Levantóse Cheno con el alba al día siguiente, y montó luego a caba- llo para recorrer los potreros del con- torno y ver cómo daban principio los trabajos matinales. Los maizales habían crecido que era un contento, y entre sus hojas verdes, angostas y largas, mirábanse colgar panojas enormes a razón de dos y hasta de tres por cada planta; en tanto que por la parte superior de los sembra- dos, columpiábanse las espigas en amarillas floraciones de largas y ás- peras puntas, semejantes a haces de agudas lanzas. Entre los surcos ha- bían crecido las calabaceras, cuyos rastreros tallos se extendían de una a otra hilera de la milpa, ornadas de grandes y verdes hojas de recor- tado contorno y flores enormes de pétalos amarillos, que abrían al sol sus recios botones ávidos de calor y de rocío. Las pardas alondras salían espantadas de su escondite en medio de la hojarasca, y alzaban el vuelo tan rectamente y con tan grande ím- petu por el espacio, que parecían re- dondos pedruzcos lanzados al vien- to por mano de robustos honderos.
Las codornices de alas minúsculas e impotentes para el vuelo, que anda- ban buscando granos e insectos en- tre las hojas y las plantas rastreras, corrían con ligereza, ayudadas por sus apéndices laterales, al escuchar el trote de las cabalgaduras, y des- aparecían prontamente en lo más es- peso de los sembrados.
Eligió Bolaños un redondo y ver- dinegro altozano, que se elevaba a un extremo de la llanura, para echar desde ahí una mirada de conjunto a
los extensos maizales que el viente- cilio de la mañana dulcemente me- cía, y que el sol desde el oriente te- ñía de brillantes y plácidos colores.
Ahora, lo mismo que la tarde ante- rior, oíase a lo lejos el bramido de los becerros; la voz de las vacas era de timbre tierno y maternal al con- testar al llamado de las crías, y de tiempo en tiempo rompía los aires el imponente mugido del toro que, elevando al cielo los gruesos y hú- medos belfos, aspiraba con delicia el aire matinal impregnado de fres- cura. No distaban de ahí largo tre- cho los establos, de suerte que el vocerío del ganado, de variado tim-
bre, llenaba el ambiente, a la vez que se miraba el ir y venir de los sirvientes al través de los caminos y veredas de que la llanura en todos sentidos estaba surcada. Así, al ra- yar el día, todo era esplendor, vida y trabajo por aquellas hermosas y fértiles campiñas.
Permaneció Bolaños buen espacio examinando el paisaje y siguiendo con ojo atento los movimientos de la servidumbre, y en su rostro ate- zado por el sol, dibujóse intensa ex- presión de contento. Después pen- só, sin duda, en otro género de asun- tos, porque, dirigiéndose al peón de estribo que a corta distancia se ha- llaba, hablóle de esta manera:
—Dime, Ufemio, ¿no distingues por todo eso al administrador?
—Se me figura que no hace nada que lo vide —repuso Ufemio—; iba saliendo de aquel mogote y como que se deregía a aquel ranchito de onde está saliendo la jumadera.
Y al responder así, enderezaba las piernas sobre los estribos para le- vantarse en alto, y señalaba con el brazo extendido cierto punto del pai- saje, no muy lejano de la loma.
—Entonces ha de estar en lo de Casimiro —observó don Cheno.
—Por allí mesmo, señor amo, que en esa mesma direición se jué yendo.
—Pon cuidado, y en cuanto le vuelvas a ver, llámale, porque le ne- cesito.
—Pierda su mercé cuidado, que ansina mesmo lo haré; por fortuna truje conmigo el cuerno. Con una güeña pitada que le dé, tiene lo su- ficiente; contimás que de aquí allá estamos de a tiro cercas.
Por precaución desató Ufemio el cuerno perforado que atado llevaba a las correas de la silla, y con él ya en la mano, aguardó buen rato sin perder de vista los jacales que con la diestra había designado. Al fin apareció el jinete atisbado por ese rumbo, empequeñecido por la distancia y seguido también por otro peón de estribo.
—Allí va el almenistrador, señor amo. ¿Lo mira su mercé? —dijo.
—Sí, le veo —repuso Cheno—, aunque no tengo tan buenos ojos como los tuyos.
