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CAPÍTULO XVIII

só fue en huir de aquella finca. Así fue que dijo a su esposa:

—¿Ya sabes, Tacha, lo que ha sucedido?

—i Cómo queres que lo sepa, si pa nada salgo de mi casa y no hablo con alma viviente!

—Pos es una cosa grandota, muy grandota.

—¿Cómo a modo de qué, Chema?

—Como a modo de que mi tío Po- licarpo no está ya en la hacienda.

—¡Cómo ansina!

—Como lo oyes, Tacha.

—¿Y se jué sin dicirnos siquera onde dejaba las llaves?

—¡Si no le dieron tiempo pa nada!

No se jué; lo echaron.

—¡Jesucristo! Pero ¿qué ha sido eso?

—Pos nada: que con motivo de la compostura de un puente de ramas, se hicieron de palabras el amo y mi tío, y como mi deudo no consiente que se le pare encima ni an siquera una mosca, y don Cheno es de ge- nio muy recio, se dijieron y se tor- naron, que porque sí, que porque no, y, como el amo quijo darle de azotes a mi tío, el viejo, que es muy hombre, sacó la espada y en nada estuvo que hubiera macheteado a don Cheno. ¡En tantito ansina nada más! Pero los caporales estuvieron prontos al quite, y no le dejaron li- bres los movimientos. Después, el amo sacó también el sable y ya se quería comer vivo a mi tío; pero los caporales sirvieron también de estorbo; y mi tío, viéndose perdido, porque él solo no podía contra to- dos juntos, se jué juyendo en juerza de la carrera, y en solamente Ufe- mio pudo alcanzarlo. Pero ansina le jué; porque mi tío por poco lo mata;

que si no corre tan recio, no le deja ni el canto de una uña. Dicen que cuando golvió al paraje onde esta- ban los demás, traiba la cara des- encajada y más descolorida que la de un caláver, con la meta del som- brero tajado de un machetazo, y un llegón en un hombro que, anque

no muy jondo, le jizo salir la colo- rada a borbotones.

—¡No me lo digas, Chema! —ex- clamó Tacha visiblemente alarmada.

—Como te lo estoy diciendo, Ta- cha; ansina pasó meramente. De suerte que mi tío anda agora juyen- do y como desterrado de la tierra.

Dicen que el amo, que es autoridá municipal, lo ha mandado eshortar por todo eso pa que lo traigan trin- cado codo con codo; y si llegan a dar con él, probecito de mi tío. ¡Es capaz hasta que lo ajusilen!

—Y nosotros ¡tan inocentes de todo! ¿Te acuerdas, que no una, sino munchas veces pensamos que qué le habría pasado a don Poli, que no había güelto a parecer por todito esto?

—Eso mesmo estaba yo reflejan- do esta mañana; que con razón no había venido otra vez a tomar los frijolitos con nosotros.

—¡Quera Dios y no lo vayan a agarrar, Chema!

—¡Dios lo quera, Tacha! A mí se me alfigura que no lo agarran, por- que la mera verdá que mi tío es muy prespicaz, tan vivo como un zanatè y más sentido y más ligero que un venado.

—Eso sí que es muncha verdá.

Guardó silencio el mozo por unos momentos y prosiguió luego:

—Oyes, Tacha ¿sabes lo que es- toy pensando?

—¡Cómo lo he de saber si no me lo dices!

—Pos que ya no sale bien que es- temos en San Vítor.

—¿Por qué, Chema?

—Porque la mera causa de nues- tra venida a esta finca jué mi tío;

él jué quen nos trujo; por él está- bamos aquí, y su sombra nos ampa- raba. Pero agora que anda de juida, ya no tenemos su sombra, y como el amo es tan desoluto (absoluto), ha de querer encajarse con nosotros

al vernos solos y sin proteición, ma- yormente cuando va a tenerme re- concomía por la pura razón de ser sobrino de mi tío.

—Puede que tengas razón, Chema.

—Dime francamente si te parece güeña la alvertencia.

—Me parece requête güeña.

—En tal caso, no hay más reme- dio que irnos también nosotros de juida.

