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EI 25 de aquel diciembre tan lle- no de sucesos, tornó Bolaños a la casa de doña Carlota, no a la ma- drugada como Anita lo había pre- visto, sino a las cinco de la tarde;

y tan pálido, ojeroso y decaído, que no se atrevió a presentarse desde luego a sus parientes. Venía ridicu-

lamente ataviado todavía con las prendas de baile de la noche ante- rior; y bueno hubiera sido que se hubiesen hallado tales como él se las había puesto; pero iqué había de ser así! De a legua se miraba que habían sufrido considerable de- terioro y menoscabo en las diversas y oscuras batallas que Cheno, sin duda, acababa de librar. Cuello. Dé- criera y puños de la antes blanca y almidonada camisa, aparecían su- cios y estrujados, y deshecho el lazo de la nivea corbata; faltaban uno u otro botón al frac v al chaleco:

manchados de polvo y barro mirá- banse pantalones y chinelas; v has- ta el flamante sombrero de copa, reto a trechos y lleno de pliegues, erizaba el pelo como gato enfurru- ñado.

Sin duda por motivo de aquellos visibles y acusadores desperfectos, no tuvo ánimos el i oven para salu- dar desde luego a la familia, y pre- firió entrar furtivamente y muy dé prisa en sus habitaciones, para bo- rrar en cuanto fuese posible, los ras- tros que la reciente juerga había de- jado en su persona. Rápidamente se despojó de aquel tra}e acusador, tomó un baño, vistió ropa nueva, peinó pelo y barba y quedó vuelto casi a su ser y estado naturales:

por lo que, terminadas tan compli- cadas labores de aseo v restauración salió del cuarto y fue a presentar sus respetos a doña Carlota.

—Eres un pillo, Cheno —díiole ésta clavando en é! con insistencia los indagadores ojos.

—¿Por qué lo dice usted, tía?

—repuso Bolaños.

—Anda, no seas descarado. /.Qué tiempo es éste de volver a casa? ¿A que no me sostienes que acabas de salir del baile de Montalvo?

—Ni por pienso; concluyó a la madrugada, pero me dio pena mo- lestar a ustedes, sabiendo se habían recogido tarde. Por eso me fui al hotel; de allá vengo.

—Dios sabe de dónde vendrás, hijo; tienes una cara tan mala, que parece te ha dado el cólera morbo.

—Exageraciones, preocupaciones.

—No, nada de eso; tu palidez es de cera, y traes tan hundidos los ojos, que apenas se te ven. ¡A mí no me la haces buena!

—Usted dirá lo que guste, tía.

pero vengo del hotel.

Al ruido de las voces, presentóse Anita, hermosa y gallarda, pero con los ojos tristes y rodeados de círcu- los violáceos.

Encantadora prima —díiole Bolaños saludándola con afecto—. a tiempo llegas para defenderme.

—¿Por qué, Cheno?

—Porque tu mamá me está ri- ñendo.

—Por algo debe de ser, primo;

nadie da palos de balde.

—Esta vez falla la regla.

—A ver, Anita —terció doña

Carlota—, sé juez en la diferencia.

¿No es cierto que Cheno tiene cara de difunto?

—Sí, mamá; parece que acaba de salir de la sepultura —repuso la joven mirando a Cheno de pies a cabeza.

—Mi tía te sugestiona y por sus ojos me miras. Debo tener el mismo aspecto de siempre.

—Por los míos y no por los su- yos te estoy mirando. Y ¿quieres que te lo diga? Desde que llegaste, te vi. Pasaba casualmente por aaue- 11a ventana, cuando te deslizaste cautelosamente por los corredores.

Me oculté para que no me distin- guieses, y creíste que nadie había reparado en el extraño desorden de tu traje; pero, ya te digo, bien me di cuenta del caso. ¿Quieres que te pinte el estado en que venías? Te hablaré del sombrero, de la camisa.

del pelo, de la barba, y hasta del calzado. ¿Lo quieres?

—No hay para qué —repuso Bú- lanos mohíno—. Es natural que, después de bailar toda la noche, no haya presentado la mejor estampa.

—Debes haber dormido en el sue- lo, tal vez en el arroyo —murmu- ró doña Carlota con visible dis- gusto.

—Suposiciones, tía. Usted abusa

—repuso Cheno de mal talante.

—¿De qué, hijo? —replicó la viu- da sulfurada—. A mí no me veneas con medias palabras. Habíame cla- rito. ¿Quieres darme a entender aue me meto en lo que no me importa?

