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C A P Í T U L O XIII

de frases huecas y de altisonantes fórmulas, son las ejecutorias que en- tregan a los incautos y guardan or- gullosas las familias en gruesos li- brotes empastados en cuero cordo- bés o rico terciopelo, resguardados por conteras y broches de bien la- brado oro, donde suelen brillar en- gastadas piedras preciosas.

En medio del desorden y la ar- bitrariedad que en estas materias reina en lo que fue la Nueva Es- paña, nada se sabe de cierto; de suerte que bien, puede ostentar tí- tulo nobiliario todo aquel que lo quiera, obsequiándose a sí mismo con la categoría que mejor le plaz- ca. Tenemos hasta hoy condes, ma- yorazgos y marqueses en cantidad no despreciable, y los títulos tienden a multiplicarse, porque al dividirse y subdividirse las generaciones y las familias, todas ellas se los lle- van para sí y se los atribuyen por entero, tratando de emular el mila- gro de los panes y los peces. Ese

alarde de vanidad a nadie causa daño, y no hay inconveniente en tolerarle; mas acaso pudiera sacarse algún partido de tan inofensiva pa- sioncilla. Imagínese que, previas las reformas necesarias de nuestra le- gislación, se estableciese el sistema de que cualquiera fuese libre para darse el título que mejor le plu- guiese: barón, marqués, visconde, conde, duque, archiduque, rey y hasta emperador, con tal de hacerlo registrar en los archivos públicos y pagar al fisco una buena contribu- ción anual, bajo la pena de perder la concesión en el caso de no cu- brir el impuesto. Es tan inconmen- surable la vanidad humana, que abundarían quizá los pretendientes a tales dictados, y que de este sen- cillo expediente, podría sacar muy buenos rendimientos la hacienda pú- blica. Para que no se crea chaba- cano el proyecto, debe recordarse que Felipe el Hermoso de Francia echó mano de tal expediente para remediar las necesidades del tesoro, y que no puede saberse cuántas de

las nobles casas francesas que hoy nos deslumhran con su brillo, ad- quirieron su título en ese fácil mer- cado. La idea tiene, por lo tanto, la pátina de la historia.

Tiempo es ya de volver a nuestro relato, después de tan larga digre- sión.

Decíamos, pues, que la carta de Clara había impedido la explosión del hacendado, y así fue en efecto.

La joven suriana habíale escrito lo siguiente:

"Querido Cheno:

Tengo cosas importantísimas que decirte y que no puedo ni debo con- fiar al papel. Si me quieres, ven a Méjico sin dilación, después de ha- ber recibido esta carta. Con impa- ciencia te aguardo, y entretanto que nos vemos por acá, recibe mu- chos **** de tu

CLARA."

No bien hubo leído Bolaños aque- lla brevísima pero encantadora mi- siva, dio traza de salir de San Víc- tor y de ponerse en camino para la capital. Traíale muy intrincado el desconocido asunto que deseaba tra- tar con él su prometida, y, sobre todo, el arcano y galante sentido de las cuatro estrellitas finales del último párrafo. Ante el ardiente afán que experimentaba, todo desapare- ció a sus ojos: el cuidado de la la- branza, el cumplimiento, la renova- ción o la iniciación de multitud de contratos, Tacha, Poli, Chema. Cuan- to de ordinario o últimamente ha- bíale preocupado, esfumóse en su enardecida fantasía, como las estre- llas a la salida del sol. ¿Qué valían los cereales, las transacciones, las utilidades mismas, comparados con los divinos encantos de la incompa- rable Clara? Todo cuanto tenía, hu- biéralo dado a trueque de la con- quista efectiva de aquella soberana criatura. ¿Y Tacha? Sonrió Cheno al pensar en ella. Aquella joven in-

dígena, aunque dotada de mucha sal y pimienta, como suele decirse, no constituía un programa de impor- tancia; era un juguetillo vistoso, un incidente del camino, un objeto exó- tico, bueno para dar gusto al capri- cho, para servir de pasatiempo fu- gaz. Bien podía prescindir de aquel fútil empeño por el momento, y apla- zar la campaña conquistadora para más tarde y más favorable ocasión.

