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Su relación con la vida política

El historicismo y su historia

II. Historicismo completo e incompleto

1. Su relación con la vida política

Otra observación, no desprovista de importancia, creo que cabe hacer a propósito de una pregunta que corre por todo el libro de Meinecke, y se halla también formulada por otros: en qué autor y en qué obra alcanza el historicismo su forma perfecta y definitiva. A esta pregunta se ve Meinecke, según se ha dicho, llevado a responder pronunciando el nombre de Goethe, y

casi en seguida el de Ranke, a quien podría tenerse, con respecto al historicismo, por un Goethe filtrado y clarificado. Ya se habló de Goethe, y no diremos cuán poco persuasiva es la aserción de que un pensamiento iniciado a través de la poderosa mente de un Vico, y pasando a través de la mente soberana de un Hegel, haya ido a tomar forma perfecta en la mente tanto menor, tan indiferente e inexperta en lo filosófico, de un Leopoldo von Ranke; pero haremos observar, en cambio, que la pregunta misma acerca de la forma perfecta y definitiva del historicismo peca de antihistoricismo. El historicismo es un principio lógico y es también la categoría misma de la lógica, la logicidad entendida rectamente, la de lo universal concreto, y por esto, como ya se ha dicho, vive siempre con mayor o menor elegancia en los espíritus, y vivió con amplia eficiencia en la edad historicista; mas, así como en ningún hombre y en ningún tiempo está nunca del todo ausente, así en ningún ingenio, por muchas fatigas que le haya costado, por mucha elevación que posea, puede recibir forma última y definitiva, y que más bien, como suele ocurrir, en los mismos hombres, en los mismos libros, en los mismos tiempos, se haya mezclado con proposiciones que lo desconocen y lo niegan; hasta en los mismos que fueron creadores de la edad historicista. Vico, que no admitía en las repúblicas humanas otra realidad que su historia, que se desarrolla en una eterna rotación espiritual del sentimiento al intelecto, de la fuerza a la moralidad, materializó luego su círculo ideal y con ello la historia vino a perder en él la individualidad de sus actos, que son históricos porque no se repiten, y la historiografía se le fue destiñendo en una sociología estática, y le faltaron el concepto del progreso y de la unidad del desarrollo histórico. Hegel, que asentó en términos claros el gran principio de que “todo lo que es real es racional y lo que es racional es real”, sintió no sé qué temor, ante esa frase misma, dictada por su genio, hasta embrollarse y perderse, y vino a distinguir, volviendo atrás, un racional que es verdaderamente racional y necesario de una realidad que es mala y accidental;[11] y por otra parte, redujo a tiempo, en épocas históricas, las categorías de su lógica metafísica, y si no concibió la historia, según Vico, como perpetua repetición de un ciclo de épocas, la llevó a pararse en una época definitiva, encerrando en sistema lo pasado y excluyendo lo porvenir; y dejó, como Vico, un dualismo entre historia y naturaleza.[12] Un Ranke, sin duda, no se coloca en peligro de caer en los errores de Vico y Hegel; mas tampoco posee las verdades pensadas por los mayores que llevaban en sí la virtud de corregir los mismos grandiosos errores en que ellos se habían extraviado y en los que Ranke ni siquiera podía extraviarse aplicándose el saludable “¡Peca fuertemente!” luterano. A través de aquellos errores, y venciéndolos, el historicismo, como la filosofía en general, se acrecienta y sube cada vez más alto: a través de aquellos errores, indicio de problemas que, mal resueltos, primeramente han de ser trabajados para hallar su posición exacta y su solución. ¿Qué hacer? La vida es, en todos los instantes, perfecta e imperfecta, y como ella la filosofía y la historiografía conjunta.

Meinecke celebra la que llama “revolución historicista” como la segunda gran revolución debida a Alemania en los tiempos modernos, después de la que fue la reforma protestante. A decir verdad, la Reforma, en la edad que de ella toma nombre, más fue un gran fermento que una revolución espiritual, la cual, en definitiva, se lleva a cabo siempre por la razón, que es, como dice la sentencia común, el carácter propio del hombre, y, por lo tanto, el único principio de sus adelantos y de sus revoluciones. Ni la fantasía ni el sentimiento, ni la mística, ni el ciego impulso, ni la violencia, dirigen y llevan a cabo por sí los profundos cambios de

