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EN BUSCA DE SALVACIÓN

Doña Carlota y Anita habían vis- to pocas veces a Cheno desde los últimos días de diciembre de 1912, ya porque Bolaños hubiese perma- necido en su finca de campo, o bien porque, aun hallándose en Méjico, se hubiese abstenido con toda deli- beración de darlo a conocer a sus parientes. No por eso, con todo, ha- bía dejado de visitarlas, aun cuan- do hubiese sido de tarde en tarde, pues, como lo hemos dicho ya, a ambas profesaba muy honda sim- patía, principalmente a su encanta- dora prima, se entiende. Por lo que a su tía respectaba, no las tenía to- das consigo, por la energía del ca- rácter de doña Carlota, y por la facilidad con que soltaba a todo el mundo las mayores lindezas, duras e insoportables a las veces.

Madre e hija hablaban de él con demasiada frecuencia, mucho más a menudo de lo que él mismo hubie- se podido presumirlo; pues pocas eran las noches en que, antes de meterse en el lecho, no se hiciesen preguntas acerca de Cheno. Oiga- mos, si no, el siguiente diálogo:

—¿Qué has sabido de Cheno, madre?

—Nada, hija, desde el día en que nos mandó aquel espléndido regalo de quesos y mantequilla de su ha- cienda, y me puso unas cuantas le- tras. ¿No te ha escrito a ti?

—A mí no me escribe sino muy rara vez; tengo como doce cartas suyas; a no ser que alguna se haya extraviado. Pero no, estoy segura de no haber perdido ninguna.

—¡Mira con qué cuidado conser-

vas su correspondencia! ¿Haces lo mismo con la de todos los que te escriben?

—No, mamá, sería imposible

—contestó la joven ruborizándose.

—Entonces, ¿por qué tal excep- ción en favor de él?

—Naturalmente, porque es mi primo.

—Pero no el único que tienes.

—El único por la línea tuya; los otros son mis parientes por la línea paterna, y no es lo mismo; los he tratado menos que a Cheno.

—¿De suerte que sólo por eso lo haces?

—Nomás por eso, madre..., de veras... Si fuese por otro motivo, te lo diría.

—¿Y no será que te equivoques tú misma?

Vaciló la joven antes de abrir la boca, y repuso balbuciente y con torpeza:

—Creo que no me equivoco.

—Pero aun suponiendo que así fuese ¿qué tendría eso de particu- lar, ni mucho menos de malo?

—Ya se ve que nada, porque mi primo posee cualidades que mucho le recomiendan; pero ¿no ves, que no piensa en mí? i Cómo había yo de pensar en él! ¡Ni tan tonta que fuera!

—Suelen darse casos, en que pasa eso mismo que hallas tan imposi- ble, porque el corazón no razona, sino se va por donde la inclinación le llama. A la hora menos pensada

¡cataplún!, se presenta el conflicto, y mientras la cabeza dice que no, la pasión dice que sí. ¿Qué camino to-

mar entonces? ¿El del raciocinio o el del amor?

—Debe ser muy duro ese trance.

—¿Cómo saldrías de ese apuro, si en él llegases a encontrarte? Es muy duro en efecto.

—A mí me parece natural que, en tratándose de sentimientos, se obedezca al corazón.

—Sí, hija, eres un poco román- tica; de suerte que no me sorpren- de tu respuesta. Pero es preciso re- flexiones que es muy peligrosa tu teoría. ¿Obedecer siempre los man- datos de ese tirano que llevamos por dentro? ¡Si vieras qué consejos tan malos suele dar y a qué precipicios suele conducirnos! Como es ciego, no puede ser siempre buen guía;

hay que desconfiarle.

—Tienes razón, pero ¿cómo se hace para resistirle?

—Revistiéndose una de firmeza.

—Pero ya me conoces; soy de na- turaleza apocada, no fuerte como la tuya.

—Pues qué ¿crees que siempre fui como me ves ahora? No, hija mía, muy mucho te equivocas. En mi juventud, y hasta después de pa- sados los veinte años, cuando poco más o menos contaba tu edad, era lo mismo que eres, o al menos, muy parecida a ti; pero la reflexión y los golpes de la suerte han mudado mucho mi carácter, no sin haberme hecho padecer, por de contado.

—¿Con que eras parecida a mí en tus mocedades?

—Sí, Anita, por más extraño que te parezca; era muy poquita cosa.

—¿Y pudiste dominarte?

—Ya lo ves.

—¿Y cambiar de índole?