—Pero ¿por qué de juida? ¿No juera más mejor decírselo claramen- te al amo? Al cabo tú eres muy li- bre pa ir de aquí pa allá a trabajar onde más mejor te cuadre.

—¡Cómo crees que le alzo pelo a don Cheno! Me dice el corazón que si voy a despedirme de él, se pone como una pólvora, y, en vez de dejarme salir, me manda a un troje preso.

—i Juera capaz el ingrato! —ex- clamó Tacha pensativa.

—Yo lo rigulo ansina. De suerte que, como dice el dicho: "mientras más siguro, más marrado". Es más mejor que nos vayamos de aquí sin decírselo a naiden y sin que naiden nos sienta.

—Pos ya verás.

—Eso es lo que incuentro mejor.

De suerte que te arreglas lo más mejor que puedas, y esta mesma no- che nos vamos.

—Y ¿qué hacemos con nuestros tiliches (ropa de uso)?

—Haces unos tambachis (líos) con nuestros trapos, y nos los lleva- mos cargando.

—¿Y nuestro homenaje (mena- je), y el baúl y los trastes? ¿Qué hacemos con todo eso?

—Todito eso lo dejamos aquí como cosa perdida; vale más ansi- na, que quedarnos por causa de los palos viejos y de los tepalcates (ca- charros) .

—Güeno; pero tantito después me mercas otros nuevos.

—Te merco otros muncho más mejores; por eso no tengas cuidado, Tacha.

—Pos entonces, voy a comenzar desde luego a acomodar nuestras cosas.

—Ansina será güeno. En el en- tretanto, voy a dar pienso y agua

a los caballos, pa que no sufran los animalitos. ¡Qué culpa tienen ellos de estos mitotes! Por ahi ando en las caballerizas. Me hablas si pa algo me has menester.

—Güeno, Chema, dende aquí te ando mirando.

Y en efecto, pasado el diálogo an- terior, Tacha se consagró a acomo- dar sus prendas de ropa y las de su marido en dos no muy grandes líos, formados con las frazadas de sus ca- mas, mientras Chema cumplía con particular esmero los deberes de su oficio, a fin de no dejar mala me- moria de él, y de que nadie fuera a decir que se había ido porque no sabía trabajar. Al oscurecer, todo estaba ya dispuesto para la marcha;

mas, para mayor seguridad, convi- nieron los esposos en no empren- derla sino después del toque de que- da, que en la hacienda se daba a las nueve de la noche. Así se obten- dría la ventaja de que los caballos quedarían cenados y con las camas hechas, y que la cuadrilla estaría en- tregada al sueño.

Sonaron al fin las campanadas, y pocos momentos después, salieron de su casa Tacha y Chema, vestidos con sus trajes de viaje, que eran los más viejos que tenían, y llevando cada uno de ellos, una maleta a la espalda. Abrieron sigilosamente la puerta, cerráronla después con sua- vidad, y en seguida tomaron la di- rección del campo, para no pasar por la cuadrilla, ni alarmar a los perros, que podrían denunciarlos.

Por aquel camino, saldrían desde luego a un potrero, y de allí, saltan- do o derrumbando cercas, podrían llegar al camino de Isota.

Todos dormían. En la finca no se oía ningún ruido, y sólo de tiempo en tiempo, resonaba el ladrido le- jano de algún can; así que la pareja pudo deslizarse sin ser sentida.

Como la puerta de campo se cerra- ba por dentro, fácilmente pudo abrirla Chema, descorriendo con precaución los pasadores de fierro que le daban seguridad; y, una vez

en el potrero, cerró tras sí el mozo honradamente la puerta lo mejor que pudo, para evitar que fuesen a escaparse los caballos.

