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La casa de la familia Montalvo, ubicada en la calle de Londres, de la colonia Juárez, presentaba aque- lla noche aspecto alegre y encan- tador. El jardín que se extendía de- trás de la verja y contorneaba la casa, mostrábase esmaltado de pe- queños focos de luz eléctrica e in- candescente, que brotaban en medio del follaje de árboles y plantas, como flores de luz, que hubiesen aguardado la puesta del sol para romper la envoltura de sus oscuros capullos. Más allá, y a corta distan- cia de la entrada, elevábase la rica mansión iluminada a giorno y de- rramando al exterior al través de los gruesos, transparentes y enormes cristales de opacos dibujos, torren- tes de claridad, que manchaban de luz el pavimento, y se reflejaban en el asfalto de la calle. Dos porteros vestidos con trajes de terciopelo co- lor guinda, calzón corto, medias de seda, charoladas chinelas con gran- des hebillas metálicas, y anchos, re- dondos y dorados botones, recibían ceremoniosamente a los invitados, mostrándoles el camino para llegar a la gradería de la casa, arriba de la cual, lacayos vestidos de la mis- ma manera, recogían abrigos y som- breros de damas y señores con pro- fundas reverencias, depositábanlos en el guardarropa, donde eran alma- cenados en los casilleros, y entre- gaban los números correspondientes a los propietarios.

Desde bien temprano habían co- menzado a llegar numerosos carrua- jes y automóviles, y habíanse colo- cado en dos hileras frente a la casa, en espera de sus dueños y señores y de la terminación del regocijo.

Y todo era sonar de trompas de aire comprimido, rodar de vehícu- los, bajar de damas elegantemente ataviadas, envueltas en abrigos cla- ros y lujosos, y de caballeros vesti- dos de frac, chaleco bajo y dura pe- chera nítida y reluciente, y envuel- tos también en amplios sobretodos de subido cuello. A ese ir y venir y a ese constante movimiento que en la calle se observaba, seguía el estrépito de las portezuelas cerra- das de golpe.

Una vez libre cada vehículo, ale- jábase de la entrada de la casa, para alinearse en el lugar que le corres- pondía, a lo largo de una y otra acera del frente de la opulenta man- sión; y adelantábase en seguida al- gún otro carruaje o automóvil, que ocupaba su sitio.

Una vez en el vestíbulo, abríase la amplia puerta de emplomados cristales de colores, que daba ac- ceso al hall, y los recién llegados eran ceremoniosamente atendidos por caballeros a quienes se había comisionado para recibir a la con- currencia. Deslumhraba la luz que por todas partes resplandecía. Dos focos de arco encerrados en globos de cristal apagado, derramaban en el extenso hall, pendientes de la rica techumbre, una claridad como de luna. Más adentro brillaban grandes lámparas de cristal con abundancia de focos incandescentes e innumerables candelabros fijos en las paredes, con blancas y figura- das velas de porcelana, sobre las cuales se alzaban vividas e inquie- tas llamitas que esplendían con energía jubilosa. Un bosque de pal-

mas y plantas de invernadero ele- vaban y extendían su verde y va- riado follaje, desde el vestíbulo has- ta el hall, dando la impresión de ser aquel un paraje campestre y fres- co, y no artificioso y efervescente centro de reunión social como lo era.

Los salones que de ordinario ser- vían para recibir visitas de dife- rentes categorías, pobres, medianas y ricas, de confianza o de cumpli- miento, hallábanse engalanados para la fiesta, y lucían ricos muebles de diferentes estilos, Luis XV, Luis XVI e Imperio, lanzando vivos reflejos de sus muros tapizados de seda o cubiertos de lunas venecianas, y mostrando en todo su esplendor, sus elegantes plafones, imitación de los más célebres de los palacios euro- peos, obras de artistas italianos o franceses, traídas a todo costo de allende el Atlántico. Artesanos de las mismas nacionalidades habían pasado el océano para colocar en sus lugares respectivos tapices, telas y cielos rasos. No había mueble fa- bricado en el país o de hechura nor- teamericana; todos eran de más allá de los mares, y habían costado su- mas fabulosas de dinero. Cada sa- lón ostentaba la debida armonía en todos sus componentes y detalles;

de suerte que a tal color de alfom- bra, correspondía el de la seda de los muros, el carácter del plafón y el estilo del mobiliario. Abundaban las partes doradas en sillas y con- fidentes, así como en los complica- dos marcos de los espejos, que pa- recían salidos de antiguos conven- tos. No hacían el menor ruido los pasos en aquellas ricas alfombras;

