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No obstante, algo tenía que ha- cer, eso sí, pensaba el caballeran- go, aunque no fuese tan tremendo como derramar sangre, porque era justo castigar de algún modo a quien

tan indecible mal le había hecho.

Y pasó el día dominado por aque- lla idea, de que algo tenía que ha- cer, pero sin encontrar el medio de realizarlo.

Y siguió pensando, p e n s a n d o . . . hasta que al fin, al oscurecer, se fijó en algo concreto, en un medio cierto y preciso de obtener su des- quite. Este medio no se parecía a ninguno de los indicados por su tío, pero era requête güeno. He aquí su proyecto: don Cheno quería mucho al Ali, era su lujo, su orgullo, se mi- raba en é l . . . Pues ahí había que asestar el golpe. Así no habría efu- sión de sangre, ni crimen, que era lo que le repugnaba, o al menos, si lo había, no llegaba a cosa m a y o r . . . Porque un animal es un animal, y va mucha diferencia de un animal a un cristiano.

Por otra parte, aquel potro sober- bio, que un paladín hubiera envi-

diado para entrar caballero sobre sus lomos, bajo los arcos de triun- fo de una ciudad conquistada, esta- ba en sus manos, le tenía en su po- der, y podía hacer de él lo que le pluguiese, sin que nadie lo sospe- chase. El toque estaba en valerse de un medio seguro y oculto, para que la verdad no apareciera, ni hu- biera quien la sospechara.. . Pero eso ya sabía Chema perfectamente cómo había de hacerlo, porque era del oficio, y conocía lo que favore-

cía y lo que dañaba la salud de las bestias caballares.

Una vez adoptado aquel modo tí- mido e indirecto de agresión, se aprestó a ponerlo por obra con apre- suramiento casi febril.

Y aquella misma noche, al exten- der por los pesebres la cena de los caballos, cuidó de dejar en el del Ali, una buena porción de alfalfa entera, en varas y sin picar, para que, comida en aquella forma, cau- sase mortal efecto en el intestino de la bestia. Colocó pues, las varas in- tactas en la superficie del pienso, y por debajo de ellas, a manera de cebo, alfalfa cuidadosamente hecha trocitos, y no se separó del lugar hasta que vio al noble bruto mascu- llar y tragar como pudo, aquel disi- mulado veneno. Después hizo des- aparecer cuidadosamente los restos de los varejones enteros que habían quedado, para que el Ali siguiese comiendo la hierba bien picada, y fuesen las sobras de ella, las únicas que se viesen en el fondo del pese- bre. Y todo lo ejecutó con tanta cautela y maestría, que Melquíades mismo, su ayudante, en vez de darse cuenta de la mala obra ejecutada, se la dio únicamente, de que Chema todo lo había hecho aquel día tan bien y tan concienzudamente como de costumbre.

Luego quedó Chema en espera de los sucesos, lleno de sobresalto; y no se acostó, llegada la noche, sino sólo se metió en su casa, y estuvo con el oído atento a lo que pasase.

No se hizo esperar largo rato el resultado de la traidora maniobra;

porque es condición de los caballos finos, el ser por extremo delicados, y más cuando son tratados con el regalo con que el Ali hasta enton- ces lo había sido; de suerte que, aún no serían las diez, cuando co- menzó a oír el caballerango los pri- meros síntomas de la enfermedad del caballo: grande intranquilidad, fuertes resoplidos y golpes de pe- zuña contra el tabique de madera que le separaba del Regente. Púsose luego en pie y acudió a la caballe- riza, figurándose ya lo que pasaba;

y halló al Ali echado en el colchón de paja, quejumbroso y removién- dose lleno de malestar. La traidora hierba estaba produciendo sus efec- tos destructores.

En vista de eso, Chema, sin espe- rar otra cosa, se dirigió a la casa de la hacienda, a dar parte de lo que pasaba. Aún no se acostaba Cheno; ocupábase en aquél momen- to en tomar y recibir cuentas de Ta- cha, la cual se hallaba en el come- dor, sentada a la mesa con un cua- dernillo en la mano. La vista de aquel cuadro dio ánimo al joven para desempeñar bien su papel, y la ira que aquella intimidad le pro- dujo, comunicó a su fisonomía ras- gos tales de emoción, que parecie- ron de alarma sincera por la triste novedad que anunciaba.

—Señor amo —dijo al presentar- se—, vengo a dicir a su mercé que el Ali está muy malo.

—¡Cómo así! —exclamó Bolaños dando un salto en la silla—. ¡Ni me lo vuelvas a decir!

—Sí, señor amo, creo de mi de- ber el comunicárselo a tiempo, pa ver si su mercé jalla algún remedio.

—Pues ¿qué es lo que tiene?

—preguntó Bolaños.

—Pa mí que está atorzonado —re- puso Chema.

—No lo habrás cuidado bien

—objetó Chema iracundo.

—Lo mesmo que a una muchacha bonita —replicó el mozo.

—Entonces, ¿qué ha sucedido?

—volvió a preguntar el amo.

—Pos sólo Dios lo sabrá —repu- so el caballerango con acento de fingida inocencia.

—¡Vamos, vamos a ver lo que tiene! —gritó consternado Bolaños levantándose de la mesa con ner- viosa prisa.

