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POLÍTICA DE CAMPANARIO

Comenzó a difundirse y derramar- se por aquel tiempo en el Sur de la República, en cuya comprensión estaba incluida la hacienda de San Víctor, la revolución llamada agra- ria, que poco tiempo después llegó a adquirir impulso formidable. Los oscuros e ignorantes agricultores que empuñaron las armas, movidos por las prédicas de algunos improvisa- dos tribunos, sostenían que los pue- blos habían sido despojados de sus aguas y ejidos, y los propietarios en pequeño, de sus partecillas de tie- rra, ora por gobiernos injustos, ora por influyentes personajes de la po-

lítica, o bien por grandes terrate- nientes que, usurpando las parcelas por medio de la violencia y la chi- cana, o comprándolas a vil precio, engañando a los pobres, habían lo- grado acaparar todo el territorio me- jicano. Pedía la insurrección, por lo mismo, que todo lo mal habido se restituyese a pueblos y particulares, y que, en adelante, no volviese a permitirse la repetición de aquella triste historia.

De lugar en lugar fue propagán- dose el movimiento por la región, como crecen las ondas circulares de los líquidos conmovidos por una pie- dra que cae, hasta que al fin no que- daron ciudad, pueblo, aldea ni cor- tijo que no participasen de la con- moción, ni dejasen de dar pábulo al descontento. Así fue como el pa- cífico villorrio llamado I sota, donde poder tan omnímodo ejercía nuestro conocido Juan Nepomuceno Bola- ños, comenzó bien pronto a entrar

en efervescencia. Allí, como en to-

das partes, había descontentos, y allí también, como en todas partes, fuego debajo de las cenizas. Aquel sordo malestar, aquella predisposi- ción a la protesta y a la rebeldía, no necesitaban más que un jefe, un corifeo, un guía para salir hacia afuera y ese elemento director apa- reció de súbito en el mismo cuerpo edilicio, movido y galvanizado por su inquieto secretario, el eternamen-

te descontento don Severiano Al- cocer. Indigestas lecturas de perió- dicos y novelas, conocimiento super- ficial de leyes y códigos y el cons- tante ejercicio de ciertas funciones comunales, habían exaltado loca- mente su fatuidad y soberbia, como ya lo hemos dicho en otro lugar.

Era el hombre que la causa había menester; la envidia y la ambición fueron los acicates que hicieron en- cabritar su espíritu.

Tuvieron por teatro sus arengas el salón de sesiones del ayuntamiento, adonde acudían a diario los muníci- pes con motivo de las diferentes co- misiones que desempeñaban. Allí era donde vociferaba el energúmeno dando explicación y desarrollo a sus ideas, que no eran tanto suyas como de los periódicos que en sus manos caían, y que él escudriñaba y apren- día casi de memoria.

Con su retórica vulgar y coja, de- jaba embobados a los buenos de los ediles, quienes jamás se habían pre- ocupado por analizar aquellos pro- blemas; y como el orador era osa- do y malgenioso, en tanto que los graves munícipes eran, por el con- trario, pacíficos y de no muy levan-

tado ánimo, fue creciendo insensi- blemente el influjo del tribuno so- bre aquel honorable cuerpo, hasta llegar a dominarle y llevarle a re- molque en pos de sí. En menos tiempo del que fuera dable imagi- nar, trocóse la sala edilicia, de tran- quilo y reposado lugar que había sido, en ruidoso caldero de activa y formidable ebullición, cuyos estre- mecimientos estrepitosos eran oídos por todo el pueblo. Solamente el Néstor de los ediles, el anciano don Ireneo de la Paz, no pudo ser arre- batado por aquella racha de desbor- dado entusiasmo, pues la frialdad de su sangre, el amor al sosiego y el profundo temor a lo desconocido que sentía, inducíanle a rechazar con terquedad todas esas novedades, preñadas, en su concepto, de tem- pestades y amenazas para la Repú- blica.

Alegaba don Ireneo no ser gene- rales, sino excepcionales y raros los casos de abusos medievales en las fincas, de esos a que don Severiano se refería, pues, aunque no podía negarse que algunos terratenientes pagasen miserables jornales a sus peones, los esquilmasen en las tien- das de raya y usurpasen inicuamen- te sus parcelas; era cierto asimis- mo, que la gran mayoría de los amos no observaba esa mala con- ducta, sino otra que no era censu- rable, y que aún había algunos, en- tre los cuales figuraba don Melchor Covarrubias, tan justos y piadosos con sus trabajadores, que, más que otra cosa, padres solícitos de sus sir- vientes parecían.

