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En la casita de Chema había ha- bido entretanto una tempestad en un vaso de agua. El pobre muchacho, incapaz de habérselas con Bolaños, mostrábase iracundo con la esposa, que no le inspiraba miedo.

—¿Ya lo ves? ¿Ya lo ves? —pre- guntaba a Tacha con cólera.

—¿Qués lo que he de mirar, Che- ma? —interrogaba ella a su turno.

—¡Quihá de ser! Pos las grose- rías del amo, ipos qué otra cosa!

—repuso el caballerango.

—La mera verdá que es rete des- considerado el señor; pero de eso yo no soy culpante.

—¡Quén sabe si lo serás! Algo habrá mirado en ti, que le da tanto valor pa meterse contigo.

—Nada puede haber mirado, por- que apenas nos hemos conocido.

—Pero le habrás hecho ojitos ale- gres como al amo de la Sandijuela.

En primero, ni an siquera reparaba en ti; pero después, como tú eras tan fisgona con él, y aluego de la nada te entraba la risa cuando es- tabas en su presiencia, como si te hubieran hecho cosquillas. Y yo

bien que te dicía "¡estate quieta, Tacha!, ¡estate quieta!" Pero nada, dale que dale, a seguir con la mes- ma porfía, hasta que te saliste con la tuya, y comenzó aquel viejo con su necedá, y me obligó a salir de su casa. Y todo por culpa tuya.

—Como Dios está en el cielo, que me estás levantando falsos testimo- ños. ¡Pa qué había yo de querer a aquel viejo barbas de chivo! Lo que viene sucediendo es que tú jallas malo todo cuanto yo hago, y te eno-

jas porque me río, como si juera cosa de mi volunta el rirme o no rirme. Yo me ría de mirarlo tan fiero.

—Pero él creyó que te rías con él, y después ya nos andaba con sus malos modos... Lo mesmo debe su- ceder en esta finca; me afiguro que algo ha mirado en ti el amo, al ser tan atrevido y tan liviano de luego a luego.

—Por estas cruces —repuso Ta- cha con toda formalidad— que no he dado motivo al amo pa que nos tenga tan poca consideración.

Y al decir esto, juntaba las dos manos, cruzando los levantados de- dos de ambas, incluso los dos pul- gares, como para multiplicar el nú- mero de las cruces con que se san- tigua el cristiano. Hecho esto, se besó los pulgares con estrépito.

Aquella especie de juramento pa- reció hacer fuerte impresión en el ánimo del mancebo; porque calló de pronto, y a poco siguió diciendo con acento más reposado:

—¡Pos allá te lo jaya, Tacha! Ya sabes que por ti me desvivo, y que me puedes matar cuando queras, sin necesidá de cuchillo ni de yerbas.

Si no me queres, perfiero que me lleven al joyo.

—¡Cómo no te había de querer, Chema! ¡No seas tonto! Pos enton- ces ¿pa qué me casé contigo? Nai- den me puso cuchillos en el pes- cuezo pa obligarme a hacer lo que no era de mi gusto.

Y al decir esto, la guapísima tri- gueña abrazó a su marido con gran- de arrebato, y le propinó en los fia-

cos brazos una tempestad de achu- chones con sus robustas y febriles manecitas. Con esto quedó comple- tamente desarmado el caballerango que, dispuesto a responder genero- samente a aquellas demostraciones amorosas, dio a la joven un cente- nar de apasionados besos en las ro- tundas, frescas y sonrojadas meji- llas. Mas no por eso se olvidaba de sus recelos, pues por cada caricia dada o recibida, murmuraba:

—Está bueno, Tacha, muncho que te lo agradezco; pero ¿me prome- tes ser muy seria y recogida con el amo?

—Te lo prometo, Chema.

—¿Y no darte nunca jilo con él?

—Eso sí que no; ni en un jamás me daré jilo.

—Ansina estaremos contentos los dos, y yo sin tener el Jesús en la boca.

Un ruido que se oyó a la puerta, interrumpió el amoroso coloquio de los dos jóvenes. Era Policarpo que llegaba a saludarlos.

—Ave María Purísima —dijo al entrar.

—Sin pecado original concebida

—respondieron él y ella con tono compungido.

—Vengo a saludarlos en su casa nueva, y a ver si queren darme un taco, porque an no apruebo nen- gún alimento.

—Si se anima a pasar un mal día

—dijo Tacha—, pa nosotros será muncho gusto.

—¿Pos no miras que me estoy convidando solo? —repuso Poli.

—Pos entonces con su licencia, don Poli, voy a darle guerra a la comida. Dejé en la lumbre el jarro de los frijoles; no sea que se vayan a quemar y entonces sí que nos lu- cimos.

—Sí, anda a tus quihaceres, Ta- cha —volvió a decir el administra- dor—. En mientras vas y vienes, departiremos Chema y yo.

Con esto pasó Tacha al interior de la casa. A poco se oyó chillar la cazuela de la manteca donde freía

los frijoles, y se percibió ruido de trastes removidos y el ir y venir de la muchacha de una a otra parte de la cocina.

Entretanto quedaron Poli y Che- ma hablando en la intimidad, y el sobrino contó al tío todo lo ocurri- do con el amo, sin omitir ningún detalle. Poli, que aunque pasaba de los cincuenta años, conservaba to- dos los bríos de la juventud, se puso como veneno al oír el relato, y juró y perjuró que en aquella ocasión no habría de hacer don Cheno de las suyas, y que habría de saber con quién trataba, distinguiendo a los hombres de bien de los sinvergüen- zas a quienes había comprado. Y que, en último análisis, ahí estaban los dos, Chema y él, para defender la buena fama de la familia, no con palabras al aire, sino a lo hombre y con acciones en toda regla.

