Bien lo había presentido Chema.
La salida de Tacha para la casa de la hacienda, fue el principio de una nueva vida para ellos, como el tor- cer de una senda que se aparta del camino real.
Los primeros días, aunque peno- sos, no lo fueron tanto, porque la joven, siguiendo el programa traza- do por el amo, volvía a su casa después de la cena en compañía de su marido, y no tornaba a la de Cheno, sino hasta las seis o seis y media de la siguiente mañana, des- pués de haber terminado sus par- ticulares y pobres labores domésti- cas. Cuando había trabajo de cos- tura, llevábale consigo y por allá le concluía; por donde se echaba de ver que no olvidaba sus humildes obligaciones de esposa, y que las otras no absorbían todo su tiempo.
Agregábase a eso que ella y Chema se miraban en la cocina a las horas de comer, y conversaban largos ra- tos a todo su sabor. Si las cosas hu- bieran continuado así, es probable que Chema se hubiese conformado con la situación, por más que le fuese muy sensible no ver a Tacha en su hogar, ni oírla cantar como solía, mientras él andaba trabajan- do en la caballeriza, ni escuchar el ajetreo que siempre traía con los muebles, como mujer hacendosa que era, ni el chillar de la manteca en la cazuela al freír los frijoles. Todas aquellas cosas, aunque pequeñitas y
prosaicas, tenían para él un gran fondo de encanto, y las poetizaba a su modo, como poetizan los ma-
ridos enamorados, los detalles más sencillos del hogar.
Sucedió, empero, por desdicha, que aun aquel mismo sistema de vida alteróse pronto, con motivo de frecuentes llegadas de huéspedes, porque esto daba motivo a que tu- viese Tacha ocupaciones excepcio- nales, como eran las de arreglar le- chos, sacar ropa blanca de los ar- marios y cuidar que nada faltase en las habitaciones; o bien había cenas extraordinarias con gran concurso de familias de haciendas próximas, y necesarios desvelos, porque solían aquellos ágapes no terminar sino hasta la media noche, y algunas ve- ces más tarde. Así que, por estos motivos y por otros que fuera largo enumerar, solía no ir Tacha a su casa algunas noches; y tanto se re- pitieron aquellos contratiempos, que acabaron por formar regla; de suer- te que muy a poco, sucedió que la joven apareciese sólo por excepción en su domicilio. Con esto pasaba Chema las noches solo, cuitado, y figurándose las cosas más horribles del mundo, por más que no tuviese razón para ello. El autor sabe que, por aquel tiempo, aparte de algunas provocaciones por parte de Cheno, y de algunas ligerezas por la de Ta- cha, no había pasado nada grave en- tre ellos. Pero ¡quién va a quitar de la imaginación calenturienta de un joven separado de su consorte, en
condiciones como las del caballe- rango, las fantasías más tétricas!
Agregábase a esto, que Chema sentía, con el instinto propio de los enamorados, que el apego de Tacha
para él no era completo, que esta- ba ansiosa de tornarse a la casa del amo cuando a la suya venía, y que no era mucho lo que echaba de me- nos su hogar, por más que dijese y fingiese lo contrario. Tiene el cora- zón presentimientos que no enga- ñan; y así, el desolado caballerango comprendía por datos precisos unas veces, y otras por síntomas indefini- bles, que su esposa no tomaba la cosa por lo serio, ni participaba de sus preocupaciones y angustias; de suerte que las escenas que pasaban entre los dos eran muy dolorosas:
Chema siempre quejoso, siempre apasionado, angustiado siempre; y Tacha frivola, risueña y contenta.
—¿De qué te quejas, Chema? —le decía—. No veo la razón, por más que la busco. Nos miramos tres ve- ces al día, paso la noche contigo siempre que puedo, y tanto tú como yo, estamos ganando salarios muy rigulares. Ya me prometió el amo subirme el sueldo a treinta pesos, y aluego a cuarenta, cuando sepa dis- poner bien la comida. En la escue- la del rancho de la Sandijuela, apren- dí a leer y escrebir, y ya hasta lo andaba olvidando; pero agora lo es- toy golviendo a aprender de nueva cuenta, y leo todos los días el libro de recetas de cocina, y llevo como puedo las cuentas del gasto, lo que me está sirviendo de muncho. El amo está muy contento de mi ser- vicio.
