Perspectivas historiográficas
VII. Prehistoria e historia
El punto que ya hemos aclarado acerca del carácter histórico de la naturaleza y acerca de la “metahistoria” o “historia de la naturaleza”, que no lo representa en nada, puesto que es una clasificación naturalista en escala de tamaños ascendentes por medio de la cual se otorga a la serie de clases así formada un falso cariz de desarrollo histórico, facilita la comprensión y la exposición de las disputas suscitadas en torno a la “prehistoria”.
Cuando los estudios así denominados empezaron a ganar extensión e importancia, pudo advertirse en los historiadores un sentimiento de desconfianza, de extrañeza y aun de burla (bien conocida es la ingeniosa observación, atribuida a Mommsen, acerca de la ciencia “iletrada”). Llegaron a pedir que se la excluyese de lo que es historia propiamente dicha. Pero otros replicaron que si la historia es la ciencia de los hombres en el desarrollo de sus actividades como seres sociales, llevada a cabo de conformidad con el principio de causación
psicofísico, no hay razón para excluir a la prehistoria, en que se manifiestan ya ese aspecto social y esas actividades, de la historia propiamente dicha.[9] Es verdad, concedían, que “un conocimiento fundado en promedios y tipos” se adapta mejor a los hechos de los pueblos primitivos o inferiores, y que la útil división del trabajo nos aconseja hacer de la prehistoria una ciencia especial —etnografía o etnología— porque los historiadores profesionales no están familiarizados con los conocimientos y métodos que requiere.[10] Esta concesión hacía ver que la prehistoria estaba, en verdad, considerada como ciencia natural, con adornos históricos o metahistóricos superpuestos. Así la respuesta equivalía simplemente a la afirmación de que la ciencia natural y el principio de causalidad pueden extenderse, si nos place, a todos los hechos de todos los tiempos y lugares, lo cual, por obvio que sea el caso, no dio fuerza ninguna al argumento, porque no llegó a penetrar el motivo de la repugnancia que los historiadores sentían hacia la prehistoria.
Por otra parte, los historiadores, atrapados en grado diverso por el mismo concepto naturalista de la historia, no pudieron rechazar aquella contestación porque no estaban en disposición de dar una razón bien fundada de su sentimiento con la cual pudieran limitarlo y evitar que se hiciera excesivo y caprichoso. El motivo secreto de su repugnancia estaba en que los hechos, tales como la prehistoria se los ofrecía, no les permitían atisbar vínculo ninguno con los problemas de la vida humana, al paso que éstos se enlazan aún fuertemente con las historias de Grecia y Roma, y por lo menos con algunas partes de las historias de Oriente y de Egipto. La prehistoria se les presentaba como una colección y aun como un mero prospecto de informaciones, material de innumerables conjeturas y con frecuencia de pura imaginación acerca de cosas que seguían siendo exteriores, indeterminadas e inanimadas, porque no hallaban eco ninguno en el alma. Por eso le volvieron las espaldas como habían hecho con esa otra ciencia natural o filosófico-natural, la sociología, con la que veían ir en buena armonía a la prehistoria, y aun identificarse con ella.
Pero aquí es necesario señalar el límite de su negación y el punto en que la repugnancia hubiera debido dejar paso a la actitud opuesta. Cuando surge una cuestión particular de genuina calidad histórica en relación con esas zonas prehistóricas, la prehistoria se vuelve historia, como ocurre con otro cúmulo de hechos que provisionalmente yacen inertes. Cuando Vico dio comienzo a sus investigaciones acerca de la naturaleza del lenguaje y de la poesía, o del Estado y de la religión, mucho más allá de la esfera de las superficiales ideas corrientes, se le ocurrió de pronto, en un relámpago, como en una visión o presentimiento, que aquellas formas del espíritu hubieron de estar, en las edades primitivas, dotadas de una energía, de un cuerpo, de una fuerza, que más tarde se vio atenuada o mezclada con otras cosas diversas, haciéndose más oculta y menos visible; y tuvo que obligarse, decía, “a descender de nuestra refinada naturaleza humana a naturalezas salvajes y crueles” primitivas y prehistóricas, “que no podemos imaginar de hecho y sólo nos está permitido entender con gran dificultad”. Podemos entenderlas aún porque en las más bajas profundidades de nuestro ser hay todavía huella de esas disposiciones procedentes de una remota edad, por debajo de nuestra “refinada naturaleza”. De este modo, Vico, empleando, entre los primeros, para este propósito, el método que más tarde se llamó comparativo, lo hizo servir en apoyo de la evidencia que descubrió en su espíritu y en cuya interpretación puso su entendimiento.
de cualquiera, y si, con la referencia a Vico, hemos querido mostrar en qué consiste realmente esta conversión, ha sido para echar a un lado la ilusión de que basta (como se hace en los manuales y en las historias universales), dedicar un capítulo a la prehistoria, precedido tal vez por otro de historia de la “naturaleza”, o de “la tierra”, inmediatamente antes de la historia oriental. Este tipo de prólogo, que se suele ver en muchos tratados de esta especie, ni vivifica la inteligencia ni fortifica la mente, que, pidiendo a la historia la noble visión de las luchas humanas y nuevo alimento para el entusiasmo moral, recibe en cambio la imagen de unos animales fantásticos y de unos orígenes mecánicos de la humanidad, con un sentimiento de desconsuelo y depresión y casi de vergüenza al ver en nosotros los descendientes de aquellos antepasados, sustancialmente parecidos a ellos —a pesar de las ilusiones e hipocresías de la civilización— y brutos como ellos eran. No sentimos otro tanto con los antepasados que Vico nos asigna, aunque los llame “brutos enormes”, porque en el fondo de sus corazones tienen una divina centella, y temen a Dios, y le levantan altares; gracias a esto sienten despertarse la vergüenza, van al matrimonio y a la familia, entierran a sus muertos, y gracias a aquella centella divina crean el lenguaje y la poesía y la primera ciencia, que fue el mito. En este sentido la prehistoria, que se levanta verdaderamente al nivel de la historia, viene a ser humana y no nos deja caer en el naturalismo y el materialismo.