estaba el aire como saturado de esen- cias, y todo era fiesta, elegancia y alegría. Las señoras casadas, hacien- do uso del derecho que les daban las leyes de la elegancia, estaban escotad ísimas y cargadas de alha- jas. Las jóvenes se mostraban más modestas en el descubrir gargantas y espaldas; llevaban trajes claros y largos guantes de cabritilla, y ha-

bíanse sentado alineadas en asientos arrimados a los muros; en tanto que los caballeros discurrían de un lado a otro, lanzándoles ávidas y tiernas miradas, a pesar de sentirse medio ahorcados por duros y derechos cue- llos a la inglesa, en torno de los cuales habían anudado, a guisa de dogal, la blanca y diminuta corba- ta. Llevaban calzados los guantes, y lucían al andar las chinelas de cha- rol, que dejaban ver un poco de la oscura media al caer sobre los enor- mes moños de seda, anudados sobre la parte alta del calzado.

Era el tiempo de la falda traba- da y del talle alto, que tan bien sen- taba a las mujeres de hermoso cuer- po, y ponían tanto en ridículo a las flacas o ventrudas y de desarrolla- das caderas. Los rostros y las gar- gantas de un blanco mate, ya por la albura de la piel, o bien por la profusión de polvos de arroz o de- más comprometedores afeites em- pleados para aclararlos, hacían apa- recer a aquellas hermosas como fi- guras de yeso o blanco mármol; si bien el fresco color de las mejillas de algunas verdaderamente lozanas, o el colorete de las que habían pe- dido al pincel la rozagancia de que carecían, el chispear de los ojos, la movible grana de los labios y la blancura de los dientes descubier- tos por intencionadas sonrisas, des- vanecían aquella impresión, para sustituirla con la de ser aquél un paraje encantador, poblado de mu- chedumbre de ninfas, de huríes y de diosas.

Era don Pablo Montalvo, hom- bre más que maduro y tirando a viejo; tenía el tipo del Sur en todo su desarrollo: grande y redonda ca- beza, salientes pómulos, ojos un tan- to oblicuos y barba rala y lacia. Su cabellera, en la cual comenzaban a aparecer algunos hilos blancos, pa- recía de artista, pues llevábala lar- ga y la peinaba y echaba hacia atrás de las orejas. No era alto, sino más bien de baja estatura; pero ro- busto y cuadrado de espaldas. Ves-

tía con suma elegancia, y mostraba en la pechera de la camisa, un so- litario por único botón, el cual pa- recía estrella reluciente.

Su esposa doña Mónica pasaba poco de los cuarenta años, y con- servaba rastros de una hermosura verdadera, aunque fatigada y mar- chita. Era por extremo blanca, un poco gruesa, de ojos zarcos llenos de movimiento y de vida, de frente tersa, y de boca un tanto grande, aunque de labios delgados. Había padecido mucho de la dentadura, y tenía en ella numerosas orificacio- nes, que se le miraban y distinguían, cuando abría la boca para hablar o sonreír. Vestía traje negro de seda, bastante escotado por delante, y te- rriblemente por la espalda, pues el ángulo de la desnudez, llegábale casi a la cintura, y permitía ver el libre y activo juego de los anchos huesos que dan término a los bra- zos junto a la espina dorsal. Ceñido al talle, llevaba un cinturón asegu- rado con hebilla de diamantes. So- bre la cabellera entrecana erguíase un airón de finísimas plumas, reco- gido en su base por un cintillo de piedras preciosas. Eran de gruesas perlas los pendientes que ornaban los lóbulos de sus orejas, y en torno del robusto cuello y del seno exu- berante, enredábase un collar tam- bién de perlas, con tal arte distri- buidas, que eran pequeñas en de- rredor de la garganta, e iban au- mentando en grosor a medida que bajaban sobre el pecho, hasta llegar a ser del tamaño de una avellana en el punto céntrico de la última onda que sobre el pecho caía. Opri- mían sus muñecas, pulseras de oro adornadas de brillantes, y el aba- nico que en la diestra llevaba, era

un primor de delicadeza y finura, tanto en la parte marfilina que for- maba el conjunto de sus delgadas varillas, como en la superior, hecha de viejo y primoroso encaje de Bru- selas, de subidísimo precio. Podía valuarse en más de cien mil pesos el costo de los ricos atavíos que la

señora mostraba. Habíase situado, como reina o emperatriz, en un con- fidente que ocupaba la cabecera del salón principal, y, sin moverse de allí, recibía las salutaciones de las damas y los homenajes de los ca- balleros que iban llegando a la fiesta.