Entretanto, aplicó Ufemio a los labios la punta perforada del cuer- no, y sopló con fuerza inflando bien los carrillos y poniéndose tan rojo, que parecía atacado de apoplejía; y sacó de aquel clarín primitivo, un sonido largo, quejumbroso y pe- netrante, que se difundió por la ex- tensa llanura. Descansó un rato;
pero no soltó el cuerno de la mano y siguió en observación.
—¡Pos crioque están sordos esos cristianos! —exclamó al ver que los jinetes no se paraban ni daban se- ñales de haber oído.
—I Pítales de nuevo, y con más fuerza! —ordenó Bolaños.
—Pos entonces, a ver si agora, antes que se metan en lo más jondo, contestó el mozo.
Y soplando de nuevo, arrancó al
cuerno otro alarido más bronco y dilatado que el anterior.
—Agora sí que la acertamos, se- ñor amo. ¿Destingue su mercé cómo ya arrendaron las bestias? —excla- mó Ufemio gozoso.
—No alcanzo a ver bien.
—Pero preste su mercé la oreja y verá que ya están contestando.
Y en efecto, la brisa que soplaba por aquella parte, trajo el sonido la- mentable de otro cuerno tocado a distancia.
—Sí, sí, ya oigo —dijo Bolaños—;
ahora hazles señas para que vengan.
—Olvidé en mi casa la cobija por salirme de priesa; pero se me afe- gura que alcanzarán a ver mi som- brero, si los llamo con él.
Y quitándoselo de la cabeza, le agitó por el aire, de arriba abajo repetidas veces. El ancho sombrero de palma, bajo el cual hubiera po- dido guarecerse de la intemperie toda una familia, fue visto sin duda por los dos lejanos jinetes, porque de ahí a poco gritó Ufemio gozoso:
—Ya me devisaron, señor amo.
Mírelos ¿no los destingue?
—Sí —repuso éste—; ya comienzo a distinguirlos.
Amo y criado permanecieron buen espacio con la vista fija en la empe- queñecida lejanía, sobre la cual iban gradualmente destacándose las figu- ras del administrador y su sirviente que, a buen andar de sus cabalga- duras, a la loma se acercaban.
—Ya cogieron la vereda del ja- güey —decía Ufemio.
—Me parece que van pasando el Puente del Arroyo Seco —murmura- ba Cheno.
—Quera Dios y no se atoren las pezuñas de las bestias entre las vi- gas —observó el mozo.
—Ese puente necesita compostu- ra —observó Bolaños.
—Sí, señor amo, dende quiaque no se le pone mano. Los troncones de los árboles que lo forman se han desapartado, y ya no se arrejuntan como era en un prencipio. Se nece- sita volverlos a arrejuntar, y echar-
les ramazón y muncha tierra pa que presten siguridá.
—Ahora que venga Policarpo, re- cuérdame eso, porque si no, se me olvida; tengo muy mala memoria.
—Dispense su güeña mercé pero yo delante de don Poli, no digo ni esta boca es mía, porque después se enoja muncho conmigo, y yo soy quén la paga.
—Buen cuidado tendrá de meter- se contigo si yo se lo prohibo —re- puso Cheno.
—Pos en ese caso será como usté lo dispone, señor amo; pero yo le alzo pelo a don Poli, porque es muy mal aviriguado, y por la nada se en- ciende y saca la espada y nos zum- ba la cuera.
—¡Y yo se la zumbo a él, no fal- taba más! Aquí no hay más calzo- nes que los míos.
Y siguió la charla por ese tenor, hasta la llegada del administrador don Policarpo Samartín y su mozo, la cual no tardó demasiado, pues tan pronto como se dio cuenta el pri- mero de ser Cheno quien le llama- ba, metió espuelas a su cuaco, y a trote largo y al galope, cruzó la dis- tancia que le separaba del altozano.
—S A la güeña de Dios señor amo!
—dijo Poli al llegar, quitándose el sombrero de alas gigantescas y ba- jándole hacia un costado de la ca- ballería con todo el vuelo del brazo.
—Buenos días, Policarpo —repuso Cheno reposadamente, sin invitar a su interlocutor a cubrirse la cabeza.
Poli permaneció descubierto buen rato, hasta que se atrevió a decir:
—Con la venia de su mercé, voy a ponerme el sombrero, porque ya comienza a calentar el solecito y vengo trasudando.
—Puedes ponértelo —asintió el patrón con sequedad.