El agravio recibido de Poli cau- sábale grande escozor. ¡Irse sin to- mar desquite! ¡Irse dejando impune y triunfante tamaña insolencia! Por de contado que la muchedumbre de los sirvientes estaría bien informa- da ya de aquel acto de fanfarria del administrador, y vería a éste como paladín esforzado y héroe de leyenda. Con esto disminuirían la autoridad y el prestigio del amo, y crecería ridiculamente la fantaseada importancia del desmandado ranche- ro; y no, aquello sí que no podía ni debía dejarlo sin punición. Te- nía que castigarlo severamente, él mismo, en persona, para hacer ver a medieros y peones, que quien los mandaba era nombre de valor y de su brazo, y no toleraba que nadie se le subiese a las barbas. Entretanto, necesitaba disimular para que nada se sospechase ni trastornase en la finca, y fingir magnanimidad, indi- ferencia u olvido a los ojos de la ser- vidumbre; que, al fin y al cabo, tiempo había de sobrarle para todo.

Por lo que a Chema respecta, ape- nas se detuvo un instante a pensar en él; ¡tan pobre y mezquina idea tenía del ruin personaje! Era una oruga, un gusanillo vil, una brizna de cualquier cosa entregada al azar de los vientos. Ya soplaría sobre él para hacerle subir y bajar, y dar vueltas y hacer cabriolas en el aire, como a Cheno le pluguiese. Jamás había conocido criatura tan insigni- ficante y digna de desprecio como aquélla.

Así que, después de entrar en es- tas consideraciones, hallólas Cheno tan fútiles que alzó despreciativo los

hombros como diciendo: "¡qué vale todo eso!" y, sin aguardar más, or- denó al chauffeur alistase el automó- vil, mientras hacía él mismo sus preparativos, acomodando la ropa en las maletas, dando las necesarias disposiciones para que todo camina- se con regularidad durante su ausen- cia, e inspeccionando de carrera al- gunos de los servicios que estaban más a la mano. Tomó un corto refri- gerio, y obra de las tres de la tarde, cuando el sol flameaba en la mitad del cielo, emprendió el viaje hacia la capital, con inaudita precipitación y violencia. Por fortuna para él, era su chauffeur habilísimo, y conocía tan bien el camino como su oficio.

Así que, subiendo una cuesta, bajan- do otra, caminando despacio y con cautela en los sitios escabrosos, en los recodos y en las encrucijadas, y soltando todos los puntos de veloci- dad de la máquina en las llanuras y amplias carreteras, fue devorando vertiginosamente la distancia. Y lo- gró llegar a Méjico antes del oscu- recer de aquel mismo día, habiendo hecho el viaje en menos de cuatro horas, lo que establecía a su favor un verdadero record de rapidez.

Bolaños había madurado bien sus planes por el camino: no llegaría desde hiero a la casa de doña Car- lota, pues por experiencia sabía que, en cayendo en manos de la buena señora, no había más recurso que hecQY su santa voluntad, y a él no le convenía eso, porque su tía se arrogaba facultades de inaceptable tutela. Aquello de "¿a dónde vas, Cheno?" o "¿de dónde vienes?", le parecía intolerable, y más insufrible todavía lo otro de "anoche te reco- giste muy tarde", "no trasnoches, que vas a acabar con tu salud" y

"te estás poniendo flaco y descolo- rido a fuerza de desórdenes". Con sumo trabajo había logrado repri- mirse hasta entonces, y disimular el mal efecto que aquella actitud y aquellas frases le producían, pero temía no poder contenerse alguna ocasión y hacer cualquier disparate.