Y juntamente con Chema se diri- gió al corral, encargando de paso al portero, despertase a Ufemio y a otros mozos entendidos en cosas de albeitería.

Continuaba el Ali siempre echa- do, intranquilo y dando resoplidos.

A la incierta luz de las velas de sebo que Chema había encendido, contempló Bolaños aquel triste cua- dro y meneó la cabeza con descon- suelo.

—Creo que has acertado —dijo a Chema—; este caballo tiene to- r o z ó n . . . Pero, ¿por qué? ¿le diste entera la alfalfa?

Y lanzó a Chema una mirada ful- minante.

—Pos venga su mercé a desenga- ñarse por sus mesmos ojos —dijo el mancebo trémulo de voz y manos.

Y condujo a Bolaños al pesebre, donde éste metió las ansiosas suyas para examinar escrupulosamente los restos del pienso.

—Es verdad —repuso desarma- do—; la hierba está bien picada.

Pero entonces, ¿cómo se explica?

—De siguro que en lo verde se jué alguna campamocha —repuso

Chema con aparente convicción.

—¡Quizás! —exclamó Bolaños fuera de sí—. ¡Qué desgracia, hom- bre, qué desgracia!

Pronto llegó Ufemio al corral con algunos rústicos expertos en albeite- ría, y luego a una voz diagnostica- ron todos, lo mismo que ya se ha- bía dicho, esto es, que el Ali es- taba atorzonado, y que el caso era de muerte.

En el acto dio principio el trata- miento largo y complicado que en tales casos se aplica. El infeliz cua- drúpedo tenía la panza muy infla- da ya, y a cada instante le crecía, como si fuese un globo, por lo cual,

lo primero que se intentó, fue ha- cerle arrojar los gases, azotándose-

la duramente con mojadas sogas, y, como aquella crueldad no dio más resultado que aumentar los su- frimientos de la bestia, se le obligó a ponerse en pie, mal de su grado, y, una vez sobre las cuatro patas, uno de los rancheros le quebró hue- vos con la mano, en el interior de la panza, arrollando para ello la manga de, la camisa hasta arriba del codo. Y visto que aquella medicina no fue eficaz tampoco, se apeló a grandes inyecciones de aceite de comer aplicadas por medio de un enorme aparato de hoja de lata«

No obstante, el estado del Ali empeoraba a cada momento, quería

echarse de nuevo,, llevaba el hoci- co bajo, como si no pudiese con la cabeza, y daba pujidos tan lasti- meros, que parecían ayes humanos.

—¡No hay que dejarlo echar!

—gritaban los peritos—. ¡A pasear- lo.' {A pasearlo sin descanso!

Y el moribundo Ali, con la pan- za enorme y untada de grasa, con el cuello caído, y sosteniéndose ape- nas sobre las piernas, andaba de un lado para otro, llevado del ron- zal por uno de los mozos. Así duró la fatiga larga, larguísimas horas, sin el menor favorable resultado, hasta que al fin, pasadas las tres de la mañana, dio la bestia un tras- pié, dobló las piernas, y cayó echa- da. Quisiéronla alzar los mozos, le- vantándola casi en peso; pero en lugar de ponerse en pie, acostóse de lado, alargó el cuello, abrió el hocico, ensanchó las narices, dio gemidos lastimeros, agitó las pezu- ñas en el aire, parpadeó dos o tres veces, estiró las cuatro patas, y que- dó inmóvil.

—¡Ya se murió! —dijo Ufemio cogiendo por las orejas la cabeza del Ali y levantándola para exami- narla—; ya no resuella.

Los mozos consternados, contem- plábanle puestos alrededor, y guar- daban silencio. Cheno tenía el ros- tro demudado.

—He perdido —dijo con tono las- timero—, la mejor joya que tenía en la hacienda; hubiera dado cinco mil pesos por salvarla.

Permaneció un rato suspenso y luego agregó:

—¡La mala suerte!, ¡qué se ha de hacer! Por fortuna me queda el Re- gente.

Y volviéndose a Chema, conti- nuó:

—¡De aquí en adelante, no sólo has de tener cuidado en picar bien la alfalfa, sino también en no per- mitir la presencia de las campamo- chas; antes que coman las bestias, examina la pastura. Es preciso que cobres experiencia.

—Así lo haré, señor amo, pierda su mercé cuidado —repuso el caba- llerango.

—Estoy tan triste —declaró Bo- laños—, como si hubiera perdido una persona de mi familia.

—Muncho que considero a su mercé —repuso Ufemio—; el ani- mal era muy precioso.

—No hay otro como él en todo el mundo —afirmó Cheno.

Ufemio se acercó al oído del amo y díjole:

—¿Su mercé no sospecha nada?

—¿De qué? —preguntó maqui- nalmente Bolaños.

—De Chema, señor amo, que haiga matado la bestia al propó- sito.

Cheno quedó un rato pensativo y lanzó al caballerango una mirada feroz; pero vio a Chema tan ruin, encogido y bueno para nada, que respondió con el mayor desprecio:

—No, Ufemio; si ése es un in- feliz. . .

En aquellos momentos sonaron disparos por el campo, a no grande distancia de la finca. El suceso se había hecho bastante común en los últimos días, pues diferentes bandas de pronunciados solían aparecer por el lomerío próximo o entre las ar- boledas del llano.

—Son los peladores de reses

—dijo Cheno—. A ver, vamos a dar-