica nada, porque un rumor podría no ocasionar distracción o extravío, sino solamente suspender por unos instantes el acto de pensar para reanudarlo poco después sin trastornos, y la somnolencia podría determinar el sueño mas no, necesariamente, producir combinación de palabras sin pensamiento y cifras sin cálculo. Esa llamada
explicación, que se resuelve en tautología, describe entre tanto el hecho acaecido presentándolo en sus circunstancias particulares y colocándolo junto a otros hechos que lo precedieron y acompañaron.
El error de las explicaciones causales consiste, pues, en transferir al pensamiento histórico efectivo y positivo los procedimientos que se emplean para dar una ficticia explicación de lo negativo y, en realidad, para afirmarlo en su carácter negativo, que, en relación con la actividad que se desarrolla, toma aspecto de hecho material. Y éste es el verdadero motivo de la insatisfacción, del malestar, de la rebelión que tales explicaciones provocan. Cuando un hombre que en la austeridad de las largas meditaciones ha formulado una nueva teoría y que, en la mejor pureza de su corazón, ha llevado a cabo una acción moralmente inspirada, oye que la gente se dispone a investigar las “causas” de su acción, y las encuentra, supongamos, en el deseo de alabanza o de fama, o en un despecho, o en una venganza, o aun en la buena salud o en la prosperidad de que goza y que se exterioriza en alegre generosidad; y otra gente que busca las “causas” de la nueva doctrina y las descubre en ciertas impresiones que el autor recibió de joven, en cierto libro que acaso leyó, en cierto efecto personal que se propuso conseguir, aquel hombre se aburre y se indigna, porque el método que se emplea para con él es tan inicuo como tejido de insinuaciones calumniosas, cuanto lógicamente incorrecto. Sólo empezaría a ser correcto si se consiguiese demostrar que la acción de que se habla no es buena y la doctrina propuesta no es verdadera; y luego se indagasen las circunstancias del mal y del error para diferenciarlas de las de otros males y errores semejantes. Cuando se leen historias de la humanidad en que todo está relatado como efecto de cosas externas, y valor y disvalor, verdad y falsedad, bien y mal, belleza y fealdad se equiparan, confrontan e igualan, y el pensamiento se compara (si hemos de emplear palabras que hicieron famosas naturalistas y positivistas) a una “secreción como la orina” y la verdad a una “manipulación química como el vitriolo”, se nos entristece el ánimo, y esa tristeza es vergüenza de uno mismo y de la humanidad a que pertenece, vergüenza que prepara la ira y la rebelión.
La historiografía psicológica, de manera que corresponde en todo a la génesis que se le ha señalado, florece principalmente en los hombres y en los tiempos de poca fe, cuando el conocimiento de la humana fuerza es escaso y la distinción de los valores entre sí y con respecto a los no-valores está obliterada. Así en la edad que sucedió a la de los generosos ardimientos filosóficos, a la de los grandes sueños poéticos y las luchas por la libertad y la independencia de los pueblos, en la edad en que prevalecieron el positivismo y el industrialismo, dominadores entrambos de la vida íntima y religiosa, encontraron favor las biografías y las historias psicológicas, y con ellas las fisiológicas, patológicas, psiquiátricas, etnológicas, antropogeográficas, es decir, en último análisis, las asociacionistas, deterministas y psicológicas. Sobre lo cual va tejiéndose una mitología en la que países y estirpes, o también la locura, la lujuria y la rapiña y otras deidades por el estilo, ya del estancamiento, ya del trastorno o del aniquilamiento, asumían el papel de autores de la historia, de la historia, que es creación y progreso. Y entonces, en la segunda mitad del siglo XIX, se requirió y se intentó llevar a cabo una historiografía de la filosofía que describiese la psicología de los filósofos, es decir, que rebajase la filosofía a asunto privado; y asimismo de la poesía, referida a la vida privada, fisiológica y patológica, de los poetas, o a sus lecturas de otros poetas, o a los empréstitos y hurtos de que les hicieron objeto. Los que construían estas
historias psicológicas eran gente holgazana, que se embarullaba en las cosas de la historia, dándoles vueltas y buscando entre ellas relaciones inconcluyentes y absurdas; lo que no hubieran hecho si hubiesen sido hombres virilmente trabajadores y de pensamiento, mentes filosóficas y espíritus poéticos, pues entonces las hubieran tomado en serio y habrían hecho con ellas una construcción.
El principio de causa tiene su lugar y su utilidad en las ciencias naturales, en las que no existe una fórmula de explicación, sino la descripción de ciertas relaciones dadas por la observación empírica y, por lo tanto, de ciertas operaciones para reproducir ciertos hechos que, de vez en cuando, conviene reproducir o saber de qué modo y por qué caminos se reproducen para poder impedirlo, si es necesario. Pero cuando se lo saca de su terreno y se lo fuerza a suministrar razones y explicaciones de la realidad de la historia, descubre pronto su incapacidad entrando en el vicioso e infinito proceso en que una causa exige siempre otra, y del que no se sale más que degradándolas todas a fenomenología de una causa última, que es trascendente, y, por lo tanto, o se declara desconocida, o se supone conocida por un acto de imaginación. Incapaz de explicar lo positivo de la acción humana, es también incapaz, según se ha visto, de explicar su aspecto negativo, que, sin embargo, describe, porque la explicación de ese aspecto no se encuentra en ninguna parte más que en su relación con lo positivo, en la dialéctica y no en la causalidad.