CAPÍTULO XVII
viente, y llevado del hábito que tenía de respetar a su señor, puso freno al enojo, y, después de unos instan- tes de interna lucha murmuró sorda- mente:
—En güen lugar nos j aliamos pa que su mercé me haga ver que el puente no está compuesto como se debe.
—En buen lugar nos hallamos, ya lo sé —repuso Bolaños—; por eso mismo me he detenido aquí, para probarte cuan mal mandado eres y cuan poco sabes cumplir tus obliga- ciones.
—¡Malajo (mal haya) pa mí, si lo que dice su mercé es la verdá!
—exclamó Poli más y más alterado a cada momento.
—Pues malajo para ti, ya que eres tan testarudo —repitió Cheno frené- tico—. Mira, pon la vista de este lado del puente, y dime si no hay aquí una hendedura descubierta en- tre los palos.
Y diciendo así, señalaba con el re- benque que en la diestra llevaba, el intersticio que con tanto trabajo ha- bía acabado de descubrir. Poli se dio cuenta de lo que era, y contestó:
—En efeuto, señor amo, aquí hay una abertura.
—Y por esa abertura —replicó Cheno con violencia—, cabe la pata de una res.
—No puedo dicir lo contrario
—asintió el administrador.
—Y por donde cabe la pata de una, caben las de todas; y como por aquí pasa el ganado cuando vuelve del aguaje, resulta que al cruzar por este sitio, pueden romperse las pa- tas todas las reses.
—Sólo por la mala suerte pudiera suceder eso —objetó Poli—, porque el joyo se incuentra muy ladiado, y el ganado camina siempre por la parte de en medio, que está güeña.
—Pero yo no admito eso de la mala suerte —continuó el amo—;
aquí no ha de haber sino cosas bien hechas y como las mando.
—En sus terrenos está su mercé, y en ellos es el rey —contestó el
administrador—; pero por la gloria de mi señora madre, que en paz des- canse, le asiguro a su mercé que todo el puente quedó como la palma de la mano de parejo, el día que su mercé lo dispuso. En seguro que la llovida de anoche, que jué tan juer- te, deslavó el terraplén de encima, y que por eso se ha descubrido ese j°yo.
—No debe haber hoyos nunca; a mí no me importa que llueva o que no llueva —vociferó Cheno.
—En eso lleva muncha razón su mercé —continuó diciendo Policar- po—, pero es el caso que ayer no había joyo ninguno, como podrán atestiguarlo todos estos señores que están aquí presentes.
Hablando así el administrador, se dirigía a Ufemio y a varios capora- les que habían acudido al lugar a recibir órdenes del amo, en cuanto le habían divisado y reconocido.
—¡Bonita disculpa la tuya! —cla- mó Cheno con agresiva ironía—.
Ayer no había hoyo y ahora lo hay;
de suerte que ese hoyo es como si no lo hubiera.
—¡Ni tan tonto que uno juera pa dicir esas cosas! —repuso Poli—. Lo que quero dar a entender a su mer- cé, es que estoy al cuido de todo lo suyo, que ayer pasé por aquí, que oservé el puente largo rato, y que no tenía ni an siquera una ra- jadura del canto de un cabello; y que agora que se abrió ésta, man- daré luego a los piones pa que la tañen.
—Pero darás las órdenes después que yo he visto la rajadura —repli- có Cheno soltando una insultante carcajada—. Si no la hubiera visto yo, no la hubieras visto tú nunca, y quién sabe cuántos animales habrían resultado lastimados por tu culpa.
¡Como a ti no te cuestan nada, nada te importan!
—Señor amo, no me diga su mer- cé esas cosas —observó Poli pálido de ira y con los labios áridos—.
Miro lo suyo como si juera mío; a todo el mundo le costa.
—¿Por qué no te las he de decir?
Te he de decir todo lo que merez- cas y me dé la gana —insistió Che- no más y más excitado.
—A naiden le cuadra que le afrenten, señor amo, ni menos en la cara de tantos testigos —observó Poli.
—Ni a nadie le gusta tampoco, ser mal servido en sus intereses, y tener un administrador tan holgazán como tú —contestó Bolaños.
—Pos en tal caso —dijo Policar- po sin poder ya contenerse—, si su mercé no está a gusto con mi mal servicio, la cosa tiene remedio. Arré- gleme su mercé mis cuentas, y en el auto mesmo me retiro de San Vítor.
—Sí te irás —gritó Cheno en el colmo de la ira—; pero no después, sino en este mismo momento. Para nada te quiero ni necesito. ¡Lár- gate!
—¡Válgame la Virgen Santísima!
—repuso Poli ciego ya de indigna- ción—, ya me está cusileando
(echando) su mercé como si juera un perro. Está güeno, me voy de aquí, pero aguardo a su mercé en la casa pa que me arregle mis cuentas.