—No, mamá, no lo creas; Cheno no es capaz de eso —intervino Anita—. De seguro que lo que quiso decir fue que usted abusa de su imaginación, que se figura cosas que ni por a s o m o s . . .

—Eso, eso es —afirmó Bolaños ya calmado—. ¿Cómo cree usted, tía, que pudiera ser otra cosa?

—¡Tum!, ¡jum! —gruñó doña Carlota no muy convencida—; pues será como lo dices.

—Hagamos las paces. A ver esa mano, mi buena tía.

—Vamos, aquí e s t á . . . Ahora lo que importa es que descanses y te repongas. ¿Quieres tomar algún ali- mento? Que te lo preparen y te me- tes en la cama tempranito, a las oraciones de la noche.

—Mil gracias; no me siento fati- gado, ni he menester refrigerio...

Y además, tengo que salir luego.

—¡Cómo! ¿Otra vez? —exclamó asombrada doña Carlota.

—¡Pero si acabas de llegar!

—murmuró Anita tímidamente.

—Es indispensable, debo asistir a una junta.

Abstúvose Bolaños de decir con quién iba a juntarse, por temor al mal efecto que pudiera causar el nombre de Montalvo. ¡Una junta!

La palabra era majestuosa. Por otra parte, como Bolaños era hombre de negocios, no tenía nada de extraño que se le presentasen esas atencio- nes.

—Mira, Cheno, de veras lo sien- to, porque parece que estás muy agotado —dijo doña Carlota.

—¿No irá a hacerte daño? —pre- guntó Anita.

—No hay cuidado —repuso Che- no—; tengo naturaleza de h i e r r o . . . Ofrezco a ustedes volver tan pronto como termine la reunión, y reco- germe inmediatamente.

Tranquilas con estas razones, ma- dre e hija despidieron afablemente a su deudo, y éste tomó luego el auto y se dirigió a la casa de Mon- talvo a toda velocidad, pues temía presentarse demasiado tarde.

Sorprendióle no poco, a su lle- gada, el ver alineados frente a la fastuosa residencia, numerosos ve- hículos de todas clases y formas, desde lujosos limousines, hasta po- bres simones, pasando por los trois- quarts, rockaways y victorias, o bien por las máquinas Fiat, Protos, y Cadillac.

Halló a la servidumbre tan ata- reada y solícita, como si fuese día de gran recepción. Un lacayo le des- pojó del gabán y recibió de sus ma- nos bastón y sombrero, y otro le

condujo al despacho del señor. Era éste un salón muy extenso y bien decorado, abundantemente provisto de mesas, libreros, máquinas de es- cribir y diversos estrados. En la oca- sión presente, había sufrido algu- nas transformaciones para dar lu- gar a asientos supernumerarios, que ocupaban la parte principal de la estancia, formando apretadas hile- ras.

Al abrir la puerta de gruesos cris- tales que daba acceso al aposento, oyó Bolaños alto rumor de voces que de adentro venía, y vio encen- didas todas las luces del techo y de la gran araña central. La reunión era bastante numerosa y muy impo- nente. Varios millones de pesos se hallaban representados en ella. Bo- laños, perplejo, preguntábase qué era lo que aquello podía significar.

En el momento en que traspuso el umbral, charlaba todo el mundo, y Montalvo, que actuaba como pre- sidente, ocupaba asiento detrás de una mesa enorme en el testero de la sala, teniendo a su lado a dos caballeros que le servían de secreta- rios. Ambos eran ancianos, pero muy representativos. Llevaban rasu-

rado el rostro, altos cuellos de ca- misa cerrados hasta la nuez, según la moda inglesa, y elegantes vesti- dos negros. Uno de ellos lucía len- tes de oro, asegurados con sutil ca- denilla del mismo metal, que se en- ganchaba a la oreja derecha; era sumamente afable y conversador, y se llamaba don Serafín Revuelta. El otro, algo moreno, cejijunto y un tanto obeso, gastaba rico cintillo de oro con grueso y límpido brillante en el cuarto dedo de la mano dere- cha y tenía por nombre Primitivo Moreno. Don Primitivo y don Sera- fín pertenecían al mundo de los ne- gocios y gozaban de gran renombre por sus riquezas; sin duda por eso habíales elegido para compañeros el señor Montalvo.

