Y en efecto, no bien hubieron re- gresado amo y criado al casco de la hacienda, Ufemio, después de ha- ber ayudado a su amo a desmon- tar el Ali, teniéndole el estribo, y de haberle quitado las espuelas, dio a otro criado las riendas del caba- llo prieto para que lo pasease, por- que venía muy caliente; y montan- do el suyo de nuevo, salió del por- tal a toda carrera para cumplir el encargo que acababa de recibir.
Bolaños entró en el escritorio y se puso a trabajar.
Obra de una hora más tarde, lle- gó Ufemio en compañía de Chema a la presencia del amo; y aunque éste oyó claramente sus pasos, fin- gió no haberlos escuchado y prosi- guió sus labores como si tal cosa no pasase. Entretanto, permanecían
silenciosos y en pie los dos hom- bres, a respetuosa distancia de Bo- laños, sin osar dirigirle la palabra, temerosos de causarle disgusto. Al fin, buscando medio de salir del paso sin cometer el atentado de ha- blar, carraspeó Ufemio discretamen- te dos veces, y, por su buena for- tuna, tuvo Cheno por conveniente darse por entendido de su presen- cia, por lo que, volviendo la ca- beza, di jóle:
—¡Hola, Ufemio! ¡Con que ya viniste! ¿Por qué has tardado tanto?
—¡Dende quiaque estoy aquí, se- ñor amo! —repuso el interpelado—;
pero como vide a su mercé tan ocu- pado, no quije interrumpirle en sus quihaceres.
—¿Cumpliste mi encargo? —pre- guntó el hacendado.
—En el auto mesmo. Dende que salí de aquí, me juí de jilo hasta el potrero de los Guajes, ques onde están los güeyes, y en devisando a Chema, le dije de luego aluego:
"ándale, Chema, no te atorcantes, vente conmigo, que el amo te ha menester". El dilate estuvo en que no jallábamos con quen dejar los animalitos, porque el otro güeyero no parecía por todo aquello; pero lo mesmo jue que llegara, que de- jarlo encargado de la güeyada y ve- nirnos pa cá a la juerza de la ca- rrera.
Movió Cheno la cabeza en señal de asentimiento, y clavando los ojos en Chema, díjole:
—¿Con que tú eres Chema el bo- yero?
—Sí, señor amo, José Samartín, el güeyero de su güeña mercé —re- puso éste.
Mientras tal decía, mantenía ba- jos los ojos lo mismo que la cabeza, y no sabiendo qué hacer en medio de su turbación, daba vueltas entre las manos al ancho sombrero de palma, que por los bordes asido te- nía. Bolaños miróle con curiosidad buen espacio. Era Samartín mance- bo que no llegaba a los veinte años, de naciente bozo, de alborotado y negro pelo, de ojos medrosos y pe- queños y de cuerpo ruin y desme- drado. Habíase casado en la ado- lescencia, al estilo del campo y cuando apenas comenzaba a entrar en la vida. Su organismo, débil de suyo, no había acabado de desarro- llarse después, no obstante que ya pesaban sobre él obligaciones y cui-
dados, y que las pasiones de la vi- rilidad habían hecho presa en su pobre corazón. Sonrió Cheno des- deñosamente a la vista de tan in- significante sujeto, y dijo:
—¿Cuánto tiempo hace que estás en San Víctor?
—Estoy recién llegado, señor amo;
apenas dos veces he óido misa en la capilla de la hacienda.
—¿Por qué no me habías dicho quién eras?
—La mera verdá, señor amo, por- que le tengo muncha vergüenza a su mercé; pero ya mi tío Policarpo habrá puesto en su conocencia todo lo que me respeuta.
—Sí, hoy en la mañana; no me lo dijo sino cuando se lo pregunté
—replicó Bolaños.
—¡Pos quén sabe por qué sería ansina! —repuso Chema encongién- dose de hombros.
—Me pidió permiso para traerte de la Sanguijuela; pero no me ha- bía hecho saber que era tu tío
—prosiguió el amo.
—Su sobrino carnal, ligítimo;
sernos parientes, sí, señor —afirmó el boyero—; él y mi padre Cerilo Samartín jueron hermanos de padre y madre.