—De índole no; pero de volun- tad sí. Antes casi no la tenía.

—Procuraré seguir tu ejemplo.

—Y Dios mediante, llegarás a ser tan varonil como dicen lo soy yo.

—Con que me parezca un poco a ti, me bastará para quedar con- tenta.

Conversaciones a este tenor eran, lo repetimos; muy frecuentes entre

la madre y la hija; y nunca dejaba de ser Cheno el punto de partida, céntrico o final de aquellos diálogos.

Mientras, iba viviendo el doctor don Ignacio Quintanar una vida mezclada de esperanzas y sobresal- tos. Estaba próximo a cumplirse el plazo que Anita le había puesto, y, en los nueve meses transcurridos, no había observado cambio en la ac- titud de la joven. Anita guardaba respecto a él la misma enigmática conducta de los tiempos pasados:

cortés, afable y hasta a las veces solícita; pero sin traspasar la línea divisoria que separa el amor de la simple y franca amistad. Recibía las flores, los billetes y los versos que Nacho le enviaba; pero ni guardaba aquéllas, ni daba respuesta a las esquelas, ni conservaba los ramos con aquel esmero propio y natural de las mujeres amantes. Después de ostentarse los perfumados obsequios durante algunos días en los búcaros y floreros de la sala, desaparecían de aquel sitio, desalojados por la mano de la camarera, que los ha- llaba demasiado viejos y marchitos.

Y por lo que hace a las poesías, aunque Anita era afectísima a ellas, y hasta solía elogiarlas cuando eran de su agrado, jamás llegó a apren- derlas de memoria, como suelen ha- cerlo las enamoradas con los versos que sus galanes les consagran. Aque- lla cordial urbanidad, aquella amis- tad generosa que la joven le otor- gaba, descorazonaba más bien que alentaba a Quintanar, porque no miraba en esa serie no interrumpi- da de atenciones, nada que indicase un sentimiento vivo, una inclinación resuelta en favor suyo; sino sólo fórmulas sociales, demostraciones de estimación y hasta de cariño, pero tibias y sin entusiasmo.

En vano había rogado a Anita acortase el larguísimo plazo que le había dado, en vano habíale supli- cado tuviese piedad de su pobre existencia.

—Dentro de un año —contestaba ella— diré a usted con sinceridad,

si le amo o no; entretanto no podré resolver cosa alguna. Si encuentra usted el plazo inaceptable, contén- tese con que seamos amigos nada más.

¡Amigos! ¡Amigos! ¿Quién podría ser nada más que amigo de joven tan encantadora? ¿Quién mirarla sin sentirse deslumhrado por el brillo de sus ojos? ¿Quién escuchar el ar- pegio de su risa, la música de su voz, el cadencioso ritmo de sus pa- sos, sin caer de rodillas ante ella?

No, Nacho no había nacido para eso, no podría ser nunca amigo de Ani- ta: o su novio, su prometido y su esposo, o nada, absolutamente nada;

el ser lejano y vagaroso que no ha de volver a encontrar nunca a aquel de quien se ha apartado; la cria- tura errante y gemebunda que huye del desengaño y del dolor; el des- terrado que ha dicho adiós para siempre a la amada e ingrata pa- tria. Es la promesa de la amistad para el corazón que adora, como triste revelación de un mundo don- de hay palacios y catedrales de hie- lo, y reina la oscuridad y sopla el frío, y todo está cubierto por velo incoloro, semejante a sudario de muerte. ¡Y haber soñado con to- rrentes de luz, y campos tapizados de flores, y cielo azul, y delicados perfumes, y músicas acordadas!

¿Qué alma soñadora y amante po- drá admitir tan monstruosa sustitu- ción? Antes que ir al polo de la amistad, es preferible lanzarse a las áridas estepas del ostracismo, y vi- vir como ermitaño en la Tebaida de lejanas metrópolis, donde reina la soledad de las multitudes; y ver transcurrir los días con la cabeza inclinada sobre el pecho, como los sauces que dejan caer las desalenta- das melenas de sus frondas sobre la perenne corriente de los ríos, a cuya vera nacen, crecen, se desmayan y mueren.