Cheno fue a saludar directamen- te al dueño de la casa, e hizo gra- ves reverencias a los secretarios;

buscó asiento en seguida, y le ha- lló casualmente al lado de don Mel- chor, a corta distancia de sus cá- mara das Escorza y Valverde.

—Aquí, don Cheno —díjole Co- varrubias con afabilidad, mostrán- dole con la diestra el asiento vacío.

—De mil amores —repuso Bola- ños; ¡y en tan buena compañía!

—¿Qué hay, chico? —gritóle Pe- rico a distancia.

—¡Hola, Bolaños! —exclamó Es- corza.

—Buenas las tengáis, amigos

—contestó Cheno—. ¿No os habéis enfermado?

—Un poco de jaqueca —repuso Valverde con gesto desdeñoso.

—No anda bien la digestión —ex- plicó Escorza con tono descontento.

—Tampoco me siento bien, por mi parte —confesó Bolaños—; pero ya pasará, ya pasará.

—¿Acabó tarde el baile? —inte- rrogó don Melchor, creyendo que el diálogo de 1os jóvenes aludía a la fiesta de Montalvo.

—No, señor —contestó Cheno—;

acabó temprano, al amanecer de esta mañana.

—¡Jesús, qué barbaridad! No fue así en la casa de doña Carlota, por fortuna. A la una todo había con- cluido, de suerte que pudimos diver- tirnos y dormir bien. Así son bue- nas las cosas, moderadas; vale más paso que dure y no trote que canse.

Dejóse oír en esto, el sonido del timbre, y luego se hizo el silencio.

Y don Pablo, que era quien le ha- bía tocado, se puso en pie:

—Caballeros —dijo—, antes que todo, os pido mil perdones por ha- berme tomado la licencia de hace- ros venir a mi casa, distrayéndoos de vuestras atenciones, y os doy las más cumplidas gracias por haber acudido a mi llamado.

—Mucho gusto para nosotros -—murmuraron varias voces.

Inclinóse gallardamente Montalvo, dejó transcurrir unos instantes, y continuó luego:

—No faltan más que dos o tres

personas de las citadas; se han dis- culpado de asistir a la reunión por motivos de peso. Tengo en la mano las esquelas que me han dirigido...

Estando, pues, completo el número de mis favorecedores, es tiempo ya de explicar el motivo de la cita;

pero antes de eso, deseo hablaros con franqueza. Lo que va a ser tra- tado en esta junta, es algo que pu- diera llamarse grave, y sobre ello debe guardarse silencio. En tal vir- tud, me permito preguntaros si es- táis dispuestos, bajo palabra de ho- nor, a observar absoluta reserva sobre cuanto aquí se trate o d i g a . . . Os suplico obréis con entera liber- tad, tanto en esto como en todo.

Con que, vamos ¿dais vuestra pala- bra de caballeros de guardar el se- creto?

Hubo movimiento en el concurso.

La mayoría de las personas que le formaban, no tenían la menor idea de lo que se proyectaba. Un señor ingeniero que tomó la palabra a nombre de un grupo de timoratos,

así lo expuso con toda claridad.

Ciertos estaban él y sus compañeros de que todo sería bueno y confor- me a la regla, pero no querían ca- minar a oscuras ni comprometerse a ojo cerrado. Era muy grave eso de empeñar la palabra de honor, y más en aquellas condiciones; y como, por otra parte, no les era lícito imponerse previamente de asuntos delicados, tenían la pena de manifestar que, con licencia del se- ñor Montalvo, se marchaban a con- tinuación.

Antes que terminase el ingeniero, púsose en pie un conocido merca- der para contradecirle, alegando que el nombre y la caballerosidad del dueño de la casa, debían ser su- ficiente garantía para todos; que la distinción de haber sido convoca- dos, obligaba la gratitud de los pre- sentes, y que dejar el salón antes de haber escuchado la exposición del asunto, podría ser interpretado como un desaire inferido a quien con tanta fineza había hecho el lla-

mamiento: Quiso contestar el inge- niero, mas se le anticipó Montalvo para negar que la convocatoria tu- viese nada de honorífica, y para aclarar que muy en su derecho es- tarían todos cuantos determinasen alejarse, y que él, por su parte, no llevaría a mal que así lo hiciesen, por ser su lema fundamental el res- peto a los derechos de todos. Pero insistió tanto el comerciante en aquello del honor y en lo otro del desaire, que al fin de todo, sólo unos cuantos individuos resolvieron marcharse.