Tenía razón de sobra el señor de la Paz; distaba mucho de ser gene- ral y constante el mal que el tribu- no aparentaba combatir. La esclavi- tud de los peones, tan traída y lle- vada por el diabólico tribuno, no pasaba de ser una fábula, y la usur- pación de las parcelas no era tan co- mún que hubiese llegado a ser sis- tema general. Las demasías cometi- das por algunos hacendados, ya en las personas, ya en las cosas, podían

tener remedio en la ley, que las con- denaba y perseguía, y para eso no se necesitaba una revolución. Alco- cer lo sabía mejor que nadie; pero como lo que buscaba no era el bien- estar de los desheredados ni el triun- fo de la justicia, sino su encumbra- miento y auge personales, convertía en cosa absoluta la que era relativa, abultaba los hechos, inventaba histo- rias espeluznantes, y no cesaba de excitar las pasiones de la infeliz e ignorante clase trabajadora, para convertirla en muchedumbre ciega y rabiosa, que todo lo hollase y des- truyese, capital, edificios y semen- teras, hasta trocar el territorio en campo cubierto de escombros y de- solación. Sobre un montón de ruinas meditaba sentar su dominio. No todo perecería; él sabría encontrar los te- soros ocultos entre las cenizas.

Pero un loco hace ciento. No eran perversos los ediles, pero sí analfa- betos y vulgares; no podían anali- zar las ideas ni aquilatar los hechos;

dejábanse deslumhrar por el brillo de las palabras, y en medio de la hojarasca de los discursos que pro- nunciaba el maestro de escuela, no sabían separar el grano de la paja.

Así que, aturdidos y encandilados por tantos relámpagos y truenos, tor- náronse en manada de borregos; y seguían humildes, pero rabiosos, a su enardecido y pérfido pastor.

Tornóse así, bajo aquella influen- cia nefasta, el pacífico ayuntamien- to de Isota, en foco de activa cons- piración y belicosa asonada; y como no hay cosa más trasmisible que las llamas, el fuego que inflamaba a aquella inconsciente agrupación, fue extendiéndose por los alrededores, hasta llegar lejos, muy lejos, tanto, que los mismos autores de la confla- gración no podían ni siquiera sos- pechar hasta dónde se había exten- dido su desastroso imperio.

Pronto hubo clubes, reuniones pú- blicas y activa propaganda en el pueblo; y era don Severiano quien de continuo figuraba a la cabeza de esas manifestaciones, unas veces

como presidente de los mítines, otras como secretario de las sesiones y casi siempre como orador indispen- sable de aquellas alargadas semíco- munistas.

El efecto inmediato de esa racha de rebeldía, fue el de amenguar de considerable manera el influjo de Bó- tenos sobre el ayuntamiento, y de crear serias dificultades al hacenda- do para el desarrollo de sus acos- tumbrados planes. Mas, aunque la metamorfosis causó molestia a Che- no, no le alarmó por entonces, o, al menos, no tanto como hubiera sido de suponer, porque, engolfado en el manejo de sus intereses e in- fatuado por los halagos de sus adu- ladores, que aun en aquellas cir- cunstancias no le faltaban, diose a pensar que el escándalo y el albo- roto que por la aldea iban cundien- do, carecían de raíz y consistencia, y no habrían de pasar de lo que en- tonces eran, novedades al uso, bue- nas para embobar a los tontos y para divertir a los holgazanes.

Con todo, como a compás de aquel movimiento de ideas, más o menos bien comprendidas, y de aquellos alardes callejeros de demo- cracia, habían comenzado a apare- cer algunas partidas de gente arma- da en los términos del municipio, estimó prudente Bolaños prepararse de algún modo para hacer frente a cualquiera sorpresa de malquerien- tes; por lo que escribió extensa car- ta al Gobernador del Estado pidién-

dole protección para su finca, la cual protección debía consistir principal- mente, en el envío de una pequeña escolta, que sirviese de núcleo a la considerable fuerza que con sus mo- zos comenzó luego a levantar, y que armó y municionó por su propia cuenta. El Gobernador, que era su amigo, fue deferente a su indicación, y puso a sus órdenes un corto nú- mero de guardias rurales, con un sargento a la cabeza; y llevó su de- ferencia hasta el punto de remitirle, además de ese contingente, un nom- bramiento de jefe de la seguridad pública en todo lo que abarcaba la comprensión política de I sota. Por este medio vino a ser Cheno un ver- dadero dictador en aquel pequeño territorio, pues no había asunto de importancia en que no metiese la mano, ya fuese del orden civil, o del militar, o de la delincuencia.

Porque es de advertir que, si su pre- dominio en el ayuntamiento iba de capa caída, sucedía ello sólo por insensible gradación; y muy lejos es- taban sus antiguos subordinados de plantársele en frente, y a cara des- cubierta, en son de amenaza o desa- fío, pues todo lo hacían a sus espal- das, tímidamente, y con bastante hi- pocresía y disimulo. Los jueces del pueblo, que eran alcaldes de elec- ción pseudopopular, manteníanse mansos y obedientes hasta entonces, pues el contagio de la insubordina- ción no había llegado todavía hasta su encumbrada esfera.

CAPÍTULO XVII