Nacho, que había rechazado con horror la copa de amistad que la hermosa mano de Anita le tendiera, prefería continuar aguardando has-

ta que el término señalado se ven- ciese, porque no quería romper con torpe mano el delicado prisma de la esperanza. No iban las cosas a la me- dida de su deseo, pero ¡quién sabía lo que podría suceder! La existen- cia está llena de sorpresas, y lo pe- regrino e inesperado suele formar la normalidad de los sucesos. Entre tanto, y para hacerse digno de aquel suave porvenir tan fantaseado cuan- to querido, esforzábase por conquis- tar el rebelde corazón de la joven a fuerza de atenciones y finezas, y, sobre todo, trabajando día y noche para valer más, para elevarse sobre el nivel común y enaltecerse a los ojos de Anita. Redoblaba sus aten- ciones y finezas hacia su amada, y era todos los días más atento y cum- plido con doña Carlota; pero a la vez, no dejaba de la mano los li- bros, hacía experiencias, entraba en concursos y publicaba folletos sobre asuntos científicos. Así fue ganan- do fama de estudioso y hasta de sa- bio. Pronto llegó a ser individuo de número de la Academia de Medi- cina, en cuyo seno se distinguió por sus sesudos y fecundos trabajos.

Inventó un suero para combatir el tabardillo pintado, que es la enfer- medad endémica de Méjico y que hace numerosas víctimas durante el invierno; perfeccionó el trocar para asegurar el éxito de ciertas opera- ciones quirúrgicas; y llevó tal con- tingente de estudio, observación y perspicacia al seno de la sabia So- ciedad, que pronto llegó a ser uno de sus miembros más caracteriza- dos. Y no había cuadernillo que die- se a la estampa, diploma que reci- biese o publicación que de él ha- blase con encomio, que él mismo no llevase a la joven, impulsado por el anhelo de despertar en ella senti- mientos de estima y admiración. Y, aunque Anita carecía del criterio especial que se necesitaba para apre- ciar en su verdadero valor aquellos desvelos, triunfos e invenciones, no por eso dejaba de sentirse impre- sionada con la vaga noción que ad-

quiría de los méritos de su rendido adorador.

Entretanto, se decía Quintanar a sí mismo:

—Para que un hombre llegue a ser amado por una mujer de calidad, ha de presentarse a sus ojos ata- viado con los ornamentos de algún valer efectivo y, en cierto modo, deslumhrarla con el brillo de una reputación bien fundada. Necesitan las mujeres hallar en los hombres algo que las atraiga y subyugue, ya sea en el orden de las cualidades físicas, o en el de las intelectuales y morales, como gallarda estampa, talento, sabiduría, fuerza, bondad, valor, o alguna otra por el estilo. De la admiración pueden nacer las ilu- siones. Así yo, que no poseo la be- lleza de Antinoo, ni la fuerza de Hércules, ni los donaires de don Juan, ni la incontrastable osadía de Suero de Quiñones, ni las virtudes de un santo, no tengo más recurso que apelar a los libros, buscar en ellos alimento para mi espíritu, y adquirir ciencia, mucha ciencia, tan- ta, que haga célebre mi nombre. Por este camino podré, quizá, lograr la conquista del rebelde corazón de mi amada; pero si ni aun así lo con- sigo, todo será en vano, y tendré que resignarme a no alcanzar nunca la dicha.

Animado de estas ideas y propósi- tos, trabajaba sin descanso, roban- do horas al sueño. Por fortuna no erraba en sus raciocinios. El rumor de su creciente mérito llegaba a los oídos de Anita, y el alma de esta hermosa joven vibraba de contento al recogerlos. Aunque era verdad que su corazón vivía apegado a un viejo anhelo, ya por entonces, al través de los hierros de su antigua cárcel, comenzaban a filtrarse los rayos vivificantes de un sol más benigno.

*

Tarde memorable fue aquella en que furiosa tormenta se desencade- nó sobre la barriada de Santa Ma-

ría. Nublado y triste había amane- cido el día: la atmósfera gris había puesto cabizbajos a los nerviosos, y un sutil y helado vientecillo que por las calles soplaba, calaba hasta los huesos de los transeúntes. Había norte en Veracruz, y de allá habían subido densos y plomizos nubarro- nes, y de allá también habían lle- gado los cierzos helados que entu- mecían los músculos de los buenos habitantes de la metrópoli. Había caído a ratos sutil llovizna, como de agua tamizada y pasada por apre- tado filtro; pero había cesado de tiempo en tiempo, sin que un punto disminuyese la plomiza cerrazón de todos los horizontes, como si hubie- se caído sobre la ciudad una pesada tapa de metal opaco. Más tarde fue- ron espesándose cirros y cúmulos, brotaron unas tras otras de las le- janías negras humaredas como vomi- tadas por inmensas fogatas; desenca- denáronse furiosos ventarrones; fue- ron sacudidos con furia los árboles de la alameda, y cayeron desgaja- das de los troncos las ramas que no pudieron resistir el vendaval. A poco dejóse oír el estampido de inconta- bles rayos, precedido por la fugiti- va y amarilla luz de los relámpa- gos, que partían de todos los puntos cardinales; y a renglón seguido, des- encadenóse el turbión, como inmen- sa cascada desprendida de lo alto y salida de algún lago caudaloso sus- pendido en la atmósfera.