espíritus y mentes. Sea como fuere, entre una y otra de ambas revoluciones nombradas, corrió la teoría del derecho natural, la idea de la religión natural, la Ilustración que vino a dar, y no el protestantismo, antecedente lógico al historicismo; y bien sabe Meinecke, y lo pormenoriza en su historia, que la Ilustración no fue alemana en sus orígenes (en sus orígenes remotos fue más bien italiana y más particularmente sociniana) sino sobre todo francesa e inglesa, y volviéndose europea, penetró aun en Alemania, que participó en ella y con ella reformó su protestantismo, que sólo gracias a la Ilustración desarrolló los gérmenes de libre pensamiento en él encerrados. El propio Meinecke, al dar cuenta de los precursores del historicismo, fue dando lugar a la literatura inglesa, francesa e italiana, y a otras más hubiera podido dárselo. Con estas restricciones y advertencias puede admitirse su juicio de que la revolución historicista fue obra principalmente alemana; mas no porque la llevaran a cabo Möser, Herder o Goethe (y, con Goethe, Leopoldo von Ranke), sino porque la filosofía, que entonces se elevó a gran altura en Alemania, sobrepujando a la de los demás pueblos, asentó algunos de los cimientos principales del edificio, todavía en construcción, de la filosofía histórica. Los autores de tal revolución fueron Kant, Fichte, Schelling y, de modo más directo y consciente que los otros, Hegel, y en derredor de ellos todos los menores, en los cuales (por ejemplo, en Federico Schlegel) fulguran los mismos pensamientos.

En otro aspecto hay que tener presente que una revolución mental, verdaderamente plena y viva, está ligada a una revolución moral correspondiente a una nueva orientación y actitud con respecto a los problemas de la vida práctica, y entre una y otra se establece un círculo mediante el cual se vigorizan y amplían mutuamente. Correlativa del historicismo, heredera de la Ilustración, fue en la vida activa y práctica la nueva dirección de la libertad, no ya abstracta y atómica como en la Ilustración, sino concreta y unificada con la vida social e histórica. Ahora bien, en Alemania, por las especiales condiciones políticas del país, retrasadas con respecto a las de Inglaterra y Francia (y en cierto modo también de Italia, que habiendo pasado a través de múltiples experiencias políticas aún no las había olvidado del todo), el proceso se desequilibró hacia la teoría, a costa de la práctica; y pareció, aunque no pudiera ser y no fuese en todo tal, una revolución de carácter exclusivamente teórico. Esta escisión entre el pensamiento y la acción, esta revolución meramente ideal, frente a una revolución real, fue señalada por los alemanes mismos cuando estalló la Revolución francesa y durante su curso, por Baggesen, por Schaumann, por Fichte, y está lapidariamente grabada en la historia de la filosofía de Hegel con estas palabras: “En Alemania este principio irrumpe como pensamiento, como espíritu, como concepto; en Francia, en la realidad efectiva”.[13] El mismo contraste entre ambas revoluciones, correlativas pero separadas, fue popularizado por Enrique Heine y está conmemorado en unos versos de Carducci, en los cuales Kant y Robespierre, “desconocidos, de verdad ansiosos y con opuesta fe”, decapitan a Dios el uno y el otro al rey. [14] Mas, como acontece en los contrastes que la inteligencia entrevé y la imaginación se complace en reproducir dramáticamente de manera brillante, sus términos no se enuncian con exactitud porque, en verdad, con la Revolución francesa se agotó en la práctica la filosofía de las Luces, frente a la cual surgía el idealismo historicista, no ya expresión teórica y filosófica de ella, sino pensamiento nuevo y signo de nuevas necesidades y de una edad nueva. Möser, a mitad del siglo XVIII, comparando las tres historias de Francia, Inglaterra y Alemania, había llegado a la conclusión de que en la primera vencieron los monarcas, en la segunda los nobles

y los barones y en la tercera los oficiales de la Corona (Kronbedienten).[15] El pensamiento historicista se cultivó en Alemania por las mentes de unos cuantos hombres, servidores leales del rey y del Estado, que cuidaban de tener bien separadas y todo lo distantes que podían la especulación y la política, para no sacar de la primera conclusiones prácticas que aprovecharan a la segunda.

