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Vida moral y ordenaciones económicas

Parte Cuarta Historiografía y moral

VII. Vida moral y ordenaciones económicas

La indicación que se ha dado arriba sobre la indiferencia del principio de libertad hacia la particularidad de los órdenes económicos, merece mayor desarrollo y esclarecimiento para no dar motivo a perplejidades y equívocos, que son bastante fáciles en este respecto.

Conviene, para empezar, desembarazarse de una sentencia que, aun cuando se repite comúnmente, y por buena que sea la intención con que se repite, doctrinal y lógicamente no es correcta: que la libertad halla a veces sus límites en la ley o conciencia moral. Pero la ley o conciencia moral ordena que seamos libres y se define gracias a la libertad; de modo que no puede poner límites a la libertad, o, en otros términos, a la moralidad. Por consiguiente, lo que la conciencia moral reprueba o rechaza como malo no es nunca libertad, sino siempre lo que se le opone, esclavitud de los apetitos y de las pasiones que con ella contrastan, y que sólo una metáfora demasiado atrevida podría cubrir con el nombre de libertad.

Tampoco es relación de límites la existente entre el principio de libertad y la economía; por el contrario, es relación de forma y materia, hallando la libertad en los obstáculos que la vida económica le ofrece materia que elaborar y convertir en armonía de formas. No es cosa distinta a lo que la poesía y el arte hacen con respecto a las pasiones humanas, que son su materia y hacia cuyas particularidades, como dicen los estetas, ella se mantiene indiferente, sin tomar partido por una o por otra ni rechazar a priori ninguna de ellas, sacando belleza de todas. A semejanza del arte, la actividad ético-política, la libertad, acepta las dificultades económicas que la realidad algunas veces le presenta, sin pretender vencerlas todas, lo que equivaldría a salirse de la vida humana, ni tenerlas por otra cosa de lo que son, lo que equivaldría a cambiar de naturaleza. Pero las acepta para afirmarse concretamente a sí misma en las condiciones dadas, no abolidas, sino transfiguradas por obra suya. Sentado esto, ¿a qué instintos y órdenes jurídicos y económicos de los que parecen serle más gratos y son los más estables, por larga costumbre, no está la libertad pronta a renunciar, cuando los hechos lo requieren, sin sentirse disminuida por tal renuncia, y antes bien exaltándose con ella? Cuando la guerra amenaza a la patria se renuncia o restringe la acción legislativa del parlamento, se

conceden plenos poderes a los gobernantes, se soportan sin vacilación graves impuestos, prohibiciones de la libertad comercial, restricciones de precios y empadronamientos; no se protesta contra la censura de la prensa y aun de la correspondencia privada, ni se reivindica la libertad de palabra que se había venido disfrutando; y, de hecho, en tales condiciones y con tal espíritu los ciudadanos no se sienten esclavizados ni oprimidos, sino libres como antes o más que antes. Por el contrario, en otras condiciones, el más leve de semejantes actos o medidas se considera intolerable y se rechaza como ofensa gravísima a la vida social. Sería trabajo inútil pretender fijar, dentro del movimiento incesante, vario y diverso de la historia, los ordenamientos económico-políticos que la libertad admite y los que rechaza; porque, en ocasiones, los admite todos y los rechaza todos.