A los labios se le venían a cada mo- mento estas categóricas respuestas:

"hombre maduro soy y dueño de m ib acciones; ni usted ni nadie tie- nen derecho para reprenderme, y le prohibo terminantemente mezclarse en mis personales asuntos". Y si esto llegaba a suceder, equivaldría, no sólo al resfrío de las relaciones de familia, sino a una quiebra en toda forma: extremo penosísimo al cual no quería ni debía orillar los acontecimientos.

Mezclábanse, es verdad, con aque- llas consideraciones de afecto fami- liar, algunas otras de linaje diferen- te. No quería que se cerrasen para él las puertas de la casa de Anita.

¿Por qué? ¿Amábala por ventura?

Creía que no. Pero la dulcísima be- lleza y la pureza angelical de su pri- ma le deslumhraban, y hubiera re- cibido un golpe doloroso, si toda co- municación hubiese llegado a cor- tarse con aquella divina criatura.

Llevado de ese mismo instinto, ha- bía logrado mantener ocultas y ab- solutamente desconocidas para sus dos parientas las amorosas relacio- nes que desde hacía meses mantenía con Clara Montalvo; lo que habíale sido fácil de hacer, por vivir él cons- tantemente en el campo y pasar sólo una vez u otra, bastante espaciados entre sí, algunos días, o, cuando más, alguna semana en la ciudad.

La familia de Téllez no llevaba re- laciones con los Montalvo ni con ninguno de sus aláteres, mitad por orgullo de linaje, porque aquélla se consideraba de mejor calidad que és- tos, y mitad por cierto inconfeso y oculto sentimiento de rivalidad y re- celo proveniente del afecto profesa- do a Bolaños. Todo, pues, se com- puso y armonizó para ayudar al ha- cendado a mantener oculta su amo- rosa liga con la joven suriana; de suerte que sus parientas habían con- tinuado alimentando quién sabe qué secretos planes a su respecto, en tan- to que él seguía dominando aque- llas dos situaciones, con billetes de

buenos números para un par de lo- terías.

Si fuésemos adivinos o estuviése- mos dotados de doble vista, diría- mos que el corazón de Cheno vacila- ba entre dos poderosos afectos: el uno, bajo, el de los sentidos (origen de todas sus caídas), que hacia Cla- ra le llevaba, por ser ésta de contex- tura sensual y provocativa; y ele- vado y suspirador el otro, el del es- píritu, que confusa y calladamente arrastrábale hacia Anita, como para purificarle y llevarle a la salvación.

Si hubo o no lucha de ese género en el alma de Cheno, nadie puede saberlo; mas fue tan visible el arte de emboscadas a que se entregó con respecto a aquellas dos hermosas jó- venes, que nada perdemos con aven- turar tal suposición. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que, al llegar Bolaños a Méjico, fue a alojarse al elegante hotel Astoria, de la Calzada de la Reforma.

Apenas instalado, acercóse al te- léfono, pidió el número del señor Montalvo, y anunció triunfalmente su llegada a Clara, quien lanzó del otro lado del alambre, expresivas ex- clamaciones de asombro y alegría.

—¡Cómo! ¿Tan pronto? ¡Pero si hoy mismo debes haber recibido mi c a r t a ! . . . ¡Dios mío, qué carrera!...

¡Es preciso que seas más pruden- t e ! . . . Hacer en unas cuantas horas un viaje que requiere todo un d í a ! . . . ¡A lo que te has expues- t o ! . . . ¡Prométeme no volver a ha- cerlo! . . . ¿Que si estoy contenta?...

¡Cómo n o ! . . . Contenta y orgullo- s a . . . ¿Por qué orgullosa?.. . Por- que eres muy h o m b r e . . . A mí me gustan los hombres muy h o m b r e s . . . como t ú . . . , ¿Tu p r e m i o ? . . . Ya se ve que te lo he de d a r . . . Te espe- ramos a cenar con nosotros... En cuanto sacudas el polvo, te vienes para a c á . . . B u e n o . . . No t a r d e s . . . Te espero en el saloncito... Hasta luego, Cheno.

