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CAPITULO XIX

su negro y nublado horizonte. Y co- menzaba Bolaños a criar confianza y a respirar satisfecho, cuando, por su mala estrella, recibió la siguiente carta de doña Carlota:

"Estimado sobrino:

Como está próximo a expirar el plazo de quince días que Anita y yo te señalamos para resolver si era aceptada o no tu proposición matri- monial, me apresuro a dirigirte es- tos renglones para decirte que, de común acuerdo ella y yo, hemos re- suelto prolongarlo por dos meses más, a partir de esta fecha, porque

nuestra labor de investigación va siendo larga. Para que no creas que procedemos con ligereza, te noticio que los datos que hasta hoy hemos adquirido son tan malos para ti, que bastarían por sí solos para perder tu causa; pero como las dos te que- remos, y estamos resueltas a formar un tribunal benigno, no fallamos desde luego, y estamos dispuestas a hacer mayor número de pesquisas, con la esperanza de hallar hechos que te sean favorables y borren del todo, o al menos atenúen tus lamen- tables aberraciones. Por supuesto que no te condenaremos sin oírte, y que te llamaremos cuando llegue el momento oportuno. Así, pues, so- brino, ve previniendo tus descargos, y está listo para acudir a nuestro lla- mado.

Tuya afectísima tía,

CARLOTA."

Con rabia estrujó Bolaños el papel entre las manos, cuando acabó de leer la misiva, y se hizo cargo desde luego de que nada tenía que espe- rar ya de Anita, pues cuanto más fuese estudiada su vida, tanto más irregular debería ser encontrada.

Así, que no se tomó el trabajo de contestar luego a su tía, sino que lo hizo días después, brevemente y de mala manera, limitándose a darse por enterado de aquella decisión, y

asegurando estar listo para ir a Mé- jico tan pronto como para ello fuese requerido.

Después de eso, entró en un ma- rasmo fácilmente explicable, porque no abrigaba proyecto alguno para el porvenir, ni veía un rayo de luz en su triste y encapotado horizonte.

Así permaneció algunos días, torvo y caviloso, hasta que su bronca y bravia naturaleza recobró su anti- guo imperio, y reapareció el hom- bre viejo, rompiendo las recientes y débiles ligaduras que las vislumbres de un amor santo habían comenza- do a echar a su conciencia.

Aquella crisis pasó, poco más o menos, en la fecha en que había tomado venganza de Policarpo, su honrado, pero irascible aperador;

de suerte que el despecho produci- do por la carta de doña Carlota, la sed de venganza que le consumía y el recuerdo de la graciosísima luga- reña, mezcláronse en su espíritu de tan diabólico modo, que produjeron una sola, una única determinación:

volver la espalda a las ilusiones cas- tas, a la familia, a los anhelos de rehabilitación, y arrojarse de nuevo, con los ojos cerrados, en la vida de siempre, para aturdirse y olvidar.

Supuesto que no era posible volver al camino recto, había que enfras- carse de nuevo en los vericuetos y zarzales por donde había andado desde su adolescencia. ¿Y después?

¡Bah! ¡Quién se ocupa de mañana!

Sería lo que Dios o el diablo qui- siesen. El hombre es juguete del des- tino. ¿Quién iba a esperar dos me- ses? Era una eternidad el nuevo pla- zo; y luego, estaba cierto de que, vencida la prórroga, se pedirían otras, y ¡quién sabe cuántas más vendrían! Y él no sabía aguardar;

no era hombre para embobarse con las mentidas promesas de una remo- ta esperanza. Así, al siguiente día, después de la fracasada huida de Chema y Tacha, mandó Bolaños por la joven con uno de los sirvientes.

En aquellos momentos ocupábase Tacha en los quehaceres domésticos

y acomodaba las ollas en el fogón.

Respondió, pues, que para allá iba, y que si tardaba un poco, era por- que necesitaba quitarse lo chama- gosa (lo sucia) y ponerse otros tra- pos más mejores.

