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De madrugada se levantó Bola- ños el día siguiente, aguijoneado por la idea de que tenía que ir al cam- po de tennis, llamado corte (sonso- nete de court, lugar donde se juega a la pelota) por los anglómanos, que son muchos entre nosotros; y como el aristocrático Good Hope se hallaba a corta distancia del hotel Astoria, no tuvo que andar largo ca- mino para llegar a donde iba. A las seis de la mañana abrió el locker donde tenía guardados sus útiles de jugador, y halló que, durante su di- latada ausencia, los asiduos sports- men que a aquel sitio concurrían, habían hecho uso liberal de todas sus pertenencias, contando sin duda, con la complacencia del empleado que tenía a su cargo la vigilancia de aquellas preciosas alacenas. Ca- misa, pantalones, sombrero, cintu- rón (todo de género blanco) habían envejecido mucho y estaban ludidos y percudidos por el maltrato. Los zapatos de lona y suela de goma sobre todo, en tal estado se halla- ban, que no era posible calzarlos.

Grandísimo enojo cobró Cheno con todo ello, y hasta quiso avistar- se con el guardián para decirle cuántas eran cinco; pero halló que éste era enteramente nuevo en el empleo y nada sabía de lo hecho o no hecho por su predecesor. Por lo cual, después de soltar en alta voz algunas palabrotas para que se las apropiase aquel a quien le convinie- sen, no tuvo más recurso que resig- narse, aunque refunfuñando, a ves- tir aquel estropeado y deslucido ves- tuario. Las tiendas a esa hora es-

taban cerradas todavía y no podía comprar prendas nuevas, i Voto a sanes! ¡Qué suerte más negra! Lo único que logró en tan apretado caso, fue proveerse de calzado y ra- queta flamantes, porque había am- bas cosas en las oficinas del Good Hope.

Así pasó el tiempo, en medio de desagradables investigaciones, hasta que sonaron las siete, que era la hora de la cita con Clara. La tur- bamulta de sportsmen y sportswo- men que de improviso llenó el cam- po de tennis, halló a Cheno listo para todo; pero jen qué forma! Más parecía un pobretón con pujos ri- dículos de elegancia, que un aris- tócrata, rey de la moda y espejo y desesperación de la nueva juventud, aspirante a los esplendores del chic y de las cosas comm'il faut. Bola- ños había engruesado con el tiempo, y cabía apenas en sus pantalones, y, sobre todo, no armonizaba bien su negra, rizada y tupida barba, con aquellas prendas de vestir, medio infantiles y medio marineras. Él mismo comprendía que no se halla- ba en su papel, y andaba y se mo- vía con torpeza; estaba como acor- tado dentro de su vieja vestimenta y tenía movimientos torpes y sin gracia, muy ajenos a su naturaleza, hábitos y educación. El efecto que su estampa produjo en el espíritu frivolo y burlón de aquel grupo de mozos y doncellas de la más alta crema social, con el cual estaba ya como desligado por razón de su edad madura, fue muy amargo para él y muy regocijado para ellos. Mi-

rábanle con impertinencia, anali- zándole de pies a cabeza y fijando la vista en los peores detalles de su pobre exterior; y Cheno, que se daba allá en sus adentros a todos los demonios en aquel trance, tenía que aparentar serenidad y buen hu- mor para desarmar a críticos y fis- gones. Clara se sintió consternada ante la triste facha de su novio. Ve- nían con ella Netty, Lilly, Raoul y Thomas, nuestros antiguos conoci- dos, otras varias jovencitas y media docena de barbilindos de lo más de- licado, sutil y pasado por alambi- que de la nueva aristocracia citadi- na, tales como Jack (que debiera ser Jacobito por venir de Jacques, que en francés significa Jacobo, pero que absurdamente quiere decir Jua- nito en inglés) y Dick (Ricardito) y Ellick (Alejandrito) y Hal (En- riquito), y Peg (Margarita) y Lulú

(Luisita) y Patty (Martita), todos mejicanos y algunos hasta medio indígenas; pero que, habiendo cru- zado por los Estados Unidos o por

Inglaterra como aves de paso, ha- bían adoptado aquellos extravagan- tes y absurdos diminutivos para dárselas de extranjeros, o al menos de pasados por agua, como los hue- vos, a fin de tener más considera- ción y prestigio a los ojos de la gen- te de arriba, frivola, sin seso e idó- latra de lo forastero y exótico.

Thomas llevaba en el ojo dere- cho el eterno monóculo.