Y luego añadió:
—Vienen muy calientes los ca- ballos.
—Ansina jue la carrera que tru- jimos. En cuanto conocí que era su mercé quen me precuraba, dije a mi mozo: "Ora sí, Higinio, métele es-
puelas al penco porque el amo nos ha menester." Y dende îa ordeña, que dende aquí apenas se devisa, hasta onde nos jaliamos, nos hemos venido como un vivo relámpago.
—Apéate, Poli, y que Higinio pa- see un poco los caballos para que no se asoleen —prosiguió el amo—.
Tenemos que hablar.
—Como lo mande su mercé —con- testó Poli echando pie a tierra y dan- do a Higinio las bridas de su ca- ballo—. Hasta parece que están echando jumo los pencos de tan ca- lientes como han llegado.
Higinio cogió el extremo de las riendas que se le ofrecían, tiró de ellas, y llevando tras sí el caballo de Poli se puso a pasear despacito de un lugar para otro, sin desmon- tar ni alejarse de aquel sitio.
—¿Pa qué soy güeno señor amo?
—preguntó el administrador acer- cándose al patrón—. Aquí estoy pa servir a su mercé.
—Señor amo —saltó Ufemio apro- ximándose al grupo y echando mano al sombrero—, no olvide lo del puen- te del Arroyo Seco.
—¿Quén te da vela en este entie- rro, Ufemio? —preguntó Poli al mozo lanzándole una mirada colé- rica.
—Pos el amo mesmo me la ha dado —contestó Ufemio—. Apregún- teselo si quere: el que es mandado no es culpado.
—Yo soy el responsable —procla- mó Cheno—; como todo se me ol- vida, recomendé a Ufemio me ad- virtiese eso en cuanto llegaras.
—Esa es cosa distinta, señor amo
—repuso Poli mansamente—. ¿Y qué dispone su mercé que se pra- tique con ese puente?
—Quiero que se le repare —pro- siguió Bolaños—, porque comienza a destruirse, y como por ahí pasa a todas horas el ganado, podemos te- ner patas rotas a mañana y tarde, y después los perjuicios no han de ser para nadie sino para mí.
—Muy bien y requête bien dicho está eso —contestó Poli—. En un
dicir Jesús va a hacerse la compos- tura, hasta que dejemos el puente tan parejo como la palma de la mano.
—Ahora mismo ha de quedar eso en regla —ordenó el amo.
—Ora mesmo será, señor amo
—repuso Poli con sumisión.
—Oye, Poli, ¿qué familia nueva hay en la cuadrilla? —prosiguió Bo- laños.
—Pos quén sabe cuál será —con- testó el administrador.
—¡Cómo quién sabe! Si tú debes estar al tanto de quién entra en la hacienda y quién sale de ella. Estás para vigilar y darme cuenta de todo
—objetó Cheno.
—Ansina es la verdá. Pos ¿por qué lo apreguntaba su mercé?
—Porque ayer tarde, al salir para Isota, vi en la ventana de una casa del camino real una cara descono- cida.
—¿De hombre o de mujer?
—De mujer.
—¡Ah! Entonces ha de haber sido Tacha.
—¿Y quién es Tacha?
—¿Cómo quén, señor amo? Pos es la mujer de mi sobrino Chema Samartín.
—Me estás hablando en griego, porque tampoco sé quién es Chema Samartín.
—Pos el güeyero, señor amo.
—El b o y e r o . . . No lo recuerdo.
—¡Cómo no! Si hasta ha hablado con su mercé algunas ocasiones, y ha recebido su raya los domingos.
—Puede ser; pero la memoria no me ayuda.
—Pos entonces güeno será refres- cársela un poquito. ¿No jace recuer- do su mercé de que una vez le dije que tenía un sobrino que trabajaba en el rancho de la Sandijuela, y de que si me permitía su mercé me lo trujera pa cá con algún corto des- tino, porque don Alifonso, el dueño del rancho, lo andaba persiguiendo?
—Sí, ahora caigo en la cuenta.
—¿Y que su mercé me dio la ve-
nia de traérmelo pa San Vítor con un corto sueldo?
—Hombre, sí, tienes razón.
—Pos me lo truje, señor amo y aluego lo puse al cuido de los güe- yes y por eso es el güeyero.
—¿Y la mujer de la ventana?
—¿Pos quén ha de ser, señor amo?