Y así como hubo desaparecido el mensajero, salió al corral, y puso en conocimiento de Chema lo que pa- saba. Andaba el caballerango almo- hazando y peinando las bestias. Pero fue tan profunda la impresión que aquella nueva le produjo, que sus- pendió en el acto toda labor, y fue- se en pos de su mujer para seguir hablando en casa, y arreglar de con- sumo lo que debían hacer en tan delicada situación como aquella. En- tretanto que hablaban, iban los dos muchachos poniéndose sus trapitos de cristianar, después de haberse aseado la cara y las manos; y hecho todo eso, salieron juntos y tomaron el camino de la hacienda.

Tan pronto como el amo los vio entrar en el escritorio, dijo con acen- to contrariado, fijando en Chema los ojos.

—Y tú; ¿qué andas haciendo por acá, hombre? ¿por qué has dejado

tas quehaceres? ¿quién te ha man- dado llamar?

—Pos como su mercé mandó lla- mar a Tacha, y ella no está impues- ta (acostumbrada) a andar sola, me vine con ella —repuso Chema.

—Muy mal hecho —exclamó Bo- laños con tono de reprimenda—, no me gusta que se me presente un sir- viente cuando no le llamo. Así es que, vuelve a tu trabajo y deja aquí a Tacha.

—En tal caso, será más mejor que vuélvamos Chema y yo más tarde- cito. En cuanto él acabe sus quiha- ceres, por acá nos tiene su mercé

—dijo la joven.

—No, señor. Chema a la caba- lleriza, y tú te quedas aquí, porque tengo que hablarte de un negocio.

De suerte que, Chema, anda, vuelve corriendo a tus caballos, no sea que algo les falte.

En vano trataron de hacer obser-

vaciones y de resistir los esposos, pues Bolaños no quiso atender a nada, y casi a empellones arrojó al caballerango de su escritorio. No hubo más remedio. Tomó, pues, Chema, el camino de su casa, y, en llegando a ella, cambió de traje para no ensuciar el dominguero; y mus- tio y pensativo, volvió a las cuadras, donde se dio a trabajar en el aseo de la caballada.

He aquí, entretanto, lo que pasó entre Cheno y Tacha:

—Parece que me tienes miedo, criatura, conforme huyes de mí y te haces acompañar de tu marido —dí- jole Bolaños.

—Miedo no, siñor amo —repuso la muchacha—; yo a naiden le ten- go miedo, sino a los espantos.

—Se me figura —exclamó Cheno soltando una alegre carcajada—, que eres más hombre que Chema.

A eso nada objetó la joven; pero pensó para sí que tenía razón el amo, y que a Chema le hubieran cuadrado mejor las enaguas, así como a ella le hubieran ido mejor los calzones. En vista de su silencio, que Bolaños interpretó como mues- tra de desagrado, dejó el amo aquel asunto y abordó desde luego el ver- dadero que quería tratar con la joven.

—¿Con que anoche quisieron huir de la hacienda tú y Chema? —dijo.

—Pos sí, señor —contestó Ta- cha—, jpa qué se lo he de negar si al cabo ya lo sabe!

—Pero ¿por qué razón? A ver, explícamelo —continuó Bolaños.

—Pos ipa qué ha de ser eso, si ya lo sabe también su mercé! ¿No se lo reclaró Chema anoche? —si- guió diciendo Tacha.

—Sí, me dijo que porque ganaba poco en San Víctor. ¿Es por eso?

—Sí, señor amo, por eso mesmo.

—Pero i vaya una manera de arre- glar las cosas! ¡Irse así, sin decirme palabra!

La joven calló sin disculparse,

—pero siguió con los ojos bajos y visiblemente turbada.

—Pues si esa es la causa —con- tinuó Cheno—, el remedio está en la mano. Por lo pronto, te voy à dar trabajo para que ganes sueldo, y ya veremos lo más que puedo hacer en favor de Chema, según se lo tengo ofrecido.