—¡Qué cuentas, ni qué ojo de ha- cha! —vociferó Cheno; en el acto mismo has de salir de San Víctor, si no quieres que te mande a la cár- cel por cordillera (pasando de escol- ta a escolta).
—Ansina van sólo los amantes de lo ajeno y yo soy hombre de bien
—contestó el viejo en el mismo tono—. No salgo de San Vítor hasta que su mercé me arregle mis cuen- tas, an todavía se quedan aquí mis animalitos y mi siembrita que ya después arrecogeré.
—No se ha de hacer lo que quie- ras tú, sino lo que dispongo yo —de- claró Bolaños en altas voces—. ¡Va- mos, cuela (sal) por allí!
Y con el azote señaló a Poli el camino del pueblo. Policarpo, per-
dida ya toda compostura, murmuró por lo bajo entre dientes:
—¡Malajo pal cristiano tan jijo...!
Oyóle el amo, que estaba pendien- te de sus labios, y sin poder con- tener ya la ira, exclamó:
—Eso lo serán tú y tu madre, y toda tu parentela, bellaco.
Y enarbolando el rebenque, se lanzó sobre el administrador para pegarle; pero éste, que a tiempo se había puesto en guardia, y tenía mu- cha experiencia en achaques de al- tercados y riñas, picó en las espue- las los i jares del caballo, y éste, que era muy sentido, dio tan briosa y repentina salida, que ni aun siquiera con el extremo del látigo fue alcan- zado el jinete. Pero la ofensa había sido hecha, y eso de azotar no reza con los hombres.
—¡Ah! ¡jijo de la desgracia! —ex- clamó Poli vuelto un energúmeno—.
¡Quere dicir que vamos a entender- nos de hombre a hombre!
Y echando mano a la espada que, colgaba de la cabeza de la silla, de- bajo de la pierna izquierda llevaba, quebró (hizo girar) rápidamente su caballo, y arremetió contra Cheno, antes que éste hubiese podido des- envainar la suya. Y ahí mismo, y en un solo instante hubiera dado bue- na cuenta de su amo, a no haber intervenido con ligereza Ufemio y los caporales, que se hallaban en derredor. Estos movieron tan a tiem- po y con ímpetu tal sus cabalgadu- ras, que con el pecho de ellas cho- caron por uno y otro lado con los costados de la bestia de Poli, y la empujaron en contrarios sentidos im- pidiéndole avanzar como el airado jinete lo anhelaba.
—¡No se metan! ¡no se metan!
—gritaba el colérico administrador.
Entretanto había logrado Bolaños sacar también la espada, y más aira- do y furioso que nunca, procuraba acometer a Poli por encima de las cabezas de los rancheros.
—¡Déjenmelo solo —decía—, há- ganse a un lado! Voy a probar a ese pobre viejo que soy más hombre que él. Pero continuó el desorden,
y los dos adversarios no podían lle- garse el uno al otro, porque el re- molino de las bestias que la gente de paz montaba y gobernaba, se lo impedía; hasta que al fin, en vista de la inutilidad de sus esfuerzos, de- terminó Poli alejarse del sitio, acon- sejado por uno de los caporales, que por lo bajo y a la pasada le dijo:
—¡Juiga, don Poli, juiga! ¿No ve que don Cheno está en sus terrenos y lo puede perjudicar?
Atendiendo a tales y tan potentes razones, hizo Policarpo retroceder su caballo hacia abajo del puente, y, tan pronto como se sintió en tie- rra firme, soltó la rienda a la bestia, le hincó las espuelas con furor y fuese a campo traviesa y a carrera tendida en pos del camino real para salir de la maldita finca.
—i Collón! i Desgraciado! —cla- maba Bolaños procurando seguir- le— i Pobre de ti si caes en mis manos!
Pero jqué había de caer! Volaba como una saeta y cortaba camino como un venado, como que conocía al palmo todo aquel terreno, y cru- zando profundos cárcavos, charcos, arroyos y atascaderos, levantaba a su paso grandes cortinas de transpa- rente agua, que se desplegaban por la atmósfera como láminas de cris- tal. Y a cada momento se ponía a más considerable distancia del gru- po, astutamente ayudado por la es- tudiada impotencia de los caporales, de quienes era querido; los cuales, so pretexto de torpeza y aturdimien- to, dirigían de tal suerte y con tan- ta confusión sus caballos, que fue imposible a Bolaños perseguir por sí mismo a Poli. Cuando logró al fin desembarazarse de tan molestos obs- táculos y echar a correr por la atas- cosa llanura, era ya demasiado tar- de, pues Poli había ganado sobre él muy notable ventaja, y se había in- ternado por un bosquecillo de hui- zaches, que a no muy corta distancia del puente estaba. Visto lo cual, lle- no de despecho se limitó a gritar con acento de fiera:
—»Detengan al juilón! ¡Agárren- le! i agárrenle! —mientras él, por temor de estropear su caballo fino, iba buscando los pasos más seguros y fáciles.
