• No se han encontrado resultados

Fuerza y violencia, razón e impulso

Parte Cuarta Historiografía y moral

VI. Fuerza y violencia, razón e impulso

“Fuerza” y “violencia” son dos palabras, o sea dos conceptos, que en la conversación ordinaria se distinguen y se contraponen de acuerdo con la claridad de conciencia, el sentido común o como se diga. Pero la distinción no siempre logra mantenerse tan neta y segura entre los teóricos, que no sólo usan a veces una palabra por otra (lo cual sería inocente o causaría muy poco daño) sino que a veces cambian y confunden los dos distintos conceptos. Pero todavía, cerebros extravagantes, almas enfermas y moralmente turbias, han consagrado su admiración a la violencia y a los hombres de temperamento violento, transfiriendo a aquélla y a éstos el carácter y la estimación que merece la fuerza; de donde ha nacido, como saben todos, una copiosa literatura que tiene por epígrafe el dicho de Stendhal, que las almas verdaderamente enérgicas hay que buscarlas entre los huéspedes del presidio de Civitavecchia. En Italia, D’Annunzio vertió a torrentes su elocuencia imaginativa en torno a este concepto (que, como todos los suyos, no es original) para adornar con él la novela, la epopeya y la tragedia de la violencia y delincuencia creadora; y si con tales obras, en verdad, no ha llegado a enriquecer el mundo de la poesía, sin duda ha logrado con ellas una eficacia de naturaleza práctica (lo que no hubiera conseguido si se hubiera lanzado en un rapto a la serena y divina poesía), una eficacia en la corrupción de los sentimientos, educándolos mal y llegando a pervertirlos.

Frente a esta mala actitud del sentir, que es moda aún no extinguida, conviene restaurar la distinción del buen sentido y desarrollarla en la definición igualmente de buen sentido de que la violencia no es fuerza, sino debilidad, y nunca puede ser creadora de cosa alguna, sino destructora solamente, según se observa en los movimientos convulsivos y en los delirios de los enfermos. La fuerza, en cambio, síntesis volitiva, es siempre constructora, aun en su forma más simple, que es la que se suele llamar de dominio; y se eleva a su máxima expresión en la libertad moral, que en el acto mismo es fuerza continua y constante, aunque se haga más visible en algún aspecto suyo, es decir, que llame más la atención como fuerza en los momentos en que se ve llevada a convertirse en severidad, rigor, castigo, guerra y abatimiento del enemigo.

En el juicio histórico es necesario poseer con toda firmeza ese criterio de distinción entre fuerza y violencia, la primera como libertad o preparación de libertad, la segunda como destrucción, que no colabora en la libertad, sino, precisamente, de modo negativo, excitando a lo que le es contrario y suscitando o resucitando lo que la libertad pretendía tener dominado y extinguido. Las sanciones de guerra más graves, los más rigurosos estados de sitio y otros hechos semejantes se tienen en lo intrínseco por hechos de libertad o en servicio de la libertad, cuando, rechazando vigorosamente las ofensas a las necesidades vitales de un pueblo

y a la ordenación de un Estado, no atacan la esencia de la libertad ni suprimen sus gérmenes, antes bien favorecen su renacimiento y desarrollo. Ejemplo de esto nos ofrece la historia inglesa de los dos últimos siglos, educadora de libertad en los pueblos sometidos a su dominio o puestos bajo su influencia, como la de la antigua Roma fue maestra de derecho y justicia en todos los lugares a que se extendió su poderío. En el extremo opuesto están no ya propiamente las naciones bárbaras que invadieron el imperio en la alta Edad Media y que, después de haber devastado, por ignorancia, las obras de la civilización de Roma, se aplicaron luego a su escuela, sino los estados que no creen posible sostenerse y durar de otro modo que mortificando las inteligencias y oprimiendo la voluntad de los hombres, reduciéndolos a instrumentos, y como los hombres, mientras son hombres enteros, no se doblegan a ser instrumentos, a autómatas, que en vez de pensar pensamientos genuinos repiten las palabras de un catecismo y en vez de acciones ejecutan prescripciones. Aquí el ejemplo mayor lo da la teocracia católica, especialmente en ciertas épocas suyas decididamente políticas, como lo fue la de la Contrarreforma y el jesuitismo; y la misma ha sido y sigue siendo aún modelo e incentivo y facilita un arsenal de expedientes y tretas a todos los actuales estados autoritarios, o, como se suele llamarlos con palabra que intenta echar un velo sobre la realidad, “totalitarios” (no de total cooperación armónica, sino de sometimiento comprensivo y total); con una diferencia que sirve en cierto sentido de justificación a la Iglesia católica: ésta, sobreponiendo el cielo al mundo, se propone únicamente transportar al cielo, para su bienaventuranza, a los más que puede de entre los hijos de los hombres, aunque haya de transportarlos un poco o un mucho averiados de inteligencia y debilitados de voluntad. Pero esta misma justificación no sirve para los demás estados, que son en todo mundanales y aspiran a la grandeza, a la seguridad y a la gloria mundanal de los pueblos que acogen dentro de sí y cuya vida quieren acrecentar y potenciar; y entre tanto, para sostener su dominio, recurren desaconsejadamente a aquellos métodos eclesiásticos, en el fondo negadores de la vida, cuando ellos celebran su plenitud y su vigor. En tal contradicción está su condena, manifiesta en su esterilidad para todo lo que es pensamiento, arte, finura de crítica, llama interior de afecto, aceptación, reverencia, solicitud del bien común, entusiasmo y prontitud moral, cuales sean y cuantos sean los esfuerzos, industrias y medios que prodigan para dar o hacerse la ilusión de que dan nacimiento a lo que sólo nace por el camino de la libertad y como varia obra de amor. Durante algún tiempo pueden servirse, y se sirven, del movimiento iniciado en las precedentes edades de libertad, en las actitudes que se adoptaron entonces, en los convencimientos acumulados; pero poco a poco la provisión se agota, la fuente se seca, dejan de surgir nuevos hombres capaces y los mismos renegados de la libertad, que antes habían podido prestar algún servicio, pierden, en la servidumbre o en la falta de obstáculos, lo que les restaba de la capacidad que tuvieron. La barbarie se sobrepone, irreparable, y no será menor, sustancialmente, porque haya de presentarse, como es necesario que ocurra, con apariencias distintas de las de otros tiempos. A cada aspiración de una mayor libertad se despiertan y ponen manos a la obra las inteligencias vivaces, los ánimos prontos; a cada requerimiento, a cada atracción, a cada ofrecimiento de premio de los estados autoritarios, mantenidos en pie por la violencia, permanecen inertes o incapaces de despertar del sueño en que habían caído.