Todo fue bien hasta llegar a la salida exterior del potrero, la cual estaba asegurada por una barrera de gruesas trancas, que de uno a otro lado se tendían, apoyando las cabe- zas en redondos agujeros abiertos en un par de sólidos postes clavados junto al vallado de piedra. Tacha encontró difícil subir por aquellos troncos horizontales, y fue preciso que Chema la ayudase; todo lo cual hizo perder algún tiempo a los pró- fugos, y, sobre todo, produjo algún ruido, aunque leve, por el crujir del maderamen. Esto dio ocasión a que se despertase el perro de un jacal próximo, y a que se pusiese alerta el portero. Era éste un viejo cancer- bero de pelo en pecho, que había sido apostado ahí, en compañía de su rifle y de algunos hombres arma- dos, para evitar toda sorpresa de po- líticos o bandidos a la ranchería. A medio vestir salió del jacal, con el arma al brazo, y, en viendo aquellos dos bultos en actitud de saltar las trancas, gritó:

—¿Quén anda por ahi? ¿Qué gente?

—¡No tire, don Bartolo! —contes^- tó el mancebo—. Sernos nosotros, gente güeña.

—¿Eres tú, Chema, el caballe- rango? —preguntó el portero.

—El mesmo, don Bartolo, y tam- bién Tacha mi mujer, que me viene acompañando.

—¿Pos qué andas haciendo por acá, brincando las trancas? —volvió a preguntar el guardián—. ¿Y an más todavía, después de sonada la queda? Yo creiba que eran los aman- tes de lo ajeno.

—Pos nada de eso, ya nos mira, don Bartolo —insistió el caballeran- go—; arrímese bien pa que nos de- sanime las caras.

Acercóse el portero, y reconoció luego a la pareja, a la escasa luz de las estrellas.

—Pos eso es lo que me almira

—objetó—, que siendo ustedes, que no tienen pa qué hacerse los miste- riosos, queran salir de la hacienda de esta manera.

—Las cercustancias nos obligan a hacerlo ansina, don Bartolo. ¿No vido cómo le jué a mi tío Policar-

pio con el amo? —explicó Che- ma—. ¿A qué me quedo yo aquí?

¿A que me pase lo mesmo?

—Tú no eres malcriado como don Poli, y no te pasará nada de eso

—afirmó el viejo.

—Como quera que sea, ya no es mi volunta el seguir en la finca, y por eso mesmo nos vamos Tacha y yo. Ansina es que, con la venia de u s t é . . . —continuó el mozo.

Y tanto él como Tacha, se dispo- nían a seguir la marcha.

—Yo no te lo puedo premitir —re- puso Bartolo—. Pos entonces ¿pa qué sirvo? El amo me dijo: "Mira, Bartolo, tú te quedas encargado del cuido de esta puerta, y no me dejas pasar por aquí ni ansiquera una mosca"; y como soy un criado, tengo que cumplir las órdenes que me ha d a d o . . . Lo único que puedo hacer por ti, es poner el caso en conocen- cia del amo, y si él me dice que está bien, entonces, ni quen chiste; yo mesmo te ayudaré pa que puedas salir del potrero.

Antes de que Chema pudiese re- plicar, Bartolo hizo salir del jacal a uno de sus compañeros, y le man- dó a la hacienda a decir a Bolaños lo que pasaba, y a recibir órdenes sobre lo que tenía que hacer con aquellos muchachos. Cheno estaba despierto todavía, según se podía ver por la luz que salía de las abiertas ventanas de su casa; así que, no tardó en volver el enviado.

—¡Media güelta pa atrás! —gritó al aproximarse al grupo—. De orden deí patrón, que la familia se de- güelva a su casa, y que vaya Chema a hablar con él.

Preciso fue obedecer, pues a no haberlo hecho de grado, hubiéra°e encargado la fuerza de llevar a eje-

cución lo dispuesto; así que Chema y su esposa desanduvieron el cami- no que con tanto misterio acababan de recorrer, y, habiendo entrado la joven en su casa, continuó el man- cebo, en compañía de uno de los guardas, hacia la del amo. Iba Che- ma cabizbajo y cariacontecido, y con más miedo del que era necesa- rio, porque se le figuraba que Bo- laños le maltrataría de palabra y obra: pero ¡qué hacer! Como sir- viente, y mientras no se separara de San Víctor, tenía que ser sumiso y obediente.

