Parte Cuarta Historiografía y moral
V. Los partidos políticos y su carácter histórico
Estos dos enunciados: que la historia es la historia de la libertad, y que la libertad es el ideal moral de la humanidad, no sufren contradicción. Puede, esto sí, contradecirlos de palabra el que así niegue la historia y el que sofoque la afirmación de la conciencia moral, negando la libertad. A los primeros, que, con el nombre de historia, nos dan no la inteligencia de lo que el espíritu humano ha venido creando en todos los aspectos de la vida, sino pesadas crónicas incoherentes o mitologías del acaso y del hado, de fuerzas irracionales y de oscuros poderes materialistas, hay que decirles, simplemente, que sus historias no son historias, como lo prueba por sí mismo el sentimiento de depresión y perplejidad a que inclinan los ánimos. Pero a los segundos —que nosotros, los nacidos a la luz de la libertad italiana, acostumbrados, por lo tanto, a leer con sonrisa más que con cólera las invectivas y contumelias antiliberales que se escribieron en servicio de los Borbones, de los austriacos y de los curas, no creíamos ver de nuevo en el mundo, con vestimenta modernista—, nos acomete el ímpetu de contestarles con nada menos que la fantástica imprecación de Giosué Carducci: “¡Caiga palpitante de la blasfema boca un verde sapo!”
Más especial examen merece el concepto de libertad con respecto a la acción, es decir, no ya como criterio de interpretación histórica ni como orientación moral general, sino como acción determinada en circunstancias determinadas. Si en la esfera práctica se prescinde, como es debido, de los que son eterno vulgo de la humanidad, dedicados exclusivamente, o en
la medida de su vulgaridad, a sus asuntos privados, de subsistencia, negocio o placer, y se toma en consideración tan sólo a los hombres verdaderos, animados por la asidua demanda del bien común, y en consecuencia por un ideal moral, a los que efectivamente llevan adelante a la humanidad con su obra, éstos son, intrínsecamente, los representantes de la libertad. Varían, ciertamente, están en desacuerdo y se contraponen y combaten en algunos casos, obrando cada cual según su propio sentir, sus propias experiencias, sus propios conocimientos, sus propias revisiones y esperanzas. Pero el suceso histórico, que se produce por cooperación, composición y elisión de sus tendencias diversas o contrarias, es creación de una forma de vida nueva y más rica, y, por lo tanto, progreso de la libertad. Sean cuales fueren sus particularidades y especificaciones, los une entre sí una misma voluntad, señalándoles con el mismo carácter de “hombres de buena voluntad”, operadores de cosas altas y dignas.
Lo mismo hay que decir de los partidos que se forman teniendo en cuenta la diversidad de los hombres y de sus problemas y tendencias, y designan sus agrupaciones variables; esos partidos, siempre que posean virtudes y consistencia moral, o sea voluntad del bien común, y no se reduzcan a facciones y bandos, son también, intrínsecamente, liberales. En efecto, el espíritu liberal los acepta a todos, los quiere, los reclama, los invoca y lamenta su ausencia o su escasa eficacia; y siente que le falta, o, mejor, que le disminuye su propia libertad, cuando aquella variedad y aquellos contrastes disminuyen y faltan o tienden a acomodarse con la inercia de la indecisión, del dócil asentimiento o de la indiferencia.
Ahora bien, si así están las cosas, ¿cómo se pudo nunca hablar en el pasado, y aún se habla así, de un partido liberal, específicamente liberal, que parece reivindicar para sí el prestigio de la libertad? ¿Es que hay un partido que no sea formación histórica ni esté sujeto a las contingencias, y que defienda por su parte un principio filosófico y eterno, un partido filosófico entre los partidos políticos, algo más y algo menos que ellos, y en el fondo diverso, y que por lo mismo no se liga bien con ellos, y, como intruso y superfluo, se vuelve molesto y puede llegar a parecer ridículo?