Aún no terminaba la conversa- ción, cuando se oyó en el corral ruido de ruedas, el cual cesó frente a la casa. A poco llamaron a la puerta. Chema salió a abrirla y vio que era el carro que había servido para la mudanza, que venía carga- do con media docena de sillas aus- tríacas, un canapé, un tocador con luna fina, un ropero y algunas otras cosas de menor importancia.

—¿Qué es eso? —preguntó Che- ma.

—El amo don Cheno —respondió el conductor— envía todito esto, dizque pa doña Tacha.

En cuanto oyó Poli aquellas ra- zones, salió disparado al zaguán, y, con el rostro desfigurado por la có- lera, dijo al recién llegado:

—Tacha no recibe osequios ni empréstames de naiden, amigo.

—Óigame, don Poli, todo eso será muy güeno, pero yo tengo que obe- decer al amo.

—Pero no aquí, canastos; anda, métete en otra casa.

—No, don Poli, tiene que ser aquí mesmo.

—Pos aquí no entriegas nada, ca- bezón.

—¿Por qué no, don Poli?

—Porque yo no lo premito.

—En tal caso, doy la güelta, por- que voy a ver lo que el amo dis- pone —resolvió el desconcertado carretero después de pensarlo un rato—. Ái se queda el carro con todo lo que traiba.

—Pos haz lo que mejor te cua- dre. Lo que es eso no entra en esta casa, mas que se junte el cielo con la tierra —repitió don Poli con tono agrio y colérico.

Con esto se marchó el sirviente rumbo a la casa del amo. Estuvo lista a poco la comida y toda la fa- milia sentóse en torno de la mesa.

Tacha estaba apurada por haber guisado mal; Poli se mostraba pen- sativo y de mal humor; Chema, des- colorido y azorado, no hablaba casi, pensando en las consecuencias del grave hecho que acababa de pasar.

En un momento concluyó la co- lación: un plato hondo de caldo, que los comensales aderezaron con chile, limón y tajaditas de plátano;

carne cocida con salsa de chile, arroz y garbanzos; frijoles refritos en abundante manteca, con más sal- sa de chile y tortillas calientes; mul- tiplicados jarros de agua para tem- plar el escozor causado por el pi- cante a j í . . . Y eso fue todo.

Tardó en volver el carretero; pero al fin tornó a presentarse en esce- na, y llamó de nuevo a la puerta.

Y como la vez anterior, salieron a recibirle tío y sobrino.

—¿Quihubo, pues? —preguntóle Poli al mostrarse—. ¿Qué jue lo que te dijo el amo?

—Don Poli, el que es mandado, no es culpado —repuso el conduc- tor—. ¿Quere que le diga la mera verdá?

—Dime la mera pelada, ya sabes que yo pa nada me arrugo —repu- so el administrador con rostro ceji- junto.

—Pos me dijo que le dijiera a su mercé, que usté pa nada tenía que ver en todito esto, y que no se an- duviera metiendo en lo que no le

importaba; ansina me lo dijo, y que la única que tenía que dicir era doña Tacha. Y que si ella me dicía que dejara aquí esos palos, los des- cargara aunque juera en el corral; y que si ella me dicía que no, que entonces me los llevara pa allá de nueva cuenta.

Tacha, que estaba pendiente del diálogo y oyó la respuesta del ca- rretero, salió también, y un tanto emocionada por lo inusitado del caso, dijo al sirviente:

—Hágame la gracia de dicir al amo, que muncho que le estimo el osequio; pero que de nada de eso he menester, porque, a lo probe, todo lo tengo en mi casa.

—¿Ansina es que güelvo a car- gar con todo el menaje? —pregun- tó el criado aturdido.

—Ansina mesmo —repuso la jo- ven con energía—. Pa nada necesi- to esos palos viejos; lléveselos lue- go, luego.

Chema y Poli callaban, compla- cidos al oír la resolución de Tacha;

el carretero dudó todavía, se quitó el ancho sombrero, se rascó la al- borotada pelambrera, primero con una mano y luego con la otra, hasta que al fin, viendo que el caso no tenía remedio, tomó la resolución única que le quedaba.

—Pos en siendo ansina —dijo—, no tengo otra cosa que hacer, más que desandar el camino andado, y con la venia de ustedes, me de- güelvo por onde mesmo vine.

—Eso será lo más mejor —dijo Poli—; ansina mesmo debes ha- cerlo.

Y volviendo atrás él y sus sobri- nos, cerraron la puerta con estrépi- to, y tomaron asiento de nuevo para comentar los acontecimientos; mien- tras, el carro se alejaba, y llega- ban a la sala los rumores de las rue- das y del trote de la muía.

Y en tanto que el conductor gri- taba a la bestia jarre!, ¡arre!, Che- ma temblaba de temor y decía:

—¿Y agora qué hacemos, tío?

Tacha, ¿qué hacemos?, ¿qué nos irá a suceder?

—Que se haga la volunta de Dios

—repuso la joven—; no nos queda más agarradera que ésa.

—No tengas miedo, Chema, no seas collón —añadió Poli.

—Pero ¡si es tan recio el amo, que hasta es capaz que nos ajusile!

—Pos si nos ajusila, que nos aju-

sile; sernos dos hombres pa respon- der el cargo, yo y tú. ¿No es an- sina? —prosiguió el tío.

Chema no objetó nada, porque también temía a Poli; pero Tacha se dijo para sus adentros, mirando a su marido con ojos desconsola- dos:

—No son dos hombres, sino uno solo.

C A P Í T U L O XIII