—¡Cuan puntual, Cheno! —dijo Clara a Bolaños dominando cuanto le fue posible el mal humor.

—Desde las seis estoy aquí, Cla- ra —repuso el joven—; por cierto que he hecho una cólera atroz.

—¿Por qué? —interrogó ella con interés—. ¿Qué ha sucedido?

—Que no sé quién o quiénes han abierto mi locker, y tenido el atre- vimiento de hacer uso de todas mis cosas. ¿No ve usted qué viejo y su- cio está esto?

Y Cheno señaló con la diestra la ropa que llevaba. Indiscretas risi- llas de mujeres sonaron aquí y allá;

los pisaverdes reprimieron apenas su buen humor, y Thommy, desarru- gando el ceño, dejó caer el redondo cristal que aprisionaba entre una ceja y un pómulo, y que pendiente de ancha cinta de negra seda ase- gurada a la solapa de la americana llevaba, para distraerse volviendo a colocar la lente en su lugar y no soltar una carcajada. Bolaños se dio cuenta de todo, y en un tris estuvo que no estallase su cólera prorrum- piendo en no muy pulcras interjec- ciones; pero se dominó, aunque no hasta el punto de no arrojar en tor- no una furibunda mirada. Los cir- cunstantes comprendieron que esta- ban frente a frente de un hombra- chón irritado, y callaron prudente- mente, salvo haber seguido riendo y haciendo alegres comentarios al verse lejos o a cubierto de aquellos ojos coléricos.

—En efecto —repuso Clara con seriedad—, están muy usadas esas prendas. ¡Qué abuso, por Dios!

—Ha sido un verdadero sacrifi- cio para mí el echármelas a cuestas

—continuó Bolaños—; pero como a estas horas está cerrado el comer- cia, no me quedó más recurso que ponérmelas. Sólo pude comprarme calzado y raqueta aquí mismo.

Al decir esto, mostraba los zapa- tos albeantes y la amarilla raqueta de limpias, tirantes y cruzadas cuer- das, que asida por el mango en la diestra mano llevaba.

—Por fortuna ha adquirido usted lo principal —repuso la joven—,

pues sin buenos zapatos y buena ra- queta, no es posible jugar pasade- ramente; mientras que todo lo de- más es de importancia secundaria.

No se preocupe usted, Cheno, no vale la pena.

Algo tranquilizaron a Bolaños aquellas palabras, y así lo manifes- tó en el barbudo rostro, menos con- traído y avinagrado ya que al co- menzar el diálogo. Luego corrieron los jugadores en dirección del salón donde se hallaban sus respectivos lockers, riendo y armando algara-

bía. Siguiólos Bolaños con la vista, y, sin duda por hallarse mal pre- venido contra aquella legión de lo- cos, le pareció que iban cuchichean- do y haciendo comentarios a costa suya.

—No me gusta la mañana —mur- muró para su coleto, mientras daba lentos pasos por el campo de ten- nis—; mal comienza. ¿Cómo irá a terminar?

Y se absorbió en quién sabe qué increíble número de penosas e irri- tantes consideraciones, que le hi- cieron resollar gordo y sacudir por el aire con tremenda furia la raque- ta. Por fortuna no tardaron en vol- ver los jugadores, vestidos ya en traje de carácter. Habían dejado so- bretodos y pelerinas en los lockers y calzado los amplios zapatos sin tacones que el caso requería. Cor- tas eran las faldas de las jóvenes, de suerte que dejaban al descubier- to las piernas hasta más arriba de los tobillos, y en plena exhibición los aplanados pies, que parecían grandes, anchos y sin pizca de gra- cia dentro del holgadísimo calzado.

Los recios cinturones, las flotantes corbatas, las blusas de alto cuello masculino vuelto hacia abajo y las amplias mangas abotonadas en tor- no de las muñecas, que llevaban, dábanles aspecto semihombruno. Cu-

brían la cabeza algunas de ellas con ligeros sombrerillos de gasa y tul de anchas alas, arreglados sobre armazones de fino e invisible alam- bre; en tanto que los de otras eran de suave lona y leve falda doblada hacia la copa y desdoblada sólo en la parte delantera, por gracia y gen- tileza.

Parecía que los caballeros se ha- bían puesto simplemente en paños menores. Su camisa blanda de vol- teado cuello y sus amplios panta- lones recordaban la camisa y los calzones de la plebe; y contribuían a producir aquel efecto óptico, las vastas alpargatas o babuchas de blanca lona enlucida con polvo de

tiza, en que traían metidos los nada pequeños ni graciosos pies.