Satisfecho del resultado, dio las gracias el dueño de la casa a la ma- yoría que había quedado en el lo- cal. Y una vez hecho esto, se le- vantó con notoria gravedad, y muy sigilosamente, fue cerrando por sí mismo todas las puertas para evi-

tar que cualquier intruso pudiese interrumpir la sesión. Repuesto po- cos instantes después en su asiento detrás de la mesa, pronunció las si- guientes palabras:

—Os he llamado para excitar vuestro patriotismo y para que una- mos nuestros esfuerzos a fin de de- rrotar al gobierno. Hay descontento general en el país; todas las clases sociales abominan el actual régimen;

vamos caminando de mal en peor y de caída en caída, y no podemos ni debemos sufrir ser llevados a la ruina y al desprestigio. Nuestra la- bor será sencilla y rápida: apenas brote en esta capital la salvadora chispa de la insurrección, correrá el fuego por toda la República como sobre un reguero de pólvora, y la pesada máquina administrativa ven-

drá abajo en un momento como débil castillo de naipes. Contamos con excelentes elementos para salir bien librados de la empresa. Varios iefes y oficiales de la guarnición es- tán comprometidos y nos prestarán ayuda con las fuerzas de su man- do; otros vacilan aún, pero los con- venceremos. ¿Qué opináis sobre lo que acabo de decir? Vamos, señores, con franqueza.

—Pido la palabra —dijo don Se- rafín.

—La tiene el señor Revuelta

—declaró Montalvo antes de tomar asiento.

—Creyendo interpretar el senti- miento —murmuró don Serafín—, si no de la totalidad, el de la ma- yoría, al menos, de los presentes, declaro que estoy conforme con lo que con tanta claridad acaba de ex- poner nuestro honorable presidente.

Es ignominioso seguir soportando el yugo del gobierno loco y desaten- tado que nos oprime, y debemos ha- cer un esfuerzo para salvar la si- tuación, si no queremos que la pa- tria perezca, y con ella nuestras fa- milias y nuestros intereses.

—Pido la palabra, señor presiden- te —clamó a su vez don Primitivo.

—La tiene el señor Moreno —de- claró don Pablo.

—Hay cosas, señores —continuó óon Primitivo con voz estentórea—, que no necesitan demostración, por ser tan claras como la luz meridia- na; tal es el pésimo estado que guar-

da nuestro país. ¿Qué es lo que vemos por todas partes? El desor- den más lamentable, el desbarajuste más completo. Méjico se está ca- yendo a pedazos como un enfermo de lepra. Que cada uno meta la mano en su pecho y responda con ingenuidad. ¿Estamos sobre un le- cho de rosas? ¿Quién se atrevería a sostenerlo? Nos encontramos en la peor de las situaciones, y tene- mos no sólo el derecho, sino tam- bién el deber de salvarnos.

—Sí, sí —gritaron varias voces.

Aún no terminaba el confuso cla- mo'*eo, cuando pidió la palabra don Melchor Covarrubias.

—Señores —dijo—, aquí se da por sentado que la situación de la República es pésima. Por más ex- traño que os parezca, yo no la veo así.

Sordo rumor de reprobación aco- gió estas palabras; mas no por eso desconcertóse don Melchor, sino antes bien, pareció cobrar mayor

energía con la contradicción, y pro- siguió imperturbable, aunque te- niendo que esforzar la voz para ser oído:

—Si me he atrevido a expresar mi opinión con franqueza, no ha sido para herir ni molestar a nadie, sino sólo para ser franco y sincero.

como el señor Montalvo desea que todos lo seamos. Si mis palabras no son recibidas con tolerancia, guar- daré mi parecer para mí solo.

—De ninguna manera —repuso Montalvo—, está usted en su per- fecto derecho, señor Covarrubias, y le ruego continúe.

—iSí!, ¡sí!, ¡que hable! —insi- nuaron varias voces.

—En tal caso —prosiguió don Melchor—, sigo con el uso de la pa- labra. Decía, pues, que no veo la situación de la patria tan perdida como aquí se ha pintado.

—¿No ha encontrado usted algu- na vez por la calle grupos de des- almados que insultan, apedrean y amenazan de muerte a todo el mun- do? —interrumpió Perico Valverde con tono agrio, encarándose con don Melchor.

—He visto algunos, pero ese asunto es de policía.

—¿No sabe usted —continuó Pe- rico— que los periodistas son agre didos en plena vía pública?

