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Entretanto, habían volado las ho- ras, pasaba de la media noche, y estaba al sonar la una de la ma- ñana. Ninguna otra Posada de doña

Carlota había alcanzado tan larga duración como aquella, y era ya tiempo de desbandarse. Los jefes de familia dieron la señal de la reti- rada. Fueron traídos de la antesala los abrigos y los sombreros de las damas, y éstas procedieron a echar- se a cuestas los primeros y a ase- gurar en el peinado los segundos, mirándose al espejo y sujetándolos con largos alfileres de redonda o aplastada cabeza. Y sucediéronse los adioses, unos tras otros, besán- dose las damas en las mejillas y abrazándose flojamente y como de

compromiso. Los caballeros estre- charon las manos de todo el mun- do, pusiéronse los amplios y largos sobretodos para resguardarse del frío, levantaron los cuellos hasta la nuca, y salieron en compañía de las damas. Pronto se oyó el rodar de los carruajes y la destemplada voz de los automóviles que entraban en movimiento.

La familia quedó sola, volvió a la casa el silencio, y procedióse a apa- gar las luces que ardían con pro- fusión.

—Francamente —dijo doña Car- lota a Cheno tendiéndole la mano para despedirse de él—, ¿te has di- vertido?, ¿te agradó la Posada?

—He estado muy contento —re- puso el interrogado con cierta frial- dad.

—No debe haberse divertido mu- cho, mamá —articuló Anita.

—Te equivocas —repuso el jo- ven—. ¿Por qué lo dices?

—Te he visto pasar largo rato conversando con dos Melchor, y supongo debes haberte sentido muy aburrido para acogerte a recurso tan extremo.

—No, Anita, si es persona muy entendida.

—¿De qué estuvisteis hablando?

—'preguntó doña Carlota con tono de broma.

—De agricultura.

—¡Jesús, Jesús! —prosiguió la señora—. ¡Hablar de agricultura en medio de una Posada y tenien- do a la vista tantas muchachas bo- nitas!

—No, mamá, si es que debe ha- ber estado pensando en otra cosa.

—No, ¿en cuál? Su conversación me interesaba.

—-Es seguro que estaba pensando en Clara y echaba de menos la ele- gancia de su salón.

—No, por vida mía; ni por un momento me he acordado de eso.

—Como quiera que sea —repuso doña Carlota—, puedes creer que hemos hecho cuanto hemos podido para tenerte contento. Si te has fas- tidiado, tuya ha sido la culpa.

—Pero si no me he fastidiado, si he estado contentísimo.

—Ojalá así sea —continuó doña Carlota—. Ahora sólo nos queda descansar un poco, porque es de- masiado tarde.

—Tiene usted razón, tía —repu- so Cheno echando mano a la mues- tra—. Faltan unos minutos para la u n a . . . Mil gracias por todo; son

ustedes muy buenas, y me dejan muy obligado.

—No hay por qué —contestó Ani- ta, tomando la voz por ella y por su madre—. ¿Y mañana? ¿Qué piensas hacer?

—Es punto convenido —repuso Cheno—. Mañana iré a la Posada de Mon tal vo.

—Bueno, pues quedas en liber- tad —concluyó doña Carlota—. Ya sabes que tenemos gusto en verte entre nosotras; pero si por cualquier motivo prefieres ir a otra parte, eres muy dueño.

—A no ser por el compromiso que tengo con esa familia, no me movería de aquí.

—¡Quién sabe! —intervino Anita con ligero tono de ironía—. ¡Yo no lo aseguro!

—Haces mal, Anita, porque soy sincero.

—Estamos perdiendo el tiempo en averiguaciones inútiles —dijo doña Carlota con cierta impacien- cia, porque el sueño comenzaba a dominarla—. Mañana será otro día.

Buenas noches, Cheno.

—Buenas noches, tía.

—Buenas noches, primo.

—Buenas noches, Anita.

Y se separaron los interlocutores.

Bolaños se dirigió al cuarto que sus hospitalarias parientas le tenían destinado, y éstas entraron en sus respectivas alcobas, que estaban jun- tas, y se comunicaban por medio de una puerta que nunca se cerraba.

Ninguno de los dos jóvenes que- dó satisfecho después de la Posada.

