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La Noche Buena en la casa de doña Carlota revistió caracteres opuestos a la celebrada en la de Montaivo, como a la índole dife- rente de las dos familias correspon- día, pues mientras la viuda de Té- llez amaba la tradición y se aferra- ba a ella con la desesperación de una náufraga, jactábanse de ser no- vedosos en todo y reformadores de costumbres, los Montalvo; persona- jes a la moda, que marchaban con las corrientes del tiempo.

Apenas oscurecido, reunióse algo más de la usual concurrencia en la morada de la viuda, y se inició el ceremonial con el rezo de costum- bre, a lo que siguieron la peregri- nación por los corredores con velas encendidas, cantos coreados, y ca- rreras, gritos y alegres risas de la gente menuda. Llegó luego la hora del concierto, en la cual lucieron sus habilidades las ninas Teresa Montes, famosa pianista, y las her- manas Clotilde y Laura Echáus, so- prano aquélla y contralto ésta, am- bas de acento afinadísimo y bien timbradas voces. Nutridos aplausos premiaron el desempeño de las par- tituras, y, estimuladas por tan rui- dosos triunfos, ocuparon unas des- pués de otras el banco del piano, Anita, Amparo y otras varias de las jóvenes dilettanti. Ya para concluir la parte musical, pidió la concu- rrencia, por fuerte mayoría, que el doctor Quintanar recitase alguna poesía de su elección, y él, después de excusarse modestamente por al- gunos instantes, acabó por acceder a lo que se le pedía, y anunció al levantarse, que iba a declamar la

"Serenata de Schubert" de Gutié- rrez Nájera. Aplaudió la reunión, por la popularidad que esa poesía ha alcanzado en nuestros mejores círculos sociales; levantóse el doc- tor, y siguióle Anita para acompa- ñarle al piano. Y así, nadando en las notas de un rítmico y sentimen- tal acompañamiento, alzó la voz Qunitanar, diciendo:

¡Oh, qué dulce canción! ¡Límpida brota esparciendo sus blandas armonías, y parece que lleva en cada nota muchas tristezas y ternuras mías!

¡Así hablara mi alma... si pudiera!

Así dentro del seno,

se quejan, nunca oídos, mis dolores!

Así, en mis luchas, de congoja lleno, digo a la vida: —¡Déjame ser bueno!

—¡Así sollozan todos mis amores!

¿De quién es esa voz? Parece alzarse junto del lago azul, en noche quieta, subir por el espacio, y desgranarse al tocar el cristal de la ventana que entreabre la novia del poeta...

¿No la oís cómo dice: "hasta mañana"?

¡Hasta mañana, amor! El bosque espeso cruza, cantando, el venturoso amante, v el eco vago de su voz distante decir parece: "¡hasta mañana, beso!"

¿Por qué es preciso que la dicha acabe?

¿Por qué la novia queda en la ventana?, v a la nota que dice: "¡hasta mañana!"

el corazón responde: "¿quién lo sabe?"

¡Cuántos cisnes jugando en la laguna!

¡Qué azules brincan las traviesas olas!

En el sereno ambiente ¡cuánta luna!

Mas las almas ¡qué tristes y qué solas!

En las ondas de plata

de la atmósfera tibia y transparente,

como una Ofelia náufraga y doliente,

¡va flotando la tierna serenata!...

Hay ternura y dolor en ese canto, v tiene esa amorosa despedida, la transparencia nítida del llanto, v la inmensa tristeza de la vida!

¿Qué tienen esas notas? ¿Por qué (lloran?

Parecen ilusiones que se alejan...

¡Sueños amantes que piedad imploran, v como niños huérfanos se quejan!

Bien sabe el trovador cuan inhumana para todos los buenos es la suerte...

Que la dicha es de ayer... y que ("mañana"

es el dolor, la oscuridad, la muerte!

El alma se compunge y estremece al oír esas notas sollozadas...

¡Sentimos, recordamos y parece que surgen muchas cosas olvidadas!

No quiso pasar de esta estrofa el doctor, y dando por concluido su número, inclinóse ante el auditorio con gallardía, y enmudeció.

Salva de palmadas calurosas re- sonó por la sala, y todo parecía ha- ber terminado; pero Anita, sin dar- se por entendida de lo que pasaba, siguió modulando el suave acom- pañamiento de la melopeya como si hubiera de continuar la recitación.

Los que no conocían la inspirada poesía, creyeron que en aquel punto terminaba; pero los bien informa- dos o que se la sabían de memoria, que eran no pocos, no se dieron por satisfechos, y protestaron contra la interrupción.

