Una raza “demétrica” que, ante usurpaciones de tipo “titánico”, para reafirmarse no dispone más de la autoridad superior de lo alto propia del hombre solar, y asume las mismas formas violentas y materializadas del adversario, caracterizará a ur nuevo tipo, el del “hombre amazónico”. En el mito, la Amazona aparece en efecto como la mujer (espiritualidad lunar) que, en contra de las prevaricaciones del hombre o, simplemente, ante el hombre (espiritualidad titánica), no sabe más afirmarse sino recurriendo a un modo de ser también masculino, en divergencia pues con su primer naturaleza (demétrica). Se trata en pocas palabras, de la usurpación de la fuerza por parte de elementos humanos degenerados. Generalizando pues, el hombre amazónico sería aquel que en la esencia permanece lunar, pero que sin embargo se afirma en un despliegue de fuerza, fuerza sin embargo material, no espiritualizada (como en cambio veremos que es el caso de la “raza heroica”). Así por ejemplo, por más que esta relación le parecerá a alguno como paradojal, se tiene un fenómeno “amazónico” cuando una casta sacerdotal asume el poder temporal para imponer un dominio, que ella no sabría más asegurarse en base a su sola autoridad espiritual. El mito nos muestra el contraste de las Amazonas, sea con tipos dionisíacos, como con tipos de héroes; en el prim er caso las A m azonas, vencidas, son reconducidas bajo la ley dem étrica, es decir, a su normal m odo de ser femenino-lunar; en el segundo, su destrucción dará lugar a un nuevo período solar y viril. Una vez que se vea lo que aquí significa el tipo de raza “heroica”, todo ello confirmará la mencionada interpretación. Podría haber pues una cierta relación entre el hombre amazónico y el titánico o prometeico, puesto que también este último está caracterizado por la usurpación de una fuerza, a la cual la naturaleza no le resulta adecuada. Sin embargo en el caso del hombre amazónico se trata de una fuerza material; en el caso del titanismo se trata en vez de una fuerza trascendente, de la cual sólo el tipo solar puede tomar posesión sin prevaricar. Esta mención puede bastar, no siendo difícil deducir, por transposición en los diferentes dominios, diferentes carac terísticas distintivas para el tipo de “raza amazónica”.
Otra raza del espíritu es la propiamente “afrodítica”; en ella el telurismo -es decir, la adhesión a lo terrestre- asume las formas de un extremado refinamiento de la existencia material, y alcanza a promover no pocas veces un opulento desarrollo de todo lo que es ostentación y lujo en la vida exterior, por ende también del mundo de las artes y del sentimiento estético. Pero, en lo interno, subsiste una pasividad y una inconsistencia lunar, caracterizada a su vez por un particular relieve dado a la sensualidad aunque también a todo lo que se refiere a la mujer, la cual, también por esta vía, alcanzará a ejercer un domino y a asegurarse silenciosamente una preeminencia.
B a c h o f e n ha seguido el desarrollo de tal modo de ser en sus relaciones con las fases crepusculares del ciclo dionisíaco y afrodítico en la antigüedad. El mismo nos propone una referencia a las razas del cuerpo, allí donde ha notado la particular difusión que estas formas del culto antiguo tuvieron entre las razas célticas. No es en efecto arbitrario reconocer un fuerte componente de la raza afrodítica sea en la rama que los racistas denominan euro-occidental (o del Oeste), sea en aquello que C l a u s s ha definido como
tipo o raza del Darbietungsmensch. En la raza afrodítica el mismo tema dionisíaco se conserva en una cierta medida allí donde en ella la búsqueda del placer y de la sensación se une a sentimiento gozoso de una destrucción, de una transposición; es decir, de la sensación de la m isma ley de las naturalezas mortales, de la vida que surge y fatalmente pasa en el eter no ciclo de las generaciones.
La raza afrodítica por un lado y la telúrica por el otro, representan los límites extremos de las formas comprendidas en el ciclo nórdico-ario, los puntos mas allá de los cuales se entra, por involución y por supremacía de elementos inferiores introducidos por las cruzas, en el dominio de las “razas de naturaleza”.
