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La historia como historia de la libertad

de la lucha del valor con el disvalor *

XII. La historia como historia de la libertad

Que la historia es la historia de la libertad es dicho famoso de Hegel repetido un tanto de oídas y divulgado en toda Europa por Cousin, Michelet y otros escritores franceses, pero que en Hegel y en sus repetidores tiene el significado, que criticamos más arriba, de una historia del primer nacimiento de la libertad, de su crecimiento, de cómo se hizo adulta y de cómo se mantuvo firme cuando hubo alcanzado esta edad definitiva, incapacitada para ulteriores desarrollos (mundo mental, mundo clásico, mundo germánico = libertad de uno solo, libertad de algunos, libertad de todos). Con diversa intención y diverso contenido se pronuncia aquí aquella frase, no para asignar a la historia el tema de verse formada por una libertad que antes no existía y algún día habrá de ser, sino para afirmar a la libertad como forjadora eterna de la historia, como sujeto mismo de toda la historia.

Es, considerada como tal, por un lado, el principio explicativo del curso de la historia y, por otro, el ideal moral de la humanidad.

Nada más frecuente que oír en nuestros días el anuncio jubiloso o la admisión resignada o la lamentación desesperada de que la libertad ha desertado ya del mundo, de que su ideal ha traspuesto el horizonte de la historia, en un ocaso sin promesa de aurora. Los que así hablan y escriben e imprimen, merecen el perdón motivado por las palabras de Jesús: porque no saben lo que dicen. Si lo supieran, si reflexionaran, echarían de ver que el dar por muerta a la libertad vale tanto como dar por muerta a la vida, por agotados a sus íntimos manantiales. Y, por lo que toca al ideal, experimentarían gran embarazo si se les invitara a enunciar el ideal con que se ha sustituido, o pudiera llegar a sustituirse, el de la libertad; y también con ello se darían cuenta de que no hay otro que lo iguale, otro que haga palpitar el corazón del hombre en su cualidad de hombre, otro que responda mejor a la ley misma de la vida, que es historia y, por lo tanto, ha de corresponderle un ideal en que la libertad sea aceptada y respetada y puesta en condiciones de producir obras cada vez más altas.

Ciertamente, al oponer a las legiones de los que piensan de modo diverso y hablan lenguas distintas estas proposiciones apodícticas se entiende bien que son de las que pueden hacer sonreír o despertar burlas en contra del filósofo, que parece caído en tierra como el que cae de otro mundo, ignorante de lo que es la realidad, ciego y sordo a sus duras facciones y a su voz o sus gritos. Aun sin detenerse en los sucesos y en las condiciones de la vida contemporánea por las cuales en muchos países los órdenes liberales, que fueron la gran conquista del siglo XIX y parecían logrados a perpetuidad, se derrumbaron, y en otros muchos se extiende el deseo de tal derrumbe, la historia entera hace ver, con breves intervalos de

inquieta, insegura y desordenada libertad, con escasos relámpagos de una felicidad más bien entrevista que llegada a poseer, un apelotonarse de opresiones, invasiones bárbaras, depredaciones, tiranías profanas y eclesiásticas, guerras entre pueblos y en los pueblos mismos, persecuciones, destierros y patíbulos. Y con este espectáculo ante los ojos, el dicho de que la historia es la historia de la libertad suena como una ironía o, afirmado en serio, como una estupidez.

