Para venir ahora a algo más específico, diremos que la doctrina de la raza de tercer grado debe esencialmente limitar sus investigaciones a la esfe ra de la influencia de una determinada raza del espíritu y de su tradición pri mordial, siguiendo sus desarrollos, las mutaciones (paravariaciones) y también las alteraciones en el ciclo que les corresponde y en el cual la m isma ac tuó y reaccionó frente a influencias de razas diferentes o a nuevas condi ciones de ambiente. Una vez que se ha circunscripto así la investigación, se llega a un concepto más limitado de raza, que corresponde al de las varias diferenciaciones o articulaciones del elemento primario de un tal ciclo. Es natural que a tal respecto no se puede pensar en una separación atómica de las varias “razas del espíritu”: sus diferencias no son tales de excluir relaciones, no sólo de derivación, sino también de diferente dignidad jerárquica.
Un esbozo de tipología de las razas del espíritu, por lo que se refiere al ciclo humano determinado de la raza hiperbórea, ha sido ya trazado por nosotros, sea en la segunda parte de nuestra obraRebelión contra el mundo moderno (con especial referencia al aspecto propiamente tradicional y es piritual), sea en la elección de los escritos de J. J. B a c h o f e n y en la corres pondiente interpretación de los mismos en sentido racial, comprendida en el ya citado volumen cuidado por nosotros y titulado La raza solar. Para una visión más amplia el lector podrá remitirse a tales obras. Aquí se dará sólo una breve y esquemática síntesis privada de los elementos justificativos.
Como superior y anterior a todas las otras, en el ciclo en cuestión debe considerarse a la raza solar u olímpico-solar, que corresponde a la sangre y a la tradición hiperbórea. Ella tiene por característica una especie de “natural sobrenaturalidad”; espíritu y potencia, calma dominadora y prontitud para la acción precisa y absoluta, un sentido de “centralidad” y de “firm eza” y, en sus efectos exteriores, aquella virtud que los antiguos refirieron a la cualidad “num inosa” (de numen), como superioridad que directa e irresistiblemente se impone, que despierta simultáneamente terror y ve neración, son señales de esta “raza del espíritu”, por medio de las cuales ella está naturalmente predestinada al mando y, en el límite del mismo, a la función de realeza. Hielo y fuego se unen en ella, como en los sím-
bolos confusos de la sede nòrdica originaria y dei ciclo en donde la misma se manifesto eminente y primordialmente: hielo, en tanto trascendencia e inaccesibilidad; fuego, en tanto cualidad radiante propiamente solar de seres que dan, que despiertan vida y aportan luz, pero siempre en sobe rana lejanía y casi en situación de indiferencia, como marcando una huella, aunque no para algún movimiento, inclinación o preocupación humana. El antiguo símbolo del oro ha tenido siempre relaciones con esta forma de espiritualidad. La misma, en las formas políticas de los orígenes, ac tuó como sustrato para la realeza sacra, o divina, es decir para la unión de los dos poderes, de la función de la realeza con la sacerdotal, enten dida esta última en un sentido superior que ya será esclarecido. Las de signaciones simbólicas de ella como “raza divina” o “celeste” se deben referir a la ausencia del sentimiento dualista ante la realidad sobrenatu ral, cosa que sin embargo debe ser bien distinguida de todo lo que en sentido moderno es inmanencia o veleidad prometeica: no se trata de hombres que se creen dioses, sino de naturalezas que naturalmente, por un recuerdo aun no ofuzcado desde los orígenes y por una condición del alma y del cuerpo tal de no paralizar dicho recuerdo, sienten no pertenecer propiamente a la raza terrestre, de modo tal de poder creerse hombres tan sólo por ca sualidad, o por “ignorancia” o por “sueño”. Los dos términos vidya y avtdya de la antigua enseñanza indoaria, que significan respectivamente “cono cim iento” (■’• la “identidad suprem a”) e “ ignorancia” (que conduce a identificarse con una de las formas o modos de ser del mundo condicionado), deben entenderse exactamente en esta referencia: en tanto vinculados a una condición humana diferente y a una distinta raza del espíritu, o bien convertidos en términos “filosóficos”, los mismos pierden todo sentido y dan lugar a equívocos de distinto tipo.