—jHasta el fin, hasta el fin!

—murmuraron—; no termina allí.

—Adelante, Nacho —suplicó Am- paro.

—Sí, doctor —apoyó Souza—.

¿Por qué se detiene?

—Porque no he podido retener más que esa parte en la memoria

—repuso Quintanar.

—Haga usted un esfuerzo —in- sistió Amparo.

—Imposible —se excusó de nuevo el joven con firmeza—, no recuerdo un verso más.

Y fue inútil que se le rogase, pues

se encastilló en su negativa; pero Anita continuaba haciendo sonar las teclas, como si estuviese sorda, y él, por cortesía, no se apartaba del piano.

—¿Por qué no sigue usted, Na- cho? —preguntóle ella con voz re- catada y sin volver el rostro.

—Ya lo dije, porque hasta aquí llega mi ciencia.

—No es cierto.

—Que sí.

—Que no. ¿Es usted capaz de sos- tenerme eso a mí?

Y la joven miróle con disimulo de reojo, lo que le obligó a darse a partido.

—No, a usted no —repuso con acento tímido.

—¿Entonces?

—Callo lo demás, porque es muy triste; se refiere a una amada muer- ta, y ése no es mi caso.

Ligerísimo rosicler tiñó las me- jillas de la joven al escuchar esto;

pero siguió arrancando notas al te- clado con toda premeditación, aun- que parecía hacerlo maquinalmente.

—Pero si usted no ha hecho esos versos —replicó ella—; corren por cuenta del poeta.

—No puedo declamar sino lo que siento, Anita; a maravilla me viene la primera parte, por eso la digo.

—¿De manera q u e ? . . .

—Ha terminado la interpreta- ción.

—¿Y nada sigue?

—¡Cómo no! Pero lo que conti- núa no es del público.

—¿Por qué?

—Porque es asunto sólo mío.

—No comprendo.

—¿Quiere usted saberlo?

—¿Se puede?

—Ya se lo diré dentro de algu- nos momentos, cuando podamos ha- blar con más libertad.

Anita, sin responder, hizo oír al- gunos acordes finales, y se levantó.

Ofrecióle Quintanar el brazo, que ella aceptó, y enlazados de aquella suerte, dirigiéronse al sitio donde estaban Amparo, Teresa, Clotilde y

Laura. Las cuatro jóvenes armaron estrepitosa algarabía en cuanto se acercó la pareja, y entre veras y ri- sas, asediaron al doctor, diciéndole:

—¡Qué malo es usted, Nacho!

—Nos ha dejado a medio camino.

—Se ha detenido a lo mejor.

—¡Ni quien le crea que no sepa lo que sigue!

Disculpábase el galeno lo mejor que podía, y Anita no soltaba su brazo.

—¿Te sientas, Ana? —dijo Am- paro—; aquí hay lugar para ti.

Y designó con el ademán uno des- ocupado en medio del grupo.

—Déjala, no seas imprudente

—articuló Teresa con malicia.

—A eso venía precisamente, a reunirme con ustedes —repuso Ani- ta fingiendo no haber oído.

Y ocupó el sitio que se le ofrecía.

Entretanto, no desamparaba su puesto el capitán Souza, y hacía cuarto de centinela delante de Am- paro. Indicóle ésta que se inclinase, y el joven militar se dobló en dos para oír mejor. Algo murmuró la joven en secreto; sonrió Souza, y tornó a enderezarse sin articular pa- labra; pero lanzó una ojeada de be- névola inteligencia, primero a Ani- ta, y a Quintanar en seguida.

Habíase entablado un diálogo animadísimo entre aquel coro de ángeles, y principalmente entre Am- paro y Anita.

—Amparo —dijo Anita—, quedas encargada de acomodar a los invi- tados en la mesa.

—En ese caso, no tengo tiempo que perder, y me marcho; el encar- go que me das requiere suma aten- ción —repuso Amparo.

—Es verdad; anda pronto para que todo salga bien.

Levantóse Amparo con presteza, V cogiendo a Rodolfo por la mano, llevóle como remolcado en pos de sí.

—Vamos a arreglar la mesa —dí- joie por el camino, radiante de ale- gría—; Anita me dio la comisión.

—Parece que nada falta —repuso el capitán sin comprender.

-—¡Tonto! —replicó ella con gra- cioso mohín—, no se trata de la porcelana ni del cristal, sino de aco- modar bien a los convidados.