Quedó Tacha muy inquieta asi- mismo, por lo que a su esposo pu- diese acontecer, y no cesaba de aso- marse a la puerta para ver si volvía, y así estuvo largo rato, hasta que, pasadas las diez de la noche, que ella contó al sonar la campana del reloj de la hacienda, vio a Chema tornar de la entrevista, ni demasiado mohino, ni maltrecho, sino mostran- do alguna serenidad en el semblante.

—¿Qui hubo, pues? —preguntóle Tacha, en cuanto llegó—. ¿Cómo te jué con el amo?

—No tan mal como lo creiba, Ta- cha —repuso Chema—, ¿lo creerás?

Como don Cheno tiene el genio tan recio, iba aprevenido a que me pu- siera por los suelos y hasta a que me diera de guantadas (bofetones)

¡pero no jué ansina por mi güeña suerte!

—Pos ¿qué jué lo que pasó?

Anda, cuéntamelo.

—Pos nada. En cuanto que llegué, lo jallé dando güeltas en el corre- dor de adentro, con las manos co- gidas por detrás, y me dijo al mo- mento de mirarme: "Hombre, Che- ma, ¿con que te querías juir de San Vítor?" Yo ni modo de negarlo, por- que él tenía la conocencia de lo su- cedido, y más mejor tomé el par- tido de callarme. Entonces él golvió a dicirme: "Pero, hombre, ¿por qué te querías ir tan presto? ¿Qué te he jecho yo pa que me dejes ansina?"

Yo no jallaba qué dicirle, porque no podía reclararle la mera pelada

(la verdad) y no tuve más remedio que soltarle una mentira. "Pos amo, le respondí, la mera verdá, no estoy a gusto en la hacienda, porque el trabajo es muncho y el salario muy corto." Entonces me respondió:

"Pos en siendo ansina, ¿por qué no me lo habías dicho? Pa algo ha de servir la lengua." Y yo le respondí:

"Pos, señor amo, porque me daba vergüenza con su mercé esegirle más juerte salario." Y aluego él me re- plicó: "Pos en ese presupuesto, no es menester que te vayas, ni menos saltando las trancas como los aman- tes de lo ajeno; quédate y te daré un sueldo más mejor. Ya veremos cómo arreglamos eso." Y se quedó reflejando y dando güeltas, en mien- tras yo esperaba su resolución fin de un largo rato de espera, me echó una güeña jalada (un buen re- gaño) , pa qué he de dicir otra cosa;

pero no tan juerte como yo creiba que me la iba a dar, y se soltón dán- dome consejos, pa que no golviera a dejarme llevar por la ventolera de mi locura, y me ofreció munchas cosas güeñas, que ya veremos si sabe cumplir como los hombres, o si no las cumple. Y en cuanto oyó que daban las diez, me dijo: "Ora sí, Chema, ya es hora de que te güelvas a tu casa, porque Tacha ha de te- ner muncho cuidado por ti." Y an- sina jué como me despedí y me vine pa cá.

—¿Y nadita que te dijo de don Poli? —interrogó la esposa.

—Nadita, ni an siquera llegó a dicir su nombre en todo el tiem- po que estuvimos juntos —repuso Chema.

—Ansina es de que no te hace responsable de nada de lo que hizo tu tío.

—Ansina parece —repuso Chema.

—Pos entonces no tenemos de qué quejarnos; lo único malo es la prie- sa que nos dimos pa salir de aquí

—agregó Tacha—. Y todo ¿pa qué?

Pa quedarnos lo mesmo que enantes.

—¡Y el susto que nos dio don Bartolo cuando nos atajó en el po-

trero, apuntándonos con el rifle!

—murmuró el mozo.

Tacha sonrió pensando en la ti- midez de su marido y repuso:

—Pos el miedo tú lo tendrías; lo que soy yo, nadita que llegué a sen- tirlo.

—Es porque eres mujer —obser- vó el marido—, y bien sabías que a ti no te habían de dar un plomazo.

Pero como soy hombre, a mí sí me hubieran podido descerrajar uno en la chapa del alma o darme una güe- ña macheteada.

Calló la joven, para no humillar a Chema, pero allá para su inte- rior, pensó que qué lástima que le hubiese tocado un marido tan me- tido en la concha y tan güeno pa nada.

CAPITULO XIX