No puede ni debe negarse que, a pesar de aquel extravagante désha- billée, había algunas figuras feme- ninas que parecían graciosas; pero también ha de decirse que tal re- sultado debíase, no al uniforme de- portivo que habían adoptado, sino a la virtud irresistible de las bien trazadas y armoniosas líneas de sus cuerpos y rostros. Era Clara del nú- mero de las jóvenes a quienes tan descuidado traje no perjudicaba, pues, aun cuando tenía la piel un tanto amarilla, no llegaba hasta el punto de contrastar con la albura del sombrero, la falda y la blusa, y hacía juego con el cinturón de cue- ro de Rusia, de ligero tinte amba- rino. Alta, gallarda y fuerte, iba di- fundiendo garbo y donaire por don- de pasaba; tanto, que por tácito consentimiento del grupo, era tenida por la reina o capitana de todos, hombres y mujeres.

Thommy, por su parte, lucía bien la esbeltez de su talle, la fina y vi- gorosa musculatura del cuerpo y la ligereza de los movimientos en aque- lla elemental vestimenta de salto de cama a media noche, como payama índica. Desembarazado del enorme y redondo cristal que innecesaria- mente y sólo por presunción de con- tinuo sobre el ojo derecho portaba, parecía de rostro simétrico y atrac- tivo, en plena floración de juven- tud; blanco y sonrosado, como el de un efebo ateniense. Era visible- mente el preferido y favorito de la mayor parte de las jóvenes, que a cada paso le llamaban y pedían con- sejo con diferentes pretextos o mo- tivos.

¡Thommy, arrégleme la raque- ta!

—i Las pelotas, Thommy!

Y Thommy por aquí y Thommy por allá, que no parecía sino que era el único joven que había en la reunión. Otros mozalbetes parlan- chines y bullangueros armaban gres- ca y estrépito procurando ser gra-

ciosos y atraer la atención de las muchachas; pero ninguno tan plena- mente lo lograba como aquel inglés fingido, que, despojado de sus tri- vialidades e insulseces, hubiera triunfado no sólo allí, sino también en cualquier otro círculo. Pero

¡qué remedio! La corriente de la vanidad y de la moda habíale lleva- do por aquel camino, y habíase en- golfado en él de tal suerte, que ni siquiera se le ocurría la idea de re- troceder o de tomar cualquier otro sendero.

Cheno lo observaba todo con ojos enemigos y desconfiados, y por ins- tinto, cobró desde luego inquina y mala voluntad al buen mozo y re-

lamido Thommy. ¿Era envidia lo que sentía? ¿Era despecho? ¿Eran celos? Un poco debe haber habido de todos aquellos corrosivos elemen- tos en el atroz compuesto de repul- sión que contra él sentía, pues le había amargado la boca, como pó- cima repugnante. ¡Tener él treinta y seis años y el otro poco más de veinte! ¡Ser tan grueso y tosco, y el otro tan delicado y esbelto! ¡Es- tar él tan mal trajeado, y el otro tan elegante! ¡Sentirse él tan infeliz a los ojos de Clara, y ver al otro tan solicitado y admirado por ella! ¿No eran aquellos contrastes, causa sufi- ciente para despertar su despecho?

A cualquiera otro hubiérale pasado lo mismo en igual caso; pero más, mucho más, pasábale a él, que era tan imperioso y soberbio. Abstúvo- se, no obstante, de dar a conocer sus sentimientos hostiles a Thommy, que no se curaba de él en lo más mínimo, y aparentó no parar mien- tes en la gloriosa grandeza de aquel extranjerizado personaje; pero la rivalidad quedó bien determinada en su volcánico pecho desde aquel pun- to y hora.

En el primer juego de la primera serie, Clara escogió a Bolaños por compañero, y Netty a Thommy.

—Juego ganado por ti —dijo Netty a esta última.

—¡Quién sabe! —repuso Clara con modestia.

—No hay aficionado al tennis que lo haga mejor que tú; eres famosa.

—No tanto, y hasta creo que lo dices por broma. Además, llevas un compañero de primera fuerza.

Thommy es el más listo de nues- tros amigos.

—El tuyo debe serlo también

—repuso Netty clavando en Cheno una mirada indefinible.

—Lo fue en efecto, cuando se es- trenó este corte; pero hace tiempo que no juega.

—Ahora lo soy pésimo —afirmó Bolaños, que escuchaba el diálogo.

—Pero ¿por qué, señor? —inte- rrogó Netty con seriedad.

—Por eso mismo, porque hace cuatro años no tomo la raqueta.