Es su esposa, su ligítima esposa.
—¡Vaya, vaya! Pero ¿cómo es eso que nunca la hubiera visto antes de ahora?
—Por lo consiguiente, señor amo
—repuso Poli con gravedad—:
como que el muchacho es requête celoso, y le tiene vedado a Tacha que se dé a ver de naiden. La aso- mada que se dio a la ventana cuan- do su mercé la vido, jué de contra- bando.
—Ahora explícame —dijo Bolaños más y más interesado en la conver- sación— la razón por la cual perse- guía a tu sobrino el dueño de la Sanguijuela.
—No tengo pa que andar con mis- terios con su mercé: jué porque don Alifonso andaba enamorando a Ta- cha, y como Chema lo sorprendió haciéndole ojos de borrego degolla- do, ya no quijo que su mujer vol- viera a pisar ía casa de don Ali- fonso, y entonces éste se enojó mun- cho y comenzó a perjudicar a mi sobrino en cuanto le jué posible, pa obligarlo a que consintiera, y como mi sobrino quere muncho a su mu- jer y es muy delicado, perfirió cam- biar de amo y se vino pa cá a refu- giarse conmigo.
—Hizo bien —continuó Cheno fingiendo distracción e indiferen- cia—; pero lo mejor será que ella sola se cuide, sin necesidad de que él la tenga prisionera.
—En eso mero está el intríngulis, señor amo, porque asigún parece, la criatura le ha salido un poco reto- bada.
—¿De modo que no le obedece?
—No, señor amo, no siempre le obedece; ansina es que mi sobrino está muy acuitado y por eso es tan recio con ella. Pero como dice el
dicho, más sabe el loco en su casa, que el cuerdo en la ajena.
—Mucha verdad es ésa —exclamó Bolaños—; pero la muchacha es buena, ¿no es cierto?
—De eso no le sabré dicir nada a su mercé. ¡Pa qué es más que la verdá! Apenas la conozco dende que se casaron, de lo cual hará como un año, poco más poco me- nos. Yo juí padrino del matrimoño.
La niña es endígena y nacida en la Sandijuela, de allí mesmo. Allí tie- ne su padre, su madre y toda su parentela; pero yo a ella en jamás la había mirado hasta el día de la boda. Entonces jue cuando supe que había nacido; y ¡pa qué he de dicir otra cosa!, la jallé muy chula y muy preciosa, porque la mera ver- dá, parece un dulce y no hay otra cara como la de Tacha por todo esto; pero no sé por qué no me cuadró pa mujer de mi sobrino.
Chema es muy güen muchacho, muy trabajador y muy honrado; pero muy poquita cosa, muy temido; de la nada se asusta y paga por no an- dar en cuistiones.
—Eso nada tiene que ver —obje- tó Bolaños— con que tenga una esposa agraciada.
—Sí, señor amo, muncho tiene que ver asigún mis probes enten- dederas —repuso Policarpo.
—Pero ¿por qué, hombre? —in- terrogó Cheno—. ¿De suerte que, según tu juicio, solamente los va- lientes pueden tener mujeres boni- tas?
—Ansina mesmo, señor amo. Por- que a la mujer bonita todos la mi- ran y la provocan, y no la dejan quieta en jamás; y son muy pocas las que resisten la tentación, y tarde que temprano, dan al fin la cam- panada.
—En tal caso, de nada sirve que el marido sea un valentazo de pri- mer orden.
—Sí sirve, señor amo; porque, como dice el dicho: "el relós y la mujer muncha cuerda han menes- ter". Unos güenos cuerazos dados
a tiempo, contienen a la muchacha más ojialegre del mundo; y del mes- mo modo, un grito juerte, y una güeña cintareada o una macheteada de Dios y ley, cierran los ojos de los mirones y la boca de los habla- dores. . . Nomas que pa todo eso se necesita tener el alma atravesada, no ser timorato, ni güeno en dema- sía, y mi sobrino no es capaz de dicir una palabra mal dicha, ni an siquera de matar una mosca.
—¿Es así de pacífico? —interro- gó Cheno fingiendo ver el campo en derredor y hacer poco aprecio de lo que se hablaba.