—Todo estará muy güeno, Tacha
—respondía el caballerango—; pero a mí me haces muncha falta para todo. Me siento muy solo y no jallo qué hacer con esta tristeza que se me ha metido por dentro.
—Pos no seas tonto —replicaba ella—. ¿Pa qué te haces la vida pe- sada? Anda a arrejuntarte conmigo siempre que puedas, pa que plati- quemos, que al cabo a mí me sobra tiempo, y mientras cuezo, podemos estar platicando.
—La mera verdá, que a mí na- dita que me cuadra ir a casa del amo. Voy sólo por necesidá —afir-
maba el mozo—; pero más mejor, y con muncho más gusto iría a la cárcel.
—Pos entonces no te quejes de la soledá, ni de mí, ni de cosa nengu- na, porque tú eres el culpante de todo —concluía Tacha.
Y como quien está de prisa, ha- cía lo que era su deber en su casa, y se tornaba a la del amo, todos los días más compuesta, alegre y sale- rosa; en tanto que su marido que- daba todos los días más abatido y sumido en la desesperación.
Con motivo de aquellos aconteci- mientos, circulaban por San Víctor rumores sumamente ofensivos para el recato de Tacha y la honra de su marido. Era cosa admitida y públi- ca en la ranchería, que el amo ha- bía hecho una nueva conquista, y que Chema había venido a aumen- tar el número de los pobres hom- bres burlados por el patrón. Aque- llas hablillas, que como mariposas negras, revoloteaban en torno del jo- ven, llegaron por fin a azotarle el
rostro con sus asquerosas alas, po- niendo su sangre en efervescencia y levantando oleadas de indignación en su apocadísimo pecho. Aquello era lo que había temido, adivinado y presentido en sus horas de amar- go sobresalto; la esencia de la mur- muración no le tomaba de nuevo, pero aquella voz del exterior venía a robustecer la angustia de su alma colérica e impotente. Pero ¿qué hacer? ¿qué medida tomar? ¿cómo atajar aquella corriente de dolor y vergüenza en que se andaba aho- gando?
Un día que, sombrío y taciturno, se hallaba sentado en cuclillas en el umbral de su puerta, envuelto hasta la barba en el rojo sarape y con el ancho sombrero calado hasta los ojos, oyó ruido de pasos por el co- rral, y, a poco, una voz que de cerca y con recato le decía:
—¡Èh, Chema! ¡Eh, Chema!
Volvió el rostro con extrañeza, y vio que era un carbonero quien le dirigía la palabra.
—¿Quihubo, amigo? —le pregun- tó—, ¿qué se le ofrece?
—Cállate, muchacho, soy yo. ¿No me conoces? —interrogó el carbone- ro—. Mírame de cercas.
Y se puso junto a él. No tardó Chema en descubrir la fisonomía de su tío Policarpo al través de aquel bien escogido disfraz. Venía Poli vestido nada más con camisa y cal- zones de manta, guaraches viejos,
cotona de cuero y ancho sombrero de palma; pero todo tan tiznado y ennegrecido por el carbón, de arri- ba abajo, cara, manos y ropa, que resultaba verdaderamente incono- cible.
—¡Tío Policarpo! —exclamó Che- ma, asombrado y gustoso—. ¡Es usté!
—El mesmo que viste y calza
—repuso el viejo—; pero no hables tan juerte, no sea que vaya a oírnos Melquíades.
—'Pero ¿qué anda haciendo por acá? —repuso el mozo—. i Probe de usté si llega a agarrarlo el amo!
—¡Qué me ha de agarrar, Chema!