¿Quién hubiera podido resistir se- mejante espoleada sin emprender la carrera? Nadie sin duda, ni mucho

menos Cheno, que era de tempera- mento fogoso y explosivo. Su fuerte era la mujer, esto es, todas las mu- jeres, y muy especialmente aquella que, a la hora presente, estábale ha- ciendo oír su reclamo; de suerte que bien podía decirse que su fuerte era al propio tiempo su débil. Sí, tenía patente debilidad por el sexo débil;

en habiendo una ella de por medio, perdía los estribos, trastornábasele el juicio, y esto era trastabillar y desbarrar de lo lindo. Así fue que, al oír el canto telefónico de aquella sirena, comenzó a desvariar despier- to, y a pensar en una porción de quimeras. Tomó un baño tibio en un santiamén, cambió ropas en un pe- riquete y vistió traje elegante en un abrir y cerrar de ojos; y, sin pérdida de tiempo, haciendo uso del primer autotaxímetro que a la mano tuvo

(ya que no podía disponer de su vehículo por haber llegado con la máquina descompuesta), se trasladó como en volandas a la elegante man- sión de los Mon tal vo. El portero, de quien era ya harto conocido por las ricas propinas que le daba, se in- clinó ante él con suma reverencia, y no sólo le franqueó la entrada, sino que le puso en manos de la cama- rera, quien, sin duda advertida, con- dújole en derechura al precioso sa- loncito que ya conocemos y que ha- bía sido testigo de tantos amorosos coloquios entre él y Clara. No sona- ron timbres ni se dio voz de alarma, de suerte que la familia no pudo en- terarse de la aparición de Cheno en escena; pero la joven, avisada por heraldo misterioso, no tardó en acu- dir a aquel mismo sitio. Lucía ele- gantísimo kimono de roja seda, am- plia y profusamente ornamentado de grandes bordados multicolores, que figuraban enormes rosas abiertas y recamadas, exuberantes botones y amplias hojas de subido color verde, artísticamente distribuidas en torno de los motivos principales. En la es- palda y hacia la parte céntrica de la anchura, ostentábase un dragón de retorcido cuerpo, rostro amarillo y

ojos de esmalte, con extraña corona en la cabeza y toques de oro y pla- ta en la parte saliente de las volutas y en el extremo de la partida y bar- bada cola. Rodeaba la elegante aun- que robusta cintura de Clara, un an- cho cinturón de la misma tela, el cual remataba por la parte de atrás en un enorme moño en forma de mariposa. La mórbida garganta, des- cubierta por la complaciente bata arreglada en ángulo hasta la mitad del pecho, erguíase gallardamente cual columna de rico capitel; y las mangas amplísimas, casi monacales, daban libertad a los torneados bra- zos para mostrar y lucir sus admi- rables contornos. La complicada y altísima disposición de la endrina cabellera guardaba armonía con el indumento japonés, lo mismo que el calzado, que siendo de zocolles casi auténticos, tendía a dejar el breve pie apenas aprisionado por architrans- parentes medias de tela de araña y un sencillo correaje que aparentaba pasar entre el dedo grueso y el in- mediato. Algo de bermellón había puesto Clara en sus labios, que pa- recían los sangrientos de una heri- da, y lucían y resaltaban sobre la límpida y pálida tez del rostro, un tanto amarillo y levemente pomulo- so. Así ataviada la doncella, produ- cía el efecto de una verdadera mus- mé. Sabido es que la raza suriana tiene patente parecido con la que puebla el imperio del Sol Levante;

parecido cuyas causas no han podi- do desentrañar todavía los historia- dores más bien informados, ni los más asiduos y estudiosos etnólogos.