Don Pablo y la señora sabían re- cibir con aire señorial y con ma- neras cordiales y grandiosas. Ha- bían viajado mucho por los Estados Unidos y Europa, conocían el mun- do y habían adquirido en la socie- dad internacional que habían fre- cuentado, esa serenidad de maneras que sólo se adquiere con la frecuen- cia del trato de la gente encopetada y comm'il faut.

Digna hija de ellos era la hermo- sa Clara, pues por su elegancia y aristocrática sencillez de modales, hasta aventajaba a sus padres; la única diferencia que se observaba entre éstos y aquélla, era la de la mayor frivolidad de la joven, y cier- ta como osadía en su conducta, que pasaba por ser de buen tono, pero que no faltaba quien tachase de li- gera y comprometedora. Cifrábase su delirio en ser una parisiense aca- bada, de esas que figuran en las no- velas de Pablo Bourget y de Mar- celo Prévost: despreocupada, lujosa, un tanto desencantada y capaz de los mayores atrevimientos. Al asi- milarse la vida europea, habíala ab- sorbido toda entera con sus buenos y malos elementos; de suerte que, si era gala y admiración de la ciu- dad y tenía imitadoras numerosas entre amigas, conocidas y hasta des- conocidas, flaqueaba en su interior por varios capítulos, y no tomaba la vida por el lado grave y serio, sino por el superficial y divertido.

Gallarda era de estatura y admi- rablemente proporcionada de cuer- po. En cuanto a su rostro, no era muy hermoso, pues tenía algunos defectos visibles, como el desarro- llo un tanto exagerado de los pó- mulos, y el color ligeramente ama- rillo de la piel, cosa propia de su

mas y plantas de invernadero ele- vaban y extendían su verde y va- riado follaje, desde el vestíbulo has- ta el hall, dando la impresión de ser aquel un paraje campestre y fres- co, y no artificioso y efervescente centro de reunión social como lo era.

Los salones que de ordinario ser- vían para recibir visitas de dife- rentes categorías, pobres, medianas y ricas, de confianza o de cumpli- miento, hallábanse engalanados para la fiesta, y lucían ricos muebles de diferentes estilos, Luis XV, Luis XVI e Imperio, lanzando vivos reflejos de sus muros tapizados de seda o cubiertos de lunas venecianas, y mostrando en todo su esplendor, sus elegantes plafones, imitación de los más célebres de los palacios euro- peos, obras de artistas italianos o franceses, traídas a todo costo de allende el Atlántico. Artesanos de las mismas nacionalidades habían pasado el océano para colocar en sus lugares respectivos tapices, telas y cielos rasos. No había mueble fa- bricado en el país o de hechura nor- teamericana; todos eran de más allá de los mares, y habían costado su- mas fabulosas de dinero. Cada sa- lón ostentaba la debida armonía en

"todos sus componentes y detalles;

de suerte que a tal color de alfom- bra, correspondía el de la seda de los muros, el carácter del plafón y el estilo del mobiliario. Abundaban las partes doradas en sillas y con- fidentes, así como en los complica- dos marcos de los espejos, que pa- recían salidos de antiguos conven- tos. No hacían el menor ruido los pasos en aquellas ricas alfombras;

estaba el aire como saturado de esen- cias, y todo era fiesta, elegancia y alegría. Las señoras casadas, hacien- do uso del derecho que les daban las leyes de la elegancia, estaban escotadísimas y cargadas de alha- jas. Las jóvenes se mostraban más modestas en el descubrir gargantas V espaldas; llevaban trajes claros y largos guantes de cabritilla, y ha-

bíanse sentado alineadas en asientos arrimados a los muros; en tanto que los caballeros discurrían de un lado a otro, lanzándoles ávidas y tiernas miradas, a pesar de sentirse medio ahorcados por duros y derechos cue- llos a la inglesa, en torno de los cuales habían anudado, a guisa de dogal, la blanca y diminuta corba- ta. Llevaban calzados los guantes, y lucían al andar las chinelas de cha- rol, que dejaban ver un poco de la oscura media al caer sobre los enor- mes moños de seda, anudados sobre la parte alta del calzado.