—Muncho se lo agradezco a su mercé —repuso Tacha—; pero la mera verdá, que no sirvo pa nada, porque no sé hacer cosa nenguna.

—¿No haces los quehaceres de tu casa?

—Sí, como todas las mujeres, pero a lo probe.

—Cualquiera que sepas hacer será suficiente, porque no te quiero para nada difícil.

—Pos asigún sea, señor amo.

—Quiero que te vengas a mi casa a servir como ama de llaves.

—¡Juy, señor amo! Pa eso sí que no estoy güeña, porque derejir una casota tan grandota como ésta, es cosa pa mí del otro mundo.

—No lo creo, eres vivaracha y des- pierta, y en un momento vas a po- nerte al tanto de todo.

—Yo nada puedo ofrecer a su mercé, porque me conozco que no sirvo pa eso. No sé más que frir frijoles, cocer carnita del cocido, moler maicito y tortiar (hacer torti- llas de maíz).

—Aquí no tendrás que hacer nada de todo eso, sino recibir y guardar los artículos de la despensa, vigilar a los criados y cuidar que ande bien el servicio de la casa*

—No, señor amo, de eso no en- tiendo yo; dígame de cualquier otra cosa, y an ésa podrá suceder que la inore.

—No, Tacha, así ha de ser preci- samente, porque para eso te he me- nester, y porque es preciso que lo hagas.

Y como ella continuaba menean- do la cabeza en señal de negativa, acabó Cheno por definir la situación en los siguientes términos:

—En fin, no tenemos para qué seguir discutiendo. Ya sabes que

aquí en San Víctor, a mí no se me contradice.

Ante actitud tan resuelta, enmu- deció la joven y cesó de decir que no con la cabeza, pues, como perte- neciente a la clase servil que era, en cuanto oyó hablar al amo como amo, sintióse obligada a callar y a obedecer. Una vez fijada bien la po- sición de Tacha, siguió diciendo Bo- laños que el único impulso que le movía a obrar de aquella manera, era el deseo de ayudar pecuniaria- mente al matrimonio, que a ingrati- tud tomaba el que se hiciese alguna objeción a sus proyectos, y que qui- sieran o no ambos jóvenes, habría de prevalecer la voluntad de él so- bre la de ellos. En seguida habló de los términos del arreglo. Tacha en- traría ganando veinte pesos mensua- les, por ahora, a reserva de que se le convirtiesen en treinta y hasta en cuarenta más tarde, conforme fuera adiestrándose en el manejo y gobier- no de cuanto se le iba a encomen- dar. A eso objetó Tacha que no po- día abandonar a su marido, quien la necesitaba para el arreglo de la casa y la confección de los alimentos. A lo cual replicó Bolaños que no pa- deciese pena por ello, pues todo lo había ya previsto, y era de esta ma- nera: que Tacha y Chema comerían en la casa de la hacienda para sim- plificar las atenciones de la joven, que ésta pasaría la noche con su marido, y que todas las mañanas, temprano, después de haber barrido, sacudido y arreglado sus cosas, vol- vería a la casa de la hacienda para desempeñar las funciones de su ofi- cio. Y que por lo que hacía a las labores de aguja que Tacha tendría sin duda que hacer, podría ejecutar- las en la misma hacienda, durante el tiempo que la superintendencia de los otros negocios se lo permitiese.

Con esto quedó terminado el colo- quio, pues Cheno se negó a seguir hablando más, porque no había lla- mado a la joven para que le con- tradijese, sino para que le obedeciese

—En siendo ansina, señor amo

—replicó Tacha—, ansina tendrá que ser. Voy aluego a comunicar a Chema lo que su mercé dispone, a ver que es lo que dice.

—No, eso no; no a ver lo que dice, sino para que se haga lo que man- do —resolvió Bolaños con acento imperioso.