Anita veía con desconsuelo que su primo no había hallado en aque- lla sencilla fiesta, todo el placer que ella hubiera deseado. Recordaba con mal humor las atenciones de Cheno hacia Amparo, y le preocu- paba no poco la expresión que las facciones de su primo habían tenido la mayor parte del tiempo que ha- bía durado la reunión. Decidida- mente, muy raro era el carácter de Bolaños; medio frivolo, medio mi- sántropo, galanteador de oficio y fá-

cilmente impresionable por el ca- pricho o el mal humor. Es verdad que Amparo era bonita, bastante graciosa, y cantaba con sumo gusto;

pero no llegaba a hermosura, por- que adolecían sus facciones de va- rios defectos fácilmente perceptibles.

Con todo, había habido momentos en que Cheno se había puesto ale- gre como unas pascuas, cerca de ella, al dirigirle la palabra. Amparo, por su parte, no era loca, no podía tachársele de tal; pero tampoco po- día negarse que hubiese dispensado favorable y risueña acogida a los requiebros del primo. Y a no ser por la advertencia, que ella, Anita, había hecho a su amiga, sólo Dios sabe a dónde hubieran podido llegar las cosas, porque Amparo parecía no haberse acordado en toda la no- che de que Rodolfo se hallaba pre- sente; pero de ese momento en ade- lante, ¡qué cambio tan grande ha- bía habido en ella!

La escena ocurrida junto al pia- no, cuando Cheno acudió solícito a dar vuelta a las hojas del cuaderno musical, presentóse al vivo a la me- moria de la joven. Vio el descon- tento pintado en el rostro de Bo- laños, al ser repelido por Amparo;

oyó el llamado de ésta a su novio;

miró al capitán acercarse al grupo filarmónico; y se reprodujo a sus ojos la escena muda de la antipa- tía recíproca que había observado en los rostros de su pariente y del militar.

Pero esto no fue todo. Antes de dormirse, fue atraída su atención hacia otro lugar y otra persona.

Todo cuanto había pasado aquella noche, carecía de importancia com- parado con los nuevos recuerdos que evocó. Vio una casa de moder- na y elegante arquitectura, en cu- yos ángulos había ligeras torrecillas con estrechas y elegantes ventanas;

perspectivas de castillo italiano en miniatura, con sus altos techos en forma de tejados, rodeada de jardi- nes y limitada por férrea verja. Gra- dería de blanco mármol conducía a

la entrada principal, formada por amplia ojiva, cuyas puertas de cris-

tal emplomado resplandecían con vivos reflejos a la luz del sol o de los focos de arco. Plantas trepado- ras, que subían desde el pie de los muros, cubrían casi por completo y ornaban con artística elegancia las partes planas del frontispicio, de- jando al descubierto nada más las pilastras, los cornisamentos y los huecos de las ventanas, que pare- cían hechas exprofeso para aventu- ras románticas de personajes de no- velas o leyendas. Por cualquiera de ellas hubiera podido trepar Romeo con la ayuda de una escala de seda, para mirar de cerca a Julieta, o despedirse ésta de su amante al ama- necer y cuando los pajarillos co- menzasen a piar entre las frondas.

Dentro de aquella casa vivía una joven seductora, que parecía Henar- la por entero con el brillo y esplen- dor de su vida, pues andaba siem- pre a la última moda, vestida con lujo extremado, concurriendo a bai- les y saraos, ocupando palco en la ópera, y paseando por calles y ave- nidas, ya en carretela flamante ti- rada por hermosos troncos ricamen- te enjaezados, o bien en amplios y rápidos automóviles, que devoraban la distancia y, a la noche, deslum- hraban la vista con el vivo resplan- dor de sus brillantes linternas, pa- recidas a los faros que muestran al navegante perdido en la oscuridad, el rumbo que ha de seguir para lle- gar al puerto.

La sección consagrada por los diarios a los acontecimientos socia- les, contenía siempre el nombre de aquella joven, cuyas toilettes eran descritas con minuciosidad, ya fue- ra que asistiese a los templos a pre- senciar ceremonias nupciales, o que concurriese a elegantísimas reunio- nes, o que resplandeciese y triunfase en las que en su propio domicilio se daban con asistencia de la haute creme metropolitana.

Esa mujer era Clara Montalvo;

la rica, la hermosa, la cortejada, la victoriosa.