—contestó Poli—. ¡Ni que juera tan lince! A lo primero, que ansina como estoy, no me reconocería ni mi señora madre, si resucitara; y a lo segundo, que munchos de los ca- porales son mis amigos y me guar- dan las espaldas.
—Dios lo quera, tío; pero ya nos vimos, y vayase aluego; porque la mera verdá, que está corriendo mun- cho peligro.
—Sí, ya lo sé, pero antes quero dicirte algunas palabritas. Sólo por ti he venido tan adentro, porque lo que es de los alrededores no me desaparto.
—Por acá se dice que anda usté metido en la prenuncia —observó el mozo—. ¡Ya verá cuan juera de orden están los díceres!
—No, Chema, es la pura pelada.
Me prenuncié dende quiaque, y ya tengo mi partida, no vayas a creer.
Contando con todos los muchachos que andan dispersos, son ya más de doscientos bien armados y con mun-
chos cartuchos pa hacer juego. Todo a juerza de sorpresas a los destaca- mentos de algunas fincas de campo.
Aquí onde me miras, ya tengo el grado de coronel.
—¿Tan presto ansina? ¿Pos quén le dio el grado, tío? —preguntó Chema.
—¡Pos quén ha de ser! Pos mi general, don Lionisio Quinarte, que es el jefe de toditas las juerzas. Él está en la mera sierra; no muy lejos de aquí, en Cócola —repuso Poli.
—Oiga, tío —continuó Chema—.
Dios quera y no le vaya a tocar un plomazo por mitotero.
—Arriba está quen reparte las ba- las, muchacho —afirmó el viejo—.
Pero, oyes, tengo muncha priesa;
necesito me digas cómo te ha ido con don Cheno, y qué ha sido de Tacha.
El pobre mozo dio un prolongado suspiro, y con acento profundamen- te alterado, refirió a Poli punto por punto cuanto había acontecido des- pués de la salida de éste de San Víctor.
—¡Ansina es —exclamó Poli—
que ya no tienes mujer!
—Sí la tengo —repuso Chema—, sopuesto que no se ha muerto; sólo que no vive conmigo. La casa está vacía, lo mesmo que una jaula de onde ha volado el pajarito.
—¡Por todos los diablos del in- fierno! —exclamó el fingido carbo- nero dando una patada en el sue- lo—; pero ¿cómo dejates que te la jur taran?
—Pos ¿con qué juerzas quería usté que resistiera? —alegó el ca- ballerango.
—Pos con las tuyas propias, ¡pos con qué! —siguió diciendo Poli—.
A mí más primero me hubieran arrancado la asistencia.
Chema calló con humildad, y se quedó buen espacio mirando el sue- lo; Poli reflexionó unos instantes y luego dijo:
—¿Sabes cuál es mi pienso?
—¡Cómo he de conocerlo si usté no me lo reclara! —repuso Chema.
—Que te vengas conmigo a la re- volución, pa que te vengues de don Cheno —prosiguió el viejo.
—-No me dejan salir de aquí, es- toy como preso —contestó el joven.
—De eso me encargo yo —afirmó el exadministrador—. Te quedas en camisa, calzones y guarachis, te tiz- nas muy bien, como yo, y te vienes conmigo. Munchos de los sirvientes me conocen y estoy en tratos con ellos; de manera es que no nos chis- tará alma viviente... Contimás que a ti ipa qué te quere el a m o ! . . . Pa nada. Teniendo a tu mujer en su casa, hasta es capaz que se alegre de verte juido.
¡Tomar las armas Chema! i Se hu- biera podido ver eso! No, su natural era de suyo pacífico y medroso; ja- más se le había ocurrido andar a salto de mata por los campos, dur- miendo al raso, comiendo o ayunan- do, corriendo sin cesar y con el alma siempre en un hilo. De ningún modo hubiese aceptado semejante pro- puesta el pobrete, ni menos después de hecha la dolorosa afirmación que Poli acababa de comunicarle. Su- puesto que al amo le convenía que él se fuese, por eso mismo no se había de ir.