—Pos así será, pues, señor amo

—contestó Tacha con sumisión—.

En ese caso, con licencia de su mer- cé, ya me voy yendo.

—Sí, Tacha, ya te puedes retirar;

pero vas advertida de que tu traba- jo comienza mañana temprano, en la forma y términos que acabo de explicar.

—Está bien, señor amo. Pos, con la venia de su m e r c é . . . —dijo ella.

Y se dispuso a salir del escritorio;

pero Cheno la detuvo.

—Pero ¿por qué eres tan malcria- da? —le dijo—. ¿Por qué te vas sin darme la mano?

—Por respeuto a su mercé, señor amo —repuso Tacha—, porque su mercé y yo no sernos iguales. ¡Qué va de cabeza a pies! Su mercé es la cabeza, y nosotros sus criados, se- rnos los pies.

—No, Tacha, no exageres; vamos, despídete bien a bien, con la mano.

—Pos en tal caso, como lo quera su mercé.

Y envolviendo la diestra en el ex- tremo del rebozo, la tendió inmóvil y rígida a Cheno, como es costum- bre entre rancheros. Bolaños, que conocía al palmo el ceremonial cam- pesino, y sabía que la envoltura de la mano significaba respeto y no otra cosa, hizo a un lado la tela tan pronto como la joven le hubo ten- dido la mano, y reteniendo ésta en- tre las suyas, la acarició sin ceremo- nia. Tacha no se atrevió a retirarla, y se limitaba a suspirar de tiempo en tiempo, y a hacer algún impulso tímido para quedar libre. Al fin, después que Bolaños dio varias pal- mad i tas por el anverso y reverso de aquella mano fuerte y endurecida por el trabajo, la soltó poco a poco diciendo:

—Ahora sí, Tacha, puedes irte cuando gustes, pero no se te olvide que mañana temprano tenemos que vernos.

—Bueno, pos ansina será, señor amo —repuso la joven sonrojada y turbadísima.

Y en llegando al corral, fuese lue- go a hablar con Chema, que conti- nuaba consagrado a sus ocupaciones caballeriles, y contóle cuanto había acabado de pasar, menos la parte fi- nal, relativa a las caricias, con todo y ser lo más grave de lo que tenía que relatar. Tal vez no lo hubiera omitido si hubiese confiado en la energía de su esposo, y tal vez ca- lló por no comprometer a Chema, o por no hacerle sufrir un disgusto inútil, ya que no era capaz de nin- guna resolución varonil. O quizás haya guardado reserva por algún otro motivo oculto, de ella sólo co-

nocido. Como quiera que sea, bastó y aun sobró a Chema con lo que supo, para quedar confuso, triste y lleno de espanto.

—¿Y ora qué hacemos, Tacha?

—preguntó a su esposa con expre- sión de suprema angustia.

—Pos ya tú verás —contestó la joven—; tú eres quen ha de resol- ver la cuistión. Ya sabes que a todo me tienes opuesta.

—Nadita que me cuadra que te vayas a servir al amo en su casa;

pa eso tienes la tuya, y pa eso tra- bajo yo —observó el mozo.

—En parte eres tú el culpante de este apuro en que nos j aliamos, Che- ma —replicó la muchacha.

—i Ni lo güelvas a dicir, mujer de Dios! —exclamó el caballerango suspendiendo por unos momentos el arreglo de la crin del Ali, que en aquel instante peinaba.

—¡Cómo no, si es muncha verdá!

Pos ¿no le dijistes que nos íbanos a juir porque ganabas poco? —pregun- tó Tacha.

—Eso ni quen lo niegue; pero yo se lo dije sólo por desculparme, por- que alguna cosa tenía que dicirle;

pero no de deveras —explicó Chema.