Doña Carlota y Anita no se ha- bían apartado durante todo el día de su casa, y, como eran ambas muy friolentas, habíanse abrigado cuida- dosamente para no atrapar un cons- tipado con el húmedo vientecillo que por las hendeduras de las puer- tas se colaba. El estrépito de la tor- menta produjo en ellas ese senti- miento combinado de temor y de alborozo, que es común a todos los vivientes en tales ocasiones; pues tanto como causan miedo los retum- bos y las intensas y fugaces luces de las centellas, halagan y recrean los corazones, la manifestación y la

vista de las fuerzas vivas de la na- turaleza, tan olvidadas de ordinario por las poblaciones citadinas; las cuales fuerzas, aunque parecen dor- midas o dominadas por la civiliza- ción, se revelan de tiempo en tiem- po con toda su genésica energía, y convierten a la orgullosa criatura de los modernos tiempos, en juguete de su poder y en átomo perdido en su grandeza. Pusieron susto y pavor en el corazón de madre e hija aquel tumulto y fragor de los cielos y la tierra, y acudieron a cerrar puertas y ventanas para evitar las corrien- tes de aire, que suelen atraer las descargas eléctricas, y fueron a acu- rrucarse en el recibimiento, que era la pieza más confortable de la casa;

mas en esto, hízolas saltar despa- voridas y perder los colores del ros- tro, un rayo tremebundo que, a juz- gar por la intensidad de su ronco trueno y por la sonoridad del pro- longado eco que dejó y fue propa- gándose de lugar en lugar hasta la más remota distancia, debió caer muy cerca de la casa. La servidum- bre femenina fue desalada y teme- rosa a reunirse con las amas; todos habían quedado sordos a, consecuen- cia del terrible estrépito, y no faltó quien opinase que en aquel mismo sitio había caído la centella. Mas, examinados techos y paredes, se vio que así no había sido, y a poco se supo, por informes de criados que de la calle venían, que el rayo había herido un corpulento árbol de la alameda, cuyo tronco dividió en dos partes, de las cuales una sola que- daba, y parecía próxima a caer.

Algo calmó la alarma de la familia con la noticia; pero como los true- nos continuaban y los relámpagos se sucedían unos a otros sin interrup- ción, se sintió la necesidad de im- plorar el auxilio divino contra los furores de la tempestad; y por or- den de doña Carlota se abrió el ora- torio. Encendidas las velas, y pues- tos todos, amas y criados, de rodi- llas, se procedió a rezar el Magni- ficat, las Letanías de los Santos, y

todas las oraciones recomendadas por los devocionarios para casos de pánico y peligro. Y se hallaba el grupo entregado en cuerpo y alma a tan piadoso ejercicio, cuando sona- ron recios aldabonazos en la puerta de la calle. Levantóse el portero para franquear la entrada al visitan- te, y volvió a poco diciendo que don Cheno acababa de llegar. Con la noticia se acortó el rezo, apagá- ronse las luces del altar, disper- sóse la gente y madre e hija vol- vieron al recibimiento, donde halla- ron a Cheno. Después de despojar- se del amplio y largo impermeable de capuchón con que se había res- guardado de la lluvia, de colgarle de la percha, y de limpiar cuidado- samente las suelas del calzado en la estera de esparto, permanecía Bola- ños en el umbral mirando al inte- rior de la pieza.

Doña Carlota y Anita sintiéronse aliviadas del susto, al ver ante ellas a su valiente deudo, como si Bolaños tuviese misterioso poder para domi- nar hasta las tempestades del cielo;

extraño, pero innegable influjo de las naturalezas enérgicas sobre las femeninas y débiles. Porque doña Carlota, a pesar de sus arrestos com- bativos, era, en el fondo, un ser frágil y exquisito, como todos los primorosos de su sexo. Las dos se- ñoras recibieron, pues, al recién ve- nido con inusitado alborozo.

—i Cómo, Cheno —exclamó al verle doña Carlota—, eres tú!