—Así me lo dijo —continuó Bo- laños—. Ojalá lo hubiera sabido antes.
—¿Pa qué, señor amo?
—Para darte una colocación me- jor que la que tienes. Siendo sobri- no de Poli, no está bien que seas boyero.
—¿Creerá, señor amo, que a mí me cuadra muncho el oficio? Todo el día me lo paso arriando mis ani- malitos, sin que naiden se meta con- migo, ni yo con naiden, y ansina voy viviendo muy descansado.
—Aunque así sea, te necesito para otra cosa.
—¿Pa otra cosa más mejor?
—Sí, para otra mejor.
—Ya sabe el patrón que soy su criado, y que con mi mal servicio me pondré a cuanto quera y guste
mandarme.
—Está bien —repuso Bolaños sonriendo—. Quiero que te vengas a la hacienda a cuidar mis caba- llos de silla.
—¿ Quere dicir, que como caba- llerango de su mercé?
—Precisamente.
—No puedo dicir que no, porque también a eso le entelijo un poco.
—Aquí ganarás cuatro reales dia- rios; el doble de lo que ganas en el cuido de los bueyes.
—Ansina será, sigún eso; como su mercé lo disponga.
—Y tendrás también casa aquí mismo. En el corral está la del ca- ballerango.
Chema alzó tímidamente los ojos y se encontró con los negros e im- periosos de Cheno, y los bajó luego.
Pero después de unos minutos de vacilación, se atrevió a decir:
—¿Y no pudiera su mercé dejar- me en la cuadrilla como agora me jallo? Allí estamos muncho, muy a gusto.
—Dices estamos —murmuró hi- pócritamente Cheno—, pues, ¿quién te acompaña?
—Pos ¡quén ha de ser sino mi mujer!
—jAh!, ¿eres casado?
—¡Dende quiáque, señor amo!
Ya va pa año que estoy matrimo- ñado.
—i Tan muchacho!
—Más nueva es todavía mi com- paña; yo tengo ya diez y nueve años entrados a veinte, y ella diez y seis entrados a diez y siete.
—¿Y cómo se llama tu esposa?
—Pos Tacha, i pos cómo había de llamarse! Pero su apelativo es Prie- ta, ansina mesmo.
—Bien, bien —murmuró el pa- trón satisfecho del interrogatorio—;
ya sabes lo que debes hacer. Vas a tu casa en este momento y te traes todas tus cosas a las habita- ciones del corral.
—¿Ya orita, orí ta? —preguntó Chema con visible descontento.
—Sí, hombre, sin pérdida de tiem- po —repuso Bolaños con autori-
dad—. Y cuando vengas con la fa- milia, te me presentas para cono- cerla.
—No sernos más que Tacha y yo, señor amo, en todavía no ha habi- do criaturitas.
—Pues con los que fueren ha- rás lo que te digo.
—Está bien, señor amo, voy a ver cómo cargo con los pocos palos viejos y los hilachos que truje de la Sandijuela.
—Ufemio te ayudará.
Y luego, volviendo los ojos al peón de estribo, agregó Cheno:
—Haz que lleven a Chema el ca- rro para que haga de prisa la mu- danza, pues no tengo caballerango y necesito uno desde luego.
•—Está bien, señor amo —repuso Ufemio—, como su mercé lo dis- ponga.
Con esto se despidieron ambos sirvientes para obedecer las órde- nes recibidas, y Cheno, entretanto, llamó al caballerango (pues no era cierto que no lo tuviese) y le or- denó que al momento desocupase la casa que le había dado, y se tras- ladase a una de las estancias de la finca, a hacer los oficios de capo- ral. Como este sirviente no tenía más mobiliario que un petate, una maleta de manta y la silla de mon- tar, pudo hacer inmediatamente lo que se le ordenaba, y de buena vo- luntad lo llevó a cabo, porque ser caporal significaba para él un im- portantísimo ascenso. El hecho fue que todo quedó listo y arreglado en un santiamén, como Cheno lo de- seaba.