—¡Ah, vaya!

—Ven, ya verás qué bien vamos a colocar a toda la gente; cada ove- ja con su pareja.

—Se entiende, y juntos tú y yo.

—Por supuesto, y juntos Anita y Quintanar, y otros varios parecitos por el estilo; los perfectamente ave- nidos e indicados. Sólo que vas a tener que trabajar mucho.

—¿Por qué, Amparo?

—Porque tendrás que escribir unas cincuenta cedulillas con los nombres de los comensales, para de-

jarías sobre las servilletas.

—¡Si no fuera más que eso! Pero no tenemos papel vitela.

—Ya encontraremos alguno a pro- pósito en el escritorio de Anita.

Charlando así, llegaron los jóve- nes al comedor, donde hallaron a doña Carlota dando las últimas ór- denes, porque se acercaba la hora de la cena. Importaba que el ágape estuviese terminado a las once y me- dia cuando más tarde, a fin de pa- sar pronto al oratorio, donde se iba a decir la misa de gallo. Criados vestidos de negro y luciendo guan- tes de blanco lino, agitábanse por dondequiera, llevando platos y cu- biertos; y mezclados con ellos, al- gunas criaditas vivarachas, bien tra- jeadas y entalladas, ayudaban a la maniobra. Finamente calzadas, y ha- ciendo sonar el parquet con el re- piqueteo de sus altos tacones, agi- taban por todas partes las niveas cofias, como flotantes nenúfares so- bre aquel campo de futuras opera- ciones gastronómicas.

Alineábanse cuatro mesas parale- las a los muros, dejando entre sí su- ficiente espacio para el servicio, y sobre la limpieza de los manteles, resplandecían la nieve de la porce- lana y la diafanidad de la crista- lería. Sobre los hondos platos des-

tinados al consomé, habíanse colo- cado servilletas cuidadosamente dis- puestas por la planchadora, con arrugas y dobleces, ya menudos y transversales, o bien perpendicula- res y largos. Al frente de cada asien- to, y colocadas por orden de tama- ños, mirábanse en formación las co- pas de transparente cristal de Bohe- mia, y hacia la derecha del plato, toda una herramienta de tenedores, cuchillos, cucharas y cucharillas, que lanzaba vivos reflejos, herida por la luz de los radiantes focos.

La mesa del centro ostentaba cas- tillos y pirámides de multicolor re- postería, compoteras henchidas de frutas en almíbar, platones rebosan- tes de sabrosas cremas, fruteros col- mados de melocotones, plátanos, manzanas y riquísimas uvas, y ca- nastillos Christoffle con asa metá- lica, llenos de esas frutas secas lla- madas les quatre mendiants por los franceses (¡no están malos los cua- tro mendigos!) : almendras, pasas,

avellanas e higos de Esmirna.

Buen trabajo costó a Amparo y a su compañero abordar a doña Car- lota, en medio de tantas mesas y sillas, y de aquel ajetreo incansa- ble de gente ocupada en llevar y traer platos, vasos, copas, botellas, jarras y jarrones; pero al fin logra- ron su objeto sin chocar con mue- bles o personas, sin desequilibrar las torres de pasteles o de dulces, y sin meter manga, vuelo de enca- je, ni faldón de frac en fuente de crema o descubierta compotera. La atmósfera saturada del fuerte olor de las frutas maduras y de la pas- telería recientemente sacada del horno, invitaba a la glotonería y excitaba las glándulas de la dias- tasa.

Los chicuelos, agrupados a las puertas, arrojaban codiciosas mira- das a aquel conjunto de provisio- nes, y apenas era dable a ayas y vigilantes, cerrar el paso a sus rá- pidas y codiciosas incursiones.

—¿Qué se ofrece, Amparo? —pre-

guntó la viuda de Téllez en cuanto vislumbró a la joven.

—Vengo —repuso ésta— comisio- nada por Anita para colocar a los

invitados.

—Cuánto me alegro; había olvi- dado ese detalle.

—Con permiso de usted, pasamos el capitán y yo al escritorio para ha- cer las cedulillas.

—Pasen, pasen por donde quie- ran.

Sabía apenas doña Carlota lo que decía, en medio del barullo y del trajín en que andaba metida.

—Lo único que les recomiendo

—observó— es que todo se haga de prisa, porque dentro de unos momentos vamos a sentarnos a la mesa.

—Cuestión de diez minutos.

—Perfectamente.