Era el tiempo de la falda traba- da y del talle alto, que tan bien sen- taba a las mujeres de hermoso cuer- po, y ponían tanto en ridículo a las flacas o ventrudas y de desarrolla- das caderas. Los rostros y las gar- gantas de un blanco mate, ya por la albura de la piel, o bien por la profusión de polvos de arroz o de- más comprometedores afeites em- pleados para aclararlos, hacían apa- recer a aquellas hermosas como fi- guras de yeso o blanco mármol; si bien el fresco color de las mejillas de algunas verdaderamente lozanas, o el colorete de las que habían pe- dido al pincel la rozagancia de que carecían, el chispear de los ojos, la movible grana de los labios y la blancura de los dientes descubier- tos por intencionadas sonrisas, des- vanecían aquella impresión, para sustituirla con la de ser aquél un paraje encantador, poblado de mu- chedumbre de ninfas, de huríes y de diosas.

Era don Pablo Montaivo, hom- bre más que maduro y tirando a viejo; tenía el tipo del Sur en todo su desarrollo: grande y redonda ca- beza, salientes pómulos, ojos un tan- to oblicuos y barba rala y lacia. Su cabellera, en la cual comenzaban a aparecer algunos hilos blancos, pa- recía de artista, pues llevábala lar- ga y la peinaba y echaba hacia atrás de las orejas. No era alto, sino más bien de baja estatura; pero ro- busto y cuadrado de espaldas. Ves-

tía con suma elegancia, y mostraba en la pechera de la camisa, un so- litario por único botón, el cual pa- recía estrella reluciente.

Su esposa doña Mónica pasaba poco de los cuarenta años, y con-

servaba rastros de una hermosura verdadera, aunque fatigada y mar- chita. Era por extremo blanca, un poco gruesa, de ojos zarcos llenos de movimiento y de vida, de frente tersa, y de boca un tanto grande, aunque de labios delgados. Había padecido mucho de la dentadura, y tenía en ella numerosas orificacio- nes, que se le miraban y distinguían, cuando abría la boca para hablar o sonreír. Vestía traje negro de seda, bastante escotado por delante, y te- rriblemente por la espalda, pues el ángulo de la desnudez, llegábale casi a la cintura, y permitía ver el libre y activo juego de los anchos huesos que dan término a los bra- zos junto a la espina dorsal. Ceñido al talle, llevaba un cinturón asegu- rado con hebilla de diamantes. So- bre la cabellera entrecana erguíase un airón de finísimas plumas, reco- gido en su base por un cintillo de piedras preciosas. Eran de gruesas perlas los pendientes que ornaban los lóbulos de sus orejas, y en torno del robusto cuello y del seno exu- berante, enredábase un collar tam- bién de perlas, con tal arte distri- buidas, que eran pequeñas en de- rredor de la garganta, e iban au- mentando en grosor a medida que bajaban sobre el pecho, hasta llegar a ser del tamaño de una avellana en el punto céntrico de la última onda que sobre el pecho caía. Opri- mían sus muñecas, pulseras de oro adornadas de brillantes, y el aba- nico que en la diestra llevaba, era un primor de delicadeza y finura, tanto en la parte marfílina que for- maba el conjunto de sus delgadas varillas, como en la superior, hecha de viejo y primoroso encaje de Bru- selas, de subidísimo precio. Podía valuarse en más de cien mil pesos el costo de los ricos atavíos que la

señora mostraba. Habíase situado, como reina o emperatriz, en un con- fidente que ocupaba la cabecera del salón principal, y, sin moverse de allí, recibía las salutaciones de las damas y los homenajes de los ca- balleros que iban llegando a la fiesta.

Don Pablo y la señora sabían re- cibir con aire señorial y con ma- neras cordiales y grandiosas. Ha- bían viajado mucho por los Estados Unidos y Europa, conocían el mun- do y habían adquirido en la socie- dad internacional que habían fre- cuentado, esa serenidad de maneras que sólo se adquiere con la frecuen- cia del trato de la gente encopetada y comm'il faut.

Digna hija de ellos era la hermo- sa Clara, pues por su elegancia y aristocrática sencillez de modales, hasta aventajaba a sus padres; la única diferencia que se observaba entre éstos y aquélla, era la de la mayor frivolidad de la joven, y cier- ta como osadía en su conducta, que pasaba por ser de buen tono, pero que no faltaba quien tachase de li- gera y comprometedora. Cifrábase su delirio en ser una parisiense aca- bada, de esas que figuran en las no- velas de Pablo Bourget y de Mar- celo Prévost: despreocupada, lujosa, un tanto desencantada y capaz de los mayores atrevimientos. Al asi- milarse la vida europea, habíala ab- sorbido toda entera con sus buenos y malos elementos; de suerte que, si era gala y admiración de la ciu- dad y tenía imitadoras numerosas entre amigas, conocidas y hasta des- conocidas, flaqueaba en su interior por varios capítulos, y no tomaba la vida por el lado grave y serio, sino por el superficial y divertido.