Mientras esto sucedía, Ufemio, que acompañó a Chema hasta su casa y le llevó el carro para hacer
la mudanza de telebrejos y tam- bachis, se decía para su coleto:
—El amo anda ya con un nuevo capricho en la cabeza. ¿Pa qué que- drá tantas coscolinas? Ya pasan de diez las mujeres que le conozco:
todas muy chulas, la mera verdá, porque eso sí se ha de dicir, don Cheno tiene muy güen gusto, y, ade-
más de eso, munchos pesos. ¡Ni tan- tita gracia que hace! Con ese pecho yo cantara. A mí también me cua- dran de horror las muchachas bo- nitas; pero ¿qué me saco con eso?
Nada, sino que se me caiga la baba cuando las miro, y que ellas ni an siquera se den por entendidas.
Cuando uno es probe, tiene una suerte p e r r a . . . Pero vamos a ver
¿como cuántos hijos tendrá el amo por todo esto? Crioque pasan de d o c e n a . . . Sí ¡y bien que p a s a n ! . . . Uno de Crisanta, dos de Ciriaca, uno u dos de Mariana... En fin, pa qué es seguir haciendo la cuen- ta; la familia es ya grande, y va creciendo en cada vez más. Unos niños son prietos, otros amarillitos, otros blancos y hasta uno qui otro güerito, asigún son las m a d r e s . . . Agora veremos cómo resulta esta nueva familia... La mera verdá que la muchacha está de chuparse uno los dedos. iAh!, iqué güen ojo tiene el amo! Yo hasta hoy en día no le he conocido una sola señora f e a . . . Vamos a ver cómo contenta a Chema. De siguro lo mesmo que a los otros maridos o deudos, con dinero y osequios... El caso es que todas las criaturas llevan apelati- vos ajenos; pero acá en San Vítor, sabemos destenguir de quén son, y cuando nos topamos con alguna ni- ñita o con algún mancebito de los conocidos, nos decimos con toda concencia: estas criaturitas son de la cría de don Cheno.
Con estas y otras reflexiones del mismo linaje, entretuvo Ufemio el tiempo, hasta que entre él y Chema cargaron el carro con el pobre mo- blaje de la casita: una cama for- mada por dos bancos y dos tablas de madera blanca, una mesa blanca de pino, un canapé, media docena de sillas de paja, un baúl con pesado herraje y erizado de clavos de negra cabeza por vía de adorno, dos plan- chas de hierro para asentar la ropa blanca, un brasero y trastes de ba- rro y algunos líos de ropa forma-
dos con frazadas y sarapes anuda- dos por las puntas.
Tan pronto como el carro se puso en movimiento, salieron Chema y Tacha a la calle de la cuadrilla: él con su vestido ordinario de traba- jo y ella con sus trapos domingue- ros: falda azul de lana, corpino claro, roja mascada de seda cruza- da sobre el pecho, aretes dublé de gran tamaño, listón azul en la mi- tad de la cabeza, trenzas sueltas so- bre el rebozo y botas de cuero ama- rillo apenas estrenadas. Tanto por la belleza y gracia de la joven como por lo inusitado del caso (una mu- danza en el carro de la hacienda), toda la gente de la cuadrilla salió a puertas y ventanas a presenciar el desfile. Los curiosos sonreían ma- liciosamente al darse cuenta de lo que pasaba, y las mujeres envidio- sas o indignadas, según sus buenas o malas pasiones, lanzaban a Tacha miradas de través, fulminantes las unas, compasivas las otras. Pero la muchacha no se inmutaba: camina- ba con paso ligero y seguro, como si acudiese a un acto triunfal; y sonriendo y jubilosa, lanzaba a dies- tra y siniestra las rápidas miradas de sus ojos centelleantes.
Sólo Chema iba caminando tris- te, pausadamente y de mala gana, como si fuese llevado por la fuerza adonde no quería: al potro o a la horca.
—Ambos dos están de atiro tier- nos —decían las comadres al verlos pasar—; pero él parece una alma de Dios, mientras ella no cabe en su pellejo.
—Lo que es ella, va contenta
—decían los hombres—; pero lo que es a él, se le hace el caso muy cuesta arriba.