—Sé de un solo caso y nada más.

—¡Orden! ¡Orden! ¡Señores!

—reclamó una voz.

—Señor Valverde —expuso don Pablo desde su asiento—, suplico a usted no interrumpa al orador. Us- ted hablará cuando él termine, si así le place.

—Era lo único que tenía que de- cir —repuso Perico enfurruñado.

Y efectivamente, no había queda- do en el magín de aquel joven a la moda, ningún otro argumento, re- flexión o chispa, que pudiesen ser explayadas en una pieza oratoria.

Restablecido el silencio, reasumió don Melchor con calma sin igual, el hilo de su interrumpido discurso.

—Insisto —dijo— en que la si-

tuación no es tan siniestra como acaba de ser pintada, y aun me atre- vo a afirmar que no se siente mal- estar en los Estados. Dígolo, porque en gran parte me consta el hecho.

No vivo en la metrópoli sino en un estado vecino, donde tengo algunos intereses; y me hallo, por lo mismo, en aptitud de aseverar que reina el sosiego en los campos, y que na- die piensa en revoluciones, sino sólo en la conservación de la paz. Üni- camente aquí, en la capital de la República, agítanse las pasiones, té- jense las intrigas y soplan vientos de fronda. Por costumbre invetera- da y orgullo capitalino, se cree y afirma que lo que aquí acontece, pasa también en el resto del país, y que los ardores de esta atmósfera marcan la temperatura de todo nues- tro territorio. Es un error grave. El país, todo el país, se encuentra fue- ra de las goteras de Méjico, y esta población, aunque muy importante por su belleza, intelectualidad y po- derío, sólo representa una parte pe- queñísima de la nación. Resumien- do: concedo que hay malestar en esta ciudad voluble e inflamable, pero niego que existan esas mismas condiciones más allá de sus aleda- ños. Y como no trato de ser creído bajo mi sola palabra, suplico a los empresarios de negocios agrícolas, a los hacendados que están aquí presentes, digan honradamente, si es verdad o no que la crisis política existe sólo en este lugar y no abar- ca toda la extensión de la patria.

Apenas hubo terminado su pero- ración Covarrubias, fueron pidiendo sucesivamente la palabra varios agri- cultores de diferentes regiones del país, que confirmaron lo aseverado por el preopinante. Había orden y tranquilidad, según ellos, en los es-

tados del Sur; los del Centro se mantenían quietos; y aun en el Norte, que era lo más alterado, no había sino pequeñas partidas de re- beldes.

Declaraciones tan precisas, no fueron del agrado de varios políti-

cos y hombres de negocios, radical- mente descontentos con la situación imperante. A todo trance querían la eliminación del Presidente intruso, a quien tachaban su oscuro origen, para ser reemplazado por persona de mayor representación y catego- ría. No faltó quien, objetando las pretensiones de esos señores, sacase a relucir los humildes antecedentes del antiguo Dictador, cuya sombra había sido varias veces evocada. Al llegar a este punto, armóse una re- gular batahola, pues más de alguno puso el grito en el cielo al escuchar tamañas blasfemias. Este grupo de escandalizados, afirmó rotundamen- te, por vía de represalias, que el Presidente actual era espiritista, ha- bía estado en un manicomio en Eu- ropa, interrumpía las conversacio- nes más graves para saltar sobre un pie o sentarse en cuclillas en pre- sencia de estupefactos ministros, encargados de negocios y envia- dos extraordinarios; o bien se daba a crascitar como los cuervos o a cantar como los gallos; todo lo cual significaba que no las tenía todas consigo, carecía de varios tornillos en el cerebro, y merecía con toda justicia el nombre de crank, que es la palabra gráfica con que designan los yanquis a todo mentecato, ma- niático y chiflado.

Bolaños se removía en el asiento lleno de disgusto al escuchar tantas sinrazones; no era ni había sido nunca político, pero le sonaba a cosa hueca toda aquella palabrería.

Así que, a la hora menos pensada, se lanzó ardorosamente en el deba- te. Negó con énfasis fuesen ciertos todos aquellos hechos. No conocía él personalmente al jefe del Estado;

pero tenía buenas relaciones con parientes y amigos suyos, y sabía por ellos que todas esas especiotas puestas en circulación por gente maleante y sin escrúpulo, no eran más que fábulas inventadas con el perverso fin de desprestigiar al pri- mer Mandatario. Pero, aun supo- niendo sin conceder, que el Presi-