—Pero él i cómo había de conocer tus adentros! De siguro se alfiguró que hablabas con formalidá y quere cumplir lo ofrecido, porque aparte de darme a mí este destino, quere darte a ti quén sabe qué otras cosas más, asigún dijo —prosiguió ella.

—A mí también me lo ofertó anochi —asintió él caballerango—.

¡Pa qué dianchis le iría yo saliendo con esa pata! Y agora resulta que me ha cogido la palabra, y como quen dice, con el dedo detrás de la puerta.

—Ansina mesmo, y ya no puedes gol verte pa atrás, porque entonces echa de ver que lo que le dijistes jué un puro pretexto, y quén sabe lo que te quedrá hacer pa castigarte

—advirtió la joven.

La observación dio en el blanco, tal como Tacha lo había calculado.

Conociendo el poco espíritu de su marido, habíale hecho entrever ese peligro, seguramente con el propó- sito de amedrentarle.

—En eso sí que tienes muncha ra- zón, Tacha —repuso el mozo con desaliento—. Como el amo está des- comulgado y no le tiene miedo ni a Dios ni al diablo, es capaz de hacer las mayores enjusticias con los probes.

—Pa eso mesmo te lo digo —agre- gó su esposa—, pa que alviertas lo que te puede suceder.

Chema se quedó un rato pensati- vo, y siguió peinando las crines del Ali sin hablar ni saber lo que hacía.

Al fin articuló con acento inseguro:

—Pos sea como juere, a mí no me cuadra que te vayas a servir al amo, y no lo consiento.

—Pos entonces, ya verás cómo ha- ces pa desatar este ñudo —dijo Ta- cha—; lo que soy yo, ya me voy a la casa pa preparar la comida.

—Dios dirá —repuso el mozo con amargura—, Dios habla por los que callan.

Con esto se fue Tacha, y continuó Chema limpiando las bestias, dán- doles el pienso habitual, llevándolas a beber a la atarjea, poniéndoles las

camisas de cotín blanco franjeadas de rojo, que llevaban las iniciales del dueño, y enganchando las ca- denas de los almartigones a sendas argollas, que aseguradas a los mu- ros de las cuadras se veían. Todo lo hacía como autómata, por la cos- tumbre que había adquirido de prac- ticarlo, pero con el pensamiento enajenado y ausente, pues no cesaba de proyectar planes diversos para salir del laberinto en que se halla- ba metido. De aquellas cavilaciones, cuando aún no terminaba sus que- haceres, sacóle la presencia de Ufe- mio. Venía el antiguo peón de es- tribo de Bolaños con el brazo dere- cho en cabestrillo, envuelto en blan- co y estrecho vendaje; pero aun así y todo, parecía contento y satis- fecho.

—Buenos días te dé Dios, Chema

—dijo al aproximarse a las cuadras.

—Mejores te los dé a ti, Ufemio

—repuso el mozo sin dejar de tra- bajar—. ¿Cómo sigues de males?

—En todavía no estoy güeno; pero dice el dotor que ya entre una se- mana habré sanado —replicó Ufe- mio.

—¡De modo que jué poca cosa!

—exclamó el caballerango distraído.

—Sí, poca pa los que no recibie- ron el puntazo —contestó Ufemio—.

i Que se haga la volunta de Dios en la siembra de mi vecino! Pero a poco no la cuento. Don Poli me tiró a dar, y a la mala, porque cuando me descenrajó el machetazo, jué cuando vido que mi caballo se me dio la salida y que no pude arren- darlo. Entonces jué cuando se dio gusto y me jincó la cuchillada que en un ansina estuvo que no me hu- biera mochado la cabeza. Mi fortu- na jué que mi penco se tiró pa un lado, y el golpe me llegó de rejilón.

Pero ya nos veremos otra ocasión, ese viejo jijo de la tiznada y yo, y sabremos quen es más mejor de los dos, de hombre a hombre, y no como me cogió, de altiro maniatado.