Las posteriores “razas del espíritu” del ciclo, a las cuales pertenecen nuestros contemporáneos, tienen como presupuesto una escisión y separación de los dos elementos “espiritualidad” y “virilidad” -y también: “trascen dencia” y “humanidad”- que se encuentran sintéticamente reunidos en la raza solar. En prim er lugar indicamos la raza lunar o raza demétríca. De acuerdo a la relación analógica, mientras el elemento solar es aquel que tiene en sí mismo la propia luz y, en general, el propio principio, siendo el sol, a tal respecto, el centro de un determinado sistema planetario, el elemento lunar es el que en vez recibe o recaba de otro la propia luz y el propio principio. En la raza lunar el sentido de la centralidad espiritual se ha ido perdiendo, o por degeneración (la luna, como sol apagado) o por cm za pasiva con razas de otros ciclos, de tipo “telúrico”, que degradaron
su cualidad solar originaria. La luna -resalta B a c h o f e n - fue también llamada por los antiguos “tierra celeste”. Se tiene pues una sublimación de la ley de la tierra, el destino que se presenta bajo la especie de armonía cósmica y de ley natural: el hombre aquí no se siente más el centro activo de la realidad espiritual: él no es esta misma realidad, sino más bien aquel que supera con la contemplación la acción material y el “telurismo”, pero no alcanza aun la acción espiritual. El adjetivo “demétrico”, que nosotros damos por igual a tal raza, se refiere a una espiritualidad de carácter difuso, panteísta, menos dominadora que compenetrada por el sentido de leyes cósmico- naturalistas y de una sacralidad puesta esencialmente bajo el signo femenino: espiritualidad que fue justamente propia de los antiguos cultos demétricos. Por extensión, lunar es el hombre sacerdotal en oposición al que es relativo a la realeza, es el hombre que ante el espíritu se comporta como una mujer normal lo hace frente al hombre, es decir con un sentido de remisión y de entrega. Es luego interesante notar que las tradiciones antiguas pusieron en relación lo que hoy se llamaría la cerebralidad o la intelectualidad con la luna, vinculando en vez con el sol al corazón y refiriendo al mismo formas superiores de conocimiento. Tipo lunar es en efecto también el intelec tual, el hombre de la “reflexión” pasiva, la que, como la misma palabra lo dice, no se mueve sino entre “reflejos”, entre sombras de ideas y de cosas. Variados son pues los aspectos de la raza lunar. En el campo político, allí donde se advierte la escisión entre el poder temporal y el sacerdotal, aflora inevitablemente el espíritu lunar: lunar es el dominador que recibe de otro, de una casta sacerdotal diferente y ella misma no perteneciente a la realeza, la suprema consagración de su poder. En general el hombre lunar posee espiritualmente rasgos femeninos. Le falta el sentimiento de la centralidad. Como correspondencia con las razas del cuerpo posee caracteres predo minantes de raza demétrica, aquella perteneciente al tronco por nosotros llamado atlántico-occidental, en sus formas prehistóricas que se remiten hasta por ejemplo la civilización pelásgica, minoico-micénica o etrusca y las posteriores manifestaciones de la misma, entre las cuales se encuentra el mismo Pitagorismo. Tal raza representa una alteración de la espiritualidad hiperbórea acontecida en las regiones de la sede atlántica y que determina, a través de procesos de acción y de reacción, una serie de otras mutaciones. Elementos lunares se pueden por lo demás hallar también en la raza llamada del hombre del Este (alpino-oriental) por algunos racistas. La psicoan
tropología de C l a u s s designa a esta raza como “raza de la evasión” -des
Enthebungsmenschen- lo cual corresponde visiblemente a un aspecto del