Sólo que la filosofía no está en el mundo para dejarse dormir por la realidad tal como se presenta a las imaginaciones sacudidas y en desvarío, sino para interpretarla, despejando las imaginaciones. Así, indagando e interpretando, la filosofía, que sabe bien cómo el hombre que esclaviza a otro despierta en él la conciencia de sí y lo encamina a la libertad, ve serenamente sucederse periodos de mayor y menor libertad, porque cuando mejor establecido e indisputado está un orden liberal, tanto más va cayendo en costumbre, y, disminuyendo con la costumbre la conciencia vigilante de sí mismo y la prontitud de la defensa, se da lugar, como en Vico, a una renovación de lo que se creía desaparecido para siempre del mundo, que, a su vez, abrirá nueva etapa. Véanse, por ejemplo, democracias y repúblicas, como las de Grecia del siglo IV o la de Roma del X, en que la libertad permanecía en las formas institucionales, pero no ya en el alma y en las costumbres, cómo vinieron a perderse también las formas, cómo aquel que, no sabiendo ayudarse y a quien vanamente se intentó dirigir con buenos consejos, se ve abandonado a la áspera corrección que ha de imponerle la vida. Véase a Italia, exhausta y deshecha, hundida por los bárbaros en el sepulcro con su pomposa vestimenta de emperatriz, resurgir, como dice el poeta, ágil marinera en sus repúblicas del Tirreno y del Adrático. Véase a los reyes absolutos, que derribaron las libertades de las baronías y el clero, convertidas en privilegios, sobreponiendo a todas su gobierno, ejercido por medio de una burocracia y sostenido por un ejército propio, preparar una participación de los pueblos en la libertad política, harto más amplia y útil; y a un Napoleón, destructor él también de una libertad que lo era sólo de apariencia y de nombre, y a la que apariencia y nombre quitó, igualador de los pueblos bajo su dominio, dejar tras de sí a esos mismos pueblos ávidos de libertad y con mayor experiencia de lo que verdaderamente la libertad es y dispuestos a implantar sus instituciones en toda Europa, como poco después lo hicieron. Véasela, aun en tiempos más oscuros y graves, estremecerse en los versos de los poetas, y afirmarse en las páginas de los pensadores, y arder solitaria y soberbia en algunos hombres, inasimilables al mundo que los rodea, como en aquel amigo que Vittorio Alfieri descubrió en la Siena ducal del XVIII, “libérrimo espíritu”, nacido en “dura cárcel”, donde estaba “como león que duerme”, y para quien escribió el diálogo de la Virtud desconocida. Véasela en todos los tiempos, y no menos en los propicios que en los adversos, neta y robusta y consciente sólo en los ánimos de unos pocos, así esos pocos sean después los únicos históricamente importantes, como solamente a los pocos hablan en verdad los grandes filósofos, los grandes poetas, los hombres grandes, toda clase de obras grandes, hasta cuando las multitudes los aclaman y deifican, prontas siempre a abandonarlos por otros ídolos, armando barullo en torno de ellos, y a ejercitar, bajo cualquier divisa o bandera, la natural disposición a la cortesanía y servilismo; y por esto, por experiencia y meditación, piensa él y se dice a sí mismo que, si en los tiempos liberales se tiene la grata ilusión de gozar de una rica compañía, y en los antiliberales se tiene por el contrario la ingrata ilusión de hallarse en soledad o poco menos, era ilusoria, ciertamente, la

primera creencia optimista, mas, por ventura, ilusoria es también la segunda, pesimista. Ésta, y tantas otras cosas semejantes a éstas, ve, y de ello deduce que si la historia no es un idilio, tampoco es una “tragedia de horrores”, sino un drama en el cual todas las acciones, todos los personajes, todos los componentes del coro son, en el sentido aristotélico, “mediocres”, culpables-inocentes, mixtos de bien y mal, y el pensamiento directivo es siempre en ella el bien, al que el mal acaba por servir de estímulo, y su obra la de la libertad, que siempre se esfuerza por restablecer, y siempre restablece, las condiciones sociales y políticas de una libertad más intensa. El que desee persuadirse pronto de que la libertad no puede vivir de modo distinto de como ha vivido y ha de vivir siempre en la historia, con vida peligrosa y combatiente, piense por un instante en un mundo de libertad sin contrastes, sin amenazas y sin opresiones de ninguna suerte; y en seguida se apartará, horrorizado, de ella, como de la imagen, peor que la muerte, del hastío infinito.

Sentado esto ¿qué son las angustias por la libertad perdida, las invocaciones, las esperanzas desiertas, las palabras de amor y de furor que salen del pecho de los hombres en ciertos momentos y en ciertas edades de la historia? Ya se habló más arriba de un caso análogo: no verdades filosóficas ni verdades históricas, pero tampoco errores o sueños: son movimientos de la conciencia moral, historia que se está haciendo.

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