Fingieron los caporales gran devo- ción a su amo, y se pusieron en apa- rente y febril actividad; pero des- empeñaban su papel de mala gana.
Deteníanse a cada paso, se disper- saban y dejaban el camino so pre- texto de cortar la retirada al fugi- tivo, y no hacían nada de provecho.
Sólo Ufemio tomó la tarea por lo serio, y emprendió el alcance con de- terminación: y como era nativo de la finca y se sabía de memoria todas sus entradas y salidas, echó a andar por cierta vereda poco transitada, que le era familiar, y llegó pronto al huizachal, donde también se perdió, como se había perdido Policarpo.
Lo que pasó en el seno del bos- quecillo, nadie lo supo nunca; lo único que pudo verse, fue tornar de aquel rumbo a Ufemio, no mu- cho rato después, rota una ala del sombrero, como si se la hubiesen ta- jado con navaja de barbero, y cho- rreando sangre de un hombro, don- de había recibido un puntazo.
Los caporales fueron a su vez vol- viendo riendas atrás, uno tras otro, asegurando haberles sido imposible detener a Policarpo, que iba dispa- rado como una centella o como alma que se lleva el diablo. Así que no hubo más remedio, que ver cómo se obtenía la detención de Samartín de alguna otra manera, ya que aquella era infructuosa.
—¡Álgame el Niño Dios! —decía uno de los caporales a sus compañe- ros por lo bajo—. i Cuan endemoña- do está el amo! ¡Parece que ha co- mido yerba!
—Onde coja a don Poli —decía otro, no le deja ni los güesos.
—Pero ¡qué lo ha de agarrar!
—decía otro—. Si conoce estos an- durriales más mejor que el mesmo don Cheno.
Hecho un basilisco, como era de rúbrica, volvió a su casa el hacen-
dado. La primera medida que tomó luego de llegado, fue la de hablar por teléfono a Isota y comunicar instrucciones severísimas para la in- mediata captura del sirviente, "por ser sujeto peligrosísimo, que acaba- ba, horas antes, de amenazar de pa- labra y a mano armada al que daba la orden, y de acometer y herir a uno de los mozos de San Víctor".
Recibida la requisitoria por el se- cretario Alcocer, en lugar de ejecu- tarla, se valió de su tenor y espíritu para pronunciar feroces invectivas contra Bolaños, de quien dijo ser uno de los peores caciques del Es- tado, y del número de aquellos a quienes la revolución debía meter en orden, imponiéndoles severos casti- gos y apoderándose de sus terrenos para fraccionarlos y dividirlos entre sus víctimas o las familias de ellas.
Cheno, por su parte, no se dormía sobre las pajas, y ponía en movi- miento y actividad no sólo a toda su gente, sino también a los guar- das rurales que el Gobernador le había enviado, para que siguiesen la pista y aprehendiesen al insolente y desmandado viejo, que le había ul- trajado y amagado delante de los mozos, sembrando con su aviesa ac- titud, la semilla de la insubordina- ción en aquella dócil y resignada grey de su finca. Pero ahora, como la vez anterior, se vio burlado en sus vengativos designios por sus pro-
pios mozos, que no hicieron más que cubrir las apariencias, fingiendo se- guir las huellas del fugitivo, cuando en realidad no se ocuparon en eso.
Y por lo que ve a los guardas ru- rales, creyendo, y con razón, que aquel oficio no les era obligatorio, por ser destinado al servicio de un particular, y no del público, se limi- taron a hacer un paseo largo, tardo y flemático por las estancias de la finca, sin hallar lo que se les pedía, porque en realidad no lo iban bus- cando. Así fue, que, después de dos o tres días de inusitada agitación en la finca, y de mucho ir y venir de correos y de gente, paró todo en que se comprobase que, tanto la autoridad de Isota, como la guarni- ción y los sirvientes de San Víctor, eran absolutamente impotentes para aquel ojeo y aquella cacería huma- na, porque el perseguido centauro no pudo ser oído ni visto por nin- guna parte de la finca ni del muni- cipio. Por lo cual hubo de reducir- se Bolaños, mal de su grado, a dar estrictas y severas órdenes para que nadie en sus dominios ocultase a Samartín, ni aún siquiera hablase con él, si por acaso osaba presen- tarse, bajo penas de destitución y lanzamiento de San Víctor; y para que, en habiéndole a las manos, le capturasen los rancheros, seguros de ser bien remunerados por el servi- cio, si en las del amo le ponían.
CAPÍTULO XVIII