—Pero lo que bien se aprende, mal se olvida —objetó Clara con benevolencia.

—Ojalá así sea —repuso Bolaños suspirando.

—En fin ¡manos a la obra! —ex- clamó Clara—, ya veremos lo que sucede.

Ocuparon su sitio las parejas a un lado y otro de la red.

¿Ready? —preguntó Clara blan- diendo la raqueta.

¡Ready! —repuso Netty más allá, con su clara voz argentina.

Y comenzó el juego. Por desgra- cia había sido designado Cheno como sacador, pues vióse desde lue- go que había perdido su antigua maestría, y que a tal punto le había pasado eso, que habiendo hecho bo- tar con fuerza la pelota, no pudo lanzarla al lado opuesto, por más que dio dos o tres golpes en el aire con la raqueta. Aquel contratiempo le puso nervioso, y de ahí en ade- lante, no hizo más que puros desati- nos. Unas veces ponía los pies más acá de la línea de las bases, otras daba en la red con la pelota, o bien la enviaba lejos, muy lejos; y hasta llegó a suceder que, iracundo y fas- tidiado al hacerse cargo de su tor- peza, imprimiese impulso tan des-

medido a la redonda bola, que fuese ésta a dar, no sólo fuera de aquel campo de juego, sino hasta más allá del contiguo. En vano la ligerísima y experta Clara se empeñaba en re- mediar su torpeza haciendo prodi- gios de destreza; la terrible Netty y el tremendo Thommy llevaban siempre la delantera y contendían con tal desembarazo con ellos, que en un abrir y cerrar de ojos gana- ron la partida.

El segundo juego de la serie fue peor que el primero, porque Cheno estaba ya amostazado y mohíno y Clara se había tornado seria, calla- da y displicente; en tanto que en la fila contraria se había desperta- do tan alegre buen humor, que a Bolaños más que júbilo y retozo, burla y mofa le parecía. Y todo fue errar, cometer torpezas y desbarrar pasmosamente para el pobre hom- bre, que no sabía ya de sí, y daba pesados saltos, como de elefante, y patadas como de muía, y manota- das al espacio como de loco, sin or- den, concierto ni regla; que no pa- recía sino que un soplo maligno le había envuelto, le empujaba por extraviada senda e iba a arrojarle en el despeñadero de la ridiculez.

Y la pelota, entretanto, iba y venía por el aire, rápida y silbante como un proyectil, inaccesible a su raque- ta, volando a las veces tan alto, que no le era posible alcanzarla por más que brincase, o tan baja y arrastra- da, que antes rascaba el pavimento con la raqueta que tocarla siquiera, o tan veloz en su trayectoria, que le dejaba inmóvil y boquiabierto al pasar junto a él, o con tan raros, estudiados y magistrales efectos dis- parada, que, cuando la buscaba por la derecha, giraba malignamente por la izquierda, y cuando hacia la izquierda, por la derecha. Delirante, frenético, desesperado, llegó Cheno a imaginarse que aquella perversa bola tenía alma, y diabólica y bur- lona; y que sus botes, rebotes y efec- tos, eran pura mofa, y sus silbidos, risillas de escarnio, y sus giros y re-

vueltas, artimañas de que se valía para ponerle en berlina y hacer re- bosar y desbordarse la colmada copa de su paciencia.

Aquella prueba era tremenda, y superior al nunca refrenado e iras- cible carácter de Clara; de suerte que, a medida que Ja incapacidad y la ceguera de Bolaños crecían, iba oscureciéndose más y más el humor de la joven, iba agotándose rápida- mente su tolerancia e iba surgiendo potente, arrollador en su pecho, no el desdén, no la lástima, sino el des- precio, un hondo desprecio hacia el tonto, deslucido e insoportable Che- no. Como juegos y frivolidades, jun- tamente con recepciones, teatro y saraos, formaban toda la vida de la rica heredera, daba importancia capital a aquellas nimiedades. Sen- tíase humillada de tener por com- pañero a aquel individuo tan gordo, incapaz y mal vestido, y no podía menos de establecer comparaciones entre él y Thommy, que represen-

taba lo más exquisito del buen por- te y de la distinción; todas ellas, se entiende, en alto grado ofensivas para su necio e insufrible novio, i Oh, si en vez de tomar a Bolaños por compañero, hubiese elegido a Thommy! i Cuan distinto hubiese sido el éxito de las partidas! Pero ya no había remedio; formaba par- te de una pareja triste y menguada, que daba mucho que reír a los es- pectadores, i Cosechar risas y zum- bas, cuando ella, Clara, no había recogido más que aplausos y admi- ración durante toda su vida!... Era cosa muy fuerte. ¡Y de ello tenía la culpa aquel ser extravagante, aquel personaje ventrudo, cubierto de vello y de incómoda barba, que, vestido de prendas viejas y sucias, a su vera tenía! Rápidamente, sin re- flexión, y con esa especie de vér- tigo que se apodera de la gente fri- vola en ocasiones semejantes, sintió

