dedicarse a insultar a las mujeres o a ensalzarlas como en los siglos anteriores, empezaron a elaborar modelos de comportamiento, intentando transmitir los principios ideológicos a través de la educación.39 Fue precisamente Juan Luis Vives quien inició este cambio, aplicando la concepción moralizante masculina con respecto a las mujeres, ya que con él se rompió la tradición de la moral clerical muy vinculada a la literatura misógina, pues antes de él no se las instruía, sino sólo se las reprendía y vituperaba, imitando a los clásicos, al griego Eurípides y al latino Juvenal, así como hacían sus contemporáneos Bocaccio, Torellas y el arcipreste de Talavera.40 De esta manera, a comienzos del XVI, Juan Luis Vives iba contra corriente de los intelectuales moralistas, al considerar a la mujer con capacidad para aprender a leer y ser ideologizada, ya que la mayoría creía que era una pérdida de tiempo porque se consideraba que la naturaleza no le había otorgado capacidad intelectual para los libros, el estudio de las ciencias o para los negocios. Posteriormente, le siguieron Erasmo de Rotterdam y Antonio de Guevara que defenderían la educación femenina dirigida al gobierno de la casa y a la enseñanza de los hijos. Sin embargo hubo intelectuales que alzaron su voz de protesta a favor de la mujer, en forma casi aislada, caso de Juan de Espinosa en su obra Dialogo en laude de las mujeres (1580) y Cristóbal de Castillejo El dialogo de mujeres (1544). Otros como fray Luis de León y Huarte de San Juan se mostraron contrarios a la instrucción femenina porque su supuesta inferioridad intelectual y malicia natural podrían tergiversar los conocimientos aprendidos a sus propios intereses.41
La mayoría de las mujeres españolas del siglo XVI, indudablemente no eran como indicaban los famosos teólogos, Juan Luis Vives y Fray Luis de León, sumisas, obedientes, calladas, vergonzosas, piadosas y compasivas. Estos moralistas expresaron en el plano ideológico la visión del mundo de la aristocracia de la cual eran portavoces, y defendían un orden social estamental y un ideal masculino de sociedad, fuertemente patriarcal.42 La moral eclesiástica de este siglo defendía un modelo de estratificación social, en el cual las mujeres cumplían una función de apoyo al varón dentro de la familia, de producción doméstica y de reproducción biológica bajo la supervisión de la autoridad masculina. De esta manera, se consideraba que la razón principal de la existencia femenina en la sociedad era el matrimonio y la familia.
El Estado y la Iglesia se aliaron para dominar las conciencias y así surgieron muchas corrientes ideológicas que lo justificasen. Una de ellas, la reflexión de que la vida era un sueño y una representación teatral, que constituiría uno de los temas favoritos de los predicadores y autores en el siglo XVI, como Jorge Manrique y Calderón de la Barca.43 Esta ideología legitimaba a la sociedad estamental jerarquizada y cerrada que se destacaba por su desigualdad social, que habiendo sido diseñado por Dios, se caracterizaba por otorgar un papel a cada uno que debía acatarse pasivamente, cuya actuación variaba según su posición dentro del ámbito familiar, de acuerdo al esquema determinado por los teólogos cristianos.44 Sin embargo, la
39
MÁRQUEZ DE LA PLATA Y FERRÁNDIZ, V. M. (2005: 147): El humanista partía desde la aceptación de la perfectibilidad humana, haciendo para ello uso de la razón y del libre albedrío, por ello las antiguas enseñanzas, la patrística, la escolástica y el tradicionalismo de las viejas enseñanzas empezaron a ser dejados atrás a favor de una renovación que se inició como una vuelta atrás a la edad del clasicismo, sea latino o griego.
40
VIGIL, M. (1986: 18-91).
41
HUARTE DE SAN JUAN, J. (1575): Destaca su antifeminismo científico que niega la capacidad intelectual de las mujeres y trató de dar a su posición un fundamento biológico.
42
VIGIL, M. (1986: 15).
43
OLMEDO, F. (1928:15): El tema de que la vida es un sueño aparecía en toda clase de libros piadosos: abecedarios y cartillas espirituales, espejos del alma, escuelas de perfección, caminos del espíritu, guías de pecadores, memoriales de la vida cristiana, vergeles de oración, tratados de la vanidad y menosprecio del mundo, etc. Entre los escritores que destacaron en este tema se encuentran: Jorge Manrique con su obra Cancionero y coplas a la muerte de su padre, Calderón de la Barca. La vida es sueño y Pedro de Bovistuau con El teatro del mundo.
44
PORRO HERRERA, M. J. (1995: 100): Éstos son los papeles aceptados y recomendados y los papeles trasgresores serian la adultera, prostituta, cortesana y alcahueta.