Por último se puede considerar a la “raza de los héroes”. El término héroe aquí es tomado no en el sentido común, sino con referencia a las tradiciones míticas referidas por H e s i o d o según las cuales en los ciclos de una humanidad ya desviada y materializada, Zeus, es decir el principio olímpico, habría generado una raza provista virtualmente de la posibilidad de reconquistar a través de la acción el estado primordial, el “áureo” o “solar” perteneciente a la primera generación del ciclo en cuestión (hiperbóreo). Afuera del mito se trata aquí de un tipo en el cual la cualidad “olímpica” o “solar” no es más una naturaleza, sino una tarea a ser realizada sobre la base de una especial herencia o, para decirlo mejor, de un pronunciado componente atávico de la raza primordial, pero sin embargo también por
medio de una transformación interna, de una superación muchas veces dada en los términos de un “segundo nacimiento” o “iniciación”, sólo ella capaz de convertir en actual aquello que había llegado a ser latente y de hacer reconquistar aquello que se había perdido.
En el libro ya citado, que com prende los estra d o s de las obras de
B a c h o f e n , junto a una más precisa descripción de estos tipos, se encuentran menciones a la correspondencia más probable de los mismos con las varias razas del cuerpo y, en parte, también con las de la investigación de segundo grado ejecutada por C l a u s s . Si nosotros nos hemos limitado aquí a indicar las características relativas al plano más alto, es decir a las relaciones del hombre con el mundo espiritual, en tal obra se encontrarán aplicaciones y deducciones y se verá cuáles valores, cuáles instituciones, cuáles símbolos, cuáles costumbres, cuáles formas de derecho hayan prevalecientemente reflejado una u otra raza del espíritu.
Asumir puntos de referencia de tal tipo significa tener la posibilidad de superar la historia de dos dimensiones, de descubrir las influencias que se han encontrado, fusionado o superpuesto detrás de los bastidores de las antiguas civilizaciones y también el sentido de la prevalencia, decadencia o mutación de ciertas concepciones religiosas y ético-sociales. En nuestra otra obra Rebelión contra el mundo moderno se ha hecho un ensayo de una tal metafísica de las antiguas civilizaciones, mientras que en los estractos
de las obras de B a c h o f e n se han individualizado muchos elementos ap
tos para propiciar posteriores investigaciones en tal sentido. Incluso muchos aspectos del mundo moderno y de la civilización contemporánea se presentan bajo una luz insospechada y reveladora, cuando se utilizan tales datos.
No hay que dejar de notar que algunas designaciones usadas por la mencionada clasificación de las razas del espíritu -solar, telúrico, lunar, etc.- como otras, que se podrían adoptar en lugar de las restantes, mientras han sido dictadas por razones analógicas y por referencias a antiguos cultos típicos, dan también la posibilidad de indagar el sentido más profundo de tradiciones como aquella, por ejemplo, según la cual no sólo las carac terísticas decisivas de los hombres, sino en cierta medida también sus destinos terrestres, estarían determinados por la elección de un determinado planeta hecha por el núcleo espiritual de la personalidad antes del nacimiento. De allí por ejemplo, la persuasión, profesada por el mismo mundo romano, de que el hombre de realeza, o destinado a dignidad real en tanto dominus natus, era aquel que había hecho propios los influjos del sol. En esta enseñanza simbólica, que en las tradiciones indoarias se reencuentra en
formas aun más precisas y detalladas, aparece lo que dijéramos a propósito del misterio del nacimiento; los planetas, de los cuales se habla aquí, no son naturalmente los planetas físicos, son las designaciones para deter minadas fuerzas espirituales supraindividuales (no sin relación con la ya indicada noción de los “démones” que cada uno se elige), de las cuales los planetas físicos, como máximo, pueden ser manifestaciones sim bó licas. La esencia de una tal doctrina se refiere pues a aquella “naturale za” o elección trascendental que nosotros hemos indicado en cuanto ella sola podía resolver la más fuerte objeción que se puede elevar en contra de la idea racista y que los resultados del racismo de segundo grado a su vez podrán esclarecer en la medida en que sea posible para la comprensión humana. Que espontáneamente se llegue a sentir como adecuados y ex presivos términos como el de “hombre solar”, “hombre lunar”, etc., es cosa significativa para una tal coyuntura.