SENTIDO DEL IDEAL CLÁSICO.
V. ACERCA DE LAS RAZAS SUPERIORES Y ACERCA DEL PREJUICIO ANTI-ASCÉTICO.
Volviendo ahora a nuestro argumento principal, se puede pues hablar de una oposición fundamental; frente a pueblos en los cuales la “raza” tiene su centro en la “naturaleza” se encuentran otros en los cuales la misma lo posee en cambio en el “espíritu”. El verdadero problema acerca de la diferencia entre razas superiores y razas inferiores, entre las “arias” y las no arias, telúricas, encerradas en el círculo eterno de la generación ani mal, debe ser puesto exactamente en tales términos. Así como un hom bre es tanto más digno de tal nombre en cuanto más él sepa dar una ley y una forma a sus tendencias inmediatas, a su carácter, a sus acciones - forma y ley que concluyen reflejándose en su misma naturaleza exterior- del mismo modo una raza se encuentra más en lo alto en tanto más su tradición étnica se acompaña a una tradición espiritual dominadora, casi como cuerpo con alma, y cuanto más la una y la otra se encuentran en una unión indisoluble. Pero, repitámoslo, esto es más un ideal que un punto de partida, sea por las innumerables mezclas ya acontecidas, sea por el debilitam iento y el colapso interno de los pocos grupos permanecidos permanentemente puros.
Conduciéndonos pues no a partir del orden de las constataciones y de los principios para una simple indagación “científica” sobre el dato, sino del de los fines, se debe subrayar que no se puede llegar a este concep to unitario y superior si antes no se reconoce la realidad de alguna cosa suprabiológica, supracorpórea y superétnica. Una precisa oposición entre cuerpo y espíritu, entre realidad física y realidad metafísica, entre vida y supravida, es el presupuesto de esta síntesis, puesto que sólo ella puede despertar una tensión heroica y ascética, puede permitir al elemento esencial y central del hombre volverse a despertar, liberarse y reafirmarse. Si se desconocen estas premisas que poseen valor de principios recabados, no de alguna filosofía, sino de la condición real de las cosas, entonces la vía hacia cualquier superior realización racial estará cerrada, la raza será tan sólo “naturaleza”, el ideal de fuerza, de salud, de belleza, será tan sólo “animal”, privado de toda luz interior.
Una señal infalible para los casos en los cuales el racismo se inclina hacia esta falsa dirección está constituida por el prejuicio anti-ascético. Es necesario no tener ninguna sospecha acerca del proceso involutivo al cual ha subyacido la especie humana desde tiempos muy lejanos, hasta una casi total materialización (proceso en el cual concuerdan todas las enseñanzas tradicionales y una de cuyas expresiones mitológicas es la idea de la “caída”, sea del hombre primordial, como de ciertos seres “divinos”); es necesa rio no tener ninguna sospecha acerca de todo esto, para pensar que la espiritualidad verdadera hoy no sea algo que, para ser realizado, no precise de una superación, de una subyugación del elemento puramente humano, de un agotamiento del sentido puramente físico del yo: en una palabra, de una “ascesis”. Para poder dar forma a la vida, hay que realizar primero aquello que se encuentra más allá de la vida; para poder redespertar a la raza del espíritu y, con ella, volver a levantar y purificar la del cuerpo, hay que ser capaces de alcanzar su altura, y ello implica ascesis, es decir desapego activo, superación heroica, clima de extrema tensión espiritual.
Ahora bien, a partir de un cierto N i e t z s c h e , vemos incluso demasia das corrientes dirigirse por un camino opuesto. Padeciendo la influencia de algunas fuerzas anormales asumidas por el ascetismo en la religión cristiana, por lo que el mismo ha significado sobre todo una especie de masoquismo, de renuncia apasionada y dolorosa a cosas que sin embargo se desean, sin ningún claro punto de referencia y sin ninguna precisa intención “técnica”, tales corrientes en la ascesis no saben concebir sino la fuga de quienes se sienten impotentes ante 1a vida, una insana complicación es piritual, algo vano e inútil. Un conocido racista ha llegado incluso a in terpretar en la manera siguiente la ascesis budista: se trata del impulso a la vida y a la afirmación de sí, del que estaban originariamente compenetradas las razas conquistadoras arias de la India, el cual luego se invirtió cuando se establecieron en la región del Sur, a causa del clima y de las condiciones externas poco aptas; por no sentirse a gusto en este nuevo ambiente tropical, ellas fueron llevadas a considerar en general al mundo “como dolor”, y emplearon entonces sus energías vitales para liberarse interiormente del mundo a través del desapego y de la ascesis. Otro racista llegó a juzgar toda teoría de lo suprasensible más allá de lo sensible como una cosa de esquizofrénicos, puesto que “sólo el esquizofrénico es llevado a desdo blar la realidad”. Ahora bien, con semejante incomprensión acerca de la ascesis y de la realidad suprasensible, incompremsión que tiene como correlato la exaltación de las formas primitivas del inmanentismo y del panteísmo,
todas las consignas del heroísmo, del activismo, del virilismo tendrían por único efecto la potenciación de una sensación puramente física y biológica del yo y por ende el de reforzar la posición de éste, creando un endure cimiento, una protervia, una exasperada y materializada percepción de la voluntad, de la individualidad, de la sanidad, de la potencia, luego del deber, de la raza misma y de la lucha, que equivalen a similares cerrazones para la liberación interior y restauración de aquel elemento que, como se ha visto, corresponde a la “raza del espíritu” de las estirpes creadoras de ver dadera civilización y dotadas de los caracteres de las “superrazas”
Allí donde el racismo se desarrolle en tal dirección debe pensarse que el mismo ha terminado por subyacer a influencias oscuras en un episo dio de aquella guerra oculta o subterránea de la que se habló oportuna mente. Basta en efecto sustituirla con una especie de falsificación zoo lógica, materialista-cientificista y profana, para que la idea de la raza deje autom áticam ente de formar parte de aquellas doctrinas que, asumidas revolucionariamente, pueden actuar en un sentido de verdadera reintegración para los pueblos de Occidente. La táctica de las “sustituciones falsificadoras” es al respecto uno de los medios que la “ciencia de la subversión” ha utilizado en mayor medida en los tiempos modernos de parte de fuerzas tenebro sas, por lo que es incluso legítimo sospechar que tales desviaciones no sean del todo casuales, sino que obedezcan a directivas muy precisas.
En oposición con las opiniones recién formuladas, la ascesis, en tanto interior disciplina viril, fue conocida por todas las civilizaciones arias. Y entre los diferentes aspectos de su verdadero significado se encuentra también el de paralizar la influencia de la parte instintiva y pasional del ser humano, que se exasperó sobre todo a través de la mezcla con sangre de razas no- arias del Sur y, en correspondencia con ello, el de reforzar aquellos lados típicos de naturaleza “sidérea”, calma, soberana, impasible, que origina riamente se encontraban en el centro de la ya mencionada humanidad “hiperbórea” y de todas sus manifestaciones en tanto raza dominadora. Naturalmente, en el momento en el cual la ascesis cae en el orden de una religión unilateralmente orientada hacia una falsa trascendencia, estos significados superiores y “arianos” de la ascesis no fueron más comprendidos: y como un contragolpe se llegó hasta a suponer que la religión romántica de la “Vida” y de la “naturaleza” tenga más del espíritu ario y nórdico que el ideal ascético.