Por un extraño e inconsciente tra- bajo mental, reunía Anita en un mismo pensamiento, la figura de su primo con la de Clara, como si su- piese que algún vínculo oculto las ligase, y que aquellos dos seres es- tuviesen destinados a caminar siem- pre juntos. No era envidiosa Anita, y nunca la desvelaron la opulencia ni los triunfos de la señorita Mon- talvo; pero en aquella coyuntura, cuando se reunían y sobreponían en su interior las imágenes y los nom- bres de esa joven a la moda, y los de su primo, experimentaba un mal- estar íntimo, que ella misma no podía explicar. ¿Qué le importaba que entre el grupo de los cortejan- tes o esclavos de Clara, figurase Cheno? ¿Qué le importaba que ella le amase, ni tampoco que aquellos amores, si existían en efecto, llega- sen a su desenlace lógico, legal y religioso? ¿Por qué se preocupaba pensando que Clara pudiese casar- se con Bolaños? Ignorábalo ella mis- ma y, con profundo desagrado, dá- base cuenta de que aquellas figuras y aquellos acontecimientos presen- tes o futuros, verdaderos o fanta- seados, tendían a mantenerla en vi- gilia y a apartar el sueño de sus ojos. Comenzaba a clarear el alba y entraba ya la luz blanquecina de la madrugada por las rendijas de ventanas y puertas, cuando logró Anita quedarse dormida; pero aun en sueños, continuó discurriendo y mirando mil cuadros análogos a los descritos, que se desarrollaron a los ojos de su imaginación como una cinta cinematográfica.

No fue mejor la noche que pasó Cheno. No había quedado satisfe- cho con los resultados de aquel día.

El regocijo que sintió a la hora de la comida, enturbióse y desapareció por completo durante la noche.

Hombre orgulloso y sumamente en- greído, tanto por su figura cuanto por su fortuna y origen, juzgábase irresistible, y no podía concebir que

cualquier otro mortal se interpusie- se entre sus inclinaciones o capri- chos y la dama de su elección, por más caprichosa y efímera que ésta fuese.

Habíale agradado Amparo por su belleza, gracia y talento artístico; y bien hubiera querido flirtear con ella durante toda la Posada, sin com- prometerse a cosa alguna, y sobrepo- niéndose a todos los admiradores de la joven. Desgraciadamente había surgido el incidente del piano, que había venido a desconcertar y a echar por tierra todos sus proyec- tos y ambiciones. Si Amparo hubie- ra sido un poco más amable para él, habría admitido su auxilio, por torpe que fuese, pues nada le hu- biese costado hacer cualquier leve indicación para que él hubiese dado vuelta con oportunidad a las hojas del cuaderno. Era claro que, si le había rechazado, no había sido sim- plemente porque él no conocía la nota, sino porque ella deseaba lla- mar a su lado a aquel joven mili- tar, que era su novio.

El capitán Rodolfo Souza no pa- saba de ser, en su concepto, un mi- litarcilío de tantos como pululaban por la ciudad, y, aunque no debie- ra decirse de él que fuese un mons- truo de fealdad, no podía afirmar- se tampoco tuviese la figura de Apolo o de Antinoo. La única cir- cunstancia que favorecía a Rodolfo, era la de llevar el vistoso traje de oficial del ejército. Los trajes de los militares contribuyen mucho a dar brillo y seducción a su persona;

pero los mismos individuos que, adornados y realzados por él, pare- cen príncipes o héroes de leyenda, pierden toda su gracia y prestigio cuando de él se despojan, y se po- nen la vestimenta de los paisanos, no llamativa y chillona, sino grave y seria. Recordaba él mismo haber hecho esa observación en jóvenes de su amistad. Ataviados con el uni- forme militar, habíanle parecido marciales, buenos mozos, conquista- dores, y esos mismos sujetos, vistos

en alguna otra ocasión con ameri- cana o jaquet, con sombrero blando o de bola, sin acicates en los taco- nes ni espada al cinto, habíansele figurado, no sólo inferiores a sí mis- mos, sino en alto grado comunes y corrientes, ordinarios, feos y suma- mente cursis. Hasta los jóvenes mo- renos, color de chocolate y de pura raza indígena, a quienes había en- contrado engalanados con el traje de oficiales, habíanle parecido em- bellecidos y sublimados; siendo así que, cuando había tornado a verlos con la vestimenta de la clase civil, habíansele figurado dependientes de abacería, conductores de trenes, o mozos de café fuera de oficio.

Los colorines y entorchados, se decía, contribuyen mucho a disfra- zar a quien los lleva, y le convier- ten en un ser falso; pero las muje- res, que no discurren nada, ni pien- san sino en cosas frivolas, toman por lo serio los tintes chillones y el reflejo de presillas, charreteras y de- más insignias de galonería. El fenó- meno se observa por dondequiera.