Nada de esto. El partido liberal es seriamente un partido porque representa una situación histórica, y su nombre, que, como todos los nombres, tiene sus buenas razones no lógicas, sino etimológicas, es nombre de partido político y no de escuela filosófica. Su carácter de formación histórica resalta de repente cuando se intenta transportar aquel nombre a épocas diversas de la suya, porque entonces se advierte en seguida la discordancia, el estridor, el sonido a vacío que el nombre tiene. El anhelo de libertad, las luchas y los sacrificios por la libertad, las glorias de la libertad prorrumpen por todas las partes de la historia; de la libertad, “tan querida como lo sabe quien por ella rechaza la vida”; pero, con todo esto, no existía un partido propio y conscientemente liberal no sólo en la edad media jerárquica, mas ni siquiera en la libertad de Grecia y de Roma, y no existía tampoco en los primeros siglos de la edad moderna, que trabajaban para librarse del feudalismo y de la teocracia, forjando el arma y el orden de las monarquías absolutas. El partido liberal nació a la vez contra las envejecidas y agotadas monarquías absolutas y contra el igualmente envejecido y vacuo absolutismo eclesiástico, fuese o no católico; y recorrida una especie de prehistoria en las luchas por la libertad de conciencia, en la Revolución inglesa, en la Ilustración y en la Revolución francesa, tomó figura y solidez después de la caída del cesarismo napoleónico,
predominando en la vida europea durante un siglo. En su periodo de dominación, él también, como todo partido que llega al gobierno, empuñó la fuerza, tuvo o se procuró el apoyo de algunas clases económicas, se comportó de distinta manera según los distintos países, concertó a veces acuerdos y transacciones necesarias, como suele hacerse en el mundo de los negocios y también, por supuesto, en el de los asuntos políticos, mas no por ello confundió y dispersó, en la materialidad de las circunstancias y de los modos de actuación, la libertad, de la cual “el vigor es ígneo y el origen celeste”, que es fuerza espiritual y ética, activa, por cierto, entre aquellas circunstancias y con aquellos modos prácticos, pero no coincidente con ellos ni en ellos resuelta. Se dijo y se repitió que, al subir a gobernar, al afirmarse en el poder, sobrepujados los peligros de retorno ofensivo de los viejos regímenes, el partido liberal vio desmayar sus espléndidas virtudes, el entusiasmo, el ímpetu, la abnegación, la prontitud para combatir y arrojar la vida para salvar el alma. Y se alzaron gritos de desaliento a medida que se iban viendo decaer sus formas habituales, y surgir las divisiones políticas de conservadores y liberales, de derecha e izquierda, y otras más, y sucederles unas más prosaicas sobre cuestiones particulares y económicas; y era, sin embargo, natural que todo esto ocurriese y que, terminada la guerra, se depusiera, con las armas, el espíritu belicoso de antaño. El triunfo del partido liberal llevaba consigo, como lógica correspondencia, el fin gradual de este partido mismo, que había desempeñado ya su papel y que, para hacer algo útil, tenía que convertirse en otro, o ceder el paso a otro.
El partido liberal, ya colocado en cierto modo, por efecto de su victoria misma, en situación de reposo, no entró, pues, propiamente, como suele decirse, en decadencia y crisis; fue la afirmación liberal, querida, buscada y sentada por él, lo que empezó a verse insidiado, amenazado y minado por un doble orden de fuerzas, relacionadas entre sí, por supuesto, pero no idénticas. Eran, en la vida mental, la detención del pensamiento espiritualista, dialéctico e histórico, que, surgido entre los fines del siglo XVIII y los comienzos del XIX, reinó durante la primera mitad de este siglo, y el advenimiento, en lugar suyo, del materialismo positivista y, más tarde, de un vario irracionalismo y misticismo; y, en la vida social, los cambios profundos de la economía que quitaron importancia a algunas clases sociales, elevando la de otras, algunas casi deshechas y otras, casi suscitadas por ellas, que lograron poderío extraordinario. No es ésta ocasión de decir cómo se desarrolló y se desarrolla, y cómo se aceleró, un proceso que en sus rasgos esenciales se halla ante los ojos y en la mente de todos.