Contra esta proposición, tan evidente cuanto bien fundada, surge una objeción que no tiene aspecto de menor evidencia, aunque no aparezca tan bien fundada; una objeción que recibe fuerte estímulo de los acontecimientos y discusiones de la sociedad actual, y, con referencia a ellos, se desarrolla con la seguridad irresistible de una reducción al absurdo. Porque, se argumenta, si la libertad admitiese cualquier clase de ordenamiento económico, tendría que admitir también el comunismo, que es la más flagrante opresión y el más despreciativo pisoteo de la libertad. Sólo que el punto es éste: que nosotros hemos hablado de ordenamientos económicos simples, y el comunismo, que se aduce como argumento en contrario, no es ya un simple ordenamiento económico, sino, cosa diversa y más grave, un ordenamiento complejo ético-político, que apela a un principio opuesto al de la libertad, a la igualdad. Y no a la igualdad humana, común a todos los hombres, por varias y diversas que sean sus actitudes, profesiones y condiciones, y que impone el respeto del hombre por el hombre, la piedad y la justicia, sino precisamente a aquella igualdad que sólo se halla en el reino abstracto e irreal de las matemáticas, al que se intenta poner en acción, tomándolo por una realidad o posibilidad de hecho. (Por brevedad dejo de señalar aquí los orígenes religiosos trascendentes de tal concepción, que se reconocen muy claramente en el paso del teísmo de la escuela hegeliana de derecha al ateísmo de izquierda, que es el de Marx, y a la idea de la materia como primer motor, o sea Dios, y a la otra, no menos materialmente entendida, de “humanidad”.) Se hacen esfuerzos por poner en acción aquel ideal, pero no es posible, porque es abstracto; y así el comunismo se ve obligado, aun más allá de las intenciones de sus autores, a entrar por el camino trillado por donde entraron siempre todos los absolutismos, todos los despotismos, todas las tiranías, que es el de poner a un lado a uno o varios dominadores y del otro a una multitud dominada, imponiendo a los dominados una regla uniforme de vida que los trata no como a hombres sino como a materia sometida y hace de la sociedad misma no un organismo viviente, sino un mecanismo. La lógica de las cosas no consiente al comunismo sacar de su seno instituciones representativas libres ni libertad de conciencia y de palabra; las aseveraciones y las promesas que en este sentido se le oye hacer son meras artimañas políticas, y monstruosas combinaciones de ideas o desleales medios de discusión las quimeras que suelen presentarse como liberalismo, cuando no podrían llegar a serlo sin la efectiva disolución del comunismo, dejando a la discusión y resolución libres el aceptarlas o no, según admitan o no los varios momentos históricos aquellas exigencias suyas que son puramente económicas.

consiste precisamente en tratar los actos humanos de tal modo que se garantice la mayor libertad, o sea la libertad conforme a las condiciones dadas, a la vez que al mejor ordenamiento económico y social en las condiciones dadas: dos exigencias que son dos en apariencia tan sólo porque en realidad forman una sola, pues no se puede concebir libertad sin ordenamiento social y económico (ni siquiera los anarquistas la conciben verdaderamente) ni una sociedad es Estado sin libertad, porque dejaría de ser humana. Pero no hay otro criterio de juicio, otra medida de utilidad de las previsiones económicas y de las igualdades y desigualdades que dejan subsistir o arrebatar, que éste de la promoción de la libertad; y es criterio que debe hacer a las gentes, según los casos, audazmente atrevidas o sumamente cautas, revolucionarias o conservadoras. La propiedad privada de las industrias, de las tierras, de las casas, y su dominio comunal por el Estado, no son juzgables, ni pueden ser aprobadas moral y económicamente en sí mismas, sino tan sólo en relación con el problema perpetuo de las formas siempre nuevas, y como es claro, y además la historia lo prueba, están y estarán siempre sujetos a diversas vicisitudes; de modo que cuantos pretenden demostrar la bondad intrínseca y perpetua de uno o de otro ordenamiento, lo hacen arbitrariamente, y los partidarios de la iniciativa privada absoluta no son menos utopistas que los del comunismo absoluto.

Y como no hemos negado que la libertad pueda llevar a cabo revoluciones, hay que añadir que la separación y antítesis que se suele establecer entre revolución y evolución no es muy apropiada, porque sus revoluciones son ritmos acelerados de sus mismas evoluciones, de donde procede su carácter no de simple repulsa sino de realización del pasado y su gusto en conservar las tradiciones de la civilización y el recuerdo, en los hijos, de los padres y de los abuelos. Revoluciones sin evoluciones son en cambio las que la libertad no inspira, aquellas cuyo carácter se ha indicado ya, y que, por consiguiente, desconocen las edades de la historia y de la civilización, las consideran extrañas, las vituperan y echan a burla y apagan en los hijos el recuerdo de padres y abuelos que dan apoyo y consuelo y vierten dulzura en los trabajos y en los sufrimientos del hombre.

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