—Yo en persona, tía.

—No oí la sirena de tu automó- vil —intervino Anita.

—No he venido en auto —repuso Bolaños—, sino como he podido; un rato a pie y otro andando.

—¡Jesús, qué barbaridad! Y con este tiempo —dijo doña Carlota.

Cheno se encogió de hombros por toda respuesta. Tomaron asiento los tres interlocutores y continuó el diálogo.

—¿Desde cuándo estás en Méjico, Cheno? —preguntó solícita la prima.

—Hace como una hora que lie-

gué —contestó Bolaños—; pero se descompuso la máquina de mi auto, y le dejé a componer en el garage.

¿Creerán ustedes que no pude con- seguir ni un mal simón?

—Así pasa siempre en tiempo de lluvia —dijo la tía—; en cuanto co- mienza a chispear, no hay vehículo que no esté tomado. ¿Y qué vientos te han empujado hacia acá, buena pieza?

—Ahora no traigo negocio; he venido con el único propósito de hablar con ustedes —repuso el inter- pelado.

Madre e hija quedaron sorpren- didas y se lanzaron miradas de in- terrogación. Aprovechemos estos ins- tantes de silencio para explicar lo que había acontecido después de los sucesos del tennis. No era verdad que Cheno acabase de venir de San Víctor, como lo decía; no había lle- gado a salir de la capital. El punto de amor propio, la negra honrilla, como se decía hace tres o cuatro si- glos, no le habían dejado marcharse.

No quería dar motivo a que se di- jese que huía del peligro; esperaba que Thomas después de la felpa re-

cibida, adoptase alguna resolución varonil, como en efecto sucedió. Pa- sados tres o cuatro días después del combate del Good Hope (sin duda los necesarios para reponerse de los golpes y contusiones), envió sus pa- drinos a Cheno, retándole a singu- lar combate. Pero éste no tuvo a bien aceptar el duelo que se le pro- ponía. "Soy enemigo de farsas y co- medias, y hombre formal y de ho- nor", dijo. La manera de reñir que me propone el señor del monóculo, es la que adoptan los que quieren meter ruido, dar que decir a la pren- sa y terminar las cuestiones persona- les con apretones de manos y comi- das en los restaurantes. No tengo voluntad de prestarme a tan ridícu- lo sainete. Cada cual tiene su modo propio de pelear: el representado de ustedes, el duelo; yo, la simple riña.

¿Por qué he de sujetarme yo al mé- todo que él prefiere, y no él al mío?

No hallo razón para eso. Tiro bien la pistola, manejo el sable, no soy de naturaleza apocada, y sin esfuer- zo podría presentarme en lo que us- tedes llaman el "campo del honor";

pero ni me parece serio este paso, ni tengo el humor de dar gusto a mi contrincante. De suerte que, sír- vanse ustedes decirle que no acepto su reto tal como me lo propone; pero sí tal como yo lo entiendo, y que le invito a que tengamos un nuevo en- cuentro dondequiera que tropece- mos, el uno con el otro; bien adver- tido de que ando siempre armado, y de que, en cuanto le vea hacer el menor ademán de agresión, le des- cerrajo un tiro, y santas pascuas.

El pleito es cosa brutal, y los hom- bres, cuando peleamos, no somos más que bestias. Ahora bien, los bru- tos no entienden de aplazar su cóle- ra para después de recibida la pro- vocación, ni de llamar otros anima- les para que los vean destrozarse;

sino que ahí donde son provocados, ahí mismo pelean y resuelven el con- flicto. Así lo haremos ese caballeri- to y yo, si él fuere servido." Los pa- drinos tomaron a broma las palabras de Cheno, y le objetaron que una riña callejera no era digna de perso- nas de la calidad de Thomas y Che- no. A lo que este último contestó que, "en llegando a las vías de he- cho, no había posiciones sociales que valiesen, y que todos los hombres eran iguales ante la brutalidad." "Fi- nalmente, dijo, por mi parte, arre- glé ya mis cuentas con ese sujeto;

si él tiene algunas que ajustar con- migo, que me busque, y las zanja- remos de modo satisfactorio." Con esto retiráronse de mal talante los padrinos, anunciando iban a levan- tar un acta con la narración de lo acaecido, y Thomas la publicó, en efecto, de ahí a poco, para su per- fecta justificación ante la sociedad, ya que los padrinos le declaraban lavado de toda mancha en razón de la renuencia de Bolaños para ir al campo del honor. A eso contestó Cheno con un remitido en que repi-