Demandas mal hechas y respuestas por el estilo, soluciones que no resuelven y proposiciones necias van sucediéndose en ésta que se ha llamado “crisis”, la primera y más común de las cuales, convirtiendo en duda el principio mismo de la libertad, se empeña en indagar si la vida humana no puede conducirse mejor sustituyendo al pensamiento y a la crítica la creencia inculcada y obligada y a las deliberaciones de la voluntad la obediencia; indagación juzgada por su misma fórmula y que no merece más atención. Hay también con frecuencia quien se dedica a escrutar augurios para determinar si el porvenir ha de ser de libertad o de autoridad, o sea de servidumbre, mostrando un afán, quizá no exento de cierta nobleza, pero que, encaminado a la solución de un fantástico problema teórico, y agitándose vanamente en torno de él, no puede sino crecer hasta punto de agonía e impedir el único medio de salvación, que está en seguir la nunca incierta vía del deber y alimentar en sí y en los otros las virtudes de la libertad.
Es obvio que, como las grandes edades de la poesía y del arte van seguidas, para decirlo con palabras dantescas, por las “etapas burdas”, y, sin embargo, se suspira siempre, y se anhela y se prepara con esfuerzos y con industrias el advenimiento de la belleza, siempre floreciente y clásica; como a las grandes edades del pensamiento sigue la relajación y suceden repetidores, compiladores y generaciones enteras olvidadizas y no inteligentes, y, sin embargo, el ideal sigue siendo el pensamiento, creador de la verdad, sin convertirse en el no- pensamiento, y no nos disponemos piadosamente a volvernos estúpidos o cortos de entendimiento en honor del siglo estúpido y de cortos alcances, así las edades de libertad son momentos de resplandor moral que abren paso a tiempos de menor brillo y fuerza, de luz insegura, o de oscuridad y tiniebla totales. En este caso extremo se halla el sentido del curso y recurso de Vico, o del dicho aquel de Goethe, que Dios, cuando ve una sociedad cada vez más sabia y de más luces, pero necesariamente menos enérgica porque es menos combativa, disgustado, hace pedazos el universo para empezar una nueva creación.[4] Y, sin embargo, cuando se aproximan tiempos de barbarie y de violencia, no por ello el ideal (salvo en los viles y en los necios) se convierte en no libertad y servidumbre, sino que sigue siendo lo único que puede llamarse humano, lo único perpetuamente laborioso; y siempre se aspira a la libertad y se trabaja por ella aunque parezca que se trabaja por otra cosa, y ella vive en todo pensamiento y en toda acción que tenga carácter de verdad, de poesía y de bondad.
No corresponde, pues, a la acción moral regularse conforme a lo que ha de venir próximamente, o a lo que tendrá cuando venga, ya que, en el supuesto de que la sociedad humana entre por uno o dos siglos, o aunque sea por un milenio, en condición de servidumbre, esto es, de libertad extenuada y reducida al mínimo, de fuerza creadora mínima, bastante próxima a la creación animal, este incidente —incidente, porque junto a la eternidad es corto, como un pestañeo— no la toca ni se interfiere en su misión, ni sirve para cambiar esta misión, que sigue siendo la de encender la libertad con la libertad, escogiendo de vez en cuando para tal fin los medios y las materias adecuados. Y como en contra de ella han surgido nuevos adversarios, tomando el lugar de aquellos que, como las monarquías absolutas, habían sido derribados, y otros, débiles ya pero no extinguidos, se han alzado de nuevo en pie, o por lo menos de rodillas, como la iglesia papal, aprovechándose de los trastornos para ofrecer servicios y complicidades y recabar premios y lucros, el partido liberal, que había sido declarado, o se había declarado, cesante por falta de adversarios, vuelve a encontrar hoy, con ellos, las condiciones ideales de una nueva actividad.
Pero acerca de este punto suelen suscitarse las mayores dudas y objeciones, porque —se argumenta— un partido liberal no puede llevar a cabo obra eficaz cuando han dejado de existir las condiciones de hecho en que se formó y operó en el pasado; ya no hay vida local ni autonomías locales; ya no hay terratenientes con capacidad y facilidad para intervenir en la administración y gobierno de la cosa pública y cultivar los estudios políticos; ya no hay industriales interesados en la competencia y el libre cambio entre los pueblos; y en lugar de todo ello se ven por todas partes centralizaciones administrativas y de gobierno, masas obreras y agrícolas con sus respectivos líderes, monopolios industriales, etc. Lo que entreveían, temerosos, nobles espíritus preocupados por la suerte de la libertad, como Tocqueville, a mediados del siglo XIX, y los hombres italianos de la derecha después de 1870, parece haber ocurrido ya, y de modo irreparable. A la afirmación liberal le han faltado
las condiciones de hecho; y conviene resignarse a los gobiernos de masas y a las dictaduras, y acariciar en nuestros sueños, como lo mejor que sea dable esperar, una “felicidad” semejante a la que resplandecía en el título de un libro de Muratori que describía el ordenamiento dado a los indígenas por las “misiones jesuíticas de Paraguay”.