32
doctrina oficial que mantuvo la Iglesia desde el principio sobre la mujer era su subordinación al varón como compañera, no como sirvienta.45
Los escritos de los moralistas del XVI estaban destinados a las mujeres hidalgas en sus cuatro estados: doncella, casada, viuda y monja. Estos estados se subdividen en cuanto a su situación respecto al varón y no a la sociedad. Eran estas mujeres integrantes del estamento privilegiado a las que se quería controlar, dominar y vigilar, pues eran portadoras y guardianas del honor de los varones de la casa y sostenían en sí el honor familiar, la continuidad de la estirpe y el orden estructural. Sus libros no estaban destinados a la mujer del vulgo o pobre, ésta no era tomada en cuenta, no constituía ninguna amenaza al sistema. Teólogos y otros escritores estaban firmemente y calculadamente convencidos de sus convicciones, que coincidían con las del Estado y la Iglesia.
En la construcción de la imagen de la doncella a través de la literatura moralista del siglo XVI destacan los teólogos Juan Luis Vives, fray Luis de León, Juan de Soto, Juan de la Cerda, Alonso de Andrade, Antonio de Guevara, Erasmo, Hernando de Talavera y Juan de Pineda, entre otros. Éstos apoyaban la idea de que la vergüenza, la honestidad y el silencio eran las principales virtudes que debían tener las doncellas, porque el primero era un escudo o freno frente a los peligros de su honor y la segunda y tercera aseguraban en el hogar una vida de acatamiento al varón. El modelo de doncella que predicaban los moralistas debía practicar en su vida cotidiana una serie de “virtudes” que incluía la obediencia, la humildad, la modestia, la discreción, la vergüenza, el retraimiento, la castidad, la sobriedad, la amabilidad, perfilándose, de esta manera, una joven modosa, retraída y encerrada en casa,46 ya que en esta condición, la mujer cumpliría su único fin: la reproducción biológica y el mantenimiento doméstico, sin incentivar su instrucción, y prueba de ello es el gran porcentaje de analfabetismo hasta entre las mujeres de élite.47
Entre todos los moralistas que dibujaron la imagen de la doncella del XVI bajo la sombra de la literatura moral y didáctica destacó Juan Luis Vives en su libro Instrucción de la
mujer cristiana, que está compuesto en tres partes: instrucción de las vírgenes, de las casadas y
de las viudas. Para esta tesis se desarrollará la primera parte del libro mencionado, que trata de la instrucción, la crianza, la doctrina que debían seguir las doncellas, los libros a leer, el cuidado de la virginidad, el cuidado personal, la soledad y retraimiento, comportamiento fuera de casa, fiestas, amores y la búsqueda de esposo.48 En este libro, Vives trató de canalizar a las doncellas nobles del Quinientos hacia el espíritu cristiano más intransigente y más disconforme con la sociedad que la rodeaba, desbocada por la abundancia de riquezas. Vives compartió la posición contradictoria que los intelectuales y la sociedad mantenían sobre la mujer: el bien y el mal se debían a ella, por eso se la debía educar para el autocontrol para que custodiase ella misma su buen nombre, ya que la ignorancia resultaba la causa de los errores que cometían. Así también pensaba Erasmo de Rotterdam.49
Al igual que el obispo Antonio Guevara, Juan Luis Vives entendía que se debía convencer a las doncellas para que interiorizaran que el encierro era para protegerlas y no para
45
CODERCH, M. (2011:75-78): También surgieron tratados de defensa de las mujeres escritos por hombres durante los siglos XIV y XV en el contexto de la Querella de las Mujeres. Aunque la tradición textual del elogio de las mujeres se remonta a la Biblia, también está presente la presencia de estos discursos en el contexto cultural de Europa medieval. Por ejemplo, Juan Rodríguez del Padrón con
Triunfo de las donas.
46
DESAIVE, J. P. (2000:283-290): En el Antiguo Régimen, la literatura católica asignaba deberes religiosos directamente ligados a su condición de mujeres: suavidad, compasión, amor maternal innatas a su sexo y por lo tanto, les correspondían las obras de caridad, el cuidado de enfermos, pobres, ancianos, la educación de los hijos y el gobierno de sus casas, preocupándose más en su reputación que en su apariencia física. Su principal función sería su casa y segundo el estudio como diversión, recluidas en sus hogares. CUÉLLAR ARRABALÍN, M. T. (1990: 243): La ascendencia femenina hizo revalorizar a la mujer en la familia y la sociedad.
47 SOUBEYROUX, J. (1985: 159-172). 48
VIVES, J. L. (1936: 50).
49
SONNET, M. (2000:144): Erasmo defendió la educación de las niñas en nombre del buen entendimiento de las parejas y de una sociedad en que hombres y mujeres estaban llamados a vivir juntos.