Penetraron Amparo y Souza en el coquetísimo cuarto de trabajo de Anita, todo alfombrado y tapizado de azul y blanco, bien surtido de elegante estantería seccional res- guardada por cristales ingleses, al través de los cuales distinguíanse los elegantes lomos de numerosos y bien encuadernados libros. Por las paredes había finas acuarelas toma- das del Valle de Méjico por la mis- ma Anita; y encuadrados en severos marcos oscuros y en elegantes pas- separtouts, retratos oleográficos de poetas y artistas: Cervantes, Shakes- peare, Byron, Lamartine, Pereda, Tolstoi. En lo más alto de los li- breros, destacábanse los bustos de yeso de Beethoven, Mozart, Gounod, Bellini y otros grandes maestros del arte musical. Hallaron abierto el di- minuto escritorio de oloroso cedro ricamente tallado y con incrustacio- nes de metal, sobre el cual solía inclinarse la joven propietaria para escribir preciosas esquelas, y, muy a la mano, la lista completa de los invitados, escrita de puño de Anita, con ese carácter anguloso de letra, especial de las alumnas de las Da- mas del Sagrado Corazón, a cuyo número había ella pertenecido. Am-

paro, nerviosa de suyo, y de prisa en esta ocasión, buscó rápidamente en los cajones sin pararse en escrú- pulos, y halló pronto varias colec- ciones de papel de clases diversas, acomodadas todavía en sus respec- tivas cajas; escogió las hojas más blancas y gruesas, y ayudada por Souza, fue rompiendo de alto abajo y de derecha a izquierda los plie- guitos, para formar pequeños cua- drilongos, a modo de tarjetas de vi- sita. Una vez concluida la tarea, que fue un verdadero destrozo, hizo to- mar asiento al militar ante el pu- pitre, y apoderándose de la lista, fuéle dictando uno por uno los nom- bres de todas las personas mayores que a la fiesta habían concurrido.

Y como Souza escribía con soltura, elegancia y rapidez, quedó termi- nada la obra en menos de un peri- quete. Tornaron en seguida los jó- venes al comedor, y se dieron a co- locar uno por uno aquellos pape- lillos sobre las blancas servilletas.

Doña Carlota, que terminaba su trabajo en aquellos momentos, pudo darse cuenta de lo que hacían los recién llegados, y les dijo:

—Coloquen ustedes a la concu- rrencia según su placer; solamente les recomiendo no pongan a mi lado a ninguna niña melindrosa ni a nin- gún frivolo mozalbete.

—A quienes usted guste, señora, no faltaba más —contestó Ampa- ro—; usted dirá.

—Desearía tener a mi derecha a la señora Stephenson, que es la úni- ca extranjera de la reunión, y a mi izquierda a don Melchor, mi viejo amigo.

—Muy bien, así lo haremos.

—Otra cosa. ¿Quién será el com- pañero de mi hija?

—Quien usted disponga.

—Nosotros —intervino Souza—

pensábamos poner a su lado a Na- cho Quintanar.

—No me opongo —contestó dis- traída doña Carlota—; el doctorcito es todo un caballero.

Así fue como quedaron estratégi-

camente distribuidos los asientos por obra y gracia de aquellos dos espontáneos acomodadores: Teresa al lado de Pancho, Clotilde al de Mauricio, Laura al de Ramón, y así sucesivamente, novio con novia, o pretendiente con pretendida; amén de, por de contado, Anita junto a Quintanar, y la propia Amparo a la vera de Souza.

En cuanto a los jóvenes y las jó- venes que andaban aún sueltos y vagarosos sin haber fijado el cora- zón ni siquiera los ojos en indivi- duo alguno del otro sexo, fueron barajados y entremezclados entre sí, a la ventura y a la buena de Dios;

y los viejos y las viejas, los papas y las mamas, y los tíos y las tías de las niñas guapas, viéronse trai- doramente relegados a lejanos sitios, donde no se les negase el pan ni la sal, esto es, donde pudiesen co- mer y beber a sus anchas, pero don- de viesen y oyesen lo menos y lo peor que fuese posible.

Entretanto, no perdían Amparo y Rodolfo la ocasión de divertirse, y se complacían en reunir maligna- mente a personas dispares, heteró- clitas y disímiles.

—¿Dónde ponemos a Lucrecia, Rodolfo? —preguntaba Amparo con sabrosa risilla.

—¿Dónde será bueno? —interro- gaba éste con la misma entonación y el mismo gesto.

—¿No te parece que junto a Cris- pin?