que se desvanecía toda su inclina- ción hacia Cheno, que no le amaba ya, y que no podía unir su suerte a la de sujeto tan destituido de gra-

cías cortesanas. Así, por motivos insignificantes y microscópicos, sue- len mudarse los sentimientos de las almas y cambiar de rumbo los hu- manos destinos.

Todo lo adivinaba Cheno por ins- tinto, y la rabia le tornaba más len- to, pesado y tardo; así que, no ha- bía tontería que no cometiese. Ora pescaba la bola con la mano a la pasada, en vez de chazarla con la raqueta, o soltaba ésta y la enviaba dando vueltas por los aires, o, para colmo de escándalo, dirigía la pelota con tan mal tino, que iba a dar a las narices mismas del Juez del campo. Y así, por el estilo, no ha- bía regla que no desconociese, al- terase o infringiese, y su ejecución no era juego, sino desbarajuste, dis parate, barbaridad.

En tal conflicto, crisis y aprieto, perdió Clara los estribos y ella mis- ma cometía torpeza tras torpeza,

absurdo tras absurdo; y aquello la tenía fuera de sí, incapaz ya de do- minarse ni de medir sus palabras.

Así que brotaban éstas, aceradas, ofensivas, de su contraída y precio- sa boca. Varias veces se le oyó ex- clamar:

—¡Cheno, por Dios!

—¡Qué es eso, Bolaños!

—¡Hombre de Dios! ¿Está usted loco?

A lo cual respondía él con un gruñido y con un feroz golpe de ra-

queta, que más parecía coz y zar- pazo de bestia, que movimiento pa- cífico y deportivo.

Y no fue eso lo peor, sino que Clara, sin recordar que Cheno la comprendía bien, entendíase en in- glés con la pareja contraria para lanzar invectivas contra Bolaños; y que, en diálogo con Netty y Tho- mas, llamó a su novio slow y heavy, y fue subiendo en el diapasón de sus calificativos hasta acabar por llamarle rude y stupid; todo lo cual significaba, lento, pesado, rudo y estúpido. No era Cheno para sopor- tar aquella situación ni para hacer oídos de mercader a tales epítetos;

ni mucho menos cuando Netty los repetía una y otra ocasión, y Thom- my, aun cuando guardaba silencio,

los celebraba disimuladamente con guiños y sonrisas. Aquello se había vuelto una gresca, una frasca, una fiesta de toros: era demasiado para una naturaleza fulminante como la de Cheno. Y no pudo continuar.

Cortóse, pues, a la hora menos pen- sada, como restalla y se rompe una cuerda demasiado tensa. Llegó, pues, un momento en que, al oírse llamar

¡stupid! por su amada, alzó Cheno la voz, frunció el ceño, arrojó fue- go por los ojos, vio a Thommy con pupilas flamígeras, con ira a Netty,

con profundo rencor a Clara, y sol- tando dos o tres temos que no eran propios de aquel sitio ni de aque- lla sociedad, cogió la raqueta, es- trellóla contra el suelo, huyó del campo del tennis antes que la par- tida terminase, y se dirigió con paso colérico a su casillero para mudar de traje y largarse de aquel lugar mil veces maldito.

Entretanto, después de la natural sorpresa que sus palabras y brusca deserción habían producido en el ánimo de Clara, Netty y Thomas, saludaron éstos con un coro de car- cajadas aquel grotesco final de la más chusca partida de tennis que en el Good Hope se hubiese nunca jugado. Luego se habló del asunto unos minutos, se criticó al ausente con crueldad inaudita, y Clara con- cluyó por levantar los hombros con infinito desdén.

—¡Oh, shocking! —exclamó con el bárbaro propósito de aplastar a su antiguo amigo.

En seguida se organizó una nueva partida, con ánimo sereno y desaho- gado, la cual fue mejorada con el ingreso de nuestro conocido Raoul, que andaba suspirando por Netty en las tinieblas exteriores. Ella le acogió con benevolencia y Thommy

se pasó al partido contrario, esto es, al lado de Clara. Las cosas se caían de su peso. Aquello era lo natural y puesto en el orden, en tanto que