Entre estas objeciones queda olvidada, ni más ni menos, al enunciar las condiciones de hecho, precisamente la fundamental condición, única necesaria para el partido liberal: el renacimiento de la opresión, y la tiranía, laica o eclesiástica, sean cuales fueren sus formas particulares (demagogia, dictadura, bolchevismo, etc.): la tesis que sustancialmente provoca su antítesis. Y queda olvidada porque, desconociendo u olvidando su “vigor ígneo” y su “origen celeste”, que antes hemos recordado nosotros, se cuenta falazmente a la libertad como hecho material y económico entre los hechos materiales y económicos; por donde es natural que se la considere extinguida al extinguirse las condiciones de hecho a que un tiempo anduvo ligada, y no restaurable mientras aquellas condiciones no se reproduzcan. Pero ¿por qué había de dejar el mundo la libertad y descender el hombre de hombre a esclavo o a “cosa”, sólo porque, en lugar de los escasos caminos y de los escasos medios de comunicación de otro tiempo, la sociedad humana tiene ahora a su disposición ferrocarriles y aeroplanos y telégrafos y teléfonos y radiófonos, que facilitan las comunicaciones y con ello la centralización del gobierno y de los intereses?, ¿porque en lugar del dominio individual de las tierras adopta o puede adoptar las asociaciones agrícolas, y aun instituciones agrícolas del Estado, y en lugar del comercio libre el comercio reglamentado en mayor o menor medida? La libertad nada tiene que objetar, en principio, a estas mudanzas económicas o a otras parecidas, si el cálculo y la experiencia económica, únicos competentes en esto, las estiman, en las condiciones dadas, como más útiles y productivas que otras; únicamente se opone a la estatización, es decir, a la venta, de lo que no se vende, del alma, y, por su parte, las acepta o rechaza sólo en relación con este principio, que para ella es supremo.
Restablecidas así las premisas en su verdad, la conclusión correcta del razonamiento no es la de que un partido liberal nada tiene ya que hacer en el mundo, o la de que ya es (como suele decirse periodísticamente) un “anacronismo”, sino que tiene hasta demasiado quehacer porque ha resurgido la antítesis de su tesis. Sólo que no puede hacerlo con los medios que antes tuvo, porque esta antítesis no tiene la figura de la de antaño, y por eso ha de buscar otros medios, y él mismo, constante en el fin, fiel a su propia religión, ha de renovarse en su acción práctica, estudiar otros modos de penetrar en las inteligencias y en los corazones, aliarse con otros intereses, dar vida a una nueva clase dirigente. Si alguien pidiera que se pormenorice el programa del partido renovado, dictándose las normas precisas para conseguir el intento, podrá contestarse a la petición con una sonrisa para el espíritu harto simplista que la formule, queriendo poseer, en pocos renglones, lo que debe ser movimiento vario y complejo que encuentra su camino caminando y sus medios de hacer haciendo, y que es obra de prudencia, de valor, de paciencia, de ingenio práctico y político, sea grande o pequeño, y no espera programas y entra en actividad todos los días y en todos instantes, porque todos los días y en todos los instantes hay trabajo que hacer por el propio ideal. Y, para esclarecer con un ejemplo la afirmación, en este instante mismo el que escribe estas páginas trabaja a su modo y colabora en aquel propósito, disipando las nieblas de algunos malos razonamientos políticos y dejando fluir con los rayos solares un poco de aquel calor, que hace muchísima falta. Los
impulsos gallardos, la apertura de nuevos caminos de acción, las resoluciones en momentos de crisis, están más especialmente reservadas para los apóstoles y los genios políticos, que no hay razón para creer que hayan de faltar en el mundo, que los necesita y los invoca con sus esfuerzos mismos y con sus dolorosos trabajos.