Llegaba ya el grupo a la casa de la hacienda, cuando se presentó Po-
licarpo, quien, seguido de Higinio, desembocó por la parte opuesta al camino que Ufemio y sus compa- ñeros habían traído. Tan pronto como el viejo administrador hubo descubierto a su sobrino, sofrenó la
caballería, que iba ansiosa por lle- gar al pesebre, y dirigiéndose a él, preguntóle:
—Chema: ¿qui andas haciendo por aquí y qué quere dicir esta ma- niobra?
—Que vengo al casco de la ha- cienda como caballerango del amo, y que me mudo a la casa del co- rral —repuso el mozo.
Poli puso cara de vinagre al oír estas razones, y volvió a preguntar:
—¿Pero por mandado de quén, hombre?
—Pos por mandado del mesmo don Cheno —repuso el interpelado.
—¿Pos cuándo te vido? Esta ma- ñana temprano en todavía no te ha- bía echado el ojo.
—Pos ¡quén sabe cómo sería eso!
El caso jue que me mandó llamar con Ufemio y me dijo que me ne- cesitaba pal cuido de sus caballos.
El administrador arrojó una mi- rada como de relámpago a Ufemio, quien la sintió en toda su intensi- dad, aunque fingió estar distraído.
—Pos entonces ¡qué le vamos a hacer! —dijo—. Cartucheras al ca- ñón quepan o no quepan.
Y luego, haciendo una seña a su sobrino para que se acercase, díjole en voz baja:
—Nadita que me cuadra la ocu- rrencia, Chema. Cuida muncho, muncho a Tacha, porque el amo es muy mujerero, y de aquí allá le quita la hermana, la mujer o la hija a cualquer cristiano.
Chema se puso lívido al escuchar aquella amonestación, que le hería y lastimaba en lo más profundo del alma.
—Lo más mejor será irme de aquí —contestó—, pero ¿pa onde?
—Pa cualquer parte, Chema, al cabo Dios es muy grande y no des- ampara a nenguna de sus criaturas.
Pero lo que es por hoy, el caso no tiene remedio: ya después arregla- remos lo demás. No se te olvide, Chema; hay que pelar muncho el tomate (el ojo).
—Dios nos saque con bien de
esta maraña —murmuró el mance- bo tristemente.
—Aluego nos veremos —conclu- yó Poli picando con las espuelas los ijares de la bestia—... ¡Adiós, Ta- cha! . . . ¡Mira cuan guapa te has puesto!
—Hasta luego, don Poli —repu- so la joven poniéndose roja.
De ahí a poco llegaron todos al portón que daba acceso a la casa.
Ahí detuvo Ufemio la muía del ca- rro, para dar instrucciones a Che- ma, y le dijo:
—Yo por aquí me cuelo derechito al corral, onde aguardo a ustedes en mientras hablan con el amo.
—¿Onde está el amo? —pregun- tó Chema turbado.
—Ya lo sabes, en el escritorio, onde mesmo lo vistes rato ha; del otro lado del corredor.
—Sí, me acuerdo —repuso Che- ma—; ya reflejó onde ha de ser eso.
Y en compañía de su esposa, se puso en marcha en dirección a aquel sitio, en tanto que Ufemio conti- nuaba hacia el interior de la casa, llevando la muía por el cabestro.
Cuando Chema llegó al escrito- rio, hallábase absorto Cheno, como de costumbre, en la compulsa de al- gunas partidas de un libro de cuen- tas, y, aunque la pareja se introdujo en la pieza sin gastar cumplidos, por no conocerlos, hubo una larga pausa antes de que el amo saliese de su ensimismamiento. Al fin se levantó para colocar en el estante el pesado cuaderno y entonces se dignó verlos.
—¡Ah! —exclamó—. ¿Con que estás aquí ya de vuelta, Chema?
—Sí, señor amo, aquí nos tiene su mercé, a mí y a mi compaña, pa servirle.