—¡Pero si ella es casi muda! No dice esta boca es mía.

—Por eso mismo; él es un per- fecto guardacantón. No se le cono- ce el timbre de la voz.

—¿Y a Jesusa?

—Es una tarabilla.

—Que ni mandada hacer para Benito, que padece flujo de pala- bras.

—Los desposaremos.

—Excelente.

—Lucrecia y Crispin no moverán los labios; no harán más que co- mer —dijo Amparo riendo.

—Benito, en cambio, la arreba- tará a Jesusa, y ésta olvidará los platos por despepitarse de lo lindo

—agregó Souza en tono zumbón.

—Oye, Rodolfo, se me ocurre una idea.

—A v e r . . .

—Que en este sitio, que es el más iluminado de todos, pongamos a los comensales más feos.

—¿Para qué, Amparo?

—No seas bobo, Rodolfo, para que luzcan sus gracias y primores.

—¡Ja, ja! ¡Qué ideas tan buenas tienes! Pero, vamos a ver, ¿quiénes son los más feos? ¿Quiénes merecen tan honorífica distinción?

—Yo voto por doña Melesia.

—¿Será peor que doña Petronila?

—Ya lo creo. Fíjate en su b o c a . . . y no olvides sus colmillos. Tiene algo de elefante.

—Sí; pero la nariz de doña Pe- tronila es del tamaño del Chimbo- razo. Al pie de ella florece una ve- rruga tan grande como un hongo.

—Bueno; déjame triunfar con doña Melesia, y yo te dejo escoger a tu candidato para que le haga compañía.

—Convenido. Mis sufragios son en favor de don Tadeo, porque es pernicorto, ventrudo, coloradote y de mofletes colgantes y viscosos.

—Opinas así porque no te has fi- jado en don Rogaciano, que parece muerto salido de la sepultura, alto, flaco, amarillo... alma, de parte de Dios te p i d o . . .

—Sí, don Rogaciano es terrible, pero don Tadeo es cómico; aquél da miedo; éste, risa.

—Pues lo dicho, Rodolfo; hágase tu voluntad y no la mía.

Y así continuaron aquellos ale- gres jóvenes divirtiéndose a costa del prójimo sin el más leve escrú- pulo. Ora seguían la ley de los con- trastes, y colocaban a un viejo cal- vo y de arrugada faz al lado de una pollita fresca y pizpireta, o a una dama tan blanca como el mármol junto a un mestizo tan amarillo y lustroso como el mejor cuero cor-

dobés. Ora seguían la ley de las si- militudes, y ponían a un chato jun- to a una chata, a un narigón junto a una narigona, y a un bizco jun- to a una bizca. ¡Válgame Dios! Ni siquiera los tuertos ablandaron su corazón, pues juntaron tuerto con tuerta por amor a la simetría. ¡A cuántos contratiempos se ven ex- puestas las personas incautas y sen- cillas, cuando quedan a la merced de gente maleante y de buen hu- mor!

Tan pronto como estuvo todo arreglado, o desarreglado, como se quiera, y distribuida la servidum- bre en orden de batalla desde la cocina al comedor, entró doña Car- lota en la sala para anunciar a la concurrencia que la cena estaba ser- vida. Amparo y Rodolfo fueron en- cargados, naturalmente, de mostrar su sitio a cada quien; y así, dando muestras y señales de tener memo- ria superior a la del cardenal Mez- zofanti, fueron distribuyendo las parejas según sus maliciosas caba- las; y don Melchor se sentó junto a la señora de Téllez, Quintanar junto a Anita, Pancho junto a Te- resa, Mauricio junto a Clotilde, Ramón junto a Laura, don Crispin junto a doña Lucrecia, don Beni- to junto a doña Jesusa, don Tadeo junto a doña Melesia, y así por este orden los demás concurrentes, ino- centes víctimas de ocultas burlas y combinaciones. No faltó observador sagaz que fijase la atención en aque- llos singulares arreglos, ora por el cruzamiento de ciertas narices próxi- mas, semejantes a espadas de com- bate, ya por el estrabismo contiguo de cuatro ojos, que no lograban lan- zar miradas a derechas, ya por la unión y apareamiento de dos feal- dades notorias y de solemnidad.

Por fortuna aquellos penetrantes ra- zonadores guardaron prudente silen- cio, y a nadie comunicaron sus du- das y recelos.

En tanto, dio principio el servicio.

Rondaban los sirvientes en torno de las mesas, ya con las humeantes