Recordaba Cheno que, durante sus viajes por Europa, había visto a las mujeres inglesas, francesas, italianas y alemanas, aleladas y boquiabiertas ante el desfile de las guardias rea- les o republicanas, de los dragones y coraceros y de los jefes empena- chados con chorros de blancas plu- mas que caían sobre sus cascos me- tálicos. El sonido de la corneta y el redoblar de los tambores hacen por todas partes sensación en las cla- ses populares, y los habitantes de pueblos, ciudades y metrópolis, de- tienen la marcha cuando caminan por la calle, o se agolpan a las puer- tas y ventanas de sus casas, cuando se escucha el paso de batallones y regimientos cruzando por la vía pú- blica. Las damas elegantes no ven al soldado raso, para fijar la aten- ción en los oficiales y jefes; en tanto que las mujeres del pueblo, se afi- cionan a la soldadesca, cuyos kepis, mochilas, polainas y fusiles las des- lumhran, como si fuesen cosas nun-

ca vistas y de prodigio. ¡Debilidad general e irremediable del sexo her- moso!

Pero ¡qué poco discurso se nece- sita para dejarse dominar por esa predilección! Porque, bien visto, el militar no es más que un pobre ser- vidor de la comunidad, que sigue una bien triste carrera, criminal por una parte, y degradante por otra.

Criminal, porque tiene por oficio matar o herir a los semejantes; y de- gradante, porque tiene por consa- gración el exponerse a riesgos de muerte o perlesía por vil soldada.

Hay en ellos algo de lo que existía en los gladiadores antiguos. ¡Ave, César, los que van a morir te salu- dan! Eso es lo que dicen todos los que siguen el ejercicio de las armas.

¡Ave, imperio, reino, república, so- ciedad, los que van a morir te sa- ludan! Tú me das un sueldo, y yo estaré siempre dispuesto a matar o a morir. El papel no es nada airoso.

Son los militares víctimas destina- das al sacrificio, y, como su sangre va a ser derramada y va a serles cortado el aliento, son vestidos con trajes bárbaros, de colores exagera- dos y llenos de relumbrones; de la misma manera que en la antigüe- dad gentílica se cubría de rosas y flores el testuz del buey que en aras de la deidad iba a ser abatido con el hacha por el sacerdote. Pero ellos no lo comprenden así, y se muestran altivos y soberbios, envueltos en sus atavíos, creyéndose héroes, cuando no son más que esclavos, y juzgán- dose amos y señores, cuando no son más que un rebaño destinado a la inmolación.

Rodolfo Souza no parecía mal con su traje ornamentado de ribetes ro- jos sobre el azul oscuro del paño de que estaba hecho, con el brillo de los botones metálicos que en el pecho lucía, y con las paralelas de cintas deslumbradoras que ostenta- ba en las mangas de la guerrera. La espada que llevaba al lado, dábale inmerecido prestigio, como de pala-

dín hecho a realizar hazañas mayo-

res que las de Rolando, siendo así que tal vez no era capaz ni aun si- quiera de resistir la embestida de un gato enfurruñado. Su prestancia no era cuestión más que de óptica v convencionalismo, como podría verse cualquier día en que el jo- ven Souza tuviese la humorada de vestir traje de paisano. Entonces sería un burgués común y corriente, destituido de gracia, e igual o in- ferior a todos los otros habitantes de la ciudad. Vivos deseos sentía Bolaños de encontrarse algún día por alguna de las principales aveni- das de la ciudad con aquella figu- rilla de relumbrón, despojada de sus ropas teatrales, y reducida a la con- dición de cualquier mortal trabaja- dor y ocupado en cosas prosaicas y útiles para la comunidad. Estaba cierto de que la aureola que le ro- deaba se desvanecería en ocasión se- mejante, y de que el arrogante jo- ven, que tenía humos de Fierabrás, tendría el humilde aspecto de un empleadillo de tres al cuarto, ende- ble, trasijado y afligido por la ga- zuza. Sonrió Cheno al pensar todo esto, pareciéndole que aquel cua- dro que en su interior se forjaba, debía corresponder y correspondería alguna vez a realidad efectiva. Con esto, dejó al capitán Souza, mental- mente herido por él de insignifican- cia y hasta de miseria, para pensar en seguida en otro joven, cuya pre- sencia le había sido también muy desagradable aquella noche.