lado, suele considerarse erróneamente como productora, atribuyéndole la virtud de refrescar o renovar el mundo mediante la supresión de instituciones viejas, de ideas, costumbres y hombres viejos, porque con esa medida, el incendio o el terremoto serían productores y constructores, ya que luego hacen surgir casas o ciudades nuevas y acaso más bellas que las de antes, cuando, a decir verdad, la virtud productora no pertenece al incendio o al terremoto, sino al indefenso trabajo humano, que sean cuales fueren las condiciones de hecho con que se encuentre nunca pierde ánimo, se sujeta pronto a la obra y valiéndose de las experiencias recogidas, y a menudo dolorosas, la vuelve a edificar mejor y más firme. Hasta cuando sobreviene la violencia poniéndose al lado de la justicia, no acrecienta, sino perturba y disminuye el efecto de la justicia, suscitando en contra suya el sentimiento ofendido de la humanidad. Ésta es la razón de las lágrimas, del afecto y de la admiración por ciertos personajes no muy dignos en sí de gran estimación moral, que la ferocidad revolucionaria mandó a la guillotina, y es también la razón por la cual los políticos prudentes recomiendan “que no se hagan mártires”.

Si ha de ser, pues, derribado el altar que se erigió a la violencia, convendría, tal vez, por el contrario, restaurar y renovar en nuestros días el de la razón; culto, sabido es, harto comprometido y desacreditado, y aun hecho blanco de irrisión y burla por la reacción contra el siglo XVIII, en la cual, por otra parte, lo que se vino a refutar como razón o raison no era verdadera y plenamente la razón, que estaba, en verdad, toda o en gran parte con el ideal que se le contraponía.

En la esfera teórica, en el campo de la investigación y del valor, se afirmó muchas veces contra la razón y el razonar, la experiencia, el documento, la intuición; pero la razón y el razonamiento así negados eran nada más que el razonar sobre meras abstracciones, incapaz de tocar a la realidad, o sobre palabras vacías, o sobre datos que se aceptaban sin comprobación y que, por lo tanto, no consentían sino la afirmación y la negación de una coherencia aparente y formalista. El documento, la experiencia, la intuición misma, invocados como salvadores contra la razón ávida y estéril, eran actos de conocimiento científico sólo en cuanto eran razonados, es decir, pensados; y la razón no tiene otra forma de existencia concreta sino como interpretación de la experiencia y del documento, y distinción de realidad y cualidad en lo indistinto de la intuición. Fuera de esto no queda sino el fantástico estetismo o el misticismo vacuo, que, no menos que a la razón, hacen daño a la experiencia, al documento y a la intuición.

Se pensó asimismo en sustituir a la fatigosa, áspera e insegura actividad política una llamada razón, que era la imaginación combinatoria, que construía esquemas de acciones, y no contenta con idearlos tan sólo, imponía su ejecutoria; lo cual vino a ocurrir de modo eminente en el reformismo ilustrado y, en su forma extrema, el jacobinismo. A consecuencia de esto se levantaron contra el racionalismo político y moral el impulso, la espontaneidad, el instinto, lisonjeándose de conocer los caminos que la razón no conocía, los senderos sinuosos y seguros, diversos de los rectilíneos que llevaban en derechura a despeñaderos y precipicios. Ahora bien, lo que se llamaba impulso, espontaneidad e instinto sólo era, en su parte válida, el desarrollo efectivo de la vida práctica y moral, es decir, la razón verdadera contra la superficial y falsa. La razón, en cuanto es pensamiento, franquea la entrada a la razón en cuanto es impulso de vida práctica y moral, y lejos de pretender la sumisión de ésta

proponiéndole modelos por naturaleza abstractos y antivitales, cede el puesto a su espontánea actividad inventiva; y entonces, después de reflexionar, dice lo que decía Goethe: “Hay un impulso, luego hay un deber”. La razón moral no niega más que el impulso turbio y contradictorio que, por lo demás, se niega y destruye por sí mismo. Y gran parte del hastío con que hoy se acoge la racionalidad, se debe precisamente a este afecto por lo turbio, por lo sensual, por lo bestial y salvaje, a una especie de rebelión convertida en ídolo de lo más bajo contra lo más elevado del hombre.

Manteniéndose alejados no menos de semejante sustitución actual de la razón por la libido, que de la otra que, en el siglo XVIII, ponía en lugar suyo el más o menos vacuo formalismo raciocinante, habrá, pues, que rendir homenaje a la razón, a la única razón, que es luz de lo universal en la particularidad de la pasión, y restablecer a la palabra “racionalismo” en el honor que se le debe.

Outline

Documento similar