Gallarda era de estatura y admi- rablemente proporcionada de cuer- po. En cuanto a su rostro, no era muy hermoso, pues tenía algunos defectos visibles, como el desarro- llo un tanto exagerado de los pó- mulos, y el color ligeramente ama- rillo de la piel, cosa propia de su

raza y del clima donde vio la pri- mera luz; pero aquellas deficiencias parciales, borrábanse y desaparecían ante el esplendor de las otras gra- cias y perfecciones que en ella re- saltaban, tales como ojos hermosos, de mirar rápido y vivo, negra aun- que lacia cabellera de brillo de aza- bache, dentadura albeante, que se insinuaba y resplandecía por la abertura de los rojos y carnosos la- bios, y, sobre todo, formas escultu- rales, que no pecaban ni de escuá- lida esbeltez, ni de robustez exce- siva, sino tenían la armonía y las proporciones de una estatua hecha a golpe de cincel por un artista enamorado de la forma. Podía de- cirse con toda verdad, que Clara va- lía mucho más de los hombros para abajo, que del cuello para arriba, pues si algunas líneas de su rostro eran objetables, no había ninguna que lo fuese en lo restante de su ser físico, pasmo de los hombres y envidia de las mujeres.

Conocedora de sus gracias y de- fectos, procuraba con igual empeño realzar las unas y disimular los otros. Así, por ejemplo, para ocul- tar la anchura de la parte superior de su faz, dejaba caer anchas ban- das de pelo por un lado y otro de las sienes, de manera de sustraer al ojo del espectador algunos centíme- tros de ambas superficies laterales;

y para corregir el dudoso color de su cutis, no tenía escrúpulo en ape- lar a todo género de jabones, toa- llas de Venus, pomadas y pastas, que le formaban una especie de li- gero barniz sobre la piel que le ha- bía dado la naturaleza. Y no podía negarse que lograra su objeto, pues el efecto que su rostro causaba a primera y hasta segunda vista, era verdaderamente seductor, y solamen- te aquellos que la analizaban des- pacio o la sorprendían a la négligée, podían darse cuenta de que las ban- das de pelo que ocultaban parte de sus mejillas, eran más bien que obe- diencia y sujeción a la moda, re- cursos artificiosos bien escogidos

para subsanar irregularidades óseas, y que la profusión de polvos de arroz que cubría su rostro, no te- nía por objeto matar el brillo de la piel o impedir la salida de la ligera transpiración que suele colarse por los sutiles poros de la nariz y de la frente hasta en las epidermis más finas, sino echar un espeso velo so- bre la piel para no dejar al descu- bierto su tinte de ligera gualda.

Por lo demás, y en lo restante de su persona, no necesitaba Clara apelar a ningún artificio para ser admirable; sino que, antes bien, bas- tábale mostrarse tal cual era, para recibir y merecer el aplauso de cuan- tos la conocían.

Habíase introducido en el tiempo a que aludimos, la moda de los tra- jes ceñidos y de las telas vaporosas, con gran descontento de algunos padres, esposos y hermanos; pero con gran satisfacción de las mucha- chas bien hechas y formadas a tor- no. Del número de estas últimas era Clara, quien, sabiendo que su cuerpo era semejante a una bella es- tatua, procuraba no sólo mostrarlo cuanto podía, sino hacer de él os- tentación y gala. No había en toda la ciudad quien llevase menos ropa que ella. Aseguraban sus amigas que, aparte de la camisa, que era de finísima batista, no usaba sino corsé, medias, tirantes y el vaporo- sísimo y transparente traje. Mirada al trasluz durante el día, o por la noche en sitios bien iluminados, di- bujábase toda su musculatura, como envuelta en mansa neblina; y hubo vez que se dijese que aun los mis- mos tirantes que unían las ligas al corsé,, se distinguían, aunque con alguna vaguedad, al través de la malla finísima de las telas. Acaso haya habido exageración al afirmar esto; pero no la hubo, sin duda, al murmurarse que andaba como me- tida en telas de vidrio, que permi- tían a la mirada del público, apre- ciar en todo lo que valían la pon- deración, simetría y belleza de su soberbio cuerpo.