¡Quizá llegue a saberse algún día, que, comunicados por medio de la Atlántida o de algún otro desapare- cido continente, formaron en época remota una sola familia los habitan- tes de la Península del Sur, y los malayos conquistadores de las in- contables islas que forman el Impe- rio Nipón, con menoscabo del dere- cho de primeros ocupantes que te- nían a su favor los velludos y bar- bilargos ainos!

Deslumhrado quedó Cheno, que no necesitaba mucho para ser encan- dilado, al ver esa figura encantado- ra, que le sonreía con los ojos y con la boca, dejando ver aquellos el fue- go de la pasión, y ésta los esplen- dores de una dentadura blanquísi- ma, apretada y menuda. Con el co- razón palpitante, secas las fauces y entrecortado el aliento, levantóse de un salto y fue a encontrar a su pro- metida, que ambas manos le tendía para saludarle. Estrechólas Bolaños ansiosamente entre las musculosas y amplias suyas, como si hubiesen sido un precioso y frágil juguete. Luego tomaron asiento en el confidente el uno al lado del otro, y dio principio el diálogo.

—¿Ya lo ves, Clara? —murmuró Cheno con voz sofocada—. Me lla- maste y aquí me tienes. ¿Qué dispo- nes de mí?

—Que me quieras, eso es lo que dispongo.

—Te quiero mucho.

—Más todavía.

—Te adoro, te idolatro.

—Eso está ya mejor.

—¿Y tú, vida mía?

—Con pasión desbordada y todos los días mayor.

—¿De veras, Clara?

—¿No se echa de ver desde a la legua? Mírame los ojos.

Claváronse los de Cheno en los negrísimos de la suriana, y éstos anhelosos, entrecerrados y sonrien- tes, se lo dijeron todo, llevando al más alto grado la vehemente emo- ción que trastornaba los sentidos de Bolaños. Así transcurrieron unos mo- mentos, callados y ardorosos, en que dos juventudes sanas y enérgicas y dos organismos imperiosos y exal- tados, se contemplaron cara a cara y de hito en hito, como dos gladiado- res dispuestos al combate. El alma de ambos andaba ausente entretanto.

—¿Qué te dicen mis ojos? —in- sistió ella con arrullo de paloma en la voz musical.

—Que me quieres un poquito.

—Que te quiero mucho.

—No, eso no me lo dicen.

—Pues voy a sacármelos por em- busteros.

—No harás tal.

—Ya verás cómo lo hago.

—¿No ves que yo lo impido y los defiendo? —murmuró Cheno con suavidad.

Y dando muestras de una osadía sin límites, cubrió con las dos ma- nos los ojos de Clara, sin que ésta protestase ni hiciese el menor es- fuerzo por libertarse de aquella ti- bia venda que la privaba de mirar.

—Está bien —dijo—, quedan per- donados por su falsía; pero déjame verte.

—Ni a mí ni a nadie, sino con una condición.

—Aceptada: la que gustes.

—Que cumplas lo de las estrelli- tas de tu carta.

—Pero ¿cómo? —preguntó ella con melindre.

—Así —repuso Cheno—; de esta manera.

Y sin miramiento, inclinóse y le dio repetidos besos.

—Cuatro nomás —protestaba ella sin convicción—, nada más cuatro.

Pero Cheno se negaba a darse por entendido.

—Las estrellas de la carta eran cuatro —decía ella.

—Pero yo quiero todas las del cie- lo —replicaba él.

Y al aguacero de ósculos conti- nuaba sin resistencia por parte de Clara. En aquellos momentos abrió- se sin ruido la puerta de cristales, y entre sus entreabiertas hojas apare- ció la cabeza gris de don Pablo Montalvo, quien, al darse cuenta de la escena, desapareció como por en- salmo. El buen señor, obrando con la prudencia y la cautela de un ver- dadero hombre de mundo, volvió hacia atrás de puntillas por el alfom- brado pasillo, y, una vez a distancia, estornudó, carraspeó e hizo el ma- yor ruido que le fue posible para dar razón de su presencia. Una vez hecho esto, tornó a caminar, aunque despacio, hacia el saloncito y abrió

la puerta con mano de amo, firme y resuelta. Y halló que Cheno y Cla- ra ocupaban ya asientos distantes;

ella en el confidente, y él en un si- llón de movimiento. No echó de ver o no quiso tomar en cuenta la visi- ble agitación de Bolaños ni el subi- do color de las mejillas de Clara, y, con la mayor calma y compos- tura, exclamó:

—¡Cómo! i Tanto bueno por acá, señor Bolaños!