—Haga su mercé de cuenta una niña de siete años, o más mejor una monjita muy inocente. Yo no sé de dónde salió tan apocado mi sobri- no, porque su padre Cerilo, que Dios haiga en su seno y jue mi her- mano carnal, era hombre de su bra- zo y se hacía respetar por donde- quera; y mi cuñada Refugia, su ma- dre, era ansinamesmo de muy pocas pulgas. Es güeno ser güeno, pero no tan güeno como Chema, señor amo.
—Tienes razón, Policarpo... Está bien, puedes ya seguir en tus nego- cios. Ya te dije cuanto había me- nester.
—¿Queda conforme su mercé?
—Sí; pero no olvides dejar listo el puente ahora mismo.
—No tenga cuidado por eso su mercé, pos de hoy no pasa que el puente quede peor que n u e v o . . . En ese caso, con la venia de su mercé me retiro.
—La tienes, Policarpo, ya nos ve- remos más tarde.
—Al medio día estaré en el cas- co de la hacienda pa dar cuenta a su mercé de todos los trabajos que haiga hecho.
Diciendo esto, volvió el adminis- trador a montar el penco, cuyas riendas tomó de manos de Higinio, y quitándose de nuevo el ancho sombrero, dióle vuelo con la mano derecha en señal de despedida, y se alejó al trote de la descansada ca- ballería.
Siguióle buen trecho Bolaños con la vista, y a poco se dispuso a ba- jar de la loma, como quien ha dado ounto y remate a las labores más importantes de la mañana, y, en cuanto hubo llegado a la parte baja, llamó al peón de estribo.
—Ufemio —le dijo—, ¿oíste la conversación que tuve con Poli?
—¿Lo creerá que no, señor amo?
A mí poco me cuadra uír lo que no me importa.
—Te lo voy a decir en ese caso.
En primer lugar, quedó arreglado lo del puente del Arroyo Seco.
—¿Vido su mercé qué ojos me peló el almenistrador? ¡Tamaños de grandes! Hasta parecía que me quería comer.
—Sí, pero yo le bajé luego los humos; debes haberlo notado. No dirás que no.
—En efeuto, señor amo, con estas orejas lo oyí; pero crea que don Poli no me la perdona. Va a ver qué daño me sigue.
—No tengas cuidado por eso, que yo te sostengo. A la primera desco- nocida que te dé, me lo avisas y verás cómo le pongo en orden.
—En siendo ansina, señor amo, i quién dijo miedo! Con usté no pue- de naiden.
—No le conviene a Poli tenerme descontento.
—ÎYa lo creo que no! ¿Onde ha- bía de ganar los veinte pesos re- galados que su mercé le da cada mes por su mal trabajo?
—A más de la laborcita de maíz que siembra cada año, y del pasto que le doy para sus dos yuntas.
—La mera, mera verdá, que en nenguna otra parte había de poner- se tanto las botas como al lado de su güeña persona.
—De suerte es que debes estar tranquilo.
—Sí lo estoy, señor amo.
—Bueno, Ufemio. Ahora voy a hablarte de otro negocio.
—Estoy pa servir a su mercé.
—¿ Viste ayer, cuando pasamos por la calle real de la cuadrilla, una muchacha muy bonita asomada a la ventana de una casa?
—¿Que si la vide? i Cómo no la había de mirar! ¡Ha de ser alguna frastera!
—Ya sé quién es; me lo acaba de decir Policarpo: es la mujer de Chema el boyero.
—¡Oiga! ¡No me lo diga su mer- cé! ¿Cómo ansina, ansina?
—Sí, Ufemio, es la mujer de Che- ma.
—¿De ese Juan de Buen Alma?
—De ese mismo.
—¡Quén lo hubiera dicho! Pos ya hace más de semana que Chema tomó el cuido de los güeyes y hasta agora naiden sabía que juera hombre casado.
—Dicen que es muy celoso.
—Sus razones ha de tener. La muchacha es requetechula y a la mejor puede ser algo alegre.
—¿Por qué lo dices?
—Lo digo, porque se dan casos en que los hombres son celosos por- que conocen bien a sus hembras.
—Eres muy ligero de pensa- miento.
—No lo digo por eso; es cosa de esperencia. Por mis ojos han pasa- do un puño de casos. Cuando el río suena, es que agua lleva, y naiden da palos de balde.
—Ya veremos cómo andan esas cosas. Ahora lo que importa es que, en cuanto lleguemos a la casa, me llames a Chema.
—Como lo mande su mercé;
aluego que lleguemos, luego luego le precuro.