Chema sintió que la sangre se le encendía, y de buena gana hubiera

contestado a Ufemio que su deudo era más hombre que él, y que si le había herido y ganado, no había sido a la mala, sino a la buena, su- puesto que la pendencia había te- nido lugar en el campo, estando so- los los dos y sin que nadie los sepa- rase; pero como el interlocutor le imponía miedo, aun privado del uso de uno de sus brazos, no se atrevió a contradecirle y se limitó a seguir en su faena, como si no pensase más que en ello.

—Y agora —prosiguió Ufemio—, más ojeriza me va a coger don Poli, cuando sepa que ocupo su destino, porque el amo me ha nombrado al- menistrador de la hacienda en lugar de él.

—Pos en ese caso, que te vaya bien —murmuró Chema, más y más apocado ante la grandeza de su in- terlocutor.

—Muncho que te lo estimo —re- puso éste satisfecho—. Vamos a ver qué tal lo hago. ¡Es capaz que ni an pa eso sirva!

Chema no dijo nada; siguió tra- bajando. Ufemio guardó silencio breves momentos, y luego reanudó la conversación.

—Oyes, Chema —dijo—, no pue- des aífigurarte cuánto me cuadra ha- berte j aliado aquí. Ansina te quería coger, a lo solo.

—Pos aquí me tienes, Ufemio, pa cuanto se te ofrezca —repuso Chema.

—Te quería dicir que es muncho lo que te quere el amo —siguió di- ciendo el administrador.

—¡Oiga! ¿Conque ansina, eh?

—exclamó el mozo, cuyas facciones se contrajeron a impulso de interno disgusto.

—Ansina mesmo, como lo oyes

—prosiguió Ufemio—. Dende ayer nochi, después que te vinites, me dijo: "Oyes, Ufemio, Chema se que- ja de que gana muy poco y por eso se quijo ir juido; pero ya le tengo ofertado ayudarle pa que salga de probe. De manera es, que mañana mesmo le hablas y arreglas con él

el modo de que tenga otras buscas.

Puedes darle un terrenito pa que lo labre por su cuenta, y pasto pa unos cuatro o cinco animalitos. Y a ver qué otra cosa íe dice que quere que le demos. Todo se lo has de dar, con el conque de que no te vaya pi- diendo toda la hacienda."

—î Y qué me gano yo con todo eso, si ya pasó el tiempo de la siem- bra! ¡Y qué animales tengo yo, pa echarlos al pasto! —dijo el caballe- rango con disgusto, encogiéndose de

hombros.

—Pos lo de sembrar, en todavía es ocasión de que siembres calaba- zas, chayotes y frijolitos. En fin, ya

tú verás. El terrenito que te puedo dar, es muy güeno y está muy bien enlamado; cuando queras, te llevo pa que lo mires. Por lo que respeuta a los animales, me dijo el amo que te podía dar dos vacas paridas, con sus crías, pa que bebas leche y ha- gas queso, y también dos yuntas de güeyes, si los has menester.

—Los güeyes no me son de nen- guna utilidá, porque no es tiempo de arar, sino de asigundar, y yo no tengo siembra —repuso Chema con

acento alterado.

—¡Pos allá te lo jaya, pues! ¿De modo que no queres acetar nada de lo que te oferta el amo, con tan güeña volunta?

—No hay pa qué recebir favores, Ufemio; déjenme con mis caballos, que ansina estoy más mejor —con- cluyó el mancebo.

—Pos entonces ¡cómo se te en- tiende! Te querías ir de juido por- que ganabas poco, y agora que el amo te abre la mano, no queres re- cebir nada.

No contestó Chema; en aquellos momentos engrasaba los cascos del Ali. Visiblemente contrariado, Ufe- mio guardó silencio de nuevo, y des- pués de haber preparado un segun- do discurso lo mejor que pudo, con- tinuó diciendo:

—La mera verdá que tienes muy güeña suerte, y que has cáido de pies en San Vítor.