Cheno fijó los ojos en la silen- ciosa joven, y en un instante, con mirada de perito, la analizó de pies a cabeza. ¡Caramba, qué bonita era la chica! De cerca, mucho mejor, cien mil veces mucho mejor que de lejos. India de raza pura, pero la- brada, fina, con unos chapetes como
unas amapolas y unos labios rojos y frescos, como los de niño tierno y sano. Frente estrecha, pero tersa y limpia, y sobre ella una cabellera
tan negra como la noche, dividida en dos partes por la raya central, cuyo curso se veía interrumpido en mitad de su camino por un ancho listón azul, anudado en la nuca. Los ojos, que un momento se posaron en él con más curiosidad que timi- dez, tenían brillo extraordinario, como de lámpara escondida, y la nariz algo corta, pero delgada, daba a su rostro expresión entre infantil y picaresca. Manos y pies pequeños, como es propio de indígenas, y den- tadura que casi deslumhraba por su brillo y limpieza. Por lo que al cuerpo se refiere, no había más qué pedir: ni alta ni baja, ni flaca ni gruesa; todo bien proporcionado y modelado, flamante y macizo. Así debe haber sido la Malinche, aque- lla india tabasqueña que dejó em- bobado a Cortés cuando la conoció en Veracruz, y que unida a él por lazos amorosos, fue de tanta utili- dad al conquistador, así en la paz como en la guerra.
Tacha, que sintió sobre sí el peso de aquella mirada escrutadora, se sonrojó intensamente, se puso ner- viosa, sonrió sin saber por qué, y
apelando al fleco del rebozo para no alzar los ojos, se dedicó a con- templarle, teniéndole con una mano y arreglándole los hilos con la otra.
—¡Bocado de cardenal! —dijo Bo- laños para sus adentros, una vez ter- minado el examen.
Y luego añadió en voz alta, di- rigiéndose al mancebo:
—¿Con que esta muchacha es tu mujer?
—Sí, señor amo —contestó Che- ma—, ansina mesmo.
—¿Cómo te llamas, niña? —in- terrogó Cheno dirigiéndose a la jo- ven.
—Anastasia Prieta pa servir a su mercé —contestó la interpelada con voz un tanto aflautada por la emo- ción, pero de timbre profundo.
—¿Cómo Prieta? —repuso Cheno sonriendo.
—Sí, señor amo, ése es mi mero apelativo —afirmó Tacha.
—Pues ¿cómo se llama tu padre?
—insistió Bolaños.
—Se llama Trenidá Prieto —re- puso ella.
—Entonces tú te llamas Anasta- sia Prieto, lo mismo que él —ob- servó Cheno.
—No, señor amo —objetó Ta- cha levantando los ojos pensati- vos—, porque él es hombre y por eso es Prieto; pero como yo soy mujer, mi apelativo ligítimo es Prieta.
—¡Excelente razón! —exclamó Cheno soltando alegre carcajada—:
si él es Prieto, tú debes ser Prieta;
sólo que no eres Prieta sino tri- gueñita.
—Rete pasada de tueste —repuso Tacha con coquetería, dejando ver su blanquísima dentadura al sonreír levemente.
—Ni tampoco eres Anastasia
—volvió a decir Cheno.
—Ansina me puso el señor cura al echarme el agua del bautismo en la parroquia del pueblo —insistió la joven.
—Sí; pero he oído decir que te llamas Tacha —dijo el amo.
—En efeuto, ansina me dicen;
pero mi nombre efetivo es Anasta- sia —rectificó ella.
—Bueno; pues yo te llamaré Ta- cha, con tu permiso —manifestó Bolaños.
—Asigún el placer de su mercé, ansina saldrá bien —contestó dócil- mente Anastasia.
Mientras hablaban los dos inter- locutores, Chema, hondamente con- trariado, no cesaba, según su cos- tumbre, de dar vueltas al ancho sombrero de palma que con ambas manos sostenía, sintiendo, más que viendo, la escena de que era espec- tador, pues como era tan apocado, no se atrevía a levantar los ojos del suelo.
—Está bien —concluyó Bolaños tomando de nuevo la entonación grave propia del amo—, pasen los dos a tomar posesión de su casa...
Sigan de frente: la puerta grande que vean adelante, es la del corral.
Entran por allí y luego hallarán la casa. Iré dentro de un rato para darte a conocer mis caballos, Chema.
—Está bien, señor amo —repuso el mozo.
—Con licencia de su mercé, ya nos vamos yendo —articuló Tacha un poco repuesta de la emoción.
—Vayan, vayan con Dios —re- puso Cheno benévolamente.