—No —repuso—, i cómo había de dejar a Tacha!
—Pero no seas calabaza,, sobrino,
¿no ves que ya te la quitaron? —in- sistió el tío con crueldad.
—Anque ansina sea —contestó el mancebo, resollando gordo—; pero siquera aquí estoy a la mira de ella y ¿quén quita y dé la güelta pa la casa un día con otro?
—En tal caso —observó el viejo con terrible ceño en el tiznado ros- tro—, si esa es tu resolución, voy a darte un consejo: mata a don Cheno, o a Tacha, o a ti mesmo pa salir del atolladero. ¿Tienes pistola?
—No —contestó el interpelado.
—Pos aquí te dejo una; al cabo traigo otra, que son dos. Mira, den- de aquí, del corral, puedes meterle bien la puntería a tu amo, en la no- checita, por esa ventana, o cuando
esté sentado a la mesa. Aquí está escuro y allá hay muncha luz, de suerte que así sale bien; al fin y al cabo tienes güeña p u n t e r í a . . . A la pura cabeza, no le vayas a j errar. Y aluego te metes en tu casa y echas la arma con juerza a la meta del potrero. Como nosotros, los revolu- cionarios, andamos por todito eso, y casi día con día hacemos juego sobre los guardas y sobre las reses, nos echarán la culpa a nosotros...
o si lo perfieres mejor, como te lo digo, le das a Tacha en la chapa del a l m a . . . o te quitas tu mesmo de p a d e c e r . . . Como te parezca más mejor.
—No, tío —dijo Chema horroriza- do—, no haré nenguna de esas tres cosas. Ya me conoce; no juí nacido pa hacer daño a naiden, ni an sique- ra a una mosca.
—Sí, ya te conozco —repuso el tío con sarcasmo—; venites al mun- do nomás para aguantar testerazos.
¡Ojalá pudiera darte algo de mi san- gre! . . . De todas maneras, te dejo la pistola, por si quijieres hacerte respetar y ser hombre siquera una vez en tu vida.
Chema tomó el arma con desga- no, y se la colocó en la rabadilla, entre los pliegues de la faja.
—En conclusión —siguió Poli—, por lo que yo vengo mirando, no sirves pa nada túr y tengo que tomar tus agravios por mi cuenta.. . Los tomaré, no hay otro remedio.. . Será uno más de los que arregle con don Cheno el día en que nos vea- mos las caras.
Diciendo esto, comenzó a alejarse Poli; pero no bien había andado unos pasos, cuando volvió atrás y dijo a su sobrino:
—Serás muy desgraciado, si no le haces siquera algún daño a don Cheno. ¡Cualquera que sea! ¡Sique- ra písale un callo! ¡O despelléjale una res, y mátale un borrego!
Y en seguida se marchó, sin aguardar respuesta.
Consternado y más que nunca pensativo quedó Chema después de
la ida de su tío, considerando tenía éste razón al incitarle a la venganza, como quiera que fuese, a la buena o a la mala. Pues qué ¿era liviano el ultraje que el amo le había he- cho? ¿Era de escaso valer la pren- da que le había arrebatado? ¿Era poco agudo el puñal que le había hundido en el pecho? No; la ofensa era la más sangrienta que había po- dido inferirle, el robo, el de mayor cuantía que había podido hacerle, y el dolor, el más acerbo con que había podido destrozarle el corazón.
Así que, afrenta, despojo, martirio, todo a una voz iba clamando ven- ganza . . . Su espíritu infantil fijóse al cabo en esta idea, que tenía que vengarse, y a ella se aferró con la tenacidad de un insensato. Así que- dó resuelta la venganza; pero ¿cómo tomarla? Si el mancebo hubiera sido esforzado, habríase ido al campo, a esperar que Bolaños anduviese solo, y le hubiese retado a singular com- bate, para matarle con honor; pero como carecía de todo linaje de for- taleza, no podía, ni aun remotamen- te, encomendar su satisfacción a una lucha tan osada como aquella.