¿Quién era el doctor don Ignacio Quintanar? Probablemente algún matasanos de tantos como vomita anualmente la Escuela de Medicina, y que son un verdadero azote so- cial. Los médicos, si bien se mira, pensaba Cheno, son peores que el tifo, la escarlatina y el cólera mor- bo, porque no saben nada de cosa alguna, ni menos aún, de lo que pretenden saber. Es un misterio para ellos el organismo; ignoran lo que es la vida; desconocen el germen de casi todas las enfermedades; las peores dolencias que atacan a la hu-

manidad, carecen entre sus manos de remedio. La terapéutica está to- davía en pañales. La primera difi- cultad que al médico se presenta, es la de conocer la naturaleza de la enfermedad que va a combatir.

¿No ha sucedido muchas veces que al enfermo del estómago le juzgue malo de los ríñones, y declare neu- rasténico al loco rematado, que no tiene idea sana en el cerebro? ¿No pasa a menudo que la equivocación sea tan garrafal, que diagnostique un tumor en el vientre de la se- ñora que va a salir de su cuidado?

¿No se ha visto con frecuencia que los doctores declaren desahuciado o muerto al enfermo que a los pocos días se levanta sano y lleno de vida, y pasea por las calles con paso fir- me y erguida cabeza?

Y todavía, aun suponiendo que penetre el hondo misterio de la en- fermedad, y sepa el mal de que ado- lece el paciente ¡cuántos errores no comete en el tratamiento de la mis- ma dolencia conocida! Da calomel al que necesita Saiz de Carlos, se- dantes y debilitantes al que ha me- nester Elíxir de Beaumé o inyeccio- nes de estricnina; prescribe pedilu- vios al que padece de anemia cere- bral; y toda clase de drogas al que tiene cansados los intestinos por la ingestión de polvos, pildoras y cu- charadas. Después de todo, bien hace la secta de los automédicos cristianos recientemente aparecida en los Estados Unidos, al jurar ante la Biblia, no llamar jamás al médico ni tomar medicina de ningún géne- ro, por más grandes que sean sus padecimientos; sino aguardar que la naturaleza todo lo cure por medio de evoluciones espontáneas, o que el Omnipotente sea el doctor que re- medie los padecimientos del enfer- mo. Platón arrojó a los poetas de su república; Cheno hubiera arrojado a los médicos de la sociedad humana.

Pero ¿de dónde venía la inquina que experimentaba contra Quínta- nar? Este joven, si bien lo conside- raba, jamás le había hecho el me-

nor daño. Nacía aquella ojeriza, sin duda alguna, de su aspecto melan- cólico y romántico, de su amor a la poesía, y de su afición a decla- mar versos. Todo aquello era alta- mente despreciable para Bolaños.

El doctor debía adolecer de un es- píritu timorato y medio femenino, supuesto que, en vez de consagrar- se a cosas ásperas y serias, como a su sexo correspondía, andaba delei- tándose en leer renglones cortos, perdía el tiempo en aprenderlos de memoria y se prestaba a servir de comediante, como quien dice de his- trión, en las reuniones sociales.

¿Qué persona grave y que se esti- me un poco, puede resignarse a des- empeñar papel tan poco airoso?

Aquellos indicios artísticos no le acreditaban de varonil ni de re- suelto. ¡Qué había de saber el buen Quintanar de asistir enfermos, ver espasmos y dolores y levantarse a media noche para asistir al llama- do de los moribundos! Y en cuanto a manejar el bisturí, abriendo abs- cesos, cajas toráxicas, o amputar miembros podridos, ¡ni aun siquiera pensarlo! Aquel triste muchacho, ojerudo y de mirada lánguida, tenía por fuerza que desmayarse a la vista de la sangre, y que taparse la nariz al desvendar un miembro llagado.

No se podía concebir cómo podrían aliarse su ternura dulzona con el valor y la energía que se necesitan para manejar los instrumentos cor- tantes, las sierras que tronchan los huesos y las mascarillas impregna- das de cloroformo con que se pri- va de conocimiento al desgraciado a quien se va a descuartizar cientí- ficamente. En concepto de Bolaños, solamente un hombre de duro as- pecto, pocas palabras e innata fero- cidad, era capaz de practicar todos aquellos oficios; y, para él, los mo- zos de las matanzas, que degüellan corderos, atraviesan el corazón de los cerdos y descabellan o matan bueyes gordos de un golpe de maza, eran los personajes más a propósito para ejercer la cirugía en todas sus