—A las órdenes de usted mi señor don Pablo, repuso éste levantándose y tendiendo la mano al recién ve- nido.

—Tome usted asiento, no se mo- leste.

Y Montalvo se acomodó en otro sillón de movimiento frente a Bola- ños. Luego dijo:

—Hija ¿sabe tu mamá que Cheno está en casa?

—Todavía no, papá —repuso la joven—. En el momento mismo en que entraba Cheno en el hall, pasé por ahí, le recibí y le conduje a este sitio. Me pareció feo dejarle solo.

—Tienes razón; pero, ya que pue- do hacerle compañía, anda a preve- nir a tu madre para que venga a reunirse con nosotros.

Entre tanto que iba Clara a cum- plir la comisión, quedaron don Pa- blo y Bolaños hablando de política.

Por fin había estallado en febrero el movimiento revolucionario, que ellos y sus compañeros habían pro- yectado; había caído el presidente de corta estatura; se le había obligado a renunciar al cargo, y después de eso, había sido muerto a balazos, de misteriosa manera, en compañía del exvicepresidente. Pero los aconteci- mientos subsecuentes no se habían desarrollado a la medida del deseo de quienes los habían preparado, porque, al desaparecer aquel primer Mandatario, habíase alzado con el santo y la limosna, otro militar as- tuto y marrullero, que a todos había engañado y se había burlado de to- dos. ¡Lástima de tanta sangre derra- mada y de tanto dinero malgastado!

¡Quién lo hubiera sabido! La ver- dad era que nada se había aventa- jado con el cambio. La sociedad continuaba privada, como antes, de una representación decorosa en el gobierno, y el país se había infes- tado de partidas revolucionarias y gavillas de malhechores, con gran perjuicio de la industria, el comercio y la agricultura. Cheno suspiró hon- damente pensando en sus veinte mil duros entregados para una empresa infecunda e inútil; y sólo se consoló recordando que, merced a tal ero-

gación, había logrado obtener el amor de Clara.

En esto se presentó doña Mónica seguida de su hija. La bien conser- vada y frescachona señora venía ves- tida de blanco, como una palomita, desde los zapatos hasta el lazo de listón que adornaba su cabellera, llena toda de randas y encajes en falda y corpino, y armada, además, de buen número de opulentas alha- jas. Gargantilla y zarcillos de ricas perlas, profusión de sortijas en los dedos, y sobre todo, una gruesa tum- baga en el del corazón de la mano derecha. Al verla, pensó Cheno que tal vez no fuesen tan elevados y de buena ley los orígenes de la matro- na, pues su desmedida afición a las joyas y el pésimo gusto que tenía para colocárselas, hacíanlos sospe- chosos y oscuros; y principalmente por ostentar aquel anillo monstruo- so en ese dedo, en el del corazón, que es precisamente, el que, confor- me a los cánones del buen gusto y de la elegancia, no debe ser usado nunca para tal objeto. La opulenta señora habría sido capaz de ador- nar con cintillos los dedos de sus pies, y hasta quizá, de ponerse un aro de oro en el perforado tabique de la nariz. Mas Bolaños aparentan- do no haber notado aquellas palpa- bles disonancias, levantóse cortes- mente, juntó los talones, puso tie- sas las piernas, inclinó el cuerpo y besó la mano de su presunta suegra con toda reverencia y acatamiento.

—Nosotros, Bolaños, de viaje,