Quedaban, pues, los tres caminos que Poli había acabado de indicar- le: cazar de lejos a Cheno, como a una fiera, o acabar con la vida de la mujer sospechosa, o bien volarse él a sí mismo la tapa de los sesos.
Las ventanas del comedor de la hacienda, daban para el corral, y por la noche, cuando brillaba la luz eléctrica por la parte de adentro, y reinaba la oscuridad por la parte de afuera, destacábase con toda clari- dad la figura de Bolaños en uno de aquellos marcos luminosos, sentado a la cabecera de la mesa. Chema era buen tirador de toda clase de armas de fuego, como todos los rancheros de la Sanguijuela, pues era costum- bre tradicional en aquella gente rús- tica, adiestrarse en el manejo de ellas, casi desde la infancia. Estaba, pues, seguro de poder acertar al amo un tiro en el cráneo, apuntándole bien desde la caballeriza...
Esto le indujo a fijar la atención en la pistola que le dejó Poli. Era de primera calidad: belga, de las llamadas vulgarmente de escuadra;
larga, pesada y de tanto alcance como un rifle. Se interesó por ver el cargador, que sacó de la culata;
tenía ocho cartuchos. Con ellos ha- bía y sobraba para aquel propósito.
Hubo un momento en que se dijo:
—Esta noche me embosco en la caballeriza, y recargando bien la pis- tola contra un pilar, pa que no me tiemble el pulso, disparo; y si al primer tiro no lo mato, será al se- gundo o al tercero. Después, echo la pistola al barbecho, me meto en mi casa, y ni quen sospeche que juí yo el matador, porque la mesma fama de poquita cosa que tengo, me librará de toda sospecha.
Pero cuando se sentía más re- suelto a realizar aquel programa, una voz de protesta se levantaba en el fondo de su timorata conciencia.
¡Asesinar! i Qué cosa tan horrible!
No volvería a tener sosiego en su vida si tal cosa llegaba a hacer; y aunque nadie lo supiera, él lo sa- bría, y con eso le bastaba para vol- verse loco.
¡Matar a Tacha! Pero ¡cómo, si la adoraba! Sólo con figurársela he- rida, bañada en sangre, pálida e in- animada, un sudor frío le cubría la frente y se le llenaba el corazón de inmensa angustia. No; para ella, amor, para ella, caricias, para ella, lágrimas y súplicas, y arrodillamien- tos; pero no agresión, ni destruc- ción, ni exterminio. ¿Que le había
ofendido mucho? ¿Que le había desgarrado el alma? ¿Que había tro- cado su vida en un infierno? Todo eso era cierto; pero era tan grande la adoración que la tenía, que se sentía capaz de perdonárselo todo, con tal que ella le quisiera, con sólo que ella volviese a él cualquier día, tendiéndole amorosamente los bra- zos. ¡Pobre Chema! Tan apocado era, que aun sintiéndose horrible- mente escarnecido, no reaccionaban sus nervios contra el ultraje; expe-
rimentaba más pena que rencor, y mayores ímpetus le asaltaban de quejarse y de rogar, que de acometer y cobrar venganza. La honra sig- nificaba poco para él; lo único que quería, era rescatar la prenda per- dida, y verla nuevamente en su po- der, fuese como fuese.
Y por cuanto a suicidarse, |ni por pienso! Él, que no podía resolverse a levantar la mano contra nadie, ni contra su mayor enemigo, mal hu- biera podido tener ánimos para arre-
batarse la propia existencia. El tro- nar del disparo, la dureza del pro- yectil, la llamarada de la pólvora, el humo de la combustión, hasta el frío de la boca del arma le intimi- daban. . . ¡No, aquello no podía ser, era imposible!
En resolución, ninguno de los tres caminos señalados por Poli acabó por encontrar bueno, y se decidió después de largas cavilaciones, a no disparar la pistola ni contra él, ni contra Tacha, ni contra Cheno.