De aquí la ineficacia o la escasa eficacia civil y práctica de su filosofía historicista, que fue poco a poco perdiendo el generoso espíritu “ilustrado” de humanidad que seguía animando a Herder y a otros pensadores del siglo anterior y no dio incentivo ninguno a lo poco del movimiento liberal europeo que, no obstante, afloró más tarde en Alemania, y, turbado por la presión estatal, enturbió y corrompió algunos de sus propios conceptos en servicio del estado de hecho y de los antiguos regímenes. Sin hablar de las teorías germanizantes hiladas por Fichte, al que sirven de excusa la angustia patriótica y el ímpetu de la revuelta contra el invasor extranjero, ya en Hegel se observa semejante turbación allí donde confiere supremo papel a los germanos en la historia universal y, en la filosofía del derecho, carácter de ejemplaridad eterna a la forma de Estado en que los veía ordenarse después de las guerras napoleónicas. Es cierto que el italiano Vico se había dejado dominar por la idea de “cursos” y “recursos” como ley natural impuesta a la historia que sólo dentro de ellos se movía dinámica y dialécticamente, cerrándose así a la idea de progreso, pero, aunque hombre infeliz que vivió entre angustias, se mantuvo independiente en su interior y filosóficamente digno, y no pecó de servilismo para con su pueblo y su Estado, como Hegel. Sin embargo, en la doctrina histórica de Hegel los alemanes representan un elemento siempre ideal: la libertad; y peor ha sido cuando acabaron por representarse solamente a sí mismos no ya como portadores de un divino mensaje, sino como raza y estirpe bruta, como sucedió más tarde y está sucediendo hoy más que nunca ante nuestros ojos. Y no conviene olvidar, por otra parte, que alemán fue, y perteneciente al ala izquierda de la escuela alemana de Hegel, Marx, que con tal título y en tal escuela ideó, cuando se trasladó el interés de las luchas políticas a las económicas, un historicismo teológico-materialista, sin soplo de humanidad ni de libertad; Marx, más afín de lo que parece al prusianismo y a su culto de la fuerza bruta.

El hallazgo de la íntima relación entre historicismo y sentimiento de libertad y de humanidad y la armonía y unidad establecidas del aspecto teórico y del práctico en un solo ciclo; la colaboración (si se quiere darle este nombre) del germanismo con la tradición latina; la concepción histórico-liberal de la vida, no nacieron, pues, en Alemania, ni en Alemania lograron más que fortuna fugaz y refleja, tan sólo en los años que precedieron y en los que siguieron inmediatamente a 1848. El país y el tiempo en que tal fusión se hizo fue la Francia de la restauración y de la monarquía de julio;[16] y desde Francia la nueva concepción hubo de extenderse por todo el mundo, influyendo también sobre la antigua libertad inglesa e hizo surgir la Italia de Camilo Cavour. La Ilustración entonces, integrada con el historicismo, se trasfundió y regeneró prácticamente en el liberalismo.

Mantener vivo o restaurar el sentido verdadero del historicismo es, pues, no sólo necesario para la filosofía y la historiografía, sino también para la lejana o próxima curación de la vida moral y política europea. Muchas veces se han oído gritos de combate y de protesta contra el “historicismo”, y el propio Meinecke recuerda algunos. Mas, poniéndose a escuchar lo que pedían como razonable, se echa de ver que no clamaban contra el historicismo, sino

contra cosas muy diversas, dignas algunas, en verdad, de ser combatidas. Carlos Menger, por ejemplo, no combatía al historicismo en el libro suyo así titulado;[17] sino que, entrando en una polémica análoga a la que hubo de emprenderse contra la escuela histórica del derecho (la cual, decía Bentham, se comportaba como el que en vez de mandar al cocinero que le sirviese la comida le diese las cuentas del administrador tocantes a las comidas de los años pasados), se oponía a la falta de inteligencia con que la llamada escuela histórica de la economía intentaba sustituir por la comparación histórica de los hechos y de las instituciones económicas las deducciones y cálculos que son razón y fuerza de dicha ciencia. Y no combaten tampoco al “historicismo” los que en Alemania dan este nombre a lo que en otras partes se llama “erudición sin pensamiento”;[18] no lo combatió verdaderamente Troeltsch,[19] que lo quiso superar en reivindicación de los derechos de la conciencia moral, sin necesidad verdadera, porque la conciencia moral está en el fondo del historicismo. El verdadero enemigo actual, no ya adversario, de éste, es el inmoralismo o amoralismo, que ha venido desarrollándose, bajo mendaces formas historicistas, en las partes corrompidas de la gran filosofía alemana y ha llegado ahora a asumir figuras y proporciones monstruosas. Y, también, con máscara historicista, se le da hoy por cómplice la cobardía moral que cambia gustosa su nombre por el de aceptación o resignación a la “necesidad histórica”, es decir, al fatalismo y a la inercia, negaciones de la historia, que es actividad, y de la historiografía, que es fuente de actividad.[20]

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